Habitar el presente. Texto de Audomaro Hidalgo



El filósofo italiano Giorgio Agamben piensa que para determinar qué es lo contemporáneo se debe tener la capacidad de ver la oscuridad del propio tiempo. Esto es justamente lo intenta hacer en este texto, “Habitar el presente”, el poeta mexicano Audomaro Hidalgo (1983). Para pensarnos en tiempos de COVID.

 

 

 

 

HABITAR EL PRESENTE

Agora es otro tiempo ya venido

Diego Hurtado de Mendoza

Mientras más nos alejamos del siglo XX vemos mejor el rostro del siglo XXI. La centuria pasada finalizó en noviembre de 1989, cuando se desintegró el Imperio soviético y cayó el muro de Berlín. Ni siquiera habíamos abierto las puertas de nuestro siglo cuando nos saludó un episodio inesperado. Este hecho modificó la geopolítica y los intereses económicos mundiales. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la invasión a Afganistán, así como la subsecuente derrota de Sadam Husein, la toma de Islamabad, el saqueo a los museos y la destrucción de sitios sagrados que los marines norteamericanos prodigaron en todo Irak, significaron un profundo ultraje al antiquísimo territorio de Sumeria-Acad y Babilonia-Asiria, es decir al corazón mismo del nacimiento de la civilización humana. La conquista de un pueblo comienza por la interrupción de los lazos que lo unen con sus ancestros y con la desaparición de sus bienes simbólicos. Nosotros no sólo asistimos al paso de un siglo a otro sino que somos testigos-privilegiados testigos-del cambio de un milenio. Se trata del final de una era y el comienzo de otra. Si lo hemos olvidado o lo hemos pasado por alto, la realidad se ha encargado de recordárnoslo de una manera dolorosa.  

A lo largo de la historia hay hiatos y rimas sociales que se repiten bajo diferentes aspectos. No es la primera vez que una pandemia se presenta como el preludio de un nuevo periodo histórico y de cambios en las estructuras sociales, políticas y económicas. Sucedió hace quinientos años con la llegada de los ibéricos al continente americano, quienes trajeron no solo la cruz y la espada sino las enfermedades contra las cuales los mesoamericanos no tenían defensas. Al mismo tiempo que los españoles destruían templos y levantaban ciudades en América, en Europa se iniciaba la Reforma y comenzaba la tajante división entre catolicismo y protestantismo, o sea entre la iglesia romana y el capitalismo, entre la fe y la democracia, entre la confesión y el libre examen de conciencia, entre el viejo orden y la modernidad. A comienzos del siglo pasado, la gripe española ocasionó más muertes que la Primera Guerra. En 1914 comenzó a dibujarse en occidente otro orden territorial y político, pero también llegó a su fin el optimismo de “La Belle epoque”. A partir de ese momento, hombres y mujeres entraron en el oscuro túnel oscuro que fue la primera mitad del XX.

Nuestro siglo ha alcanzado sus dos primeras décadas y decididamente ha iniciado. La situación mundial actual puede verse desde diferentes ángulos, todos ellos válidos y todos ellos acaso insuficientes para explicarla. Algunos dicen que la aparición del COVID-19 es resultado del casi irreparable desgaste del medio ambiente; otros creen que se trata de una treta orquestada por algunas potencias políticas; la ciencia sostiene que este virus tuvo su origen en un remoto mercado de animales chino. Sea una cosa o la otra, esta experiencia nos ha forzado a dejar las plazas comerciales para volver a nuestra habitación, nos ha colocado cara a cara no con los otros sino con uno mismo, con nuestros demonios más soterrados, « dans les recoins obscurs et les fibres secrètes des consciences » como dice Lautréamont. Hemos vivido para afuera porque nos parece insoportable vernos a nosotros mismos, en profundidad. Nuestra propia compañía nos asfixia. Pero saber estar solo no es lo mismo que aislarse en la multitud. La soledad bien puede ser una conquista privada del espíritu.

El virus del COVID no sólo ha entrado en nuestro cuerpo sino también en nuestro lenguaje. Como el VIH, el Coronavirus ya ha modificado nuestros vínculos sociales. El SIDA apareció como un fenómeno sexual que, en principio, se creía que afectaba a un sector específico de la población; el COVID es preponderantemente social y cuando surgió se dijo que las personas adultas eran las más vulnerables. Ambos fenómenos son el resultado, entre otras cosas, tanto de nuestros hábitos individuales como colectivos. La raza humana, que en el siglo XX conquistó el espacio exterior y descubrió los secretos de las partículas más ínfimas de la materia, se muestra más vulnerable que nunca. Todos estamos expuestos y en riesgo. Al mismo tiempo que el Coronavirus nos ha aislado, también ha creado un lazo inusitado. En una de sus cartas, Flaubert observa que entre el final del paganismo y el inicio del cristianismo, el hombre nunca había estado tan solo como lo estuvo en ese momento de transición. Cuando los españoles arribaron a las costas, recorrieron Mesoamérica y por fin entraron a Tenochtitlán, los aztecas supieron con angustia que sus dioses se habían ausentado para siempre. Nosotros también nos hemos quedado solos pero, curiosa paradoja, hoy sentimos con mayor hondura no la ausencia de la Otredad, sino la presencia del Otro, el hombre y la mujer de cada rincón del planeta.

En nuestras sociedades de consumo el individualismo y el hedonismo chabacano son las normas que rigen nuestros actos. Sin embargo, esta vez no se trata de si los chinos, los italianos, los franceses, los españoles y ahora los norteamericanos son los más afectados, sino de hombres y mujeres que nos sabemos dolorosamente unidos por una misma experiencia colectiva. Muchas cosas serán diferentes cuando todo este termine. En principio, nuestra sensibilidad y nuestra moral están en vías de cambio, quizá emerja un nuevo modelo económico mundial. Sobre todo, tendremos que ser más conscientes y responsables de la relación que mantenemos con nuestro medio ambiente. Este es uno de los temas vitales de nuestro siglo. No todo es negativo en esta crisis espiritual que atravesamos, porque nos ha forzado a redescubrir el valor del presente, a poblarlo, vivirlo, crearlo todos los días. Dije que muchas cosas habrán cambiado, entre ellas la imaginación. Hoy el hombre y la mujer vuelven a apelar a sus poderes creativos para reinventarse y reinventar la realidad. Saber habitar plenamente el presente es una tarea común e individual. El otro ser humano, el de los dos últimos siglos, se creyó el hombre del porvenir. Nosotros somos los hombres y las mujeres del presente. No el pasado ni el futuro, el ahora es nuestro patrimonio espiritual.

Audomaro Hidalgo

Le Havre, abril 2020