Poesía mexicana: Josué Ramírez



Presentamos un poema de Josué Ramírez (Ciudad de México, 1963). Es autor de siete libros de poesía. De 2000 a 2006 fue miembro de Sistema Nacional de Creadores de Arte. En 1997 obtuvo como director de proyecto la beca otorgada por la Fundación Rockefeller y el Conaculta. Imparte diplomados en Ensayo literario y Poesía mexicana contemporánea. Este texto, por supuesto, dialoga con Walter Benjamin. La fotografía es de Andrea Pacheco.

 

 

 

 

 

 

 

POEMA DE SENTIDO ÚNICO

 

 

Pensando en dos exposiciones (una temporal, la otra semi permanente), exhibidas en el Museo de la Ciudad de México, tituladas La ciudad de México en el arte. Travesía de ocho siglosy Miradas a la ciudad.

 

 

 

 

 

I

 

Al filo de la media noche apagué la computadora.

Tenía mucho trabajo. Pero un cargo es un encargo.

Dentro de la pantalla negra un millón de bits

 

se desfragmentaron. Para mí ya eran un recuerdo

las últimas palabras escritas en los circuitos conexos,

a través de los signos dotados de contemporaneidad.

 

En la laptop traía mi mundo cotidiano y burocrático.

Me busqué en los bolsillos los cigarros. Activé el seguro

del candando y le eché un último ojo a la oficina.

 

Pasé del patio dos al patio uno, franqueado por dos

cuadros, uno de la Nueva España y el otro del Parían,

en el Zócalo, a finales del siglo XVIII. En la traza

 

española la trasfiguración híbrida de la traslación del viejo

mundo al nuevo mundo. En el Antiguo Palacio de los

Condes de Calimaya contrastaba el cuadro que imagina

 

la ciudad azteca conformada por pirámides, canales,

casas y chinampas. Volteé a ver todas las puertas, a

 

cerciorándome de que todo estuviera bien cerrado. Casi

 

al llegar al primer arco, todas las luces se encendieron:

en los pasillos de la planta alta, los candelabros; al ras

de las columnas de la planta baja, lámparas contrapicada.

 

Parpadeantes: había focos fundidos en pasillos y escaleras.

Escuché mezclados todos los sonidos de los aparatos

electrónicos, en las salas de ambas plantas. Llamé al vigilante,

 

grité su nombre: ¡Don Toño!  ̶ y no me respondió­ ̶ . Volví a

llamarlo: ¡Don Toño! Y alarmado me fui a las escaleras.

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Subí al primer piso y en la sala uno, las cinco esculturas

de piedra mexicas narraban una historia enterrada /

desenterrada. Hablaban del crótalo, de la obsidiana

 

con cincel labrada, insepulta. Pensé en la cabeza

de cascabel prehispánica que hace de cimiento

en la esquina suroeste, donde ahora pasan cientos

 

de miles de transeúntes cada día, sin mirarla, sin saber

y sabiendo al tiempo con sol y lluvia, que es una decisión 

arquitectónica la que cifra la unión de dos culturas.

 

Una fusión presente en el tallado de una piedra.

El conquistador destruyó la ciudad de Tenochtitlan

para convertirla en palacios, torres y casonas;

 

construidas para fundar la Nueva España, ajena como ahora

a los pueblos originarios, sus dioses, ritos, orden y costumbres. 

 

 

 

 

 

 

III

 

En la segunda sala estaban tres biombos y un enorme lienzo

de siete metros de alto y cinco de ancho, totalmente pintado.

El encuentro de dos civilizaciones enfrentadas fundacionalmente.

 

En los tres biombos y en el enorme lienzo, los personajes al óleo

se movían. Muy lentamente, pero se movían. El encuentro seguido

de la guerra, el oficio de la primera misa y la caída de Tenochtitlan.

 

Moctezuma y Cortés, sus súbditos y ejércitos, con dos volcanes,

con el lago como un mar turbulento; eran el horizonte, ese telón

de fondo. Y se movían. Muy lentamente, pero se movían.

 

Lo vi con mis ojos. Era casi imperceptible, pero, sutilmente,

se movían. Eran imágenes pixeladas de sintaxis intrincada.

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

El ritmo de paneo motorizado de mis ojos, percibió

como las ondas del sonido, el oleaje, la rima en la que nadan

los que saben. Vi, en el deslizamiento de las sombras,

 

la paradoja de La Conquista, la historia cambiante de un pueblo

tomado pero disidente, moreno y después mestizo, mezclado

y separado, dividido por abismos sociales y unido al grito: ¡Guerra!

 

El nacimiento de una nueva raza en el inicio del declive

de las razas; negada para sí y reafirmada para nadie.

 

 

 

 

 

 

 

V

 

Vírgenes, cristos, airosas creaciones del nuevo mundo

metidos en un pasadizo que recorrí mirando los capítulos

barrocos de la vida urbana, en la plaza pública, la religiosa celda

 

de un yo emparentado con Dios y la nobleza. Miré cómo tres siglos

son demasiado, y quise ir un poco más a prisa, sin dejar de ver

que el gusto por el arte era ideológico, transfigurado en control

 

social, político –excluyente de los mexicanos–, el sentido

único de la epopeya vivida por un monje rebelde entre los monjes.

 

 

 

 

 

 

VI

 

Convencido como estoy de los derechos civiles, pasé

por el laberinto virreinal y escuché el rumor de los valores,

representados como el alma o el flujo comercial de un reino

 

trasatlántico; retratos y escenas de costumbres: en un mercado

donde se hablaba de empirismo y de espiritismo, unos indios

heridos, sin herencias, hechos como haches mudas y rotas,

 

vistos emplumados en un palacete construido en dos siglos.

Me sentí exacerbado. Incómodo. Recordando que hay otros pasajes

que llegan a conclusiones diferentes, menos brutales y despóticas.

 

Me dejaba un sabor agrio, propio de una labor muy minuciosa,

como enrollar el ovillo de una mercadotecnia antigua y eficiente.

 

 

 

 

 

 

 

VII

 

Yo le dije al conquistador: quepuesto que muero existo,vivo

en la toma de un paisaje de conjuntos. Sé que eres complejo,

nada te simplifica y sin embargo aunado a las lecturas,

 

las conversaciones y la vida, me fijo en el transcurrir donde

me inserto –uno decide bien despierto dónde estar y su memoria

le da rostro, peso, sombra– en el gusto de saber algo del mundo,

 

en la presencia de una verdad constante: la vida de Cuauhtémoc

no termina con Cortés ni con el hidalgo la de Moctezuma comienza.

 

 

 

 

 

 

 

VIII

 

Por el siglo XIX –tremolando–, en la creación de una identidad

auténtica, deduje que en los tipos de personas se iban dando cuenta,

de quiénes practicaron la desobediencia ciudadana. Entregaban

 

la vida con pasión, al formular las leyes que obligan al que manda

y al pueblo que reclama. Por otra parte, también estaban aquellos

que vivieron un impasse de artificio enajenado, y se fueron

 

moldeando los sentidos y las palabras, en pasajes recreativos,

comerciales, de esparcimiento. Al tiempo estaban ahí representados

los hijos de familia, los que decidieron llevar una vida resuelta,

 

bien acomodada, alejados de los tentáculos de la intrincada política, 

presa de los hilos y veneros lodosos e intrigas intestinas;

a costa de la pobreza y el dolor que arrastra el río de las promesas

 

los engaños siniestros, a una mayoría que, por más que ignorada,

ya sabía de las cosas que pasan en el lado oscuro de las cosas.

Y de nuevo: todo traslaticio, venido de otras tierras, mezclándose

 

con singular valor en el dinero y en la hipócrita decencia del estilo

y ese hecho de honor puesto en una bala, al filo del amanecer.

 

 

 

 

 

 

 

IX

 

De pronto entré de lleno a los puentes hacia todas partes: a la mitad

del siglo XX, punto en el que confluyeron todos los caminos.

Ahora lo vemos, sin comprender del todo, los fenómenos (el reloj,

 

la hora y el minuto) son parte de la trama de la vida pública

y la privada. Las ideas tomaron forma en el renovado cuerpo

del instante, en la mirada interior, en la Calle de sentido único.

 

De la utopía a la visión distópica, devastados. Los plásticos,

transfigurado el mundo con imágenes, cosas que parten

y se multiplican, cambian las dos bardas que forman

 

una esquina: la urbanidad es incertidumbre, el pasado y el porvenir

comulgan. Y aun y cuando fui de la esperanza a la desesperanza,

del arte oficial al individuo, al de grupo; la comunidad del lápiz,

 

las comunidades del pixel, las de la acción a la performance,

el cine, las de la instalación a los videos, la 3D y el reciclado.

 

 

 

 

 

X

 

La ciudad era yo y yo la ciudad, mudados, en diversas

representaciones de la plaza de armas, en el retrato como acento

de la personalidad social, y me encontré a mí mismo, sorprendido

 

nuevamente, en una patria cuyas costumbres rurales y urbanas

surgen de imitaciones traslaticias, siempre el resabio del silencio

que indigna, se reorganiza y busca de nueva cuenta salir en pos

 

de una patria que es un rizoma de bifurcaciones múltiples,

conformando el progreso repartido injustamente. Por las salas

que mis pasos habían memorizado, no me encontré con nadie

 

ni faltaba alguna obra, ni ninguna cédula se había desprendido

de su sitio; inclinándose el cuadro, la altura o torcido la moldura.

 

 

 

 

 

 

XI

 

Volví a la planta baja y recorrí las siete salas dedicadas a las urbes.

Nacida en Atenas, por más que haya durado Roma y los diversos

imperios siguientes encausara, malogrando su curso, la democracia

 

no es una fotografía. Puesto más allá del desperdicio,

en la dimensión del objeto, en el depósito donde un concepto

del mundo toma forma, sus comedias, exceso de sus despropósitos,

 

hacen del progreso el dios de la desigualdad considerada inevitable.

La representación de una ciudad es la del mundo. Así,

con sus contradicciones relativas, midiendo el tiempo presente

 

desde la incertidumbre continua y discontinua de las sombras.

Y, en la séptima sala, subí al atril y apretando el botón de realidad

virtual expresé mi propuesta para cambiar, arreglar, remodelar,

 

ampliar y reconstruir esta ciudad que es un país en sus complejos

urbanos repartidos. No tuve públicos, nativos de la red o viejos

amigos con los que aun siendo diferente, conformo una red tribal.

 

Nada alteró esa ecuación urbana, en los treinta y tres periodos

de la historia de una ciudad que se transforma y multiplica.

 

 

 

 

 

 

XII

 

Y porque el canto vale para expresar lo que uno piensa, al sentir

el tiempo en el que vive, recordé el Soneto en ixde Stéphane

Mallarmé, la desolación con que inventa el ptyx, la espiral que dice

 

que Baudelaire ha muerto, pronosticando el imperio de la Nada.

Oí un caracol prehispánico, dirigido al Universo, en espiral estigia,

recobrando el rumor del mar; animó mi ambición de comprender

 

la representación encarnada de la ausencia, que no cura la herida

y reconfirma: el tiempo no necesariamente es lo que imaginamos:

no borra la memoria, crea pensamientos e imágenes, formas

 

entretejidas con palabras de un deseo vibrante, como corriente

eléctrica, donde buscamos emparejarnos con los otros, y tomar

en cuenta nuestras contradicciones propias. Una palabra, solo

 

una sola palabra, que nos nombra a todos, hecha de diversidad

múltiple, en el corazón de estas tinieblas, su silencio fijo.

 

 

 

 

 

XIII

 

En alta voz la libertad no es un lugar sino un camino, un arte

muy esforzado en sus medidas y ritmos. Así, salí de nuevo al patio

uno, sintiéndome mareado y todo estaba donde mismo,

 

en su transparente ahí, de ayer y mañana: la quietud entre

las sombras, la inmovilidad de lo aparente. Y salió de vigilancia

Don Antonio, diciéndome: “Ya se retira, jefe.” “Sí, Don Toño.

 

Ya llegó mi taxi.” “Que descanse.” “Gracias.” “Buenas noches.”

“Buenas noches.” Después de la media noche, la ciudad era irreal.