La identidad negada, Conapred y T-MEC: Octavio Paz y Samuel Ramos



En esta nueva entrega de Silva de varia lección presentamos La identidad negada, Conapred y T-MEC: Octavio Paz y Samuel Ramos, ensayo sobre la identidad mexicana en el que Mario Bojórquez relee y dialoga desde la actualidad con las ideas de don Samuel Ramos y Octavio Paz respecto al ser mexicanos.

 

 

 

 

La identidad negada, Conapred y T-MEC: Octavio Paz y Samuel Ramos

 

Cuando los mexicanos se proponen clarificar el orden al que corresponde su identidad nacional, se debaten entre sentimientos confusos de apropiación de diversa índole, que finalmente oscurecen el sentido de esa pretensión. Somos indios si se trata de recordar el esplendor de las antiguas civilizaciones del altiplano y el sur de México, somos novohispanos en lo religioso y las costumbres culinarias, pero independientes ante las asechanzas de los gobiernos extranjeros y el uso patrimonial de una pretendida identidad nacional. A cada periodo histórico lo negamos con otro más, que subvierte la concepción mesurada y analítica de sus potencialidades y su realidad. Ante la maravilla de los monumentos prehispánicos, su furia de roca y el vértigo de su impenetrabilidad, somos mexicas, y no hacemos distinción entre Toltecas, Olmecas o Mayas, nada sabemos de la disputa por la entronización de Huitzilopochtli al respecto de Tloque Nahuaque, nada nos advierte que la nación mexica, es sólo una de las múltiples naciones originarias que convivieron, en muchas ocasiones de forma ríspida, en un mismo espacio conocido modernamente como Mesoamérica. Somos nahuas, nuestra piel recuerda algo de ese pasado, nuestro sentido del humor y la solidaridad ingénita con los hombres que vienen de lejos, nos caracterizan; bebemos destilados de agave como el mezcal o el tequila, comemos comidas picantes hasta el delirio y rumiamos las diversas hierbas del campo, nuestras costumbres son refinadas en la servidumbre y hablamos por lo bajo y con diminutivos, no queremos molestar, no queremos que alguien nos tome por seres insensibles, la ceremonia del fuego nuevo se traduce cada seis años en la fiesta del tlatoani ante quien nos acercamos ceremoniosos y reverenciales. Somos mexicas o cualquier cosa que eso quiera decir, en nuestra sangre corre el poder de los huesos preciosos rociados por la sangre del miembro de Quetzacoatl.

Ah, pero también somos cortesanos novohispanos, hacemos íntimamente un repaso a la alcurnia de los apellidos y al color de la piel, es ‘güerita’ decimos o ‘prietita’ si es el caso, una suerte de traducción de los infamantes retratos de castas, ya no sabemos si alguien es ‘tornatrás’, ‘tente en el aire’ o ‘no te entiendo’, pero la segregación social sigue siendo un impedimento de ascenso en la maquinaria económica y política. Somos novohispanos cuando corregimos al que pronuncia indebidamente, ‘haiga’ por haya, ‘semos’ por somos, ‘puesn’ por pues, seguimos dudando que los reducidos naturales tengan verdaderamente un alma y que sean verdaderamente humanos, estamos convencidos de que la marginación en que viven es producto de su pereza arraigada e idólatra y de no tener interés de salir del marasmo y la promiscuidad de su ignorancia. Ellos no representan el México exitoso y ganador que la derecha presume en coloquios internacionales de economía y en marchas de protesta en automóviles de último modelo. Somos novohispanos cuando seguimos creyendo en las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, somos novohispanos en el barroco mole y en la imaginería de los altares hechos en hoja de oro, en las greguerías absolutas de las policromas Talaveras. Pero también somos independientes, tenemos en la sangre el grito y las campanas de dolores resonando en el alma nacional, tenemos las tres garantías y el masiosare grabados en el bridón, tenemos al siervo de la nación, después, no sabemos cómo, tenemos al emperador Iturbide y su amigo-enemigo Guerrero, con su abrazo de Acatempan y su ‘la patria es primero’. Eso somos, una mezcla extraña, errática de sentimientos encontrados, de oposiciones que se interrelacionan, de ingredientes que se superponen y se combaten, sin un discurso recto, saltamos envueltos en plumas y luego nos reclinamos ante el joyel sagrado, nos elevamos en la pila bautismal y reconocemos las secretas señales en la logia  del rito escocés antiguo y aceptado.

Don Samuel Ramos, en su magnífico ensayo El perfil del hombre y la cultura en México, ya nos ofrece un retrato descarnado del ser nacional, es tan dificil para cualquiera observarse en el espejo de obsidiana de nuestra fatalidad, no es otra cosa lo que significa el nombre de Tezcatlipoca, espejo humeante, el espejo de piedra donde aparecen nuestros miedos y nuestras miserias: “Podemos representarnos al mexicano como un hombre que huye de sí mismo para refugiarse en un mundo ficticio. Pero así no se liquida su drama psicológico. En el subterráneo de su alma, poco accesible a su propia mirada, late la incertidumbre de su posición, y, reconociendo oscuramente la inconsistencia de su personalidad, que puede desvanecerse al menor soplo, se protege como los erizos, con un revestimiento de espinas. Nadie puede tocarlo sin herirse. Tiene una susceptibilidad extraordinaria a la crítica, y la mantiene a raya anticipándose a esgrimir la maledicencia contra el prójimo. Por la misma razón, la autocrítica queda paralizada. Necesita convencerse de que los otros son inferiores a él. No admite, por lo tanto, superioridad ninguna y no conoce la veneración, el respeto y la disciplina. Es ingenioso para desvalorar al prójimo hasta el aniquilamiento. Practica la maledicencia con una crueldad de antropófago. El culto de ego es tan sanguinario como el de los antiguos aztecas; se alimenta de víctimas humanas. Cada individuo vive encerrado dentro de sí mismo, como una ostra en su concha, en actitud de desconfianza hacia los demás, rezumando malignidad, para que nadie se acerque. Es indiferente a los intereses de la colectividad y su acción es siempre de sentido individualista.” (Ramos: 65: 1951)

Pero al mismo tiempo, tratamos de observar los periodos históricos como si fueran entidades inconfundibles y permanentes, como si el tiempo hubiera sido una fija fotografía sin relieves y espesuras, como si el discurso de la historia compactara estructuras sociales indivisas, donde cada caso y cada cosa permaneciera en una imagen congelada sin accidentes y desenfoques, en fin, que el devenir es sólo una línea que transcurre, que a veces el tiempo nos pasa por encima y en otras el tiempo queda fijo y nosotros transitamos en él. Octavio Paz en su excelente ensayo Las trampas de la fe, nos coloca lo mejor que puede en una perspectiva crítica de estos tres periodos, nos dice que ningún momento de la historia ha sido negado y deformado como la etapa virreinal, nos dice que tomamos al imperio azteca como un estado nacional, aunque sabemos que eran muchos los pueblos que luchaban por independizarse del yugo azteca, que establecían alianzas por la fuerza de las armas o bien que vivían sometidos a los tributos de mercancías y personas para los sacrificios, donde también había una segregación y discriminación entre los toltecas del sur y los bárbaros chichimecas del norte, que posteriormente perdió su independencia y que un gobierno extranjero se instaló durante tres siglos hasta que pudo recobrarse esa independencia de la nación mexicana en 1821, desde luego, al grito de ‘¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno!’ De aquí entonces se infiere que el periodo novohispano, es el de un gobierno extranjero que invade nuestro territorio y saquea la riqueza nacional en nombre de un rey que nos domina pero a quien no conocemos, los propios mexicas se lamentan en sus cantos de cómo vieron perdidos el poder y el lustre de los antiguos dioses, de como su civilización se perdió por las costumbres de los nuevos habitantes de las ciudades, cuyos rostros eran como el sol, de cómo sobre los antiguos templos se levantan ahora, en suntuosos santuarios, dioses más poderosos.

“Hay algo que me interesa subrayar: cada una de estas sociedades está separada de la otra por una negación. La relación entre ellas es, simultáneamente, filial y polémica. La primera sociedad –el plural sería más exacto: el mundo indio fue un conjunto de naciones, lenguas y culturas- fue negada por Nueva España. No obstante, Nueva España es inteligible sin la presencia del mundo indio, como antecedente y presencia secreta en los usos, las costumbres, las estructuras familiares y políticas, las formas económicas, las artesanías, las leyendas, los mitos y las creencias. A su vez, la República de México niega a Nueva España; al negarla, la prolonga. Cada negación contiene a la sociedad negada -y la contiene, casi siempre, como presencia enmascarada, recubierta. Cada una de las tres sociedades tiene fisonomía propia y cada una se ofrece a la mirada del espectador como un sistema económico, social, político, religioso y artístico diferente. Al mismo tiempo, muchos de los elementos constitutivos del mundo prehispánico reaparecen en Nueva España; esos mismos elementos y otros propios de Nueva España son parte del México moderno. Los elementos novohispanos son los más numerosos y decisivos puesto que entre ellos se encuentran el idioma, la religión y la cultura. Concluyo: hay continuidad, sí, pero rota, interrumpida una y otra vez. Más que de continuidad debe hablarse de superposiciones. En lugar de concebir la historia de México como un proceso lineal, deberíamos verla como una yuxtaposición de sociedades distintas”. (Paz: 34: 1998)

En esta larga cita, se encuentra el germen de este discurso, como todo ensayo de factura excelente, nos invita a considerar los elementos de que disponemos para poder analizar un estado de cosas, creo que este ensayo nos coloca en la encrucijada de evaluar al margen de presunciones de filiación por una visión u otra, el carácter innegable de confusión que nos invade cada vez que pensamos en el pasado. La capilla barroca de Santa María Tonanzintla en Cholula es el mejor ejemplo de esta dicotomía, usos europeos entreverados con la imaginería india: los ángeles morenos ascendiendo a los trece cielos con sus ofrendas de maíz y de chile.

Así se debate el alma nacional que vuelta jirones de distinta especie remienda su vestimenta entre el ixtle americano, el terciopelo sevillano, el algodón francés, y ahora con la terlenka de Chicago, somos esa mixtura de enconados sentimientos que nos hacen revolvernos contra nuestra propia historia incomprensible y monumental. Pero, ¿fueron verdaderamente los novohispanos unos españoles trasterrados que nada aprendieron aquí, que no construyeron una identidad bizarra, que no mezclaron en sus usos y costumbres la pepita de calabaza y el dulce de chicozapote? No parece prudente, en buena lógica, afirmar que los novohispanos no fueron mexicanos y americanos a su manera, que procrearon una Sor Juana Inés de la Cruz, ensayando poemas nahuas y negros de Guinea, que construyeron un barroco artístico más alto y profundo que el europeo con ayuda de los indios, que imaginaron una cocina vaporosa y salutífera, con especias y yerbas nunca vistas y modos de cocción tan extraños como el pibil o la barbacoa bajo tierra en hojas de maguey. El mundo novohispano dejó una literatura donde se perciben las antiguas costumbres originarias de Mesoamérica, el pasmo que generaba la visión de un mundo desconocido y nuevo, una inocencia y pureza que todavía no se siente desengañada, que todavía en las altas paredes del claustro nos recuerda la fundación de una lengua, de una religión y una cultura que resultaron ser mejores que las que trajeron de donde venían y mejores también de las que encontraron aquí al llegar.

En los tiempos más cercanos, nos dice don Samuel Ramos, esta dicotomía de lo extranjero y lo indio, de lo europeo y lo americano se ha ido diluyendo en una búsqueda de identificación con lo norteamericano, con lo gringo: “Tratándose más especialmente de México, podemos afirmar que a las normas europeas que antes imperaban se ha ido sustituyendo con gran rapidez el ideal norteamericano de la vida. El trabajo práctico, el dinero, las máquinas, la velocidad, son los objetos que provocan las más grandes pasiones en los hombres nuevos.” (Ramos: 87: 1951)

Con un rey español sometido a juicio por corrupción, desapareciendo el Conapred, con los pueblos indios publicando su literatura en sus propias lenguas originarias y alcanzando los más altos grados académicos reservados hasta hace poco sólo para las élites de las metrópolis, con un sistema electoral siempre endeble y lleno de supicacias que no alcanza a definir claramente el destino de la república, la pregunta que se obliga es si ya muy pronto seremos esos gringos prietitos del sur, despreciados y saqueados por el norte, pero firmantes de un tratado de libre comercio con reglas ocultas y tratos desiguales, que por fin habremos alcanzado con este instrumento económico la servidumbre formalmente reglada y definitiva, que con este tratado inicia una cuarta época de la nación, esta vez sometida a la acción de los capitales más rapaces, que sabremos por fin de qué está hecha esta identidad negada.

Ramos, Samuel, El perfil del hombre y la cultura en México, Espasa-Calpe, 1951,146 pp.

Paz, Octavio, Las trampas de la fe, Obras Completas, FCE, México, 1998, 622 pp.