Técnicas para cegar a los peces, nuevo libro de Rosabetty Muñoz



La poeta chilena Rosabetty Muñoz ha publicado recientemente el poemario Técnicas para cegar a los peces (Universidad de Valparaíso, 2019), del que presentamos una selección de poemas. Leemos en su contraportada: “Rosabetty Muñoz sondea en este libro el desarraigo, la alienación y el despojo de un Chiloé que la tarjeta postal y el discurso oficial han invisibilizado. Pone el dedo en la llaga, pero también sana y redime, pues le devuelve la voz a los habitantes de una isla que ha sufrido –además de catástrofes sociales y culturales– desastres ecológicos como el de la marea roja. La poeta de Ancud hace un trabajo de reconstrucción como lo hacen los «reparadores» de una de las secciones de este libro. Técnicas para cegar a los peces confirma a la autora como una de las voces más sólidas y persistentes de la poesía chilena y de esa porción de territorio poético en el que ella misma se reconoce: el de la sureidad..

Rosabetty Muñoz ha merecido distinciones como el Premio Pablo Neruda (2000);  el Premio Consejo Nacional del Libro como mejor obra inédita (2002) por Sombras en el Rosselot ; el Premio Altazor 2013 por Polvo de Huesos, etc. Desde el 2014 es miembro de la Academia Chilena de la Lengua.

 

 

 

 

 

 

Viejos hermanos ciegos

 

Dios nos puso en un jardín  decían

Y lo perdimos

 

Fueron cerrando los ojos

porque no querían ver.

 

 

Vendrán otros peces

de ojos comestibles y pieles calcáreas

 

Tendrán escamas con mensajes cifrados

que tampoco entenderemos.

 

 

 

 

 

 

Marea Roja

 

 

Ahora la ciudad tiene otro orden.

Bajo un cielo sucio

las micros desechadas por la capital, circulan

tragando turnos de obreros que van a las pesqueras.

Se abren choperías, cafés con piernas

en los nuevos nait clubs las vecinas bailan,                                       

sin ningún tipo de miramientos

 

 

 

 

 

(El mar, en oleadas, vomita

medusas muertas y envases plásticos)

 

 

 

 

 

Se ha producido el temido desembarco

y dejamos los gualatos,

las cosechas de manzanas,

el cuidado de las gallinas

rendidos a la humillación del salario mínimo.

 

Nuestros muchachos

dejaron su escafandra en el fondo del mar

y   subieron

zumbando las cabezas,

saltados los ojos

o tullidos.

 

Sabíamos que algo se estaba gestando

allá, en lo profundo.

 

 

 

 

 

Esta casa está perdiendo a los suyos.

Ya lo decíamos.

No retiene ni los sucesos recientes, se filtra.

A menudo se confunden sombras que

–uno sabe–

son los amigos muertos.

Vergonzoso es  sentir que andan por aquí y observan.

 

Lo que permanece se esfuerza

por mantener unida su materia.

 

 

 

 

 

No fuimos dignos de dormir cerca del altar.

Nuestros mayores sí.

Ellos  vieron  ciudades brillando en las lomas de la isla

como ardientes reflejos del deseo.

Y también un barco que se llevaba a algunos

–para escarmiento de todos– 

una sola noche de fiesta con de manjares y excesos

                     (todo el que volvía estaba viejo y alucinado.)

Soñaban con remolinos que se tragaban botes

                     Y sabían cuándo no era día de pesca aunque el sol brillara.

                     Y  que galopan caballos alrededor de la casa del moribundo.

                     Y se convierte en perro  aquel que odia. 

El año en que florece la quila habrá desgracias

y  los animales sienten cuando alguien arrastra una pena.

Supieron los antiguos todas estas cosas

y otras muchas que callaban

el silencio está cargado de destellos.

 

 

 

 

 

A veces, todavía, la hermosura nos hace enmudecer.

 

Hay calles amables bajando con dulzura hacia el mar.

Dos chicas se trenzan el pelo

en los escalones de una casa con cortinas de crochet.

Un hombre cruza de una vereda a otra sin mirar, seguro.

Señoras con la compra conversan en una esquina.

 

Un sol delicado alumbra el tránsito 

de los que vamos

sin apuro a ninguna parte.

 

 

 

 

 

 

Ahora, en los veranos, 

oleadas de calor mantienen los campos en sequedad.

Las bestias boquean

hilos de baba gotean desde sus trompas.

Desde el aire, el amable aspecto de las islas

se reduce a cercados cuadros café.

Árboles estáticos y tardes de insectos zumbones.

 

La dicha del agua se evaporó en columnas.

Esa humedad que nos falta.

 

 

 

 

 

 

Se termina esta parte de la historia.

Nuestros ritos han entrado en fase terminal.

Hay barcos  de turistas que asisten al espectáculo de la fe

y, en la explanada, frente a las puertas de la iglesia,

ejercen su comercio los desarrapados del continente.

 

El Santo Nazareno sale cabizbajo,

ahora con más razón que nunca

avergonzado, tal vez, de estos sus fieles

que terminan ebrios durmiendo en la pampa

 

 

 

 

 

 

La envidia

se volvió fuerza,  materia viva.

 

Fracasan los emprendimientos, 

se sueltan las amarras de los cercos, 

los animales mueren en el corral

la casa va soltando sus tejuelas.

 

 

 

 

 

 

Restituir a la isla su condición de madre.

Volver a sentir el calor de la madera crujiendo

aroma a cujen de grosellas,

el sonido de la tetera saltando sobre la plancha de fierro

el vapor que sale de su boca.

 

Tirar el cordón de la puerta,

ver a los mayores, cada uno en lo suyo

oír a los gatos corriendo sobre el techo de zinc,

mirar por la ventana hacia el rincón

donde florecen los pensamientos.

 

La infancia huele a mariscos y lámparas petroleras.

 

 

 

 

 

Se termina esta parte de la historia.

El fiscal sigue dando la hora a campanadas.

 

En este valle de lágrimas algo se acaba

y  no hay fanfarria ni discursos.

Hubo imágenes de alerta

 – no podemos quejarnos –

niños corriendo con calaveras en las manos

el incendio del Lidia que dejó un forado ennegrecido

y el pez con ojos de niño recién nacido.

 

Hace ya tiempo que los dolientes

se habían desentendido de sus muertos

y que los hijos pusieron en venta las casas de sus padres.

 

Abriré la boca y pegaré los labios al confín de las raíces.

Mi voz contra la tierra ahogada.

Que el silencio actúe como concha de ostra

mientras dentro de sí se concentra la materia de una perla.

                                                Desde ahora.