Ónfalos: La poesía y los sueños



Ónfalos: La poesía y los sueños

Presentamos, en versión de Rayo Luna Brenis, un texto de la poeta irlandesa Colette Bryce (1970) al sueño, al inconsciente, a la casa como símbolo generador del mundo poético. Bryce fue editora de Poetry London entre 2009 y 2013.  Ha merecido distinciones como el Eric Gregory Award. Su libro más reciente es The Whole & Rain-domed Universe (Picador 2014).

 

 

 

 

Ónfalos

 

Me gustaría empezar con una palabra griega, ónfalos que significa el ombligo, por lo tanto la piedra que marcó el centro del mundo y lo repite, ónfalos, ónfalos, ónfalos, hasta que es franco y la música que cae se convierte en la música de alguien bombeando agua en la bomba de nuestra puerta trasera.

            –Seamus Heaney, “Mossbawn”

 

 

Ónfalos, ónfalos, ónfalos… El ritmo de la palabra que evocaba Heaney en su infancia – el término griego para el centro de las cosas- me recuerda a los helicópteros suspendidos en el paisaje de mi infancia, una constante banda sonora del crecimiento.  El ejército usaría las hélices  para ahogar los discursos en Free Derry Corner. Así que, en mi mente, las cuchillas están relacionadas con las palabras, en oposición a las nuestras, cortando las oraciones en el viento.

La vista de un emigrante también podría mantenerse en el aire, examinando el valle brumoso de una ciudad, de calles salpicadas de iglesias antes de enfocarse en una casa. Es cerca del extremo superior de una terraza donde vivimos. En retrospectiva, raramente puedo identificar el “Yo”, una experiencia común en familias grandes. Las memorias tienen una cualidad colectiva. Las mías normalmente tienen el punto de vista del “nosotros”, los cuatro hermanos menores- dos hermanas, mi hermano y yo- Algo pasaba y “nosotros” nos emocionábamos, algo más y “nosotros” nos asustábamos. Las más grandes, las cinco chicas mayores eran una tribu aparte.

Así que, la casa era parte de una terraza y “Yo” era parte de una secuencia de niños. Tal vez podemos pensar en nosotros mismos, hermanos de una gran familia, como los niños de la terraza, a diferencia de un unifamiliar. ¿Compartimos psicológicamente paredes interiores? Mis hermanas y yo aparecemos en un poema “de la mano como muñecas de papel” caminando hacia la escuela. La mayoría de las casas vecinas tenían niños y la calle era una de puertas abiertas así que entrábamos y salíamos de las casas de otros.

Nuestra calle daba al Páramo, una serie de terrazas que iban desde la catedral a la izquierda hasta el cementerio a la derecha. Bajo el Páramo descansa el valle de Bogside con sus filas de tejados adornados con antenas de televisión y humo. Mi madre había crecido en nuestra casa y el cuarto de dibujo de su infancia menos caótica era ahora un dormitorio de camas individuales. Mi abuela vivió con nosotros hasta su muerte en 1967. Ese año cerraron las fábricas de electrónicos que se cernían detrás de nuestras casas dejando a cientos de hombres desempleados. El área, como pudo haberse visto en la época de mi madre, fue bellamente dibujada por Seamus Deane en su novela “Leer en la oscuridad”. Sus personajes  habitan en un laberinto de terrazas inundadas de lluvia, plagado de intrigas políticas. Mi vida empieza donde termina la novela de Deane, con la llegada de los setenta.

En 1972, una semana después del Domingo Sangriento[1] nuestras ventanas son quemadas por una explosión en el Páramo. Hay allanamientos por paracaidistas y más tarde un tiroteo en el hastial, lanzan gas lacrimógeno. Debido a que ya no hay cristales, el gas se esparce rápidamente y mi madre saca a todo el mundo, olvidando, presa de su pánico, a la bebé que duerme en su cuna. Un valiente vecino, Pat Breslin, cubre su rostro y sube.

Caminaríamos cuesta abajo sobre la valla con paso funerario a lo largo del Páramo hasta el cementerio guiados por el sacerdote en su traje negro. O miraríamos desde la ventana cuando estallaron los disturbios. Una noche vimos fascinados como Metal Mickey- el robot de eliminación de bombas- avanzaba hacia una cortina abandonada. Para la generación de mi madre “pasar por el Páramo” era el eufemismo de la muerte. Años después, cuando leí el poema de Emily Dicksinson “No pude detenerme ante la muerte” imaginé el carruaje de la Muerte detenerse junto a las casas adosadas en el Páramo, una imagen difícil de sacarse.

Cuando tenía diez años nos mudamos calle abajo, del número 17 al número 4. Recuerdo un piano siendo rodado a lo largo del pavimento como un órgano musical. La nueva casa era una réplica de la anterior, sólo ligeramente más grande. Como las pistas importantes de un misterio, la familia que vivió ahí dejó un globo terráqueo cubierto de polvo y unos binoculares antiguos. Estos objetos conformaron mi primera y última impresión de nuestro nuevo mundo mientras nuestros muebles llenaban las habitaciones recién pintadas.

En los análisis del sueño de Jung una casa puede simbolizar la psique o el ser, los diversos niveles de conciencia. El contenido de un ático puede significar aspectos escondidos de nuestras personalidades que llaman nuestra atención a través del sueño. Algunos poemas, como los sueños, parecen provenir de otro nivel, un poco más allá de lo que sabemos o recordamos. A menudo sólo capturamos fragmentos. Cuando un poema es escrito como un sueño completamente rememorado, su significado puede ser retenido por un largo tiempo.

Mis más recientes poemas parece que quieren examinar más detalladamente ese lugar y ese tiempo. Los resultados son sólo vislumbres vistos a través de las puertas, a veces llevados a cabo en los espejos. Ese espejo en nuestra entrada era consultado por todos al salir o entrar por la puerta principal- revisando sus rostros o arreglando el cabello- Ahora, en el espejo del corredor puedo ver a nueve niños mirando. Estoy robando esta imagen de una historia de Mary Poppins cuando un niño le pide que le diga cómo se ve. “Mira en el espejo” dice ella, sorprendida.  “Pero hay tantos rostros” refuta él “¡No sé cuál es el mío!” Cuando los soldados británicos allanaron nuestra casa a primera hora de la mañana, mi madre les pidió que apilaran sus rifles bajo la mesa del corredor para no asustar a los niños. Imagino el rostro de cada hombre suspendido por un instante en ese espejo mientras se inclina para dejar el arma.

Así que, la casa es central para mi mundo poético, en sus espejos y en sus dos encarnaciones, el número 17 y el número 4. Y la calle adosada es una expansión de la casa, una especie de acantilado de habitaciones en las que muchos niños revolotean como vencejos. La calle domina el valle de la ciudad que nuevamente se levanta más allá de los pisos de Rossville hasta la parte más alta de las paredes medievales. La escritura está en las paredes, claro, las proclamas del día en pintura blanca. La casa se mantiene en su momento histórico, en una guerra en particular, donde el problema es la regla y los niños no le temen a los tanques o a las bombas o a hombres con pasamontañas. Un helicóptero se cierne sobre las paredes, se inclina, gira, vira. Extrañamente, se siente como el lugar más seguro en el mundo.

 

 

 

Bryce, Colette. (2014). Omphalos. Poetry. 25(1), 69-71.

 

 

[1]Matanza del 30 de enero de 1972 en Derry, Irlanda.