50 años de Tlatelolco: Jaime Sabines

El día de hoy se cumplen 50 años de la matanza de estudiantes y civiles que ejecutara el Estado mexicano el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Este lamentable hecho es uno de los relatos más dolorosos e importantes de nuestra historia reciente y que modificó la vida pública y política del país. A continuación leemos el poema Tlatelolco 68, de Jaime Sabines.

 

 

 

Tlatelolco 68

 

 

1

 

Nadie sabe el número exacto de los muertos,

ni siquiera los asesinos,

ni siquiera el criminal.

(Ciertamente, ya llegó a la historia

este hombre pequeño por todas partes,

incapaz de todo menos del rencor.)

 

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen

como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,

pero esto fue peor,

aquí han matado al pueblo;

no eran obreros parapetados en la huelga,

eran mujeres y niños, estudiantes,

jovencitos de quince años,

una muchacha que iba al cine,

una criatura en el vientre de su madre,

todos barridos, certeramente acribillados

por la metralla del Orden y Justicia Social.

 

A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,

y el pueblo se aprestaba jubiloso

a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

 

 

2

 

El crimen está allí,

cubierto de hojas de periódicos,

con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

 

El aire denso, inmóvil,

el terror, la ignominia.

alrededor las voces, el tránsito, la vida.

Y el crimen está allí.

 

 

3

 

Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.

Habría que quitarles los ojos a los que vimos,

asesinar también a los deudos,

que nadie llore, que no haya más testigos.

Pero la sangre echa raíces

y crece como un árbol en el tiempo.

La sangre en el cemento, en las paredes,

en una enredadera: nos salpica,

nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

 

La bocas de los muertos nos escupen

una perpetua sangre quieta.

 

 

4

 

Confiaremos en la mala memoria de la gente,

ordenaremos los restos,

perdonaremos a los sobrevivientes,

daremos libertad a los encarcelados,

seremos generosos, magnánimos y prudentes.

 

Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,

pero instauramos la paz,

consolidamos las instituciones;

los comerciantes están con nosotros,

los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos,

los colegios particulares,

las personas respetables.

Hemos destruido la conjura,

aumentamos nuestro poder:

ya no nos caeremos de la cama

porque tendremos dulces sueños.

 

Tenemos Secretarios de Estado capaces

de transformar la mierda en esencias aromáticas,

diputados y senadores alquimistas,

líderes inefables, chulísimos,

un tropel de putos espirituales

enarbolando nuestra bandera gallardamente.

 

Aquí no ha pasado nada.

Comienza nuestro reino.

 

 

5

 

En las planchas de la Delegación están los cadáveres.

Semidesnudos, fríos, agujereados,

algunos con el rostro de un muerto.

Afuera, la gente se amontona, se impacienta,

espera no encontrar el suyo:

“Vaya usted a buscar a otra parte.”

 

 

6

 

La juventud es el tema

dentro de la Revolución.

El gobierno apadrina a los héroes.

El peso mexicano está firme

y el desarrollo del país es ascendente.

Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.

Hemos demostrado al mundo que somos capaces,

respetuosos, hospitalarios, sensibles

(¡Qué Olimpiada maravillosa!),

y ahora vamos a seguir con el “Metro”

porque el progreso no puede detenerse.

 

Las mujeres, de rosa,

los hombres, de azul cielo,

desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa

que constituye la patria de nuestros sueños.

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