En el marco de la serie de poesía homoerótica “Un colibrí de amor entre los dientes”, un texto paradigmático de Salvador Novo, uno de los mayores poetas mexicanos del siglo XX. novo, posiblemente, cambió la dicción de la poesía mexicana al actualizar la máxima estética que trajo Pedro Henríquez Ureña de Estados Unidos: escribir como se habla.

 

 

 

 

Epifania

 

 

Un domingo
Epifania no volvió más a la casa.

Yo sorprendí conversaciones
en que contaban que un hombre se la había robado
y luego, interrogando a las criadas,
averigüé que se la había llevado a un cuarto.
No supe nunca dónde estaba ese cuarto
pero lo imaginé, frío, sin muebles,
con el piso de tierra húmeda
y una sola puerta a la calle.
Cuando yo pensaba en ese cuarto
no veía a nadie en él.
Epifania volvió una tarde
y yo la perseguí por el jardín
rogándole que me dijera qué le había hecho el hombre
porque mi cuarto estaba vacío
como una caja sin sorpresas.
Epifania reía y corría
y al fin abrió la puerta
y dejó que la calle entrara en el jardín.

 

 

 

 

 

 

De La estatua de sal, un fragmento en el que Novo cuenta alguna de sus aventuras eróticas:

 

Otras veces prefería llevarme a su cuarto, mejor equipado dentro de su miseria. En él me encerró una tarde con un tipo que acababa de hacer estallar una bomba en la embajada norteamericana: feo, pero dueño de una herramienta tan descomunal que no era fácil hallarle acomodo. La Golondrina  me retó, y acepté su desafío. Acompañada por curiosos testigos, me encerró con el anarquista, se alejó, volvió al rato, asomó la aquilina cabeza y preguntó: “¿Ya?” “Ya”. “¿Toda?” “Sí.” Y dirigiéndose a los testigos que la acompañaban, con una solemne entonación de Papa Habemus, proclamó: ¡Toda!