Teresa Orbegoso reseña Arca rota jardín de nadie, de Claudio Archubi



Presentamos una lúcida reseña de Teresa Orbegoso sobre Arca rota jardín de nadie, de Claudio Archubi. El libro fue publicado por Valparaíso Ediciones en 2018.

 

 

 

ARCA ROTA JARDÍN DE NADIE O EL SUEÑO DE LA VERDAD

 

Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.

Libro VII

La República

Platón

 

En una entrevista, el poeta Roberto Juarroz[1] dice que la única manera de recibir una creación es crearla de nuevo. En Arca rota jardín de nadie la familia es esa creación que debe ser creada de nuevo por todo ser humano. Es ese organismo intencionalmente incompleto lo que nos demanda crear. Es esa ausencia por la que actúa la poesía. Cómo amar lo imperfecto, se pregunta Juarroz. Cómo no amar lo que va a ninguna parte, responde Claudio en uno de los primeros diálogos del padre con el hijo: –He visto a mi caracol trepar por la pared blanca. / –El cuerpo es la pared blanca. / –Lo he visto subir insistente durante todo un día. / –El tiempo es la pared blanca. / –Quemado por el sol ascendía a ninguna parte. / –El amor es la pared blanca. / –Escuchaba el mar iba a ninguna parte. / –El sentido es la pared blanca.

Como si viéramos circular las apariencias que los presos del mito de la caverna platónica ven proyectadas por el fuego en una pared blanca, en Arca rota jardín de nadie se nos entrega una réplica encadenada de las distintas etapas de la existencia: –En un jardín olvidado había una flor. / –Sólo pude ver una sombra. / –Una flor olvidada bajo un cielo olvidado. / – ¿La sombra era olvido? / –La sombra era el mundo: ahí crecía la flor. La diferencia es que mientras Platón ve a las sombras como engañosas, Claudio las eleva a categoría de símbolo y fuente de conocimiento. Mientras la Idea platónica permite la existencia de las cosas, para Claudio Archubi son las cosas las que permiten la existencia de una idea.

El científico es un constructor de realidades universales, es decir, que valen no sólo para el hombre sino también para los minerales, los vegetales, los planetas. La ciencia desplaza al hombre del centro del universo y eso nos obliga a una suerte de humildad. Y es desde esa humildad que Claudio Archubi parece escribir los poemas de su libro. Durante la lectura de este libro, como en el poema Amé de Antonio Gamoneda[2], se vuelve inevitable preguntarse por quiénes fuimos en nuestro propio corazón. Desde el sueño de una muñeca rota, que representa a la Verdad, leemos la historia de un jardín olvidado donde conviven las sombras del gran teatro de la Vida. Así como la explicación científica busca modelar la experiencia del observador, en este libro se desarrolla una fenomenología de la experiencia. A través de siete pares de personajes: esposo/esposa; niño/niña; padre/hijo; madre/hija; anciano/anciana; padre/hija; madre/hijo; la conversión del autor en otro más y siete secciones, Claudio Archubi, intenta indagar en las preguntas fundamentales: –¿Qué es la Verdad? / –Una muñeca de trapo. / –¿La que está en el rincón? / –Una arrojada hace muchísimo tiempo. / –¿La que está rota? / –Una enterrada para siempre, intacta, unida a la tierra de abajo. / –¿Está escondida? / –Su tamaño crece hasta que pisas sobre ella. / –¿Y qué es lo que dice? / –Escucha y oirás.

En su propuesta estética el yo poético desaparece en la multiplicidad, disolviéndose en las distintas conversaciones, que se van desarrollando más allá de lo comunicacional. Como el biólogo y filósofo Humberto Maturana, Archubi plantea un arte político y un conocimiento con responsabilidad. Hace foco en que el fundamento de nuestra humanidad se desarrolla cuando reflexionamos juntos a través de conversaciones sinceras sobre el sentido de la vida; cuando existe el deseo de convivencia; cuando nos guía un quehacer común; cuando le damos el lugar que merecen a nuestras emociones. En sus diálogos hay un llamado a actuar más allá del saber que nos impone el sistema, a escuchar más allá del muro: –Todo se pierde por culpa del muro. / –No si apoyas el oído en él. Hay un llamado a la aceptación mutua, hay una mirada que reclama vivir nuestras vidas como una experiencia estética; hay un llamado a educar nuestros afectos porque son estos los que moldean nuestra inteligencia y nuestra capacidad para el consenso.

A modo de duplicación del mundo, que también es el muro, el arca, la historia, la familia, el espejo, el jardín mismo, estos personajes, creados como parejas de diálogo, se interrogan sobre el amor, la infancia, la adultez, la verdad, la mentira, el ser mujer, el ser hombre, el pensamiento, el mundo, el nido vacío, la vejez. El yo poético es una y otra cosa. A lo largo del libro vamos avanzando hacia la desaparición de este lugar invisible donde todos parecen estar atrapados y donde todos forman parte de las distintas etapas de una misma existencia. Los padres enseñan a los hijos sobre la dureza del mundo. El matrimonio y la vejez se muestran como la gran metáfora de la fragilidad, donde dos seres humanos deben luchar contra la violencia de estos tiempos con la única arma que los sostiene: el amor. Sólo así podrán existir en paz. La infancia es presentada como el paraíso que mira a la adultez con desdén, como la semilla de la tragedia que se ve venir en silencio: un hundimiento, una pregunta insistente, posesiva y destructora: En el fondo del jardín yace un espejo. /El padre ha desaparecido. / La madre ha desaparecido. / Fluye el agua sobre el espejo. / Los ancianos han desaparecido. / El gran titiritero ha desaparecido. / Todo está quieto bajo el agua donde la luna no. / Una mano crea el amor. / Otra, la línea del olvido. / Desciende el telón del mundo.

La vida ha perdido su sentido metafísico nos parece decir Claudio. La culpa y el desconsuelo están unidos por los hilos del lenguaje. El lenguaje, el jardín inundado, el mundo, el muro, el arca rota, el nombre, son el desconsuelo: –Se ha dormido el abuelo –dijo el padre. / –Es que la vida es un sueño –dijo la madre. / –Un sueño sobre las aguas –dijo la niña. / –Se ha dormido tu padre –dijo la madre. / –Es que la vida es un sueño –dijo la niña. / –Un sueño sobre un abismo –dijo el niño. La humanidad está condenada a no cesar de devenir en su humanidad.

Finalmente, podríamos preguntarnos como Georgo Agamben en su libro El fuego y el relato: ¿cuál es el jardín que el hombre ha perdido y que busca recobrar a toda costa? ¿Qué resiste a todo poema por encima de sí mismo? ¿Qué le da su poder y su gracia?

 

 

[1] Boido, G., (1980). Roberto Juarroz. Poesía y creación. Diálogos con Guillermo Boido, Buenos Aires, Argentina: Ediciones Carlos Lohlé.

[2] Gamoneda, A., 2012. Canción errónea, Barcelona, España: Tusquets Editores.