Agamben: ¿A quién se dirige la poesía?



El filósofo italiano Giorgio Agamben se ha dedicado a la poesía en distintos momentos de su obra. Gustavo Osorio de Ita traduce y nos acerca a uno de esos textos: ¿A quién se dirige la poesía? Se trata de una formulación que pone sobre la mesa un par de cuestiones centrales: ¿quién escribe poemas y cómo? ¿Quién lee poesía y cómo es leída?

 

 

 

 

 

¿A quién se dirige la poesía?

 

Solo es posible responder a esta pregunta si se entiende que el destinatario de un poema no es una persona real sino una exigencia.

Una exigencia no coincide con ninguna de las categorías modales con las que estamos familiarizados; el objeto de una exigencia no es ni necesario ni contingente, ni posible ni imposible.

En cambio, se puede decir que una cosa ‘exige’ o demanda otra cuando, si lo primero es, lo otro también lo será, sin que lo primero implique lógicamente lo segundo o lo obligue a existir en el campo de los hechos. Una exigencia es, simplemente, más allá de toda necesidad y posibilidad. Como una promesa que solo puede cumplir el que la recibe.

Benjamin alguna vez escribió que la vida del Príncipe Myshkin exigía permanecer inolvidable, incluso si todos la olvidan. Del mismo modo, un poema exige ser leído, incluso si nadie lo lee.

Esto también se puede expresarse diciendo que, en la medida en que exige ser leída, la poesía debe permanecer ilegible. Propiamente hablando, no hay lector de poesía.

Esto es quizás lo que César Vallejo tenía en mente cuando, al definir la intención final y la dedicatoria de toda su poesía, no encontró más palabras que por el analfabeto a quien escribo. Vale la pena considerar la formulación aparentemente redundante, “es a los iletrados a quienes les escribo”. Aquí por significa menos “para” que “en lugar de”, tal como Primo Levi dijo que dio testimonio de –es decir, “en lugar de”– aquellos llamados Muselmänner en la jerga de Auschwitz, quienes en ningún caso podrían haber dado testimonio alguno. El verdadero destinatario de la poesía es el que no está en posición de leerla. Pero esto también significa que el libro, que está destinado a quien no puede leerlo –el iletrado– ha sido escrito por una mano que, en cierto sentido, no sabe cómo escribir, una mano iletrada. La poesía es lo que devuelve toda la escritura a la ilegibilidad de donde proviene y hacia la cual continua permanentemente en ruta.