Pulitzer Prize 1997: Lisel Mueller



Aquí la octava entrega del Premio Pulitzer de Poesía que contiene una selección de poemas del libro ganador de este certamen, seleccionados y traducidos por David Ruano González y nuestra editora, Andrea Muriel. Se trata de una muestra representativa del trabajo de cada uno de los poetas que han ganado este galardón, uno de los más importantes en lengua inglesa, haciendo un recorrido cronológico desde 1990 hasta nuestros días.

En esta ocasión presentamos una selección de poesía de Lisel Mueller (Hamburgo, Alemania, 1924). Hija de maestros, su familia fue forzada a huir del régimen nazi cuando Mueller tenía 15 años. Su trabajo frecuentemente toca el tema de la historia, así como la mitología e historias fantásticas, y siempre está ligado a la vida doméstica y a su propia autobiografía. Ganó el National Book Award en 1980 con The Need to Hold Still y el Pulitzer Prize en 1996 con su libro Alive Together: New & Selected Poems. Los poemas que presentamos aquí, pertenecen a este último libro. Anteriormente en esta misma revista, Lisel Mueller es citada a propósito de ¿Por qué escribir poesía? en el ensayo “Maestría y misterio. Veintiún maneras de leer todo un siglo” publicado por primera vez en la Poetry.

Para ver todas las entregas, haz click aquí.

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De New Poems

CURRÍCULUM VITAE

 

1) Nací en una Ciudad Libre, cerca del Mar del Norte.

 

2) El año en que nací, el dinero era triturado hasta

ser confeti. Una hogaza de pan costaba un millón de marcos. Por

supuesto, no lo recuerdo.

 

3) Padres y abuelos me rodeaban. El

mundo en el que viví tenía una voz suaves

y sin garras.

 

4) Un cuerno de la abundancia lleno de golosinas me llevó a un edificio

con campanas. Una profesora de pecho amplio me acogió.

 

5) En casa, los libreros conectaban el cielo y la tierra.

 

6) Los domingos, la niña de la ciudad cruzó por los pinos

y las prímulas de pantano, una distancia corta en tren.

 

7) Mi país fue golpeado por la historia más mortalmente

que por temblores o huracanes.

 

8) Mi padre estaba ocupado eludiendo a los monstruos. Mi madre

me dijo que las paredes tenían oídos. Aprendí el peso de los secretos.

 

9) Me mudé a los días muy brillantes, las noches muy oscuras

de la adolescencia.

 

10) Dos padres, dos hijas, seguimos al sol

y la luna a través del océano. Mis abuelos se quedaron atrás,

en la oscuridad.

 

11) En el nuevo idioma todos hablaban muy rápido. Eventualmente

los alcancé.

 

12) Cuando te conocí, el nuevo idioma se convirtió en el idioma

del amor.

 

13) La muerte de la madre hirió a la hija llevándola a la poesía.

La hija se convirtió en madre de hijas.

 

14) Vida ordinaria: la abundancia y el grosor de esto. Nudos atando

hilos hacia todas partes. El pasado se hizo a un lado, el futuro

se fue sin ser imaginado en el nombre del glorioso, difícil, apasionado

presente.

 

15) Años y años de esto.

 

16) Las niñas ya no son niñas. El dolor de un hombre viejo,

la soledad de un hombre viejo.

 

17) Y entonces mi padre también desapareció.

 

18) Traté de ir a casa de nuevo. Permanecí en la puerta de mi

infancia, pero estaba cerrada al público.

 

19) Un día, en un elevador lleno de gente, los rostros de todos eran más jóvenes

que el mío.

 

20) Hasta este punto, toda bien. Los días y noches brillantes

se quedaron sin aliento en su prisa. Nosotros seguimos, tú y yo.

 

Traducción por David Ruano González

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LÁGRIMAS

 

La primera mujer que lloró

se horrorizó por lo que ardía

en sus ojos y corría por sus mejillas.

Agua salada. Agua de mar.

¿Cómo era esto posible?

¿No habían pasado ella y el hombre

varios días desplazándose

tierra arriba hacia donde la hierba

prosperaba, donde el arroyo

apagaba su sed con agua dulce?

¿Cómo podía haber cargado estas gotas de mar

como si fueran semillas preciosas;

dónde podía haberlas almacenado?

Ella observó a las atentas gacelas

y las ranas con una gran carga;

ella observó a los pájaros con ojos de cristal

y a los nerviosos ratones de ojos negros.

Ninguno de ellos lloraba, ni siquiera los peces

que goteaban en sus manos cuando ella los capturó.

Ni siquiera el hombre. Sólo ella

cargaba el mar dentro de su cuerpo.

 

Traducción por Andrea Muriel

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LITERATURA NORTEAMERICANA

 

Poetas y narradores

se trasladan a las vacantes

que Edward Hopper les dejó.

Ellos se establecen en los espacios en blanco,

donde la luz ha sido restregada y decolorada

hasta parecer blanco-esqueleto, y donde nada crece

excepto ausencia. Donde algo falta,

el hombre por el que espera una mujer,

o muebles en un habitación

despojada como una cama de hospital

donde el paciente murió.

Aquellos desprovistos interiores

son justo lo que ellos están buscando,

los escritores, que llegan con su equipaje

de varitas de zahorí y libros manoseados,

sus molestas fotos familiares,

sus boludas camas, su predilección

por comenzar fuegos en habitaciones vacías.

Traducción por Andrea Muriel

 

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FAMILIAS FELICES E INFELICES I

 

Si todas las familias felices son parecidas,

entonces lo son también las familias infelices,

cuyas vidas celebramos

porque se mueven y son cálidas,

porque son lo que pensamos que es la vida.

Alguien está mintiendo y a alguien

le están mintiendo. Alguien es golpeado

y alguien más está dando los golpes.

Alguien está rezando, o llora

porque no sabe cómo rezar.

Alguien bebe toda la noche;

alguien se arrincona en las esquinas;

alguien amenaza y alguien suplica.

Amargas palabras en la mesa,

amargos sollozos en la habitación;

represalias respirando en el espejo del baño.

La casa cruje con secretos;

todos elaboran un plan de escape.

Alguien se hace añicos sin sonido alguno.

A veces uno de ellos deja la casa

en camilla, en terrible silencio.

¡Cuánta energía roba el sufrimiento!

Es como un fuego que quema y quema

pero no puede incendiar hasta la extinción.

Las familias infelices nunca son ociosas;

siempre se encuentran donde está la acción,

no como las otras, las felices,

que nunca levantan la voz

ni escupen sangre, que nunca hacen nada

para merecer su felicidad.

 

Traducción por David Ruano González

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LECTOR

 

para Mary Elsie Robertson, autora de Family Life

 

Un esposo. Una esposa. Tres hijos. El año pasado no existían; hoy los padres son mayores, una de las hijas es adulta. Vivo con ellos en su casa de verano que está cerca del mar. Vivo ahí pero ellos no pueden verme compartir sus caminatas por la playa, la preparación de la cena en la cocina. Me duele porque sé lo que ellos no saben, que uno de ellos ha recortado los hilos que entretejían sus vidas y ahora no hay solución a este lento desenredo. Si soy un fantasma que pueden atravesar con la mirada, también soy un coro griego, un aplauso dirigido a la boca por miedo, sabiendo que sus mejores intenciones saldrán mal. “No lo hagas”, quiero gritar, pero soy ellos no pueden escucharme; las toallas de playa sobre sus hombros, la cuchara de madera en su mano, ellos siguen jalando los hilos. Cuando nada queda ellos desaparecen. Cerrando el libro me siento abandonada. He perdido a mis queridos amigos. Quiero escribirlos, desearles suerte en todo, asegurarle a cada uno de ellos mi cariño. Si tan sólo me hubieran dejado despedirme.

Traducción por Andrea Muriel

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De The Need to Hold Still (1980)

EL FINAL DE LA CIENCIA FICCIÓN

 

Esto no es fantasía, es nuestra vida.

Somos los personajes

que invadieron a la Luna,

que no pueden detener sus computadoras.

Somos los dioses que pueden deshacer

el mundo en siete días.

 

Ambas manos son detenidas al mediodía.

Comenzamos a vivir por siempre,

en cuerpos adelgazados, cuerpos de aluminio

con números escrito en nuestras espaldas.

Marcamos nuestras palabras como Muzak.

Nos escuchamos los unos a los otros a través del agua.

 

El género está muerto. Inventa algo nuevo.

Inventa a un hombre y una mujer

desnudos en un jardín,

inventa a un niño que salvará al mundo,

un hombre que carga a su padre

fuera de una ciudad en llamas.

Inventa una madeja de hilo

que guíe a un héroe a un lugar seguro,

inventa una isla donde él abandona

a la mujer que salvó su vida

sin algún remordimiento por su traición.

 

Invéntanos como éramos

antes de que nuestros cuerpos brillaran

y dejáramos de sangrar;

inventa a un pastor que mata a un gigante,

una chica que crece convirtiéndose en un árbol,

una mujer que se reúsa a volver

a darle la espalda a su pasado y es convertida en sal,

un joven que le roba su primogenitura a su hermano

y se vuelve la cabeza de una nación.

Inventa lágrimas reales, amor difícil,

palabras ancestrales, dichas con lentitud,

difíciles como los primeros pasos

de un niño atravesando la habitación.

 

Traducción por David Ruano González

 

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CURRICULUM VITAE

 

1) I was born in a Free City, near the North Sea.

 

2) In the year of my birth, money was shredded into

confetti. A loaf of bread cost a million marks. Of

course I do not remember this.

 

3) Parents and grandparents hovered around me. The

world I lived in had a soft voice and no claws.

 

4) A cornucopia filled with treats took me into a building

with bells. A wide-bosomed teacher took me in.

 

5) At home the bookshelves connected heaven and earth.

 

6) On Sundays the city child waded through pinecones

and primrose marshes, a short train ride away.

 

7) My country was struck by history more deadly than

earthquakes or hurricanes.

 

8) My father was busy eluding the monsters. My mother

told me the walls had ears. I learned the burden of secrets.

 

9) I moved into the too bright days, the too dark nights

of adolescence.

 

10) Two parents, two daughters, we followed the sun

and the moon across the ocean. My grandparents stayed

behind in darkness.

 

11) In the new language everyone spoke too fast. Eventually

I caught up with them.

 

12) When I met you, the new language became the language

of love.

 

13) The death of the mother hurt the daughter into poetry.

The daughter became a mother of daughters.

 

14) Ordinary life: the plenty and thick of it. Knots tying

threads to everywhere. The past pushed away, the future left

unimagined for the sake of the glorious, difficult, passionate

present.

 

15) Years and years of this.

 

16) The children no longer children. An old man’s pain, an

old man’s loneliness.

 

17) And then my father too disappeared.

 

18) I tried to go home again. I stood at the door to my

childhood, but it was closed to the public.

 

19) One day, on a crowded elevator, everyone’s face was younger

than mine.

 

20) So far, so good. The brilliant days and nights are

breathless in their hurry. We follow, you and I.

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TEARS

 

The first woman who ever wept

was appalled at what stung

her eyes and ran down her cheeks.

Saltwater. Seawater.

How was it posible?

Hadn’t she and the man

spent many days moving

upland to where the grass

flourished, where the stream

quenched their thirst with sea water?

How could she have carried these sea drops

as if they were precios seeds;

where could she have stowed them?

She looked at the watchful gazelles

and the heavy-lidded frogs;

she looked at glass-eyed birds

and nervous, black-eyed mice.

None of them wept, not even the fish

that dripped in her hands when she caught them.

Not even the man. Only she

carried the sea inside her body.

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AMERICAN LITERATURE

 

Poets and storytellers

move into the vacancies

Edward Hopper left them.

They settle down in blank spaces,

where the light has been scoured and bleached

skull-white, and nothing grows

except absence. Where something is missing,

the man a woman waits for,

or furniture in a room

stripped like a hospital bed

after the patient has died.

Such bereft interiors

are just what they’ve been looking for,

the writers, who come with their baggage

of dowsing rods and dog-eared books,

their uneasy family photographs,

their lumpy beds, their predilection

for starting fires in empty rooms.

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HAPPY AND UNHAPPY FAMILIES I

 

If all happy families are alike,

then so are the unhappy families,

whose lifes we celebrate

because they are motion and heat,

because they are what we think of as life.

Someone is lying and someone else

is being lied to. Someone is beaten

and someone else is doing the beating.

Someone is praying, or weeps

because she does not know how to pray.

Someone drink all night;

someone cowers in corners;

someone threatens and someone pleads.

Bitter words at the table,

ditter sobs in the bedroom;

repisal breathed on the bathroom mirror.

The house crackles with secrets;

Everyone draws up a plan of escape.

Somebody shatters without a sound.

Sometimes one of them leaves the house

on a stretcher, in terrible silence.

How much energy suffering takes!

It is like the fire that burns and burns

but cannot burn down to extinction.

Unhappy families are never idle;

they are where the action is,

unlike the others, the happy ones,

who never raise their voices

and spit no blood, who do nothing

to deserve their happiness.

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READER

 

for Mary Elsie Robertson, autor of Family Life

 

A husband. A wife. Three children. Last year they did not exist; today the parents are middle-aged, one of the daughters grown. I live with them in their summer house by the sea. I live with them, but they can’t see me sharing their walks on the beach, their dinner preparations in the kitchen. I am in pain because I know what they don’t, that one of them has snipped the interlocking threads of their lives and now there is no end to the slow unraveling. If I am a ghost they look through, I am also a Greek chorus, hand clapped to mouth in fear, knowing their best intentions will go wrong. “Don’t,” I want to shout, but I am inaudible to them; beach towels over their shoulders, wooden spoon in hand, they keep pulling at the threads. When nothing is left they disappear. Closing the book I feel abandoned. I have lost them, my dear friends. I want to write them, wish them well, assure each one of my affection. If only they would have let me say good-bye.

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De The Need to Hold Still (1980)

THE END OF SCIENCE FICTION

 

This is not fantasy, this is our life.

We are the characters

who have invaded the moon,

who cannot stop their computers.

We are the gods who can unmake

the world in seven days.

Both hands are stopped at noon.

We are beginning to live forever,

in lightweight, aluminum bodies

with numbers stamped on our backs.

We dial our words like Muzak.

We hear each other through water.

The genre is dead. Invent something new.

Invent a man and a woman

naked in a garden,

invent a child that will save the world,

a man who carries his father

out of a burning city.

Invent a spool of thread

that leads a hero to safety,

invent an island on which he abandons

the woman who saved his life

with no loss of sleep over his betrayal.

Invent us as we were

before our bodies glittered

and we stopped bleeding:

invent a shepherd who kills a giant,

a girl who grows into a tree,

a woman who refuses to turn

her back on the past and is changed to salt,

a boy who steals his brother’s birthright

and becomes the head of a nation.

Invent real tears, hard love,

slow-spoken, ancient words,

difficult as a child’s

first steps across a room.