El retorno de la voz, de Víctor Manuel Mendiola



El retorno de la voz, de Víctor Manuel Mendiola

Presentamos un ensayo del poeta Víctor Manuel Mendiola sobre W. B. Yeats, poeta irlandés que representa una de las voces fundamentales de la poesía occidental del siglo XX. Incluimos, también, un fragmento del poema El regalo de Harun al-Rashid en versión del propio Víctor Manuel Mendiola.

 

 

 

El retorno de la voz

 

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Hace más de veinticinco años, mi actividad de editor me llevó a leer un borrador de la traducción de “The Gift of Harun al-Rashid”/ “El regalo de Harun al-Rashid” de William Butler Yeats. El bosquejo del texto era poco fluido y a veces confuso. A pesar de los problemas de la traducción y de mis limitados recursos de lectura, mostraba —y yo lo pude ver— el valor de un poema bellísimo, entrañable y original. De aquellas líneas siempre quedó una reminiscencia inolvidable; también permaneció el ansia de comprenderlas cabalmente y editarlas; y, con ese anhelo, la plenitud de la coincidencia en la ilusión compartida.

Recientemente, al ocuparme de la edición de La tierra baldía, reapareció entre las imágenes sicalípticas y esotéricas de la ciudad contemporánea —la frívola clarividente madame Sosostris, las imágenes del Tarot, el sexo rápido, un rey impotente— el anónimo personaje femenino de “El regalo de Harun al-Rashid”: la sabia joven sin nombre propio, amada por un hombre mayor y poseída por un espíritu del desierto. Tanto las señales ocultistas como las llamadas eróticas y las alusiones a la sabiduría oriental presentes en los poemas de Yeats y de Eliot, me hicieron darme cuenta de que había un vínculo, con todo y las grandes diferencias, entre el poeta de Irlanda y el poeta de Estados Unidos, nacionalizado ciudadano del Reino Unido. También advertí la relación problemática entre la no muy conocida pieza esencial de la madurez espléndida del primer autor (Premio Nobel 1923) y la intrincada obra notable de la poesía inglesa del siglo xx del segundo (Premio Nobel 1948). Ambos, Yeats y Eliot, encuentran en un cierto hermetismo, en la comprensión de los conflictos de la triste sexualidad de nuestros días y en el fulgurante universo abovedado del Lejano y del Medio Oriente, una imagen de nuestras preocupaciones de mujeres y hombres extraviados en los tiempos volubles, veloces y violentos de la modernidad.

 

2

El poema de Yeats da la impresión de ser una historia hermosa, placentera, cuidada y, en general, en un estilo de escritura de otro tiempo: el simbolismo. Ya que desde el comienzo, tanto en el título como en el verso veintisiete, aparece el renombrado apelativo de Harun al-Rashid, en la mente del lector surge de manera espontánea no sólo el mundo árabe sino Las mil y una noches. Con esta alusión inicial, la dirección del poema adquiere un sentido claro, exótico y abierto. Así, el texto avanza en forma progresiva y crea una narración llena de una magia elemental. Sin embargo, la composición ofrece también en la primera lectura un efecto desconcertante y, después en los sucesivos encuentros de la relectura, un juego de cambios, antinomias y correspondencias. Y, entonces, descubrimos en la armoniosa pieza encantada varios giros imprevistos y bruscos, una escritura automática —en concomitancia temporal con el surrealismo—, y una sincronía estética sutil —en comunicación con los poemas complejos de otros poetas de esos años. Bajo estas formas, Yeats forjó en la escritura de su madurez un lenguaje distinto —y libre— y produjo un tejido extraño donde cobran vida, como partes del poema, un cuento enigmático sobre el contenido de una carta y la ejecución de un Visir, un diálogo lúcido sobre la religión y el deseo y, finalmente, el desarrollo dramático de un conocimiento profundo, que siempre es erótico, y la escena inevitable del amor desgraciado.

En el centro de la trama del poema, la discusión entre quienes parecen los personajes fundamentales de la obra, Kusta ben Luka y Harun al-Rashid, adquiere una forma singular. El plácido debate —plácido en apariencia— produce un conflicto múltiple al chocar dos visiones contradictorias de la religión: la fe de Bizancio y la fe del Corán. Este encuentro expresa, al mismo tiempo, modos distintos de comprender el deseo: el profundo y difícil amor permanente —“cuando escojo una novia la escojo para siempre”2— y el impetuoso y fácil cariño pasajero —“cambia de novia en la primavera”.3 La diferencia encarna, a su vez, en dos caracteres humanos: el hombre amable con el oído y la voluntad concentrados en su compañera y el hombre errabundo, amante de la caza erótica. En esta sucesión, el poema desplaza el nudo de la acción de la voz de él —en realidad el discurso de los hombres en discusión— hacia la caracterización de la voz de ella —el único personaje femenino del poema. De este modo, la hermosa joven sonámbula borra, en el relato de sus revelaciones, la controversia e impone las formas del sueño. Esta dicotomía, esta multiplicidad y este centro desplazado serpentean por la composición en un juego de cambios igual que en el legendario libro de los cuentos árabes. Como sabemos, en esa obra la princesa pasa muy rápidamente del territorio dominado al fuerte señorío dominante, es decir, ella —la princesa y no el rey— es la fuente de la imaginación y quien dicta el paso del tiempo al hacer siempre de cada día otro día, de cada cuento otro cuento. Del mismo modo, en “El regalo de Harun al-Rashid”, en una suerte de repetición en eco, el poema guarda otro poema y otro más y otro más hasta que de la voz de la joven compañera emerge, cuando está dormida y deambula por la casa, la voz de un Djinn. La muchacha es un genio y su amante viejo es un intranquilo amanuense, “ella asemejó un hombre sabio y yo un niño”.4 La joven es la voz del hombre armado y él es el silencio expectante de un seguidor.

El poema contado representa un artilugio, un lenguaje de otro lenguaje, y abandona la forma simbolista (hermosa, exótica, cuidada y de otra época) para convertirse en un espíritu de nuestros días y en una visión de la metamorfosis y del desasosiego. El tiempo desgarrado por la conciencia de la inminente pérdida y de la soledad ineludible transforma el carácter esencial de los personajes: no sólo el yo es tú y el tú es yo sino que —y esto es lo relevante— él se vuelve ella (bajo la forma de un niño) y ella trueca en él (bajo la forma de un genio), él es un aprendiz y ella, un sabio. Pero este trueque, que ocurre en el secreto de la noche, separa a los amantes. Es interesante recordar que esta dicotomía tanto temporal como psíquica y sexual también está presente en La tierra baldía en la figura de Tiresias. En “El regalo de Harun al-Rashid”, Yeats anhela un mundo desaparecido “Donde la fe quebrada nunca ha sido conocida”5 y reflexiona sobre el yo desmembrado por la edad. También cavila sobre el amor. En esta visión el otro, la compañera, el ser amado, con el paso del tiempo y el avance de la intimidad, muta de manera contradictoria en una persona extraña, en otra persona que necesariamente perderemos, ora en la proximidad de la vida diaria, ora en la lejanía del abandono. Con esta conciencia, Yeats afirma: “… debo pagar el conocimiento con mi paz”.6

 

3

Cuántas diferencias hay entre La tierra baldía y “El regalo de Harun al-Rashid”. No obstante, la publicación del primero en 1922 y la creación del segundo en 1923 —cercanía significativa— y la conjunción dentro de una escritura en varios planos y, sobre todo, la puesta en escena de una representación dramática del amor fracturado los une —o los puede unir— de una forma secreta. La sordidez de una pieza y el encanto de la otra establecen un diálogo donde principios estéticos diferentes —en Eliot el poema es una textura total y en Yeats es una suma de excepciones— desembocan en el mismo desconcierto y en la reflexión sobre una realidad lejana y extranjera. Tanto en uno como en otro texto, el malestar en el presente y la búsqueda de una cura en un mundo remoto son visibles en la alusión a los Upanishads y a Las mil y una noches. Al leer y comparar los dos poemas, La tierra baldía y “El regalo de Harun al-Rashid”, podemos sentir que la composición del poeta irlandés es una resonancia, una reacción y casi una respuesta necesaria al poema de Eliot. Tan desiguales, pero a la vez con tantas cosas en referencia a los mismos problemas y a recursos característicos de la época. Sin embargo, el poeta irlandés —en contraste con el angloamericano— no teme unir, en un equilibrio impensado y provocador, el hermoso mundo de las formas abstractas con la concreción dura y variable, mas también hermosa, de las fragmentadas cosas reales. Tal vez por esta razón, muchos años más tarde, Eliot dijo de Yeats:

Nacido en un mundo donde era generalmente aceptada la doctrina del “Arte por el Arte”, y habiendo vivido en un mundo en el cual se exigía que el arte fuera un medio para fines sociales, se mantuvo firme en la opinión acertada, que está entre esos dos extremos, aunque no transó con ninguno de ellos, y demostró que un artista, sirviendo a su arte con absoluta integridad, presta al mismo tiempo el servicio más grande que puede prestar a su propia nación y al mundo entero.7

Las lecturas ingenuas no han advertido la apertura de la poesía de Yeats. Él avanzó a través de los extremos excluyentes de las estéticas de su época hacia una escritura más honda y también hacia la posibilidad de la renovación de la poesía con la multiplicación del sentido en una cambiante unidad plural. En la fase final de su obra, el poeta irlandés recombinó de un modo concentrado las formas de la canción, el relato y la tragedia con las del hermetismo, el automatismo y la simultaneidad. En estos textos, además, vislumbró la superación de la corrosiva vulgaridad dominante, sin alma y verdadero oficio, y el retorno de la voz por medio “de cualquier oscura fértil nada”.8

 

4

En el poema de Yeats, ¿en qué consiste el regalo de Harun al-Rashid? En una primera instancia pensamos que reside en compartir con generosidad una idea sobre el amor. En una segunda, en facilitar el encuentro entre el viejo Kusta ben Luka y la joven poseída, sonámbula, sabia. Y, en una tercera, en el descubrimiento de la voz. Sin embargo, ¿el regalo es un regalo?, ¿la dádiva de ese encuentro no entraña dolor?, ¿ese presente no significa una ausencia profunda?

 

5

En 1977, Juan Tovar publicó una colección de poemas de W. B. Yeats: Símbolos.Gracias a este escritor mexicano tuvimos al alcance de la mano una visión amplia del gran poeta irlandés. Nuestra edición, junto con otros trabajos, es una evocación necesaria a este singular escritor, que también tradujo a G. M. Hopkins. Debemos recordar asimismo que el Seminario Permanente de Traducción Literaria publicó en 2003 De Hardy a Heaney. Poesía inglesa del siglo xx,10 que incluye poemas de Yeats.

Por otro lado, este volumen busca encontrar, como en los otros libros de la colección El Cuervo, una respuesta a las limitaciones y los problemas de la poesía actual. Quizá, del mismo modo que sucede con las estrellas en la astronomía, en el tiempo remoto y en la luz cada vez más distante de las voces de los poetas del pasado podemos encontrar una forma de entender nuestro origen y hacia dónde caminamos.

 

 

 

Notas

1 Al escribir el nombre Harun al-Rashid, preferimos utilizar el criterio actual que escribe la partícula “al” con minúscula.

2 “When I choose a bride I choose for ever”.

3 “Change the bride with spring”.

4 “She seemed the learned man and I the child”.

5 “Where broken faith has never been known”, W. B. Yeats, “The Wanderings of Oisin”, The Collected Poems, Macmillan, Hong Kong, 1978.

6 “I must buy knowledge with my peace”.

7 T. S. Eliot, Sobre la poesía y los poetas, Grupo Editorial Sur, Buenos Aires, 1959. p. 282.

8 “Or any rich, dark nothing disinter”, W. B. Yeats, “The Gyres”, New Poems, 1938.

9 W. B. Yeats, Símbolos, selección,  prólogo y notas de Juan Tovar, Ediciones Era, México, 1977.

10 Coordinación de Difusión Cultural, UNAM.

 

 

 

 

El regalo de Harun al-Rashid

(Fragmento)

 

Kusta ben Luka es mi nombre. Yo escribo

Para Abd al-Rabban, una vez mi compañero de fiesta,

Ahora el sabio tesorero del buen califa,

Y a ningún otro oído sino el suyo.

Lleva esta carta

A través de la gran galería de la Casa del Tesoro

Donde las banderas de los califas penden, color noche,

Mas brillantes como el mismo bordado nocturno,

Y aguardan la música de la guerra; cruza la pequeña galería,

Pasa los libros del saber de Bizancio

Manuscritos en oro sobre una mancha púrpura,

Y detente al fin —estaba a punto de decir—

En el gran libro de las canciones de Safo; pero no,

Porque si abandonaras ahí mi carta, las manos indiferentes

De un muchacho enfermo de amor podrían tomarla

Y dejarla caer inadvertida en el piso.

Detente en el tratado de Parménides

Y ocúltala en él, porque los califas hasta el fin del mundo

Deben guardar eso perfecto, como conservan la música de Safo.

Tan grande es su fama.

Cuando el tiempo oportuno haya pasado

El pergamino revelará, a un hombre entendido,

Un misterio que ningún cronista había encontrado

Sino el salvaje beduino. Aunque apruebo

A esos nómadas que acogieron en sus tiendas

Lo que el gran Harun al-Rashid, ocupado

Con la embajada de Persia o la guerra griega,

Negligió, yo no puedo ocultar la verdad

De que errar en el desierto, sin facciones

Como aire bajo el ala, puede dar el ingenio de un pájaro.

Luego hablarán mucho de mí

Y no hablarán sino fantasía. Recuerda el año

Cuando nuestro amado califa ordenó la muerte

De su visir Jaffer por una razón desconocida:

“Si nada más la camisa sobre mi cuerpo lo supiera

La rasgaría y arrojaría al fuego”.

Esa respuesta fue todo lo que el pueblo supo, pero él

Pareció, por un momento, haberse vuelto joven otra vez;

Actuó de esa forma a propósito, murmuraron los amigos de Jaffer,

Así nadie podría advertir que el Califa sufría un golpe de conciencia

—Mas ésa es la sospecha de un traidor. Basta para mí saber

Que en el verano precoz

El más poderoso de los príncipes del mundo

Se aproximó al menos considerado de sus súbditos;

Se sentó en la orilla de la fuente de mármol,

Una mano en el agua entre los peces de colores;

Enseguida, tuvo lugar un diálogo

Y yo pedí mostrar a todos los cronistas

Cómo los grandes corazones violentos pueden perder

Amargura y hallar un panal de miel.

“He traído a mi casa a una esbelta novia;

Conoces el refrán: ‘Cambia de novia en la primavera’.

Ella y yo, sumergidos en la felicidad,

No podemos soportar que tú pises estos caminos,

Cuando la tarde remueve las ramas del jazmín, y aún

Estás solo, sin novia”.

“Caen los años dentro de mí”.

“Pero tú y yo no parecemos viejos

Como esos hombres que viven por rutina. Cada día

Cabalgo con el halcón a la orilla del río

O llevo la cota anillada sobre la espalda

O cortejo a una mujer; ni enemigo,

Ave de caza, ni mujer hacen dos veces la misma cosa;

Y así el cazador lleva en el ojo

Un gesto fingido de juventud. ¿Puede el pensamiento del poeta,

Que en el cuerpo brota y en el cuerpo cae

Como este puro chorro, ora perdido en medio del cielo azul,

Ora sobre la hoja del lirio y la escala del pez,

Ser un simulacro?”

“¡Mas qué importa si nuestras almas

Están más cerca de la superficie del cuerpo

Que las almas sin el juego de la caza y de la rima!

La propia juventud del alma y no la juventud del cuerpo

Se abre a través de nuestros rasgos. El fulgor de mi vela,

Mi linterna, es muy leal para no mostrar

Que ha sido creada en el reino de tu gran padre”.

“Y sin embargo la estación del jazmín calienta nuestra sangre”.

“Gran príncipe perdona la libertad de mis palabras;

Tú piensas que el amor tiene estaciones

Y que si la primavera agota lo que ella dio,

El corazón no necesita sufrir una derrota; pero yo,

Que he aceptado la fe de Bizancio,

Innatural para las mentes árabes,

Pienso que cuando escojo una novia la escojo para siempre;

Y si sus ojos no se entornaran para mí

O brillaran sólo para otros ojos más jóvenes,

Mi corazón nunca podría volver de la ruina incesante,

Ni hallar remedio”.

“¿Pero qué tal si yo

Me he tropezado con una mujer, que comparte

Tu sed por esos viejos misterios indescifrables,

Que ve más allá de nuestra vida, un ojo

Que nunca supo que ese esfuerzo podría apenas asomar luminoso,

Y que ella, sin embargo, puede parecer la fuente de la juventud,

Rebosante de vida?”

“Si esto fuera verdad,

Habría hallado lo mejor que la existencia puede dar,

La compañía en esas cosas misteriosas

En que el alma de un hombre o el alma de una mujer

Se hacen ellas mismas y no alguna otra alma”.

“Ese amor

Exige ser en esta vida y seguir

Sin cambio y en paz, y todo filósofo,

Es lo correcto, debería alabar ese amor.

Pero siendo yo nada, puedo alabar su opuesto.

Hace mi pasión más fuerte pensar

Cómo la pasión mueve al pavo real y a su compañera,

Al ciervo salvaje y a su cierva; que boca a boca

Es una burla del hombre del alma constante” […].

 

 

 

1 Según W. B. Yeats (Una visión, Siruela, Madrid, 1991), Kusta ben Luka no es un contemporáneo de Harun al-Rashid, sin embargo la ficción permite concebirlos como dos personas que compartieron el mismo periodo de vida.

 

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