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Presentamos “Cobijo contra la tormenta”, del poeta y novelista Benjamín Prado (Madrid, 1961). Prado es un poeta con una de las obras más entrañables de la poesía española actual. Ha merecido los premios Hiperión, Internacional de Poesía Ciudad de Melilla y el Generación del 27. Escribió con Joaquín Sabina, entre otras, las canciones del disco “Vinagre y rosas”.

 

 

 

 

COBIJO CONTRA LA TORMENTA

 

 

I

 

Aparcados junto al océano

busco palabras dulces como la sombra de los árboles.

Mis ojos son los bosques.

La llegada del agua es un largo sueño.

Todas las cosas tienen la forma de mi mano.

Las ventanas se encienden. Algunos hombres miran

la oscuridad, saben lo que desean

pero no saben lo que necesitan.

 

El cielo quema. Hopkins

mira caer la nieve en los bosques nocturnos,

Robert Lowell mira desde un taxi las luces de Nueva York.

Aparcados junto al océano

nuestras palabras eran

las olas y el castillo contra el que dan las olas.

Palabras dulces, algo que no puedas

entender ni olvidar.

 

Vemos pasar los ángeles de Milton

y los cisnes salvajes de W. B. Yeats.

Al final del poema está la muerte.

Ángeles parecidos a la luz de un incendio,

cisnes como la sombra de los bosques.

 

Mi padre conducía siempre coches usados.

Los domingos, casi de madrugada,

cruzábamos despacio la ciudad: calles frías,

letreros encendidos, casas oscuras.

Los que dicen -escribe Paul Celan- la verdad

expresan sombras. La primera luna

es del tigre -decía Pound. Los días

eran largos, pero la vida es corta.

Mi padre buscaba estaciones de radio.

Yo veía las torres de la luz, el cielo

extraño de las fábricas.

 

La lentitud de los poemas mueve el agua de la mano.

Las palabras de ahora

arrojaban su sombra como un jardín

encima de las cosas.

La sombra de un jardín

parece el movimiento oscuro de los cuerpos dormidos.

La sombra de un jardín es el silencio.

 

Aparcados junto al océano,

vi una estrella caer entre las luces rojas de la costa y pensé en mí.

 

Cierro el libro: como animales, como redes,

las sombras se retiran. La ventana

que ilumina el abismo, es también el abismo.

Busco palabras como la luz que sube desde el frío

de la noche al sonido azul de las palmeras.

El poema es una fuente: hundo

en él la mano, el agua pone anillos en mis dedos.

El poema es un cuerpo: lo acaricio,

la humedad de su piel deja en mi mano

un animal vacío.

 

Aparcados junto al océano

no hay palabras hermosas igual que enredaderas,

luces con corazón de leopardo en el oro de los parques;

no hay libros más hermosos que la vida.

 

Aparcados junto al océano

la noche es el libro; la muerte, una manzana.

 

 

 

II

 

Yo miraba las casas encendidas junto a la autopista,

los árboles y el frío de las últimas ventanas.

Miraba los jardines,

el cielo destruido por las letras rojas de los hoteles.

Las tardes de verano

abrasaban el pequeño corazón de las palomas

y la luz era el último ángel de la noche.

 

Yo tenía un balcón donde leía a Neruda.

Desde el balcón, veíamos llegar a las cigüeñas:

cisnes del cielo, pájaros trazados por la nieve.

 

Yo tenía un balcón y tenía una mujer.

Desde el balcón, miraba las playas de la noche

y la lluvia extraña de las carreteras vacías.

 

Yo tenía una mujer, su cuerpo construido en cuartos solitarios,

palabras solitarias entre leones rojos

y cisnes devorados por la luna.

Desde el balcón, miraba la tormenta. Había

autopistas azules

y casas encendidas,

árboles deshechos por el frío de las últimas ventanas,

pozos que nos tendían pequeñas manos húmedas.

 

 

 

III

 

Al otro lado había los cristales rotos de las fábricas

y la luna de los aeropuertos vacíos.

Al otro lado, la lluvia ponía en los árboles

sueño de los leones y equilibrio del agua.

 

Al otro lado había el gato con el corazón comido por los pájaros,

restaurantes cerrados, luz de las azoteas

donde el cielo devora el ángel de la noche.

 

Yo buscaba palabras

parecidas

a la mirada quieta del dios sobre la plaza

-igual que en el poema

de Coleridge el ojo del océano

mira la luna- y mi padre decía: cuando llegues

a la cumbre de la montaña, sigue subiendo.

Palabras implacables como el viento que mueve

la ropa de una estatua.

 

 

 

IV

 

Los ríos de las ciudades son extraños,

parecen dioses perdidos entre bares azules

y merenderos sucios

y pequeñas terrazas de extrarradio.

 

Los ríos, como los trenes,

llegan despacio al nombre de las ciudades.

Pero en las noches de verano

el sonido del agua

entra despacio en las habitaciones

y sigue el ritmo lento de los ventiladores

y atraviesa el corazón de los hombres dormidos.

 

 

 

V

 

En verano, buscábamos el corazón del bosque.

Conducíamos fuera de la ciudad, despacio,

sin importarnos en qué sentido giraban las ruedas de la vida,

sin buscar paraísos y sin pedir respuestas.

Yo decía

                algunas veces eres

lo que nunca tendré,

algunas veces eres todo lo que he perdido.

 

Ella y yo tumbados en el calor de la noche,

más allá de las torres de la radio.

Ella leva en las manos una rosa

de la que habla Milton.

Todos mis versos, juntos, son el nombre del ángel.

 

Aparcados junto al océano.

Yo buscaba pequeñas carreteras

forestales, palabras como el modo en que llega

la oscuridad del mar sobre una isla

-la palabra, pensé, que separa un barco de la costa.

 

Miro mi mano escribir, busco palabras

igual que el cielo busca la luz helada de los aparcamientos.

Escribir algo donde regresar.

 

Ella y yo tumbados en el calor de la noche,

más allá de las torres de la radio.

Ella lleva en las manos una rosa

de la que habla Milton.

Todos mis versos,

juntos,

son el nombre del ángel.

 

 

 

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