El despertar de los tonos: dossier de teoría de la traducción 1



El despertar de los tonos: dossier de teoría de la traducción 1

Iniciamos El despertar de los tonos, dossier de Teoría de la Traducción, con el texto: Importancia histórica de la traducción, primera parte del discurso de ingreso a la RAE de don Valentín García Yebra (1917-2010), esplendente filólogo, traductor y uno de los grandes sabios de la lengua Iberoamericana. Su lúcido discurso nos impulsa para comenzar este dossier en el que presentaremos diversas formas de sentir, conocer y generar la traducción poética.

 

 

 

 

 

 

 

«La regla de oro para toda traducción es, a mi juicio, decir todo lo que dice el original, no decir nada que el original no diga, y decirlo todo con la corrección y naturalidad que permita la lengua a la que se traduce»

 Valentín García Yebra

 

 

 

 

 

 

 

 Importancia histórica de la traducción

 

La traducción ha sido desde hace milenios uno de los procedimientos más importantes, acaso el más importante, para la propagación de la cultura, para la creación y el desarrollo de nuevas literaturas y para el enriquecimiento de las lenguas utilizadas para traducir.

Pero conviene precisar ya aquí qué entendemos por traducción.

En sentido muy amplio —he escrito en otro lugar[1]— es traducción cualquier actividad expresiva, toda manifestación que sirva para exteriorizar sensaciones, ideas, afectos o sentimientos. El dolor y el placer (físico o anímico), el amor y el odio, la tristeza y la alegría, la admiración y el desprecio pueden traducirse en gestos o ademanes del rostro, en actitudes del cuerpo, de las manos, de la mirada, ¡Cuántas cosas pueden decirse, en total silencio, sólo con los ojos!

En un plano más elevado, las diversas artes sirven para traducir, para trasladar desde el espíritu del artista hasta el ámbito perceptivo del espectador o del oyente, las impresiones recibidas por aquél en su contacto con el mundo, elaboradas en la cámara secreta de su alma. El proceso mediante el cual se exteriorizan y se comunican las vivencias artísticas es, en efecto, un acto de traslación, es decir, de traducción. El movimiento y la actitud en la expresión gestual o en la danza, el color en la pintura, el sonido en la música, son los signos utilizados en el proceso de comunicación correspondiente. A la traslación o traducción efectuada mediante estos signos podría dársele el nombre genérico de traducción semiótica. Esta manera de comunicarse, este género de traducción lo comparten con el hombre, aunque con grandes limitaciones, muchos animales.

La palabra, el signo lingüístico, es el instrumento peculiar de la comunicación humana. También esta comunicación por la palabra es esencialmente traslación de contenidos anímicos del emisor al receptor, y, en tal sentido, es siempre traducción. Lo es desde su nivel más bajo hasta sus más altas cumbres. Así lo han comprendido grandes escritores. Pero quizá nadie lo haya expresado con tanta nitidez como Proust. Veía Proust el alma humana impresionada por las cosas del  mundo como un libro esencial, el único libro verdadero; un libro que el escritor no tiene que inventar, puesto que ya existe en cada uno de nosotros; lo que ha de hacer es traducirlo[2]. Casi lo mismo piensa Valéry de la misión del poeta: «Colocado entre su hermoso ideal, aún no formulado, y la nada, el poeta es una especie de traductor»[3]. A este género de traducción, cuyo instrumento es la palabra, podríamos darle el nombre de traducción lingüística.

Si estrechamos aún más los límites del concepto, debemos prescindir de los enunciados orales, que son objeto de un tipo de traducción llamada interpretación. La «interpretación» es tan antigua como la comunicación entre hablantes de lenguas distintas. Este tipo de comunicación interlingüística oral, ágrafa, se remonta a los tiempos prehistóricos y, por su misma naturaleza, es indocumentable. Como los orígenes de las lenguas, los comienzos de la interpretación están envueltos en una masa de impenetrable negrura, y nada de lo que pudiéramos decir sobre ellos traspasaría los límites de la hipótesis. Como dijo hace ya 30 años Antonio Tovar, «Desde el punto de vista del lingüista, la contemplación de los milenios de la prehistoria hace que parezca insoluble el problema del origen del lenguaje»[4].

Llegamos así a la traducción escrita. Esta es la traducción que ahora nos interesa, y en adelante la llamaremos simplemente «traducción». Pero la traducción de textos escritos admitiría múltiples divisiones y subdivisiones. Me referiré tan sólo a una pareja de subespecies: la traducción intralingüística y la interlingüística. Llamamos traducción «intralingüística» a la que se produce sin salir del ámbito de una misma lengua, reformulando en ella un texto de tal manera que en su nueva forma conserve íntegro el contenido anterior. La traducción «interlingüística», en cambio, consiste en reproducir en una lengua lo escrito previamente en otra, de tal modo que el mensaje final sea por su contenido y, en lo posible, también por su estilo, equivalente al mensaje original. La finalidad de ambos tipos de traducción viene a ser la misma: reformular un texto de manera que tengan acceso a su contenido y, en la traducción interlingüística, también, en lo posible, a su estilo, lectores a quienes la formulación original les resulta incomprensible, o difícilmente comprensible.

Un tipo intermedio entre ambas clases de traducción es la nueva formulación de obras escritas en una lengua que, aun llevando el mismo nombre de aquella en que se reescriben, ha evolucionado de tal modo que el texto original es inaccesible para la mayoría de los lectores. Tal sucede con las obras escritas en alto alemán antiguo o alto alemán medio, en inglés antiguo o en inglés medio, incluso en francés antiguo y, hasta cierto punto, en francés medio; también, aunque en menor medida, con obras de nuestra literatura castellana primitiva; así, del Poema del Cid se han hecho al castellano moderno varias traducciones, versificadas unas, otras en prosa. La traducción propiamente intralingüística consiste en reproducir en un nivel de lengua accesible a los lectores, por medio del equivalente más próximo en cuanto al sentido, el mensaje de un texto escrito originalmente en otro nivel de la misma lengua. No suelen darse estas traducciones en estado puro. Así, la de las Soledades y la del Polifemo de Góngora por Dámaso Alonso combinan la traducción con la paráfrasis.

La traducción que ahora nos interesa, de la que afirmamos que es enriquecedora de la lengua terminal, es la traducción interlingüística; es decir, la que implica una pareja de lenguas tan diferentes entre sí, que los hablantes de una no pueden, sin previo estudio y adiestramiento, comprender la otra.

También en la traducción interlingüística podemos distinguir dos variedades: una, que sería la traducción interlingüística en sentido estricto, a la cual llamaré traducción sin más determinaciones, y otra, a la que daré el nombre de traducción implícita, que se produce cuando un lector cuya lengua no es la del original, al leer y comprender el texto producido en ésta, va reproduciendo mentalmente su contenido, y, hasta cierto punto, su estilo, en la lengua propia, Esta traducción se diferencia de la anterior principalmente en que la nueva formulación no se materializa en un texto escrito, y en esto se acerca a la interpretación. Aquí me referiré sobre todo a la traducción interlingüistica en sentido estricto. Pero también la traducción implícita contribuye grandemente al enriquecimiento de la lengua del traductor. Y a veces será necesario tenerla en cuenta.

Antes de pasar a la exposición histórica con la aportación de datos que pongan de manifiesto la realidad y la amplitud del influjo ejercido por la traducción en el trasvase de culturas y en el enriquecimiento de las lenguas receptoras, permítaseme una consideración teórica sobre los distintos modos de traducir. Las diferentes actitudes del traductor no carecen de importancia para nuestro tema.

En su célebre ensayo «Sobre los diferentes métodos de traducir»[5] expone Friedrich Schleiermacher que, a su juicio, no hay para la traducción más que dos caminos: «O bien el traductor deja al escritor lo más tranquilo posible y hace que el lector vaya a su encuentro, o bien deja lo más tranquilo posible al lector y hace que vaya a su encuentro el escritor». Esta formulación le parecía a Ortega, que la divulgó entre los lectores de lengua española en Miseria y esplendor de la traducción[6], «lo esencial sobre el asunto».

Pero no fue Schleiermacher el primero en establecer tal dilema. En su «Rede zum Andenken des edeln Dichters, Bruders und Freundes Wieland», cuatro meses anterior a la lectura pública del ensayo de Schleiermacher, expresa Goethe la misma idea en términos sorprendentemente semejantes:

Hay dos máximas de la traducción: una pide que el autor de la nación extranjera sea traído hasta nosotros de tal modo que podamos considerarlo como nuestro; la otra, por el contrario, exige que seamos nosotros quienes nos dirijamos al [autor] extranjero y nos adaptemos a su situación, a su manera de hablar, a sus peculiaridades.

Este planteamiento no era, en realidad, nuevo. Herder[7] presenta la distinción entre ambas maneras de traducir como establecida desde hacía mucho: «Man hat längst eine zweifache Art der Uebersetzung voneinander unterschieden». «Una —prosigue, coincidiendo en lo sustancial con Schleiermacher y con Goethe— procura traer hasta nosotros el original palabra por palabra; incluso, cuando es posible, con los sonidos de las expresiones. Se le ha dado el nombre de traducción (übersetzung), poniendo el acento en über [= tra, trans, ‘al otro lado’]. El otro género traduce (übersetz)» es decir, presenta al autor tal como habría escrito para nosotros de haber tenido como suya nuestra lengua».

Esta doble y dispar tendencia existía en la práctica y en la teoría de la traducción casi desde sus comienzos. Pero, con muy raras excepciones, una tendencia no excluía por completo la otra. Muy pocos teóricos de la traducción, y en menor número aún los traductores, aceptarían la polarización de Ortega, para quien «sólo cuando arrancamos al lector de sus hábitos lingüísticos y le obligamos a moverse dentro de los del autor, hay propiamente traducción»[8]. Ni Herder ni Schleiermacher, y menos aún Goethe, que elogia con entusiasmo las traducciones de Shakespeare por Wieland y Eschenburg siguiendo la tendencia opuesta, suscribirían la tajante afirmación de Ortega: «Hasta ahora no se han hecho más que seudotraducciones»[9]

Por lo demás, la dicotomía de los dos caminos es en sí misma inaceptable. Como escribió muy bien F. Rosenzweig[10] si el planteamiento de los dos caminos «quisiera ser más que la antitética explicación de una realidad múltiplemente enmarañada y confundida y nunca antitéticamente separada, el ideal de una traducción de Platón sería o bien una edición teubneriana del texto [griego], o bien la Crítica de la razón pura de Kant». En realidad, la traducción es siempre una transacción entre las dos tendencias, con predominio de una u otra.

Cualquiera que sea la tendencia dominante, la traducción influye en la lengua receptora, en la lengua del traductor.

Si el traductor tiende a extranjerizar su lengua acercándola lo más posible a la del original, introducirá en la lengua de la traducción frecuentes préstamos y calcos, neologismos léxicos y fraseológicos, que, en la medida en que sean aceptados por los lectores, enriquecerán la lengua de éstos, acrecentando en ella la capacidad expresiva; el traductor facilitará así la tarea de los escritores que van a servirse de la lengua como instrumento para sus creaciones. Es cierto que puede suceder, sucederá incluso con frecuencia, que el traductor extranjerizante se deje influir por la lengua del original sin advertir este influjo, dando lugar a las que suelen llamarse «interferencias lingüísticas», intromisiones de la lengua extranjera en la del traductor sin el consentimiento, y hasta sin el conocimiento de éste. En tales casos, el daño lo sufrirá casi exclusivamente el traductor, pues el influjo abusivo de la lengua extranjera desprestigiará su obra. La lengua misma puede resentirse de momento, sobre todo si es grande el número de traductores extranjerizantes; a la larga, acabará asimilando lo que le convenga y eliminando lo que le resulte extraño.

Si, por el contrario, el traductor ama la pureza de su lengua y procura mantenerla libre de todo influjo innecesario de la lengua extraña, tendrá que esforzarse en buscar nuevas posibilidades expresivas acordes con la estructura y la tradición de su propia lengua, que la hagan capaz de manifestar conceptos, sentimientos o matices que percibe en la lengua ajena y que nunca ha visto expresados en la suya. Hace más de cuatrocientos años, en la «Epistola a i lettori del modo del tradurre» que antepuso a su traducción italiana de la Poética de Aristóteles, expresaba Alessandro Piccolomini este principio básico de la teoría de la traducción: «i sentimenti et concetti […], in tutte le lingue i medesimi interamente saluar si possono»[11]. Después han repetido lo mismo eminentes lingüistas, como Roman Jakobson, y teóricos de la traducción, como Ch. R, Taber y E. A. Nida: el primero afirma en su breve pero sustancioso artículo «On Linguistic Aspects of Translation»:

No lack of grammatical device in the language translated into makes impossible a literal translation of the entire conceptual information contained in the original[12]

Y Taber y Nida afirman: «Toute idée qui peut s’exprimer dans une langue peut s’exprimer dans une autre».[13] Pero nadie lo ha dicho con tanta fuerza y belleza como Wilhelm von Humboldt:

La maravillosa cualidad de las lenguas es que todas, al principio, se limitan al uso corriente de la vida, pero luego pueden, hasta el infinito, ser elevadas por el espíritu de la nación que las trabaja a usos cada vez más altos y cada vez más variados. No es demasiado atrevido afirmar que en cada una, incluso en las hablas de pueblos muy rudos que no conocemos suficientemente […], puede expresarse todo, lo más alto y lo más profundo, lo más fuerte y lo más delicado. Pero esos tonos dormitan, como en un instrumento no pulsado, hasta que la nación aprende a despertarlos.[14]

Son los traductores quienes están especialmente llamados a despertar en su propia lengua esos tonos dormidos en ella y que sienten vibrar en la lengua original. Si no son capaces de excitar en su lengua nuevas fuerzas expresivas equivalentes a las que dan vida al texto de la lengua ajena, no podrán traducir el texto original; su traducción será inadecuada, no será una traducción valiosa.

La decisiva importancia de la traducción en el desarrollo y enriquecimiento de las lenguas está atestiguada por la historia. Lo que Schleiermacher dice del alemán se puede aplicar a todas las lenguas cultas. En su citado ensayo leemos:

Del mismo modo que acaso ha sido preciso traer y cultivar aquí muchas plantas extranjeras para que nuestro suelo se hiciera más rico y fecundo, y nuestro clima más agradable y suave, así también notamos que nuestra lengua, porque nosotros mismos, a causa de la pesadez nórdica, la movemos demasiado poco, sólo puede florecer y desarrollar plenamente su propia fuerza a través de los más variados contactos con el extranjero.[15]

Que las lenguas florecen y se desarrollan en contactos con otras lenguas es un hecho observable desde los tiempos más remotos. Nada lo prueba mejor que la historia de la traducción.

 

 

 

 

Notas

 

[1] «La traducción en el nacimiento y desarrollo de las literaturas», En torno a la traducción, Madrid, Credos, 1983, págs. 277-306; cit. pág. 277.

[2] A la recherche du temps perdu, éd. de la Pléiade, t. III, pág. 890.

[3] Cl. Pichois y A.-M. Rousseau, Littérature comparée, Paris, Armand Colin, 1967; trad. esp. de G. Colón Doménech, Literatura comparada, Madrid, Credos, 1969, pág. 193.

[4] «Linguistics and Prehistory», Word, 10 (Î954). 2-3, págs. 333-350, cit. por G- Mounin, Histoire de la linguistique des origines au XXe siècle, Paris, 1967; trad. esp.: Historia de la lingüística, Madrid, Gredos, 1968, pág. 349.

[5] Ueber die verschiedenen Methoden des Uebersetzens, reprod. en Dos Problem des Vebersetzens, herausgegeben von H. J. Störig, Stuttgart, Henry Goverts Verlag, 1963, págs. 38-70. Cito por mi trad. esp. en Filología Moderna, núms. 63-64, pág. 352.

[6] Pág. 74 de la ed. bilingüe publicada, con trad. alemana de Gustav Kilpper, por Edition Langewiesche-Brandt, Ebenhausen bei München, 1956.

[7] Cit. por Rolf Kloepfer, Die Theorie der literarischen Uebersetzung, München, Wilhelm Fink Verlag, 1967, pág. 49.

[8] Pág. 76 de la o. c.

[9] Ibid.

[10] «Die Schrift und Luther», en H. 1. Störig, o. c., pág. 221.

[11] «Cfr. mi «Esbozo de una “Teoría de la traducción” en la Italia renacentista», Estudios ofrecidos a Emilio Aloraos Llorach, II, pág. 100.

[12] On translation, ed. by R. A. Brower, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1959, pág. 235.

[13] Ch. R. Taber et E. A. Nida, La traduction: théorie el méthode. Londres, Alliance Biblique Universelle. 197Í, pág. 3.

[14] Traduzco el texto cit. por Rolf Kloepfer, o. c., pág. 55.

[15] L. c., pág. 374.