A propósito del Memorial de Ayotzinapa, de Mario Bojórquez. Reseña de Evodio Escalante



A propósito del Memorial de Ayotzinapa, de Mario Bojórquez. Reseña de Evodio Escalante

Presentamos una inteligente reseña de Evodio Escalante sobre Memorial de Ayotzinapa (Visor Libros México, 2017) de Mario Bojórquez, libro que mezcla el lamentable suceso del 26 de septiembre de 2014 con la mitología mesoamericana. Tanto Evodio Escalante como Mario Bojórquez son dos de los críticos y poetas, respectivamente, más importantes de su generación en México.

 

 

 

 

A propósito del Memorial de Ayotzinapa, de Mario Bojórquez

 

Raudo, tiritando en el esqueleto. ¿Cómo escribir acerca de los muertos? ¿Cómo escribir acerca del horror de Ayotzinapa? ¿Cómo meter las manos en el cebo de la ignominia y con ello hacer poesía? Mario Bojórquez se atreve con el asunto en su reciente libro Memorial de Ayotzinapa (Madrid, Colección Visor de Poesía, 2017). Su estrategia no podía ser más inteligente. Bojórquez abre su libro con un extenso epígrafe del Códice Florentino en el que recoge el relato de la creación de los hombres por Quetzalcóatl, la “serpiente emplumada”. Asistimos, así, a la atroz caída de Quetzalcóatl en el hoyo negro de la muerte por una celada que le tienden otras divinidades, a su increíble renacimiento y al cumplimiento de su portentosa tarea para lo que hace falta, primero, que dialogue en todo momento con su nahual, con su consejero, y además, que se pinche el miembro sexual para derramar su sangre sacrificial sobre el polvo molido de los huesos a los que tiene que dar vida. La poesía náhuatl, quiero decir, la mitología de nuestros ancestros le sirve de marco propiciatorio para narrar el horror, y para obligarnos a nosotros lectores a que lo presenciemos.

El panfleto y el manifiesto, al que han recurrido no a veces sin éxito algunos de los grandes poetas mexicanos del pasado siglo XX, queda conjurado ab ovo. La realidad indecible del posible asesinato e incineración de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, crimen de Estado que ha quedado impune, adquiere de entrada una dimensión ajena a lo periodístico. Lo actual, lo que no ha pasado, el gran crimen, entra por obra del marco discursivo mismo en el ámbito de la eternidad. Lo que relata el mito, como se sabe, sucedió una vez y seguirá sucediendo infinito número de veces, como quien dice, de aquí a la eternidad, en un para siempre que ingresa con pie derecho en el circuito del eterno retorno.

A este sentido de la eternidad apela Mario Bojórquez en su texto que hay que llamar magistral. Nos enteramos de la masacre por la puesta en escena de un diálogo en el que la voz del dios Quetzalcóatl conversa con su nahual. Uno que son dos, dos que son uno mismo. Desde la muerte, quiero decir, desde el vacío que deja la muerte, el dios y su nahual ofician como los testigos que acompañan a los muchachos y que dan los pormenores de su exterminio por parte de la mafia de la droga que cuenta en todo momento con el apoyo del aparato del Estado. Asumir la nada como estrategia de composición. La nada, el vacío: este es el otro hallazgo que permite que se escriba el poema. ¿Qué es el vacío? Lo dice el Diccionario de Autoridades: “Vacío. Lo que está desembarazado, o desocupado de todo cuerpo, lleno sólo de aire.” El vacío, que es también la nada antes de la creación del mundo, es evocado desde los primeros versos de la composición: “Todas las formas están vacías / apenas un relámpago atraviesa / la piedra de moler / y el río / que corre abajo / hacia la tierra honda / es apenas el murmullo del agua. / Todo está vacío.” Pero no nos engañemos. Este vacío no es una abstracción o una sustancia filosófica: es el vacío que acompaña a la desaparición de los estudiantes. De otra manera: es un vacío de muerte. Es el halo de nada que deja el estupor de la muerte. El hueco insaciable que permite que pueda haber palabras.

El poeta puede ser efectista, pero nada podría ser efectista ante la realidad monstruosa que se pone en escena: “la vida está vacía como el pellejo de una fiera.”

“Me dijo mi nahual– / Ahora tendríamos que ir a buscar / los huesos preciosos / Están a flor de tierra / casi insepultos.” El mito de Quetzalcóatl se repite a la letra. Otra vez los huesos, otra vez los huesos incinerados y molidos, hechos polvo, confundidos en el flujo del río. Este pasaje me parece estratégico pues aporta el toque de la verosimilitud sobre el que gira todo el poema: “Éramos –le dije a mi nahual– / 43 los del ‘río de las calabacitas’ / y yo, pero yo no cuento ni tú tampoco / éramos, entonces, 43 / los que cruzamos la noche.”

De tal suerte, Quetzalcóatl no sólo es uno con el muchacho al que le desollan el rostro (como habría sucedido con Xipe Topec), también cae otra vez en la fosa en la que reposan 400 cadáveres.

Bojórquez no sólo manipula las estructuras del relato, como se ha visto; con maestría análoga pone en acción un lenguaje que rememora los procedimientos paralelísticos de la tradición mítica mesoamericana e incluso recurre en varias ocasiones a mexicanismos, lo digo con gusto, que no aparecen en los diccionarios usuales de la lengua castellana, como el de Manuel Seco y colaboradores. “Mi nahual estaba atochadito….” El Diccionario de mejicanismos de Francisco J. Santamaría me hace saber: “Atocharse. Vulgarmente, en Veracruz, arrugarse, agorzomarse, acobardarse.”

Bojórquez nos ha dado un estupendo ejemplo de lo que puede ser la poesía mexicana del siglo XXI. Atenta a lo más actual, atenta a lo que escapa a todo lenguaje, pero tributaria al mismo tiempo de la gran tradición mesoamericana que de algún modo nos constituye. Lo felicito por este logro que es al mismo tiempo un hermoso ejemplo de lo que podríamos llamar una escritura en llamas.

 

 

 

*Este texto fue publicado originalmente en la Revista Literaria Igitur.

 

 

Datos vitales

Evodio Escalante (Durango, 1946), es ensayista, poeta y crítico literario. Ejerce como profesor e investigador de tiempo completo en el Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa. Obtuvo su doctorado en letras Mexicanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en 2001 con una tesis acerca de José Gorostiza. Ha publicado, entre otros libros, José Revueltas. Una literatura del “lado moridor” (México, Era, 1979; México, Ediciones sin Nombre, 2006; México, FCE, 2014), Las metáforas de la crítica (México, Joaquín Mortiz, 1998; 2ª. ed. México, Gedisa, 2015), José Gorostiza. Entre la redención y la catástrofe (México, Juan Pablos, 2001), Elevación y caída del estridentismo (México, CONACULTA, 2002), La vanguardia extraviada. El poeticismo en la obra de Enrique González Rojo, Eduardo Lizalde y Marco Antonio Montes de Oca (México, UNAM, 2003), y Breve introducción al pensamiento de Heidegger (México, Juan Pablos-UAM, 2007). Coordinó la edición crítica de la novela Los días terrenales de José Revueltas (Madrid, Colección Archivos, 1991) y escribió el capítulo sobre la vanguardia en la poesía mexicana del siglo XX en la Historia de la literatura hispanoamericana que coordinó la Dra. Trinidad Barrera (Madrid, Cátedra, 2008). Realizó la edición facsimilar de Irradiador. Proyector internacional de nueva estética, una revista que se consideraba “desaparecida” y que publicaron los estridentistas a finales de 1923. Sus libros más recientes son Las sendas perdidas de Octavio Paz (México, Ediciones sin Nombre-UAM-Iztapalapa, 2013) y Crápula (México, Ediciones La Otra, 2013).

Recibió en 2004 el Premio de Ensayo Guillermo Rousset Banda que concede la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y en 2009 el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde que otorga el Gobierno del Estado de Zacatecas.

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