Poesía chilena: Enrique Lihn



Recordamos al poeta chileno Enrique Lihn (1929-1988). Leemos “Nathalie”, poema contenido en Poesía de paso (Casa de las Américas. La Habana. 1966). En este libro se reúnen textos escritos entre 1964 y 1965. Se trata de textos que Pedro Lastra llama de “escritura in situ“. Lihn dice: “En este libro se habla de muy distintas cosas, pero el discurso connotativo que atraviesa silenciosamente la serie sugiere el extrañamiento a la vez que la familiaridad de un poeta hispanoamericano con lo desconocido entrañable europeo”.

 

 

 

Tarjetas postales / Poemas paisajísticos

El documento inmediato del encuentro del sujeto del texto -el poeta- con un objeto privilegiado que, como diría Benjamin le devuelve la mirada, porque posee aura (…) Yo los llamaba peyorativamente “tarjetas postales”, en las que, mientras el anverso documenta sobre un lugar turístico en forma convencional, el reverso da noticias “subjetivas” del viajero. Son poemas, en este sentido, visuales y objetivos que combinan e integran el anverso y el reverso de esas tarjetas postales. Poemas “paisajísticos” en la vieja acepción de una expresión que tendríamos que corregir: “el paisaje es un estado del alma”. Enrique Lihn.

 

(Lastra, Pedro. Conversaciones con Enrique Lihn. Valparaíso: Universidad de Valparaíso, 2014).

 

 

 

 

 

Nathalie

 

Estuvimos a punto de ejecutar un trabajo perfecto,
Nathalie en una casa de piedra de Provenza.
Dirás ahora que todo estuvo mal desde el principio
pero lo cierto es que exhumamos, como por arte de magia,
todos, increíblemente todos los restos del amor
y en lo que a mí respecta hasta su aliento mismo:
el ramillete de flores de lavanda.
Es cierto: nuestras buenas intenciones fracasaron,
nuestros proyectos se redujeron al polvo del camino
entre la casa de Lulú y la tuya.
No se podía ir más lejos con los niños
que además se orinaron en nuestro experimento;
pero aprendí a Michaux en tu casa, Nathalie; una
vociferación que me faltaba,
un dolor, otra vez, incalculable
para el cual las palabras no tienen gusto a nada.

Vuelvo a París con el cuaderno vacío,
tu trasero en lugar de mi cabeza,
tus piernas prodigiosas en lugar de mis brazos,
el corazón en la boca no sé si de tu estómago o del mío.
Todo lo intercambiamos, devorándonos: órganos y
memorias, accidentes del esfuerzo por calarnos a fondo,
Nathalie, por fundirnos en una sola pulpa.

Creer en dios; sólo me falta esto
y completar, rumiando, el ciclo de la baba,
a lo largo de Francia.
Pero sí, trabajamos duramente
hombro con hombro, ombligo contra ombligo
y estuvimos a punto de sumergirnos en Rilke.

No hemos perdido nada:
este dolor era todo lo que podía esperarse;
sólo me falta aullarlo en el momento oportuno,
mi viejecilla, mi avispa, mi madre de
dos hijos casi míos, mi vientre.

“Va faire dodo Alexandre. Va faire dodo Gérome.”
Ah, qué alivio para ellos
el flujo de la baba de la conciliación. Toda otra
forma de culto es una mierda.
Me hago literatura.
Este poema es todo lo que podía esperarse
después de semejante trabajo, Nathalie.