Manuscrito del hechicero: Pedro Larrea



Presentamos dos poemas del crítico y poeta español, Pedro Larrea (Madrid, 1981). Pertenecen a su tercer libro de poesía, recientemente editado por Valparaíso Ediciones, Manuscrito del hechicero (2016).

 

 

 

 

Alguien compra el manuscrito de un hechicero con la quinta y última moneda que le queda. El propósito no es otro que aprender el conjuro del pan antes de morir de hambre y de vergüenza. Pedro Larrea ha escrito un libro que encierra la experiencia personal del mundo bajo la visión del otro, instalándose en lo simbólico para descifrar aquello que se presenta ante sus ojos como la realidad. Lejos de recopilar sus certezas, el hechicero se ocupa de mostrar un mundo lleno de contradicciones y tensiones enfrentadas en el que el futuro se conjuga con el verbo querer.

 

 

 

17

 

Tiemblan truchas: has echado hierro en mi bebida

o en la ingesta no he sabido tolerar el topetazo

que planeó en su receta el viticultor salvaje.

No me queda más remedio que gritar para que no me escuches,

esconderme en la bolsa marsupial de la ley seca

y remendar la red del equilibrista con sed y sin suerte.

 

Dime que eres un canguro. Dímelo rápido y créetelo.

No bebo de un cáliz sino del cuenco ambiguo de tus manos.

Me quedo afónico si pronuncio el nombre del mineral

con que tapizas luminosamente las paredes de mi celda.

Vamos, criatura migratoria. Vuelve de tu viaje esférico

y difunde que sólo hasta entonces pero habrá primavera.

 

Tengo sed tienes sed y su eco tieso en el vientre.

La autopsia de esta ballena mostraría la soledad del remero

que bebió de su leche para alcanzar la costa con vida.

Qué difícil fue luego aprender a llevarse a una boca vacía un vaso lleno.

Lloraría si para hacerlo no arriesgase en las lágrimas ese líquido

que necesitamos contra tu sed contra mi sed y su asfixia con cactus.

 

Se me ha quedado la lengua enterrada en mantequilla.

He olvidado la postura que necesitan mis labios para beber.

Están mis comisuras sin hipótesis, mis dientes sin epopeya,

sin objeto mi saliva como un semen masturbado a solas.

Pero tus genes transportan un cargamento de esperanza irresistible

a través de una región cuyos pozos no conozco aunque aguardo sin medida.

 

 

 

18

 

Yo quería haberlo sido todo, que mi aleta

caudal desconectara la brújula de piedra. Yo quería.

Yo quería. Pero pobre bumerán era mi pie

y lo que he sido en desdén de lo que quise ser

me lo ha enseñado todo: espero, espero en la azotea

a que el recuerdo se acabe y destiña lo sido.

 

Espero. Ser nadie no es serlo todo pero sí quererlo ser.

Los inmortales recogen camelias así, con la mano culpable

de haber rechazado su fatalidad de historia cuadrada

y una identidad que hace sangrar primates por los poros.

Habrá que idear un radar que nos marque el ardor

y alimentarse de moka e ir sobreviviendo a los personajes.

 

Espero. Sufro mi ocio, incendio hipódromos, cazo corazas.

Sé que me asignan tareas, pero no acepto bofetones

porque no respeto la maquinación del hacedor de máscaras.

Espero. Siempre hay alguien al otro lado de la línea oscura

con la misma voz rasposa que deniega el sueldo a los acróbatas.

En mis entrañas un plan: ser tú. Y vosotros. Y no ser otro sino lo otro.

 

Para alcanzar mi objetivo esquivé centinelas armados

a través del podrido servicio al cliente, tan duro

que apaga la fogata y borra inexplicablemente la canción de amor

que dedica el capitán de un portaaviones al piloto menos cauto.

He cruzado, he navegado, he descendido, he pululado, he comprendido

y ahora no me queda más salida que sabotearme la memoria y el teléfono.