Lêdo Ivo: Ode equatorial



En esta nueva entrega de Poesía Permutante, presentamos la “Oda Ecuatorial” de Lêdo Ivo (1924-2012). Publicamos, por primera vez, la edición anotada y traducida por Mario Bojórquez.

 

 

 

 

 

 

Con Oda ao crepúsculo (1946) y años después con Oda equatorial (1950), volverá Lêdo a deleitarse en el verso desbordante, en la meditación desatada que logra por acumulación un estado de percepción alterada de la realidad, como si se tratará de un salmo, como si el poeta se propusiera entonar un alto canto que lo rebasa y que lo lanza menos en los acordes de una música estruendosa que en una exploración anímica de lo inefable, una verdadera encarnación mística en la lucha contra el ángel de la poesía. En la Oda equatorial, hará un cumplido homenaje con la explosión del verso de largo aliento a la floración del Amazonas, a la sagrada Hiléia del Barón de Humboldt, con su enconada selva de insectos y reptiles y pájaros y peces, animales de uña y de colmillo.

Lêdo Ivo es un poeta de la pasión, animal fantástico que asume la apariencia del insecto que busca la miel entre la flores y también la onza que salta entre peñascos para tajar el groso tapir entre la niebla, y el yacaré que observa los mínimos movimientos de la vida latente y la lechuza blanca que espera y con su propia luz descubre en las temibles sombras su alimento. Lêdo Ivo está soñando con los ojos abiertos, como los peces multicolores, alerta siempre al acechante mundo con sus mil formas pero atento también a la dulzura de la belleza.

Es precisamente la Oda Ecuatorial la que nos convoca a intentar una edición comentada; con ella, Lêdo Ivo, concluye a nuestros ojos una primera etapa de su trabajo poético, la etapa de las grandes odas, del verso desbordante y la imaginación inesperada, no queremos decir con esto que no volverá a ejercitar el verso de largo aliento, sí lo hará pero de un modo distinto, ya no como una vocación experimental sino como un recurso literario apropiado en la experiencia de los años de práctica, ya Sergio Buarque de Holanda en su libro O espiritu e a letra, se referirá a las odas como lo mejor de Lêdo Ivo, especialmente a la Oda al crepúsculo: “su obra más bella, sino la más importante” e Ivan Junqueira, nos recordará que Lêdo Ivo es un: “Autor opulento y a veces desmedido (…), debe ser visto , también, a la luz del exceso y de la magia retórica. Su poesía aunque severa desde el punto de vista del uso de la lengua, es polifónica (…) a un tiempo lírica, elegíaca, reflexiva, sarcástica y a veces escarnecedora.” (Nóbrega, 190).

Mario Bojórquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Oda ecuatorial[2]

 A Haroldo Maranhão[3]

 

 

A donde quiera que vaya encuentro siempre ríos

y sus aguas[4] lavadoras van limpìando

los paisajes sucios de la tierra.

 

¡Oh ríos, son mejores que los espejos!

Sin esperanza de cristal o crispación de zodiaco,

las orillas de los ríos son como la cercanía de las mujeres,

¡oh misterio en la flor de las aguas eternamente profundas[5],

oh conciencia de mis hundimientos[6],

me gusta el agua salobre en los corredores del mar[7]!

 

Camino por los estuarios y la sombra del ecuador[8]

es, de las luces, la mayor, en un fulgor de hoguera.

Aquí hay más ríos de lo que la geografía puede soportar[9]

pero el horizonte, fuera de la prisión didáctica de los mapas, es vasto e irremarcable.

En mil canoas, llenas de cucos[10], de popa a proa,

no se puede ir a sus lugares,

a sus ríos que lloran como las lontras[11]

a sus instantes que cantan como el uirapuru.[12]

 

Lejos de mis parajes destronados[13], es aquí que me descubro

en la desembocadura de la floresta absoluta e intransitable,

en este mundo libre de llanura verde,

con raíces enhebradas en la arena como cuerdas que amarran tierras de aluvión[14],

hojas de todos los árboles, hormigueros reventados,

 

y principalmente los fieros bichos[15] amazónicos[16]

que no viajaron en el arca de Noé[17]

y no conocieron el gran cabotaje del Diluvio.

 

Regreso a la tierra por el camino de las aguas.

Desciendo los peldaños de lodo y marea baja

y alcanzo las primeras etapas de la selva.

 

Todo lo que yo buscaba está aquí

en este mar verde, entre dos océanos verdaderos como el silencio entre las palabras.

 

Durante muchos años, anduve despaisado

pero finalmente regreso a ti, oh tierra primordial

y cívica, rasgada por los mares, cortada por los ríos.

 

En los comienzos del agua, mi espíritu brota

en los rasgos de las fuentes restauradas.

¡Oh claridad de la luz, que enseña a ver y a aceptar la inmensidad!

¡Oh mundo donde el pasmo equivale al coloquio, oh lección de los paisajes brutales que

al mediodía son iluminaciones,

oh retórica de las grandes florestas despejadas!

 

Los pequeños ríos de las ciudades jamás conocerán estos connubios

que juntan caudales y panoramas.

Son las aguas del Purus[18], las correrías del Tapajós[19],

son las olas del río-mar, igarapés[20], igapós[21]

que un día corren juntos

como los amantes en la calle andan lado con lado.

 

Conozco muchos ríos; mis pies aún están sucios de ellos,

de su lazo de fiebre en la vertiente impura.

Sus aguas siempre vienen subiendo,

empapando la tierra blanda, sin panoramas ni brotes,

reventando los días episódicos,

cambiándose en nado como en surco se cambia la canoa empujada.

Y los ríos me llevaban y traían,

los ríos de mi tierra trágica, donde el verano y el invierno miden la belleza de todo.

 

Flexión de la tarde lamida por las llamas

deja que yo te visite ahora, pisando el límite de tu río

cortado por los peldaños de las islas variables.

 

Cuando la playa se apaga como las quemazones en lo oscuro

y el viento central escupe en las velas de las embarcaciones llenas de frutas,

creo el espejismo del otro lado.

Siento el océano vuelto del revés

palpitar lejos de todas las redenciones litorales.

 

¡Ecuador! ¡Ecuador!

Vine a perderme en tus somalias,

en tu carne que aún no es noche cerrada

ni la madurez de la tarde,

antes se parece a los crepúsculos del litoral,

o al nacer de madrugada cerca del capim[22] y los rebaños.

Sólo quien descansó en tu regazo puede comprender las entre-sombras de la tarde

en este reino magnético donde todo son bochornos

y sombras de grandes árboles en los palacios del sol.

Estoy siempre regresando de tu patio profundo,

de tu patria de aguas y fulgor, donde lo suave de tus cabellos es mejor que la suma de mil

días

vividos en la desmemoria del sufrimiento y de la muerte.
La noche es negra, pero la alumbras con tu cuerpo.

Es mediodía, pero junto a ti estoy del lado de la sombra,

protegido del sol y de los resplandores transitorios.

 

Tú me enseñaste los movimientos de la tierra,

tú me convertiste al espectáculo de las rotaciones incontemplables.

Mis ambiciones transoceánicas murieron.

Junto a las antorchas del ecuador, inmóvil permanezco.

 

Estoy por encima de todas las mitologías

en la tierra donde los viajantes procuran inútilmente su sombra en el suelo,

y los corazones no siempre se hacen escuchar

delatando la vida en los cuerpos fluídos.

Me encuentro encima de las lluvias totales, en el horizonte que la naturaleza compila

expandiendo sus vértices,

y mi voz apenas alcanza un sol desnudo a mi lado,

que me sigue indefinidamente.

 

En las frondas contempladas, todo lo que soy retrocede.

Me pierdo en las leguas de un círculo de troncos

y de aguas sin caminos que reparten la dádiva de la muerte.

Y en el entorpecimiento que viene del suelo, los caminos se abren

y yo después te saludo, sin existir, atracadero solemnemente abierto

dibujando en la espesura su jerarquía fluvial.

 

Lejos de los polos, eres tan grande que puedo llamarte: mi tierra

y mirar tu coyuntura de caudal y canícula,

patria mía, tierra mía, duro horizonte mío

eternamente a la espera, como los indios muertos en las urnas marajoaras[23].

 

¡Tierra natal! ¡Tierra natal! Así te llamo

y todo en ti es un ahora, río de aguas impávidas

que recibe el don de los afluentes como el tiempo acoge la hilera de los días.

Después que todas las mareas pasaran, nuevas aguas, aún increadas, correrán

ante el Mirar que todo ve, porque es un péndulo inmóvil.

¡Oh aserrín de los panoramas partidos por la vida! entre todos los ríos y océanos

quedarás, paisaje mío, tesoro mío, canción

de soledades más que puras.

 

Tierra carnal, en tu clima de bochorno bebo la tarde

esparcida por tus pies inmóviles como astros.

Tu convivencia es antigua, arroyo nativo que entre sombras

esparce un soliloquio de minutos tapuias[24].

En tu continente fijo, no temo perderme.

Antes aspiro, a colonizar estos ríos y florestas,

venas y pelos de un mismo cuerpo

desnudo a la luz de las antorchas momentáneas.

 

Sólo quien amó la tarde, cuando las horas caen como bichos sorprendidos en una red,

y fue inmensamente desnudo y rumoroso a las puertas abiertas de la tarde,

entiende mi amor por ti, Belém do Pará[25],

cuando me envuelves en el morral de tu bochorno,

clavas en mis espaldas de viajante tu puñal de canícula

y hay mediodía en todo, hasta en el cielo.

 

Igaraúna[26], llévame a las pozas para que yo pueda ver

el paso de las antas[27] y las capivaras[28].

En las coronas de lama, los yacarés[29] acechan las ictiofaunas[30], de septiembre,

listos para devorar los peces nupciales de los grandes lagos,

y cuando los ríos bajan y surgen las islas hundidas,

los gavilanes vueltos reyes rondan los cadáveres de los yacarés.

Y cuando la noche baja, en el espacio que huele a tallos cortados

pasan como garzas

las sombras ancestrales de los alfareros marajoaras.

 

Igaçaba[31], háblame de tus muertos encuclillados,

de los que vinieron de las Antillas para vivir en palafitas[32]

y dejaron dibujos de embarcaciones de proas altas, griegas y fenicias,[33]

en los cementerios lavados por el llanto de la tarde.

Entre lascas de feldespato[34], la mañana contemplada

se sirve de los caminos de los ríos tributarios

y empuja las espesuras hacia las aguas amarillas[35].

 

Mordido por hormigas tocandiras[36]

que queman como el fuego desnudo de las brasas

llevo mi mirada hacia los árboles de caucho[37] de las leguas disipadas

mientras en la isla de Marajó[38] veinte mil búfalos[39] corren

entre las aguas y las secas de un purgatorio de piedras.

 

A tu orilla,

en los labios desnudos de tus florestas,

en tu silencio sexual, donde todo es procreación,

en tus pavimentos de árboles,

debajo de tu infinito solar,

absorbo la redención de la tierra desnuda y santa,

compacta, material, y sólida a pesar de sus igapés[40],

la grande tierra natal, eternamente femenina

como tu nombre en las orquídeas,

 

Hiléia[41].

 

 

 

Traducción del portugués: Mario Bojórquez

 

 

 

 

 

 

 

Ode Equatorial[1]

A Haroldo Maranhão

 

 

Aonde quer que eu vá encontro sempre os rios

e as suas águas lavadeiras vão limpando

as paisagens sujas da terra.

 

Ó rios, sois melhores que os espelhos!

Sem esperança de cristal ou crispação de zodíaco,

as beiras dos rios são como as vizinhanças das mulheres,

ó misterio à flor das águas eternamente profundas,

ó consciência dos meus afundamentos,

gosto de água salobra nos corredores del mar!

 

Caminho pelos estuários e a sombra do equador

é, das luzes, a maior, num fulgor de fogueira.

Aqui há mais rios do que a geografia pode suportar

mas o horizonte, fora da prisão didática dos mapas, é vasto e infronteirável.

En mil canuas, cheias de cucos, de pupa a prua,

não se pode ir a seus lugares,

aos seus rios que choram como as lontras

aos seus instantes que cantam como o uirapuru.

 

Longe do meus pertos destronados, é aqui que me descubro

na foz da floresta absoluta e inviajável,

neste mundo livre de planura verde,

com raízes enfiadas na areia como cordas que amarram terras de aluvião,

folhas das todas as árvores, formigueiros rebentados,

e principalmente os feros bichos amazônicos

que não viajaram na arca de Noé

e não conheceram a grande cabotagem do Dilúvio.

 

Regresso á terra pelo caminho das águas.

Desço degraus de lodo e maré baixa

e atinjo as primeiras etapas da selva.

 

Tudo o que eu procurava está aqui

neste mar verde, entre dois oceanos verdadeiros como o silêncio entre palavras.

 

Durante muitos anos, andei despaisado

mas finalmente regresso a ti, ó terra primordial

e cívica, rasgada pelas marés, cortada pelos rios.

 

Nos primórdios da água, meu espírito brota

à feição das fontes restauradas.

Ó clareza da luz, que ensina a ver e a aceitar a inmensidade!

Ó mundo onde o pasmo equivale ao colóquio, ó lição das paisagens brutais que ao

meio-dia são iluminações,

ó retórica das grandes florestas desbravadas!

 

Os pequenos rios das cidades jamais conhecerão esses conúbios

que juntam caudais e panoramas.

São as águas do Purus, as correrias do Tapajós,

são as ondas de rio-mar, igarapés, igapós,

que unm dia correm juntos

como os amantes na rua andam lado a lado.

 

Conheço muitos rios; meus pés ainda estão sujos deles,

de seu laço de febre na vertente impura.

Suas águas sempre vieram subindo,

embebendo a terra mole, sem panoramas e brotos,

rebentando dos dias episódicos,

mudando-se em nado como em sulco se muda a canoa empurrada.

E os rios me levavam e me traziam,

os rios de minha terra trágica, onde o verão e o inverno medem a beleza de tudo.

 

Flexão da tarde lambida pelas chamas

deixa que eu te visite agora, pisando a soleira de teu rio

cortado pelos degraus das ilhas variáveis.

 

Quando a praia se apaga como as queimadas no escuro

e o vento central cospe nas velas das embarcações cheias de frutas,

crio a miragem do outro lado.

Sinto o oceano virado pelo avesso

palpitar longe de todas as redenções litorâneas.

 

Equador! Equador!

Vim perderme en tuas somálias,

em tua carne que ainda não é noite fechada

nem a madureza viva da tarde,

antes se assemelha aos crepúsculos de litoral,

ou ao nascer da madrugada, perto de capim e rebanhos.

Só quem descansou em teu regaço pode compreender as entre-sombras da tarde

neste reino magnético onde tudo são mormaços

e sombras de grandes árvores nos palácios do sol.

Estou sempre regressando de teu quintal profundo,

de tua pátria de água e fulgor, onde o macio de teus cabelos é melhor que a soma de

mil dias

vividos na deslembrança de sofrimento e morte.

 

A noite é negra, mas a alumias com teu corpo.

É meio-dia, mas junto a ti estou do lado da sombra,

protegido do sol e dos clarões transitórios.

 

Tu me ensinaste os movimentos da terra,

tu me converteste ao espetáculo das rotações incontempláveis.

Minhas ambições transoceânicas morreram.

Junto aos fachos do equador, imóvel permaneço.

 

Estou acima de todas as mitologias

na terra onde os viajantes procuram inutilmente sua sombra no chão,

e os corações nem sempre se fazem escutar

delatando a vida nos corpos fluidos.

Acho-me acima das chuvas totais, no horizonte que a natureza compila expandindo

seus vértices,

e minha voz mal alcança um sol nu a meu lado,

que me segue indefinidamente.

 

Nas frondes contempladas, tudo o que sou recua.

Perco-me nas léguas de um círculo de troncos

e de águas ínvias que repartem a dádiva da morte.

E no torpor que vem do chão, os caminhos se abrem

e eu depois te saúdo, inexistir, atracadouro solenemente aberto

desenhando na espessura sua hierarquia fluvial.

 

Longe dos pólos, és tão grande que posso chamar-te: minha terra

e mirar tua conjuntura de caudal e canícula,

pátria minha, terra minha, duro horizonte meu

eternamente à espera, como os índios mortos nas urnas marajoaras.

 

Terra natal! Terra Natal! Assim te chamo

e tudo em ti é um agora, rio de águas impávidas

que recebe o dom dos afluentes como o tempo acolhe a fieira dos dias.

Depois que todas as marés passarem, novas águas, anda incriadas, correrão

ante o Olhar que tudo vê, porque é um pêndulo imóvel.

Ó serragem dos panoramas partidos pela vida! entre todos os rios e oceanos

ficarás, paisagem minha, tesouro meu, canção

de solitudes mais que puras.

 

Terra carnal, em teu clima de mormaço eu bebo a tarde

espalhada por teus pés imóveis como astros.

Teu convívio é antigo, arroio narrativo que entre sombras

espalha um solilóquio de minutos tapuias.

Em teu continente parado, não temo perder-me.

Antes, aspiro a colonizar estes rios e florestas,

veias e pêlos de um mesmo corpo

desnudo à luz de archotes momentâneos.

 

Só quem amou à tarde, quando as horas caem como bichos surpreendidos numa

armadilha,

e foi imensamente nu e rumoroso ás portas escancaradas da tarde,

entende o meu amor por ti , Belém do Pará,

quando me envolves no bornal de teu mormaço,

cravas em minhas costas de viajante o teu punhal de canícula

e há meio-dia em tudo, até no céu.

 

Igaraúna, leva-me aos banhados para que eu possa ver

a passagem das antas e capivaras.

Nas coroas de lama, os jacarés espreitam as ictiofaunas de setembro,

prontos para devorar os peixes nupciais dos grandes lagos,

e quando os rios baixam e surgem as ilhas afundadas,

os gaviões tornados reis rondam os cadáveres dos jacarés.

E quando a noite desce, no espaço que cheira a talos cortados

passam como garças

as sombras ancestrais dos oleiros marajoaras.

 

Igaçaba, fala-me de teus mortos acocorados,

dos que vieram das Antillas para morar em palafitas

e deixaram desenhos de embarcações de proas altas gregas e fenícias,

nos cemitérios lavados pelo pranto da tarde.

Entre lascas de feldspato, a manhá contemplada

se serve dos caminhos dos rios tributários

e empurra as espessuras para as águas amarelas.

 

Mordido por formigas tocandiras

que queiman como o fogo nu das brasas

levo o meu olhar para os seringais das léguas dissipadas

enquanto na ilha do Marajó vinte mil búfalos correm

entre as águas e as secas de um purgatorio de pedras.

 

À tua beira,

nos lábios mudos de tuas florestas,

em teu silêncio sexual, onde tudo é procriação,

em teus pavimentos de árvores,

debaixo de teu infinito solar,

absorvo a redenção da terra nua e santa,

compacta, material e sólida apesar de seus igapés,

a grande terra natal, eternamente feminina

como o teu nome entre as orquídeas,

 

Hiléia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas del traductor

 

[1] Ivo, Lêdo, Poesia Completa 1940-2004, Estudo Introdutório Ivan Junqueira, Brasken Topbooks, Rio de Janeiro, 2004.

[2] La Oda ecuatorial es un homenaje a la región del Río Amazonas, como polo vivificante de la sociedad sudamericana, especialmente del Brasil. Fue escrita en 1950 y sería publicada al siguiente año, como un opúsculo, en Niterói por Edições Hipocampo, aquí recogemos la versión de Estación Final, Antología de Poemas 1940-2011, Selección, prólogo y traducción de Mario Bojórquez, Caza de Libros-Gimnasio Moderno, Bogotá, 2012.

[3] Haroldo Maranhão (1927-2004), fue un narrador y periodista brasilero de Belém do Pará, contemporáneo de Lêdo Ivo.

[4] El Río amazonas transporta más agua que el Mississippi, el Nilo y el Yangtze juntos.

[5] El Río amazonas tiene hasta 300 metros de profundidad.

[6] El Río Amazonas tiene un afluente subterráneo aún más ancho, el Río Hazam.

[7] EL Amazonas recorre 6800 kilómetros desde el Pacífico hasta el Atlántico.

[8] El poeta refiere la sombra perpendicular que generan los equinoccios en el Ecuador.

[9] El Río Amazonas tiene más de 1000 ríos tributarios.

[10] Cucos: pajarillos coliformes muy gregarios.

[11] Lontras: Nutrias

[12] Uirapuru: Pequeño pájaro del Amazonas que produce el más hermoso canto mientras construye su nido una vez al año. Cuando canta la selva se torna silenciosa respetando su fina música, quien lo oye, será feliz toda su vida.

[13] Lêdo Ivo ha nacido en la región de Alagoas en el Nordeste brasileiro.

[14] Se llama Vargem la franja de aluvión que es cubierta hasta los 15 metros.

[15] La región del Río Amazonas es la zona con mayor biodiversidad del mundo.

[16] La única ocasión que refiere la palabra Amazonas, como adjetivo, en el poema.

[17] Para Lêdo Ivo las especies animales del Amazonas no participaron en el mito del Arca de Noé, por tanto, los animales del amazonas son los animales del Edén.

[18] Purus: Río que nace en Perú y que forma uno de los afluentes más importantes del Río Amazonas en Brasil.

[19] Tapajós: Importante río de Brasil, afluente del Amazonas.

[20] Igarapés: Son arroyos y canales abiertos entre los bosques e islas del amazonas.

[21] Igapós: Floresta inundada o bosque pantanoso.

[22] Capim: Hierba conocida como té de limón.

[23] Marajoara: Cultura indígena que se desarrolló entre los 1000 y 1500 años d. C. en la isla Marajó del Amazonas, es notable su cerámica decorada.

[24] Tapuias: Forma genérica que señala las distintas tribus brasileñas de tierra adentro.

[25] Belém do Pará: Capital del estado Pará, Brasil, en la desembocadura del Amazonas.

[26] Igaraúna: Canoa negra tallada en un tronco de la tribu Tupí.

[27] Anta: Mamífero también conocido como tapir, se alimenta de frutos y hierbas.

[28] Capivara: Roedor gigante de un metro de largo, consume granos y hierbas.

[29] Yacaré: Es el nombre que se le da al caimán negro del Amazonas.

[30] Existen más 3000 especies de agua dulce.

[31] Igaçaba: Olla de barro para conservar agua o alimentos. Urna funeraria indígena.

[32] En el área de Maracaibo, Venezuela abundan las palafitas, de ahí el nombre al país que recuerda el de Venecia, una ciudad también en el agua.

[33] Hay cierto parecido entre los dibujos de las urnas marajoras y las cráteras griegas.

[34] Tipo de roca sedimentaria.

[35] El Río Negro y el Amazonas de aguas amarillas, por su temperatura no se mezclan.

[36] Tocandira: Pequeña hormiga venenosa de Brasil, que produce grandes dolores paralizantes. Los indígenas brasileños la utilizan para funciones rituales de iniciación.

[37] El caucho es una sustancia de la planta Hevea brasiliensis, tiene alto uso industrial.

[38] Isla fluvial en la desembocadura del Río Amazonas.

[39] En la isla de Marajó, hay grandes concentraciones de ganado, búfalos y cebúes.

[40] Igapé: Es el lirio acuático que aparece a las márgenes de lagunas y estanques.

[41] Hiléia: Nombre que le dio Alexander von Humboldt a la región del Amazonas, proviene del griego Hilaea que quiere decir monte inexplorado.