Que nadie testifique por el testigo, prólogo a las Obras Completas de Paul celan



Presentamos el ensayo “Que nadie testifique por el testigo” del poeta Carlos Ortega, el mayor especialista en la obra del poeta rumano Paul Celan desde la lengua española. Dicho texto aparece como prólogo a las Obras Completas (Editorial Trotta, 1999) del autor de Amapola y memoria, traducidas de forma brillante por José Luis Reina Palazón. Carlos Ortega (Valladolid, 1957) es poeta y ensayista, licenciado en filología francesa y alemana. Fue director de la Biblioteca Nacional de España y director de la Editorial Losada. Actualmente dirige el Instituto Cervantes de Viena. Su labor como traductor abarca desde las narraciones de Julio Verne hasta la poesía de Robert Walser, pasando por los textos clásicos de Rousseau, Molière o Hugo von Hofmannsthal. Entre sus libros de poemas figuran La lengua blanda (Visor, 1995) y La perfecta alegría (Pretextos, 2008).

 

 

 

 

 

 

 

 

QUE NADIE TESTIFIQUE POR EL TESTIGO

por Carlos Ortega

 

El puente Mirabeau da acceso a una zona industrial en el extremo suroeste de París, poco antes de que el Sena cambie de dirección e inicie un prodi­gioso meandro, como si se abrazara a sí mismo. El paisaje allí está marcado por la ancha corriente gris del río, el trazo recto del puente y unas construc­ciones que se levantan como sombras proyectadas por el mecano de la Torre Eiffel. El poeta Guillaume Apollinaire lo cantó en unas célebres estrofas:

 

Bajo el Pont Mirabeau discurre el Sena

Con mis amores

Por qué me lo recuerda

Primero era el placer después la pena

La noche va trayendo su momento

Van pasando los días yo me quedo

 

A unos pocos metros del puente se encuentra la boca de la Avenue Émile Zola. En el número 6 de esa calle vivió el último año y medio de su vida Paul Celan. Ocupó un piso pequeño con apenas unos pocos muebles y sin otras señas destacables. El edificio data claramente de la época postre­ra de Apollinaire, pero carece de rasgos llamativos. Celan también se había referido al puente Mirabeau en un muy importante poema de 1962, «Y con el libro de Tarusa»:

 

Del sillar

del puente, del que

él rebotó

hacia la vida, en vuelo

de heridas, —del

puente Mirabeau.

Donde el Oka no fluye. Et quels

amours!

 

El poema alude, sin nombrarla, a Marina Tsvietáieva. Tarusa es la ciudad en la que la poeta rusa pasó su infancia, y el Oka es el río que la atraviesa. Tsvietáieva se ahorcó en 1942 y Celan se arrojó al Sena desde ese puente Mirabeau, nada romántico, el 20 de abril de 1970. Esta estro­fa compone un extraño eco, lanza una sonda trágica entre dos existen­cias, tan distintas y tan comunes en este siglo en el que, al fin y al cabo, como dice el verso de Tsvietáieva que Celan puso como epígrafe a su poema, «todos los poetas son judíos». Marina Tsvietáieva no lo era de raza; Paul Celan, sí.

Si había algo que, en el caso de Celan, llamaba la atención, eso era su dulzura de trato, su delicada cortesía, pero también su tristeza. Jean-Domi­nique Rey, alguien que le conoció en el último tiempo, menciona su «porte lento, ligeramente oscilante, como el de un poeta habitado por el Verbo o el de un Sísifo en la desesperación. Nunca hubo indiferencia en su paso. Pero en cuanto te veía, lo primero que salía era su encanto y su amabilidad. Su sonrisa, ligeramente retraída, marcaba una especie de distancia infran­queable entre él y el mundo, pues no dejaba ver de ella más que el velo con que la cubría».

Nadie vio el salto de Paul Celan desde el puente Mirabeau ese día de abril de 1970. En los siguientes, su falta al trabajo como Lector de lengua alemana en la École Normale Supérieure no levantó alarma algu­na, ni tampoco sus vecinos se sorprendieron del correo que atestaba, apilado, la rendija de la puerta del piso en que vivía solo. Su mujer, la artista gráfica Giséle de Lestrange, llamó, preocupada, a un amigo para saber si su marido se había marchado tal vez a Praga. El primero de mayo, un pescador descubrió su cuerpo diez kilómetros río abajo. Sobre la mesa del poeta se encontró una biografía de Hölderlin abierta por un pasaje subrayado: «A veces el genio se oscurece y se hunde en lo más amargo de su corazón».

La muerte de Celan dejó en la desolación a su familia y a sus amigos, muchos de ellos dispersos por Europa e Israel. Una de las más queridas, la escritora alemana Nelly Sachs, moría el mismo día en que el cuerpo de Celan era enterrado en el cementerio Thiais de las afueras de París, parcela 13, línea 12. Y un año después, se suicidaba el amigo más joven y leal del poeta, aquel que había escrito varios ensayos sobre él y que era, como él, también un superviviente: el brillante crítico alemán Peter Szondi.

Para John Felstiner, Celan nació en un lugar y un tiempo equivocados, «pero asumió su desgracia y nunca creció inmune a ella». En los ochocientos poemas que publicó, más los cuatrocientos setenta y seis que dejó sin publi­car —de los cuales se ha editado recientemente una amplia antología[1]—, están condensados su vida y su pensamiento, el cual integra un buen manojo de tradiciones literarias y de datos, no sólo personales, sino también teoló­gicos, filosóficos, científicos e históricos, junto con un afán manifiesto de dirigirse a un interlocutor, de encontrarse con un tú, que puede ser él mis­mo, su madre, su mujer, sus hijos, o bien una simple piedra o la letra bet del alfabeto hebreo y otro sinfín de cosas, sólo presentes porque el poeta las identifica en su obra con ese tú. Ésa es la palabra que más repite: casi 1 400 veces a lo largo de treinta años de escritura. La lectura de esa escritura exige, para que sea un acto pleno de apropiación de su pensamiento, conocer determinados hechos y lugares de su biografía, pues se le impone al lector un sentimiento claro de que un raigón biográfico queda siempre sepultado en sus poemas.

Paul Celan fue parco, sin embargo, en proporcionar noticias directas de su juventud, y fue mudo respecto de su infancia. Nació el 23 de noviembre de 1920 en Czernowitz, la capital de la Bucovina, una región al borde de los Cárpatos que recibe ese nombre por sus grandes y numerosos hayedos (en las lenguas eslavas, la palabra bue designa al haya). En ese momento, el territorio de la Bucovina, antigua provincia imperial (hoy perteneciente a Ucrania), acababa de integrarse en Rumanía, en virtud de diversos acuerdos provocados por el hundimiento del Imperio Austrohúngaro, Czernowitz era entonces una ciudad de más de cien mil habitantes, casi la mitad judíos de expresión alemana. El resto de la población se repartía entre rumanos y ucranianos, sobre todo, y algunos húngaros, alemanes, austriacos y polacos, que hablaban sus lenguas respectivas (rumano, alemán, suabo, ruso, etc.), Culturalmente, la ciudad constituía un gozne entre el Oriente y el Occiden­te europeos.

El padre de Celan, Leo Antschel-Teitler, había obtenido un título aca­démico de ingeniero, pero la crisis posterior a la Primera Guerra Mundial le obligó a ganarse el sustento como vendedor de leña, representando a algunas empresas que comerciaban con la madera proveniente de los vastos bosques de los Cárpatos, Leo cerraba los tratos de sus ventas en los cafés, por lo que pasaba prácticamente todo el día fuera de casa. Su mujer, Frie­derike Schrager, había tenido que ocuparse de pequeña de sus hermanos, pero completó su irregular formación con un insuperable afán lector que inculcó a su hijo. Ambos procedían de familias judías de la región, lo que significaba que su medio era de judíos ortodoxos, porque esta parte del mundo de la judeidad había quedado al margen de las corrientes liberales que desde la Ilustración habían alcanzado a otras comunidades hebreas. Paul era su primer hijo, y no tuvieron más.

Leo Antschel, que era más sionista que practicante y más severo que comprensivo, quiso educarlo en la ortodoxia, y a los seis años lo envió a la escuela hebrea, donde estuvo entre 1927 y 1930. Antes, el pequeño había frecuentado una escuela exclusiva, que impartía la enseñanza en alemán, gracias al empeño de su madre. Su lengua de uso era el alemán. En ella había aprendido a leer, y era la lengua que se hablaba en casa: un alemán sin acento, que su padre y su madre se esmeraban en pronunciar. Luego, en el instituto, recibiría las clases en rumano, que era lengua oficial en todo ese territorio. Su padre le impuso entretanto unas clases particulares de he­breo. Ese clima políglota, propio también de la ciudad de Czernowitz, no le abandonó ya nunca.

A finales de 1933, el joven Paul Celan pudo enterarse directamente por boca de un tío suyo que vivía en Alemania de las persecuciones de que eran objeto los judíos en aquel país por parte de Hitler. También en Rumanía comenzaban a menudear las actitudes antisemitas. En 1934, Paul hubo de cambiar de instituto por esa razón. Alumno aventajado en las materias lingüísticas y literarias, durante ese periodo leyó mucho más que ningún otro de sus compañeros. Lo hacía en francés, en rumano y, sobre todo, en alemán: Goethe y Schiller, pero también Heine, Trakl, Rilke, Hölderlin, Nietzsche, Verlaine, Rimbaud, Hofmannsthal, Kafka…

La relación con su madre se fue estrechando en la adolescencia, mien­tras que con el padre la distancia era total al final de la misma. La severidad de antaño no la podía ya asumir Paul, que buscaba independencia y libertad totales, y las diferencias entre los dos se hicieron ideológicas, de actitud vital y de carácter, y resultaron al cabo infranqueables. Esa rebeldía tuvo un cauce político en su simpatía por algunos grupos antifascistas. Pero sólo cuando estalló la guerra civil española, por primera y única vez, el joven rebelde se dejó arrastrar a la acción política: ayudó a recaudar fondos para los combatientes republicanos españoles. El grito de los resistentes madri­leños en 1936, «¡No pasarán!», escrito así, en castellano, figura en dos poemas de épocas distintas: «Todo en uno», en La rosa de nadie, y «Shibbólet», en De umbral en umbral:

 

Corazón:

date a conocer también

aquí, en medio del mercado.

Dí a voces el shibbólet [la contraseña]

en lo extranjero de la patria:

febrero. No pasarán.

 

Pronto abandonó esta incipiente militancia, pero su afinidad con los movimientos anarquistas y socialistas no la perdió nunca.

Comenzó a escribir poemas al mismo tiempo que crecía su éxito entre las muchachas, las cuales fueron sus cómplices en esos inicios. De los años 1938 y 1939 se conservan algunos en diversos cuadernos manuscritos y mecanoscritos: «Queja», «La mano no enturbia el toque sin tinta», escrito para la celebración del «Día de la madre» de 1938, «Regreso» o «En medio del viaje». En el tono romántico y simbolista de estos poemas tempranos (una antología de los cuales se publicó en 1985), se hacen visibles las lectu­ras de Rilke.

En junio de 1938, Celan había terminado su bachillerato. Sus padres querían que estudiara medicina, pero la universidad rumana restringía el acceso de los judíos a esos estudios. Hitler ya se había anexionado Austria, e igualmente estaba descartada la inscripción en una universidad alemana. Decidieron entonces, como otros compañeros suyos del instituto, que Paul hiciera un curso preparatorio en la ciudad francesa de Tours, para después matricularse en una gran universidad, como París o Estrasburgo. Por un momento su padre pensó que era mejor reservar ese dinero por si tenían que emigrar. Pero la resolución de su madre, y la del propio Paul, neutralizaron ese propósito.

A primeros de noviembre de 1938 salía hacia Tours en tren, vía Berlín, adonde llegaba al día siguiente de la terrible Noche de los Cristales Rotos. Nunca le contó a nadie lo que vivió aquellas horas, y sólo años más tarde lo expresó en el poema titulado «La Contrescarpe»:

 

Por Cracovia

has venido, en la estación

de Anhalt

fluyó a tu mirada un humo

que era ya de mañana.

 

Sin detenerse, atravesó Alemania y Bélgica, y llegó a París, donde le esperaba un hermano de su madre, el tío Bruno Schrager, actor. Una vez en Tours, los estudios no le resultaron demasiado estimulantes, y se dedicó a leer y a estudiar los movimientos poéticos de vanguardia, a hacer algunos amigos por afinidades políticas, a viajar con sus compañeros rumanos a París o a Londres, a frecuentar a algunos exiliados españoles. No fue enton­ces, como alguien ha dicho, cuando conoció al «Abadías, el anciano de Huesca» que aparece en «Todo en uno» (La rosa de nadie) y que le enseñó su «español de pastores», sino en 1962, cuando su mujer y él compraron una casa de campo al sureste de Normandía.

Pasado el verano de 1939, y de vuelta en Czernowitz, le sorprendía el estallido de la guerra. Las circunstancias le obligaban a aplazar los estudios de medicina, y decidió comenzar otros de filología francesa en la universidad local. Rumanía era un país neutral, y no se temía la entrada en la guerra. Pero lo que no era concebible se produjo. La Unión Soviética, que venía reclamando desde antiguo la Besarabia y el norte de la Bucovi­na, exigió la rendición inmediata de estos territorios en virtud del pacto de no agresión que había firmado con los alemanes, y el 28 de junio de 1940 el Ejército Rojo ocupó Czernowitz sin resistencia, pues los rumanos habían huido en desbandada. El resto de la población confraternizó mal que bien con los nuevos ocupantes.

Cuando en el otoño se abrió la universidad, los cursos se daban ya en ruso o en ucraniano. Estaban en un nuevo país. El joven Paul había apren­dido ruso muy rápidamente, gracias a la facilidad que siempre había demos­trado para los idiomas, y no tuvo inconveniente en seguirlos. Pero el nivel de enseñanza era tan bajo como malo el sistema de abastecimiento de la ciudad. Años más tarde, Celan describiría en la lengua alemana que ni siquiera en tales momentos dejó de utilizar para escribir un recuerdo de un desfile de primero de mayo bajo esa ocupación:

 

Alzamiento de pancartas, de eslóganes de humo,

más rojos que el rojo,

[ … ] deslizándose delante

de poblaciones de focas.

 

De esta época data una de las relaciones que más influirían en su copiosa producción poética de entonces. La había conocido en casa de unos amigos, y era actriz del Teatro Estatal Yiddish que los soviéticos habían reabierto en Czernowitz. Se llamaba Ruth Lackner y era algo mayor que él. A juicio del biógrafo Israel Chalfen, Ruth Lackner estará en el centro de toda su poesía del periodo 1940-1945, desplazando incluso a su madre, a la que adoraba.

Las cosas comenzaron a precipitarse en junio de 1941, cuando la poli­cía estatal soviética organizó una deportación de más de cuatro mil hom­bres, mujeres y niños a Siberia. Las tres cuartas partes eran judíos acusa­dos de contrarrevolucionarios. Pero eso no era más que un preludio de lo peor. Una semana más tarde, Hitler rompía el pacto con Stalin e invadía el territorio soviético. Los rusos huyeron y en el último momento invitaron a huir con ellos a determinados habitantes de Czernowitz, entre ellos a los estudiantes universitarios. Algunos amigos de Paul Celan aceptaron mar­charse; pero ni él ni su familia, ni la de su amiga Ruth Lackner lo hicieron, con la esperanza de que el régimen nazi nunca les alcanzaría. El 5 de julio, sin embargo, las tropas rumanas entraban en Czernowitz precediendo en sus acciones de pillaje y en sus ejecuciones sumarias de judíos y ucranianos acusados de colaborar con los soviéticos al grupo de acción D al mando de las SS.

En las primeras veinticuatro horas, los alemanes, ayudados por los ru­manos, casi llegaron a borrar definitivamente de la ciudad los más de 600 años de presencia judía: incendiaron la gran sinagoga, colocaron el distin­tivo amarillo a muchos judíos, torturaron, ultrajaron y asesinaron a los líderes de la comunidad, y durante las semanas siguientes a otros 3 000 más. Al resto, unos 45 000, los confinaron en un gueto construido en la vieja judería. Aunque las condiciones en el mundo enfangado y húmedo del gueto eran imposibles, Paul pasó las primeras semanas traduciendo algunos sonetos de Shakespeare, que le parecía que no había sido bien vertido al alemán, y escribiendo. Mientras, se iniciaron las deportaciones de sus con­vecinos a la región ucraniana de Transnistria, ahora en manos rumanas bajo mando militar alemán. A lo largo del año 1942, Paul hubo de realizar algunos trabajos para sobrevivir; uno de ellos consistió en ayudar a recabar todos los libros rusos de la ciudad para quemarlos.

Ese año hubo otra oleada de deportaciones. Los nazis aprovechaban las noches de sábado a domingo para proceder a la detención masiva de judíos, por lo que muchos de ellos, sabiéndolo, se ausentaban entonces de sus casas. A la familia Antschel se le ofreció la posibilidad, gracias a Ruth Lackner, de esconderse en esas ocasiones en una fábrica de detergentes y cosméticos que un rumano ponía a su disposición, pero la madre de Paul se negó: «No podemos escapar a nuestro destino». Por primera vez en su vida, su hijo se enfadó con ella y le reprochó ese fatalismo. Llegada la tarde del sábado 27 de junio, Paul acudió a ocultarse en la fábrica, convencido de que sus padres se reunirían con él. Pero no lo hicieron. Cuando el lunes siguien­te regresó a su casa, se encontró la puerta con los precintos puestos: sus padres habían sido detenidos e integrados en un convoy que había salido de Czernowitz hacia el sur muchas horas antes. Nunca más volvió a verlos. Fueron llevados a Mijailovka, a un campo a orillas del río Bug, donde los alemanes estaban construyendo una carretera. El poema «Angostura», de Reja del lenguaje, refleja ese momento:

 

Llevado

al terreno

del

vestigio

inequívoco:

Hierba.

Hierba,

separadamente escrita.

 

A finales de 1942, su madre consiguió hacerle llegar una carta en la que le comunicaba la muerte de su padre. Debilitado para el trabajo, las SS habían dejado morir de tifus a Leo Antschel. Pocos meses después, un pariente que pudo escapar del campo le trajo la noticia de que su madre había muerto de un balazo en la nuca. Paul se iba a sentir ya siempre culpable por no haber hecho todo lo posible por salvar a sus padres. En alguna ocasión llegó a confesar que su delito mayor había sido esa deslealtad. Pensaba que los había traicionado. Las deportaciones cesaron, y, no obstante, Celan se alistó en un campo de trabajo del ejército rumano, donde estaba más seguro que en su ciudad. El duro trabajo le dejaba tiempo para traducir y para escribir, y esa posibilidad le proporcionó una razón para vivir en medio de la miseria, el desastre y la destrucción. Allí pasó diecinueve meses, taciturno y sin referirse nunca a la suerte que hubieran podido correr sus padres. Eso lo reservaba a la poesía:

¿Qué sería, madre, estirón o llaga,

si yo también me hubiera hundido en la nieve de Ucrania?

La muerte en la nieve es un motivo recurrente en estos poemas. La tragedia de todos los judíos, pero, sobre todo, la tragedia de sus padres y, en buena medida, la suya propia como superviviente, señaló todo su hacer poético, el pulimento de una piedra dura, de un pedernal para el último brillo humano: el frío de la nieve arropando unos cuerpos despojados de todo.

La derrota de los alemanes y de sus secuaces rumanos estaba tan próxima a comienzos de 1944 que se autorizó a los judíos del campo de trabajo en que estaba Celan a volver a Czernowitz. En la primavera, los soviéti­cos entraban en la ciudad por segunda vez en el siglo, aunque con una actitud más impía que en la primera. Paul avistaba, no obstante, un nuevo periodo menos cruel. Evitó con algunas ayudas que los rusos le reclutaran para su ejército, porque la guerra aún no había terminado. A cambio, tra­bajó como ayudante en una clínica psiquiátrica, donde se encargó de aten­der a soldados soviéticos heridos en la cabeza o con diversos shocks. Para ganar algo de dinero, realizaba asimismo traducciones del rumano al ucra­niano para un periódico local. Reunió en un mecanoscrito 93 poemas, y entregó otra colección escrita a mano a su amiga Ruth Lackner para que se la hiciera llegar a Bucarest al poeta Alfred Margul-Sperber. Comenzó a estudiar inglés en la universidad que reabrieron los soviéticos y a leer a escritores hebreos.

Algunos de los judíos deportados volvieron. Así ocurrió con su amigo, el poeta lmmanuel Weissglas. Paul supo entonces que su tío, Bruno Schra­ger, había permanecido en París hasta el estallido de la guerra. Su nombre, sin embargo, aparecía en la lista de los 500 deportados en el primer con­voy que las SS de Eichmann condujeron de Drancy a Auschwitz. Todo ello removió de nuevo el trauma de Paul y reeditó su sentimiento de culpa respecto de la suerte corrida por sus padres. Durante aquellos meses escri­bió la primera versión de «Fuga de la muerte», tal vez el poema al que la crítica ha dedicado más atención de todos los escritos después de la gue­rra. Las metáforas de esta endecha suprema, compuesta contra la inhuma­nidad del hombre, remiten a la matanza de Auschwitz. Tuvo una primera publicación en lengua rumana en el número de mayo de 1947 de una revista de Bucarest, Contemporanul, gracias a la traducción de su amigo Petre Solomon. Fue entonces cuando Paul cambió su apellido, y pasó a llamarse Celan en vez de Antschel. Solomon escribió la siguiente nota introductoria: «El poema cuya traducción publicamos evoca un hecho real. En Lublin, como en otros muchos “Campos de la muerte” nazis, se obligaba a un grupo de los allí prisioneros a cantar nostálgicas canciones mientras otros cavaban sus tumbas». Solomon lo tituló en rumano «Tan­goul Mortii» (Tango de muerte). En cualquier caso, música y muerte como en La muerte y la doncella, de Schubert, o en el Réquiem alemán, de Brahms, y en tantas otras obras que ponen en conexión la nada y el orden, las paradojas de la aniquilación, la armonía para expresar una aflicción extrema:

 

Negra leche del alba la bebemos de tarde

la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche

bebemos y bebemos

cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho

Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe

En la casa vive un hombre

que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete

lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines

silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra

nos ordena tocad a danzar

 

La perspectiva de un régimen soviético peligroso y represivo sobre todo para los judíos le movió a alejarse de su ciudad natal. Hasta entonces había seguido viviendo con su abuelo y otros parientes en la misma casa de sus padres. Ahora estaba decidido a marcharse a Viena, pero antes debía pasar por Bucarest. Cuando en abril de 1945 abandonó la Bucovina, Paul, como otros de sus conciudadanos, lo hizo como un apátrida, sin pasaporte ni nacionalidad. En Bucarest lo acogió el decano de los poetas judíos de Czernowitz, Alfred Margul-Sperber, que había leído con entu­siasmo sus poemas. Margul-Sperber encontró un trabajo para él en una editorial nueva, la Cartea Rusa (El libro ruso), que consistía en redactar y traducir textos del ruso al rumano. Allí tradujo algunos cuentos de Chejov y de Turgueniev, la novela de Lermontov Un héroe de nuestro tiempo, etc., trabajos que firmó con seudónimos, porque el antisemitismo aún no había desaparecido en Rumanía. Su destreza hizo, sin embargo, que se le apreciara como traductor. Conocía el rumano perfectamente, hasta el pun­to de que escribió, a petición de su amigo Solomon, algunos poemas en rumano. Pero siempre le fue fiel a la lengua alemana, pese a que se hubie­ra convertido en la lengua de los verdugos de sus padres: «Uno no puede expresar su verdad más que en su lengua materna; en una lengua extranje­ra, el poeta miente», decía.

Los dos años pasados en Bucarest (1945-1947) constituyeron un perio­do de transición, un tiempo en el que ahorrar dinero para poder pasar a Viena, la verdadera meta de Paul. Un amor de la última época en Czer­nowitz, Rosa Leibovici, había acudido a Bucarest, respondiendo a las llama­das del poeta, pero finalmente la relación, como ocurrió con Ruth Lackner, no tuvo continuidad. Mientras, escribió la mayoría de los poemas que com­ponen La arena de las urnas, que iban a ser retomados, casi todos ellos, en Amapola y memoria, y lo hizo «con el sentimiento de que estaba escribiendo cada vez mi último poema», según confesaba a un editor en 1946.

Aunque le divertía el surrealismo atmosférico que impregnaba el am­biente literario de Bucarest, y pensaba que podía tener éxito allí como poeta en lengua alemana, a pesar del tono tan distinto de sus obras, justo antes de que el rey rumano abdicara y se declarara la República Popular, Paul Antschel, convertido ya en Paul Celan, abandonó la capital rumana. Lo hizo en el peor momento posible. Dejó todos sus manuscritos a sus amigos, y emprendió sin nada un peligroso viaje por el que tuvo que pagar una suma exorbitante a un contrabandista. Al carecer de documentos, debía cruzar las fronteras clandestinamente, obligándose a atravesar toda Hungría en el frío otoño de 1947, dormir en estaciones de tren abandona­das, aceptar la caridad de los granjeros húngaros, etc. Todavía en su pieza en prosa Dialogo en la montaña se puede encontrar un rastro de este viaje:

Una tarde que el sol, y no sólo él, había tenido su ocaso, se fue, salió de su casita, y se fue el judío, el judío e hijo de judío, y con él se fue su nombre, el impronunciable, se fue y se vino, se vino tranquilamente, se hizo oír, se vino con bastón, se vino salvando la piedra, ¿me oyes?, tú me oyes, soy yo, yo, yo, y él, el que tú oyes, el que crees oír, yo y el otro.

Llegó a Viena con una carta de recomendación de su mentor, Margul­-Sperber, para el literato austriaco Otto Basil. Margul-Sperber lo presentaba como el poeta que podía contraponerse a Kafka en su género. Basil lo recuerda como «el joven de los ojos tristemente oscuros», que «hablaba con voz suave y parecía modesto, reservado, esquivo, casi asustado». En febrero de 1948, un editor suizo le comunicaba su deseo de publicar su primer libro de poemas, La arena de las urnas. El propio Basil publicaba una selección de los mismos en su revista Plan, obteniendo una buena acogida y un cierto eco en la ciudad, lo cual era mucho para un lugar tan lleno de acontecimientos como aquél. Esos éxitos primeros propiciaron amistades como la que man­tuvo con el pintor surrealista Edgard Jené, a quien dedicó el poema «Re­cuerdo de Francia» y de cuya pintura escribió un revelador ensayo que constituyó el prólogo a un catálogo del pintor. En ese texto, Celan proponía que la tarea del arte consistía en «no dejar de dialogar nunca con las fuentes oscuras». Algunos poemas de la época vienesa trataban de cumplir con esa tarea. El poema dedicado a Jené, en el que Celan cuenta un sueño, finaliza con un verso que es como la metáfora de su propia vida:

Estábamos muertos y podíamos respirar.

De este tiempo vienés, todavía no exento de amenazas de todo tipo, data también la amistad de Celan con lngeborg Bachmann, que fue vital para él. Bachmann acababa de escribir un ensayo sobre Heidegger, y se había mostrado sensible a los límites del lenguaje poético, especialmente después del fascismo.

Las condiciones de vida en Viena eran, no obstante, muy duras. La ciudad se hallaba dividida y no resultaba fácil estudiar o encontrar un empleo. Celan decidió marcharse a París, convencido de que su libro de poemas —del que había dejado fuera «Fuga de la muerte»— había llegado demasiado pronto. En julio de 1948, visitó en Innsbruck al venerable editor Ludwig von Ficker, con quien habló de Trakl, de Else Lasker­-Schüler y de sí mismo. Ya tenía decidido irse a París. Hablaba francés con fluidez y había traducido a los simbolistas franceses y a los surrealis­tas. Heine y Rilke, Tzara y Ionesco le habían precedido en esa decisión, aunque también era consciente de que se alejaba de su lengua materna, y sobre todo del ambiente judío en el que mal que bien había vivido siempre:

 

Es una hora que hace del polvo tu escolta,

de tu casa en París lugar de sacrificio de tus manos,

de tu ojo negro, el más negro ojo.

Hay una estancia donde un tiro de caballos espera a tu corazón.

Tu pelo quisiera ondear cuando viajas -le está prohibido.

Los que se quedan y hacen signos de adiós no lo saben.

 

Como despedida, Celan escribió a su mentor, Margul-Sperber: «No hay nada en el mundo por lo que un poeta haya de seguir escribiendo, no desde luego si el poeta es un judío y la lengua de sus poemas es el alemán». Sin embargo, también confesaba a un pariente: «Tal vez yo sea uno de los últimos que deba seguir viviendo para consumar el destino del espíritu judío en Europa. Esa obligación la he sentido como poeta, como poeta que no podía dejar de escribir, a pesar de ser judío y escribir en alemán».

Fue una vez instalado en París, en la Ruedes Écoles, cerca, por cierto, de donde diez años antes había vivido su tío Bruno Schrager, cuando por fin apareció en Viena su libro. El resultado le disgustó. Lo había tenido que reconstruir de memoria en Viena (no se olvide que había dejado todos sus manuscritos a sus amigos de Bucarest), y había sentido que su publicación era precipitada. Pero lo que le desanimaba era la encuadernación barata y el papel más barato aún que se había utilizado en la edición, y sobre todo algunas erratas fatales que desvirtuaban el sentido de los versos. Jené, que se había quedado al cuidado de estos detalles, fue quien recibió todas las críticas de Celan, que renunció a su libro. Tres años después, apenas se habían vendido una veintena de ejemplares.

El primer periodo en París, en su cuarto del último piso del Hotel de Sully, fue de soledad y estuvo lleno de sombras:

 

Estoy solo, coloco la flor de ceniza

en el vaso lleno de escarchada negrura. Boca de hermana

dices una palabra que sobrevive…

 

Las dificultades para vivir y un sentimiento de impotencia y desconcier­to lo atenazaban. Dio comienzo entonces una etapa de esterilidad poética al término de la cual, en el año 1952, tan sólo había compuesto una docena de poemas. Una editorial alemana le había rechazado en septiembre de 1949 su nuevo libro. Su malestar era tan grande que en febrero de 1951 había enviado una carta a Ludwig von Ficker confesándole su incapacidad para manifestarse, para hablar y para escribir: «Unas veces soy el prisionero de estos poemas y, otras, su carcelero». Entretanto, y para sobrevivir, hubo de dar algunas clases de alemán y de francés. También estudió filología y literatura alemanas en La Sorbona. Margul-Sperber le sugirió que fuera a ver al poeta surrealista Yvan Goll, un judío alsaciano que había traducido el Ulises de Joyce. Él y su mujer leyeron La arena de las urnas y escucharon la queja de Celan de que se sentía incomprendido como poeta. Celan, que había traducido al alemán a algunos surrealistas rumanos y franceses, entre los que se encontraba el propio Goll, había roto ya con ese movimiento. Un poema de 1952, «Cristal», lo certificaba. Pero aquel primer contacto con el matrimonio Goll iba a tener unas secuelas amargas para Celan.

Poco después de dar por concluido Amapola y memoria con uno de los poemas más reveladores del conjunto, «Cuenta las almendras», Celan viajó a Alemania. Desde que lo atravesara el año 1938, no había vuelto a aquel país. Ahora, y gracias al interés de lngeborg Bachrnann, había sido invitado a una reunión del Grupo 47, fundado después de la guerra para la promo­ción de nuevas voces en la literatura alemana. El viaje no fue, ni mucho menos, un éxito. Tras leer algunos de sus poemas, alguien le acusó de que no eran lo suficientemente «comprometidos», Desde luego, los que escribió a continuación de ese viaje, y entre ellos uno dedicado a Paul Eluard, que había muerto el 18 de noviembre de ese año 1952, sí lo serían. En el poema a la memoria de Eluard, Celan alude al caso de un poeta surrealista checo y superviviente de los campos nazis, que había sido condenado a muerte por el régimen de Stalin. Breton pidió a Eluard que intercediera por el com­pañero, conocido de ambos. Pero Eluard se negó solemnemente. Celan abordó en su texto los asuntos de la poesía, la solidaridad y la muerte, puesto que el poeta checo fue ajusticiado, destacando la discrepancia exis­tente entre los poemas de Eluard, que hablan de la libertad y el amor, y su conducta, dejando en la estacada a su compañero.

Antes de las navidades de 1952, Paul Celan se casó con Giséle de Les­trange (1927-1991), a la que había conocido en 1950, al cabo de un viaje de ésta por España. Gisele era artista gráfica, y sus padres, pertenecientes a la nobleza francesa, aceptaron de mal grado la incorporación de un judío pobre a su familia. La pareja vivió en París. Celan comenzó a hacer más asiduamente trabajos de traducción, a veces por dinero; otras, por simple afinidad, como la que tenía con Apollinaire, a quien tradujo de una particu­lar forma en la que se revela su propia poesía. Al final, había hecho de la traducción a lo largo de esos años cincuenta su ocupación principal. Tradu­jo a Cocteau y a Georges Simenon; tradujo algunos ensayos de Cioran y hasta un drama de Picasso sobre la guerra, Le désir attrapé par la queue. Hubo de abandonar, en cambio, su proyecto de traducir la correspondencia entre Gide y Rilke.

La boda coincidió con la también buena noticia de que un editor de Stuttgart publicaba Amapola y memoria, que incluía los poemas escritos entre 1944 y 1952, además de una parte de la malograda colección editada en Viena, como «Fuga de la muerte». El título del libro, que proviene de un verso de su poema «Corona», se convirtió en una divisa para Celan, una divisa que le conectaba con su infancia judía en Bucovina. Al autor le sor­prendió la repercusión que tuvo en Alemania el poema «Fuga de la muerte», al que se consideró como un lamento moral del Arte contra la Historia, aunque se le volvía a enredar en la querella entre poesía comprometida y poesía pura. Él lo encajaba como el coste que debía pagar por el reconoci­miento de su poesía en la Alemania surgida de la guerra, pero le confirmaba en la sospecha de que era un poeta a pesar de la lengua y a pesar de la historia. Se sentía desarraigado. Procedía de un país que había dejado de existir, escribía en alemán para un público entre el que no vivía y en el que no confiaba, y residía en una Francia que le minusvaloraba. Por esa razón se refugió en su lengua natal: su lengua fue su patria, frase que se dice tantas veces, pero tal vez nunca con tanto fundamento. También era el idioma en el que, por las vueltas que dio la historia, se expresaban los asesinos de sus padres. Pero fue a la única a la que pudo quejarse, la única que pudo reivin­dicar:

 

Dice la verdad

quien dice la sombra.

 

No es extraño que por la misma época quedara muy lastimado con la acusación de plagio que lanzó contra él la viuda de Yvan Goll. La denuncia era tanto más injusta cuanto que se había hecho presente en medio de todos esos sentimientos respecto de su lengua y de su obra. Esta mujer, Claire Goll, volvió a resucitar nuevamente su inculpación en 1960, aprovechando el rechazo que había suscitado en ciertos sectores del ámbito literario ale­mán la publicación de Reja del lenguaje. Celan, que había trabajado en tres libros del poeta Goll, era tachado asimismo de traductor torpe y malinten­cionado.

Resultaba grotesco que quien defendía que «sólo las manos verdaderas escriben poemas verdaderos» se viera incriminado por una acusación así. Pero lo peor fue que Claire Goll se permitió calificar de leyenda el hecho de que los padres de Celan hubieran sido víctimas de los nazis. El poeta vio en esa maniobra una maquinación del neo-nazismo alemán, y acusó a su vez a su antiguo mentor, Margul-Sperber, de haberse puesto del lado de Goll. La comunidad literaria en Alemania rechazó, sin embargo, casi uná­nimemente la denuncia. En concreto, la Academia de Lengua y Literatura de Alemania se empeñó en dar amparo a Celan, y, como si de un desagravio se tratara, le concedió el Premio Büchner de 1961. Ingeborg Bachmann y Klaus Demus escribieron en su defensa, y lo mismo hicieron Peter Szondi, Hans Magnus Enzensberger y Walter Jens. Lo que obtuvieron fue una especie de rehabilitación del autor.

En 1953, Gisele se había quedado embarazada, pero el niño, de nom­bre Francois, había muerto al poco de nacer. Celan le dedicó un poema, «Epitafio para Francois», el único que fechó de todos los suyos (octubre de 1953), y con el que iniciaba un ciclo de composiciones presididas por la evocación de la muerte —la de su hijo en primer término—, que iban a constituir el núcleo central de su segundo libro, De umbral en umbral, primero de los escritos o preparados íntegramente en París:

 

Las dos puertas del mundo

están abiertas:

abiertas por ti

en la doble noche.

Las oímos golpear y golpear

y llevamos lo incierto,

llevamos el verdor a tu siempre.

 

Ofrecido en una dedicatoria a su mujer, el libro no se publicará en la Deutsche Verlags-Anstalt sino en 1955, año en el que también apareció por vez primera una traducción de un poema suyo, «Fuga de la muerte», al inglés. Ese mismo poema había sido traducido al francés por Alain Bosquer en 1952, pero esa lengua no conocería otras traducciones de obras de Celan hasta después de su muerte.

1955 fue asimismo el año en que nació su segundo hijo, a quien pusie­ron por nombre Eric, en recuerdo de su abuela paterna, Friederike, a la cual van dirigidos algunos de los poemas del nuevo libro que estaba escribiendo. El que lo encabeza se apoya en una anécdota de 1956. Mientras paseaba una tarde de verano con un amigo, vio cómo el pequeño brillo de un pájaro rompía contra la superficie ondulante de un río y volvía a salir de ella con su pico en proa. Celan conocía el nombre del pájaro en francés, el alcyon o martín pescador, pero ignoraba cómo se llamaba en alemán. Al llegar a casa, consultó una enciclopedia de zoología, y partiendo del nombre ale­mán, Eisvogel, compuso el poema:

 

Voces en lo verde

de la superficie del agua rayadas.

Cuando el alción, pájaro de nieve, se sumerge,

zumba el segundo:

Lo que estaba de tu parte

en cada una de las orillas

pasa

segado a otra imagen.

 

Paul Celan fue toda su vida un ferviente lector de diccionarios y enci­clopedias. Le interesaban sobre todo los de botánica y mineralogía, las enciclopedias de pájaros y plantas, las guías de cristalografía y geología. Y era capaz de identificar, gracias a eso, muchas especies en los distintos reinos. Por la época en que escribía Reja del lenguaje, tenía además otras lecturas, según se desprende de las adquisiciones de su biblioteca y de otras noticias. Leía a Hopkins en inglés, a Trakl y a Kraus, a Curtius y a Ortega y Gasset, a Rilke en sus primeras ediciones, a los judíos Martín Buber, Hermann Cohen, Gershom Scholem y Walter Benjarnin, a Else Lasker-Schüler y a Hölderlin, y a los filósofos alemanes Hegel, Schlegel, Fichte y, sobre todo, a Nietzsche. También a Heidegger, su Ser y tiempo y Caminos de bosque, donde había subrayado los pasajes dedicados a Höl­derlin y Rilke.

En cuanto a la literatura rusa, su contacto con los poetas de la primera mitad del siglo (Blok, Esenin, Pilniak, Pasternak, etc.) había tenido lugar ya en Czernowitz, cuando, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la Bucovina había pasado a ser rusa. Incluso había llegado a traducir a Blok y a Esenin, Pero fue en 1958 cuando se produjo el encuentro más importante de Celan con un autor ruso. En mayo de ese año, Celan había comprado las obras reunidas de Osip Mandelstam, y cuando las leyó se sintió como el habitante del litoral que encuentra una botella con un mensaje a orillas del mar: comprendió que Mandelstam era un predecesor de su propio arte, le parecía —como le dijo a un editor— «estar ante una verdad inalienable». Justo el día anterior había terminado «Angostura», el poema final de Reja del lenguaje al que ya nos hemos referido y al que Peter Szondi dedicó un importante ensayo. Dio por terminado su libro, y se dedicó a traducir los poemas de Mandelstam, mientras iba descubriendo una afinidad con él que estaba más allá de la poesía. Mandelstam también había sido traductor y había intentado suicidarse en una ocasión. El significado de su apellido, «tronco de almendro», lo identificaba Celan con el «linaje o tronco judío». Ambos eran hebreos, y padecieron persecución literaria y política por su ascendencia.

En el espacio de una semana, Celan había traducido catorce poemas, y en total vertió al alemán treinta y cuatro. Sus versiones aproximan el ori­ginal ruso a su propia vivencia, hecho que se vuelve muy manifiesto cuando se enfrenta con esta elegía de 1916 a la muerte de la madre del poeta:

 

Esta noche es irremediable.

Pero en vuestra casa aún hay luz.

A las puertas de Jerusalén

salió un sol negro.

El sol amarillo es más terrible,

—duerme, mi niño, duerme—,

en un luminoso templo los judíos

dieron sepultura a mi madre.

[ … ] Y sobre mi madre resonaron

las voces de los hijos de Israel.

Me desperté en la cuna,

alumbrado por un sol negro.

(De Tristia, trad. de J. García Gabaldón.)

 

«Considero que la tarea de traducir a Mandelstam es tan importante como la de escribir mis propios versos», le comentó al editor Gleb Struve, al tiempo que le enviaba su trabajo: «Casi nunca antes había sentido lo que he sentido con la poesía de Mandelstam, que estaba haciendo mi propia obra en su mismo camino de lo irrefutable y la verdad, y eso debo también agradecérselo a él». Mandelstam iba a tener una presencia constante en el cuarto libro del poeta, La rosa de nadie, como ha estudiado admirablemen­te Martine Broda.

La labor de Celan como traductor abarcó a cuarenta y dos poetas y alcanzó más de mil quinientas páginas. Además de los citados, tradujo La Jeune Parque, de Valéry, los diarios del maquis de René Char, y a Desnos, Artaud, Mallarmé, Nerval, Rimbaud, Ungaretti, Pessoa, Emily Dickinson, veintiún sonetos de Shakespeare… Por lo general, solía tensar los textos más de lo que ya pudieran estarlo en sus originales, mostrándose extremada­mente escrupuloso con el ritmo, pero sólo con ese aspecto prosódico. En virtud del extrañamiento y la violencia a que Celan sometía a su lengua materna tanto en sus versiones como en sus propios poemas, Georges Stei­ner ha llegado a decir que «toda la poesía de Celan es traducción al alemán».

Su afición a los diccionarios no tuvo, sin embargo, incidencia directa en el manejo de esa lengua. Además, no siempre encontraba las palabras en ese tipo de libros que utilizaba para su trabajo. Por ejemplo, la palabra Sprach­gitter (reja del lenguaje), como otras, procede de Jean Paul, autor al que apreciaba mucho y del cual acostumbraba a anotar en una libreta términos como ése, cuyo sentido se había desdibujado con el tiempo. Tal vez se fijara también en Sprachgitter porque, en la época, la madre de Gisele se había quedado viuda, y se había retirado a un convento bretón. Cuando los Celan la visitaban se reproducían gráficamente al menos varias de las situaciones que sugiere esa palabra: que la reja del locutorio partía la conversación; que se hacía explícita la separación entre un judío originario de Europa del Este y una marquesa católica francesa; que toda comunicación entre el poeta y el lector pasaba a través de unos barrotes.

Celan concedía a toda palabra una profundidad y un peso insólitos, sobre todo visto desde la actualidad. A la primera palabra que pronunció su hijo Eric cuando tenía veinte meses, fleur (flor), le dedicó un poema:

 

[…] Éramos

manos,

vaciamos las tinieblas, encontramos

la palabra que remontó el verano:

flor.

 

No por eso su poesía dejó de adelgazar la lengua alemana en un proceso promovido por una asombrosa austeridad expresiva que ha quedado como seña y distintivo de la lírica de la segunda mitad del siglo. Cuando en 1958 tuvo que pronunciar su discurso de dos folios por la recepción del Premio de Literatura de Bremen, jugó con las palabras «lengua» y «memoria». En la memoria bulle una lengua, una lengua que «ha pasado sin palabras» a través de todo lo sucedido, y de lo cual ha salido «enriquecida»:

En esa lengua he intentado yo escribir poemas en aquellos años y en los posteriores: para hablar, para orientarme, para averiguar dónde me encon­traba y adónde ir, para proyectarme yo una realidad.

El verano de 1959 Celan pasó las vacaciones con su mujer y su hijo en Sils Maria y la Engandina, región de los Alpes suizos. Allí iba a encontrarse con Theodor W. Adorno, pero el poeta tuvo que regresar antes de tiempo a París, y la cita quedó aplazada. El fallido encuentro dio lugar al único texto de ficción de Celan, Diálogo en la montaña, un encuentro entre un judío Pequeño y otro Grande. Celan pensaba que Adorno era judío. Cuando Adorno conoció el cuento dijo que si Celan se hubiera quedado algo más de tiempo en Sils Maria hubiera conocido a un judío grande de verdad, al estudioso del judaísmo Gershom Scholem, cuya visión de la tradición mís­tica judía influyó determinantemente en Celan.

Justo después de ese viaje a Sils Maria, el poeta comenzó a escribir las composiciones de La rosa de nadie, donde de nuevo se pondría de manifies­to que casi todos los actos de su vida y de su escritura le encaminaban siem­pre a rememorar la catástrofe de la guerra y el Holocausto. Algunos hechos de esos años, en los que todavía se capturaba a nazis o se revivían por de­terminados testimonios las matanzas, trastornaron a Celan. A este propó­sito, en 1960 le escribía a Nelly Sachs: «¿Qué puedo decirle? Diariamente la humillación penetra en mi casa, diariamente, créame. ¿Qué no nos queda aún por pasar a los judíos? Y nosotros tenemos un niño, Nelly Sachs, ¡un hijo!», Celan aprovechaba para preguntarle a su amiga sobre la condición humana de los nazis: «Sabe, algunos de ellos escriben poemas. Esos hom­bres ¡escriben poemas! ¡Qué no escribirán, los falsarios!», La sola publici­dad de que algunos de los nazis recientemente capturados escribían poesía le resultaba inconcebible a Celan: la poesía debía tener una base moral.

Celan y Nelly Sachs no se conocían personalmente, pero mantenían una correspondencia muy amistosa desde hacía tiempo. Sachs vivía exilia­da en Estocolmo y se sentía, igual que Celan, víctima de la persecución de la historia. Cuando él le había enviado Reja del lenguaje, Sachs lo había recibido con alborozo y había hecho suyo aquel «angélico alfabeto transpa­rente al espíritu», aquel «Zohar particular». Luego, en mayo de 1960, ambos quedarían para conocerse en Zúrich. Del encuentro queda el testimonio que Celan quiso dejar en el poema «Zúrich, Zum Storchen»:

 

Hablamos de lo que es demasiado

y demasiado poco […]

[de lo que] nosotros

en verdad no sabemos, sabes,

nosotros

en verdad no sabemos

lo que

cuenta.

 

Posteriormente, Sachs respondió a una invitación de Celan para verse los dos en París. La escritora acudió con su amiga Eva-Lisa Lennartsson. En una salida nocturna, tropezaron con Max Ernst, que había sido amigo de Eluard y de Yvan Goll, y el pintor, seguramente tributando a una antigua fidelidad, tuvo un mal gesto con los dos poetas. Para curarse del desaire, que dejó herido sobre todo a Celan, él y Sachs decidieron llevar flores a la tumba de Heine en Montmartre, otro judío de expresión alemana que había muer­to en el exilio. Pocas semanas más tarde, Nelly Sachs sufrió una crisis, y Celan se apresuró a volar a Estocolmo. Pero la escritora ni siquiera le reco­noció, o tal vez no deseó que la viera postrada. Su «hermana», como Celan la llamaba, le había dado un buen disgusto. De vuelta en París, se citó con Martín Buber, con quien tampoco llegó a relacionarse de manera grata. Fruto de esos desencuentros escribió el poema «La esclusa»:

 

Ante una boca,

para la que era una palabra entre mil,

perdí —

perdí una palabra,

que me había quedado:

hermana.

 

Aquélla fue la época en que estuvo preparando el discurso para la recepción del Premio Büchner. Pasó aquel oscuro verano recogiendo notas con las que llenó más de trescientas cuartillas. A continuación, escribió El Meridiano en tres días. Este texto, capital en su obra, habla del proceso de creación poética como un encuentro, palabra que se repite una decena de ocasiones en todo el discurso, que se centra de manera especial en la «Os­curidad de la poesía» y en el «misterio del encuentro».

La personalidad de Celan no admitía componendas ni en lo relativo a la condena del nazismo ni en lo relativo a la pureza y originalidad de su propia poesía. En el asunto del plagio, el poeta exigió de sus amigos un apoyo incondicional y consideró los ataques que se le dirigieron merced a esa denuncia como un acoso antisemita más. Así, cuando la Deutsche Ver­lags-Anstalt, la editorial que había publicado sus dos primeros libros, vol­vió a editar las baladas de Borries Freiherr von Münchhausen, un escritor que había medrado con el nazismo, Celan se cambió de editor, y se pasó a la editorial Fischer. A veces se sintió en la obligación de explicar sus con­ductas y emprender de ese modo una elocuente defensa de su vocación: «¿No es la poesía una confidencia?». En virtud de esa confidencia, el escri­tor pedía a sus amigos una adhesión frente a las agresiones de que era objeto, una de las cuales era el propio exilio. A principios de los años sesenta se instaló en él un terrible sentimiento de desarraigo y una dolorosa nostalgia de los lugares perdidos. Recordaba los tiempos de Bucarest con su amigo Petre Solomon, el carácter oriental de aquella ciudad, el «paraíso del Este» tan alabado por Paul Morand: «lo que nos enseña Bucarest no es una lección de arte, sino una lección de vida». Celan anhelaba aquel mundo: «Mi esperanza está en el Este», decía. Prácticamente todas sus relaciones de entonces fueron epistolares y generalmente con judíos exiliados como él en otros países:

 

Con nombres embebidos

de cada exilio.

Con nombres y sémenes,

con nombres, sumergidos

en todos

los cálices que están llenos con tu

sangre de rey, hombre, en todos

los cálices de la gran

rosa-gueto, desde la

que nos miras, inmortal de tantas

muertes muertas en los caminos del alba.

 

Sin mencionarlos, el poema alude a Mandelstam, que nació en Varso­via, a Petrarca, uno de los autores que Mandelstam les recitaba a sus com­pañeros de prisión en Siberia, y a Isaak Babel, el novelista judío asesinado por Stalin.

En las navidades de 1962 Celan sufrió una crisis aguda depresiva. Los médicos le diagnosticaron una depresión nerviosa motivada por la ansie­dad que le había generado el asunto de la acusación de plagio, la amargura que le producía el contacto con el mundo literario alemán y el rencor que todavía tenía por lo ocurrido un invierno de veinte años atrás. Aunque a las pocas semanas volvió a su trabajo como Lector de lengua alemana en la École Normale Supérieure, al que asistía desde 1959, a lo largo de todo el año 1963 no escribió ningún poema que considerara publicable. Una pri­mera parte de los poemas propios de Cambio de aliento se gestó fuera de ese paréntesis, a finales de 1962 y a finales de 1963. Ese primer ciclo de veintiún poemas agrupados bajo el título de Atemkristall conoció en 1965 una edi­ción de bibliófilo que llevaba ocho grabados de su mujer, Gisele, en gamas grises y negras sobre blanco.

La rosa de nadie había sido acogido con silencio. Al menos, ésa había sido la percepción de Celan, quien en 1964 se había quejado a su amigo Petre Solomon. Sin embargo, la recepción en Alemania no fue en absoluto mala, por más que algún crítico volviera a rozar una vieja herida al tachar de surrealista el libro, lo que provocó la respuesta en defensa de Celan de su amigo Peter Szondi. Todavía en el otoño de 1964 se produjo un inciden­te desencadenado por esa misma causa. Cuando el poeta asistía al acto de entrega del Premio Art de Renania del Norte-Westfalia que le habían con­cedido, vio en la mesa presidencial a alguien que había participado en la campaña de Claire Goll contra él. Celan salió de la sala y declaró que no aceptaría el premio de mantenerse aquel hombre allí; pero finalmente le persuadieron de que regresara y lo recogiera.

Aquel incidente constituía un síntoma más de lo vulnerable que era el alma de Celan. En mayo de 1965, ingresaría por espacio de unas semanas en una clínica psiquiátrica de las afueras de París. Cuando salió dejó listo durante el verano el libro en el que había estado trabajando, Cambio de aliento, y en otoño inició la escritura de Soles filamentos, su siguiente colección de poemas. En diciembre de ese año, con el ánimo enflaquecido, Celan volvió nuevamente a ser hospitalizado por un periodo de siete meses en los que recorrió distintas clínicas. Estando en una de ellas, escribió sobre las guardas de un libro de Kafka, autor al que era muy aficionado: «8 de diciembre por la tarde: Todavía tengo la suficiente lucidez de cabeza —Si viniera gente, casi podría comenzar de nuevo. ¡Ven, muerte, ven hoy!».

Apenas había abandonado su hospitalización cuando rompía con su editor Fischer, tras ocho años ligado a él, aunque no se puede decir que Fischer no hubiera tratado siempre de mostrarse muy atento con el poeta.

A partir de ese momento, sus poemas se hicieron más crípticos, corno si los alentara la enfermedad. Llegó a escribir unas doscientas páginas con poemas que no quiso publicar. Ese mismo mes de junio de 1966, comenzó «Pecios de sueño», que dedicó a su mujer:

 

Pecios de sueño, cuñas,

encajadas en ninguna parte:

quedamos tal somos,

el astro redondo

en torno

dirigido nos aprueba.

 

Adorno hubo de retractarse de su famoso aserto de que después de Auschwitz la poesía era imposible, cediendo al ejercicio de testigo a la fuerza con que comparecía para desmentirlo la obra de Celan. Éste, antes de ser hospitalizado de nuevo en febrero de 1967, y pensando en las mor­dazas y ligaduras que se utilizaban en la terapia de choque, empezó a utili­zar en sus textos términos compuestos de un efecto demoledor. El trata­miento que se le daba incluía medicamentos y electroshock.

Mientras permaneció en la clínica en ese nuevo internamiento, leyó El libro de las preguntas, de Edmond Jabés, y tachó en su ejemplar el siguiente párrafo: «En una aldea de Europa central, una noche los nazis enterraron vivos a algunos de nuestros hermanos. El suelo, con ellos, se remeció du­rante largo rato. Aquella noche, un mismo ritmo conectaba a todos los israelitas con el mundo». Celan lo tachó y escribió «Nein!» en el margen, mostrando así su reparo a una comunión trágica como ésa. El resto del libro, sin embargo, estaba muy subrayado, y Celan pensó en traducirlo, aunque luego nunca llegara a hacerlo, tal vez disuadido por la idea motriz de Jabés de que «la dificultad de ser judío se confunde con la dificultad de escribir; porque judaísmo y escritura no son sino una misma espera, una misma esperanza, un mismo desgaste». Esa conexión, fundamental en su propio trabajo, le removía sin duda demasiado profundamente.

Con la obra de otro gran nombre del judaísmo, Gershom Scholem, al que había visto tres veces anteriormente en París, se reencontró en abril de 1967 gracias al regalo de Von der mystischen Gestalt der Gottheit [La forma mística de la divinidad] que le había hecho su nuevo editor, Sigfried Unseld, de la editorial Suhrkamp. Celan devoró este libro sobre mística judía y sobre la teoría cabalística de la lengua y los nombres de Dios, y sobre el exilio del pueblo de Israel en una lectura que se transparentó en el voca­bulario de los poemas de ese tiempo, como solía ocurrir.

Pero el mundo judío estaba también hecho de acontecimientos menos plácidos. El estallido de la Guerra de los Seis Días llenó de incertidumbre el ánimo de Celan respecto de la judeidad:

 

Imagínate:

el soldado en la ciénaga de Masada

se aprende patria, de la manera

más inextinguible,

contra cada púa en el alambre.

 

[…] Imagínate:

esto me tocó en suerte,

en vela el nombre, en vela la mano

para siempre,

desde lo insepultable.

 

Después de todo, se trataba de un hombre herido y maltratado por la vida, dueño de la sensibilidad de quien se halla en carne viva, afectado por una susceptibilidad dramática. Él y su mujer decidieron por entonces que lo mejor era que Celan viviera aparte de su familia y solo. El poeta abandonó la vivienda de la Ruede Longchamp que había compartido con Giséle y con Eric, y a finales de 1967 se alquiló una habitación en la Rue Tournefort, en el Barrio Latino, al lado de la École Normale Supérieure, donde trabajaba y donde a veces, utilizando su despacho, también había pernoctado. Cuando su amigo rumano Petré Solomon le visitó, se encon­tró con un hombre de 46 años, pero, según él, «profundamente alterado, prematuramente envejecido, taciturno y hosco… “Han hecho experimen­tos conmigo”, decía con una voz apagada, entrecortada por suspiros… Paul no estaba todo el tiempo deprimido, a veces tenía momentos de gran alegría —muy breves, es cierto— y salpicados por una risa nerviosa, estri­dente y quebrada».

Pese a los quebrantos de salud, Celan no se negaba a viajar y, justo después de dejar la clínica en julio de 1967, pudo por fin conocer a Mar­tin Heidegger en el curso de un viaje a la ciudad alemana de Friburgo, a donde había sido invitado por el profesor Gerhart Baumann para recitar sus poemas. Durante años el poeta judío había leído al filósofo alemán con aplicación. En 1958, le había enviado a través de un amigo común unos poemas «de alguien que le aprecia». Con motivo de su septuagésimo cumpleaños, Heidegger había pedido a su editor que incluyera en una publicación conmemorativa unos poemas de Celan y de Ingeborg Bach­mann, pero ambos se habían negado. Heidegger le había ido mandando todos sus libros, y conocía por su parte todos los textos del poeta.

El 24 de julio de 1967, Celan se halló delante de una audiencia de más de mil personas que escucharon entregadas, igual que había ocurrido cua­tro años antes en Gotinga e igual que acostumbraba a ocurrir en sus apari­ciones en público, su cuidadosa selección de poemas. Heidegger se encon­traba entre ellos, naturalmente, y al saludarle tras la lectura, le entregó a Celan un ejemplar de su libro ¿Qué significa pensar?, y le invitó a una excursión por la Selva Negra al día siguiente. Realmente, el interés de Celan por ver a Heidegger se resumía en un deseo por enfrentarle con sus antiguas declaraciones y posiciones de la época hitleriana, con su probada filiación nazi. Heidegger, sabedor de las torturas psíquicas de Celan, pen­só que le resultaría saludable que le mostrara aquel paisaje y que le senta­ría bien el aire claro y elevado de la Selva Negra.

Según Hans Georg Gadamer, Heidegger le contó que Celan conocía mejor que él mismo las plantas y los animales de la zona. Durante la caminata, el filósofo consiguió eludir la interrogación, tácita o explícita, eso no se sabe, que la mera presencia del poeta le planteaba, y hablaron simplemente de filosofía contemporánea francesa. El poeta judío acom­pañó al pensador alemán hasta su retiro montañoso, y una vez allí tomó una bebida y firmó en el libro de huéspedes del filósofo. Poco después, y dada la proximidad de las humedades de los marjales, los dos hombres pusieron fin a su paseo. Celan registró su visita en un poema que escri­bió una semana más tarde, mientras estaba en Francfort con su editor. Lo tituló «Todtnauberg», el nombre del lugar donde Heidegger tenía su cabaña:

 

Árnica, alegría de los ojos, el

trago del pozo con el

dado de estrellas encima,

en La

Cabaña

escrita

en el libro

—¿qué nombres anotó

antes del mío?—

en este libro

la línea de

una esperanza, hoy,

en una palabra que adviene

de alguien que piensa,

en el corazón.

 

De vuelta en París, mandó imprimirlo y envió el primer ejemplar al filósofo, quien le contestó convencionalmente, dándole las gracias. Era como el reconocimiento de una culpa.

Celan pasó los últimos meses de ese año 1967 escribiendo sin parar, hasta completar los 81 poemas de Compulsión de luz; un conjunto de composiciones convulsas, como impelidas por una herida luminosa —como indica el título—, como animadas por un daño siempre renovado:

 

Que tú seas como tú, siempre.

[…] También quien cortó la ligazón contigo,

[…] la anudó de nuevo, en la remembranza

trozos de fango tragué, en la torre,

lenguaje, lindero de tinieblas.

 

Todavía antes de que finalizara el año, viajaría por primera y única vez a Berlín occidental, invitado por la Academia de las Artes a petición de su amigo Peter Szondi. Aunque las actividades académicas se habían suspen­dido por los rigores de un clima que había dejado intransitables, con un lodo escarchado, las calles de la ciudad, Szondi mantuvo la convocatoria de una lectura del poeta a la que sólo asistieron diez o doce alumnos. Uno de ellos, el mexicano José María Pérez Gay, ha contado cómo «Su voz tembla­ba aquella tarde y sus párpados infatigables parecían gobernar los textos. Hablaba un alemán muy claro, sin huella de dialecto, que pronunciaba con una ternura próxima al dolor. Celan era además un lector extraordinario, su entonación y sus pausas perfectas obedecían a un guion, nos ayudaban a percibir mejor sus poemas».

A Celan le había preocupado relativamente siempre la acusación de hermetismo que se arrojaba sobre su escritura. Su biógrafo Israel Chalfen refiere lo que le contestó un día a alguien que le había pedido que le expli­cara un poema: «Siga leyendo. Basta con leer y releer, y el sentido aparecerá por sí solo». Siempre había insistido en que sus versos no podían estar sellados como por arte de magia, porque eso era como relevar a los lectores de su tarea y su responsabilidad de comprender. En ese momento de 1967 el Times Literary Supplement publicaba una reseña de Cambio de aliento, que acababa de salir, en la que se deslizaban términos como «misterio» y «ocultación». Sin embargo, el artículo hacía otras consideraciones muy pertinentes sobre el misterio místico de Celan, al que calificaba como «uno de los escasos grandes poetas religiosos de nuestro tiempo».

Hubo otros viajes respondiendo a otras tantas invitaciones a lo largo de 1968. En febrero leyó sus poemas en la Universidad de Ginebra en un acto organizado por su amigo Bernhard Bóschenstein; en abril, estuvo en Lon­dres. Durante los meses de junio y julio emprendió una gira de lecturas por Alemania, en una insistencia por visitar ese país que puede parecer perver­sa. Todos los graves acontecimientos del periodo, los asesinatos de Martin Luther King y el atentado contra el líder del movimiento estudiantil alemán Rudi Dutschke, la Primavera de Praga y la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, y los sucesos del Mayo del 68 francés tuvieron su reflejo en los poemas que escribió. Al final del verano contaba ya con un volumen, Parte de nieve, en el que, como le comentó a Amo Reinfrank, «cada palabra ha sido escrita, créame, en relación directa con la realidad. Pero no, esto no se entenderá».

Apareció entonces en Suhrkamp su libro Soles filamentos. Él quería que la editorial alemana publicara una edición conjunta con todos sus poemas hasta el momento y sus traducciones del inglés, del francés y del ruso, pero no conseguiría verla impresa. Él mismo se había convertido en editor de la revista francesa L’Éphémere, una publicación en la que participaban todos sus amigos franceses, André du Bouchet, Yves Bonnefoy o Jacques Dupin, y que contó en algún número con la colaboración de Giséle Celan-Lestran­ge como ilustradora. Pero durante bastantes meses dejó de escribir.

Rompió su silencio en febrero de 1969 con un poema de ambigua fuerza, que ya no pudo recogerse en volumen y al que siguieron otros que debían formar un ciclo titulado «Tiempo cercado». Se sentía enfermo y muy solo, como le confesó a su amigo Solomon en una carta del 26 de septiembre de 1969, tres días antes de partir en un viaje a Israel. Le había invitado la Asociación de Escritores Hebreos y, como él mismo les confesó en una breve alocución, había ido «porque lo necesitaba». «Creo entender lo que puede ser la soledad judía», les dijo entre otras cosas referidas a la vivificación de una nueva palabra, de un nuevo lenguaje, «palabra lograda, vivida y vivificada por vosotros mismos, que acude a fortalecer al que se dirige a ella». Aunque pensaba haber ido con su hijo Eric, al final fue sin él, y dedicó su estancia a la gente, a los lugares y a la poesía, muy consciente de estar en medio de una colectividad judía libre en la tierra prometida que él no había elegido. Los amigos y familiares que no le habían vuelto a ver desde Czernowitz y que le vieron entonces quedaron asombrados de su aspecto alegre y animado. Gershom Scholem dio una fiesta en su honor. El hebreo de Celan, lleno de recursos, también sorprendió a aquellos con los que se encontró. Al parecer, se acordaba de frases enteras y de citas. Visitó Belén, la Iglesia de la Natividad, la Tumba de Raquel, el Monte de los Olivos, el Muro de las Lamentaciones y la Mezquita de Omar. También leyó sus poemas en Jerusalén, ante un público que abarrotaba la sala, y en Tel-Aviv, ante una audiencia aún mayor, que al final consiguió conmover­le. Luego, estuvo toda la noche llorando porque había visto a gente que había conocido a sus padres, y una mujer le dio una especie de pastel que su madre solía hacer.

Abandonó Israel tres días antes de lo previsto, anulando un viaje planeado al Mar Muerto. Sin embargo, hacía mucho tiempo que no había vivido tan intensamente, y una vez de vuelta en París de nuevo deseó volver a Jerusalén. La estancia le dio para escribir la segunda parte del ciclo «Estan­cia de tiempo», que se publicó póstumamente, y que posee un vigor ambi­guo, como de confrontación entre el mundo de París y el de Israel, tal como se puede ver en «Yo bebo vino de dos copas». Esperó a que le invitaran de nuevo a Israel, pero lo que se produjeron fueron nuevas ocasiones para visitar Alemania en 1970: una vez más, Friburgo; el bicentenario de Hölderlin, en Stuttgart, donde Celan, «el Hölderlin de nuestro tiempo», como le bautizó Nelly Sachs, fue el único poeta al que se le invitó a leer.

Regresó a París. Era a finales de marzo cuando inopinadamente una tarde su amigo Franz Wurm le animó para que el acompañara a casa de Samuel Beckett y lo conociera. Pero Celan se negó, porque pensaba que no estaba bien acudir sin haberse anunciado y en el último minuto. Cuando Wurm volvió de su reunión trayéndole recuerdos del escritor, Celan le dijo: «Es probablemente el único hombre con quien yo podría entenderme aquí».

En abril inició un curso en la École Normale Supérieure sobre Un médico rural, de Kafka, texto que pone de manifiesto la asunción de un destino equivocado. Él también aceptaba su destino equivocado. Como el mismo Kafka escribió en su diario al terminar su cuento, Celan pensaba que «sólo puedo tener felicidad si puedo elevar el mundo a lo puro, lo verdade­ro, lo inmutable».

Después de que Celan muriera, Henri Michaux escribió estas líneas sobrias y emocionantes:

 

Paul Celan se encontró en el camino de la vida con grandes obstáculos, muy grandes obstáculos, algunos casi insuperables, y uno, el último, insuperable de verdad. Fue en aquel penoso periodo donde tuvo lugar nuestro encuentro, donde nos conocimos… sin conocernos. Hablamos mucho con el fin de no tener que hablar. En él, lo que era grave era demasiado grave. No hubiera consentido que alguien se entrometiera. Para detenerte, utilizaba con frecuencia una sonrisa, una sonrisa que había pasado por mil naufragios:

Hacíamos como que nuestros problemas tenían que ver sobre todo con el verbo.

En un lecho de nieve, en su «Schneebett», desolado, desesperado, admirablemente duro, reposa el poeta y hará que reposen para siempre de una manera extraña y singular quienes sienten malestar de cualquier forma de reposo.

La cura que la escritura le proporcionaba no era suficiente, no ha sido suficiente. Saltos en balde. Siempre en la sala de los gritos, apretujado en los instrumentos de tortura. Cada vez, un cielo de tinta. Cada día trae finalmente su golpe.

Se nos ha ido. Claro que podía escoger. El fin no será tan largo. A flor de agua, el cadáver tranquilo.

[1] Paul Celan, Die Gedicbte aus dem Nachlass, Suhrkamp, Frankfurr a.M., 1998.