Poesía griega: Dimitris Angelís



Leemos, en versión de Mariano Villegas Hernández, algunos textos del poeta griego Dimitris Angelís (1972), pertenecientes a Casi bíblicos (2017). Angelís dirige la revista Frear. Fue reconocido por la Academia de Atenas con el premio Porfyras y fue finalista del Premio Nacional de Poesía. Publicó en Valparaíso México y Círculo de Poesía el libro Si fuera tu noche.

 

 

 

 

 

11.

 

Todas las mañanas que me levanto de la muerte y no estás a mi lado para consolarme. Entonces viene Marcos con su león, Juan con su águila, Lucas con su buey y Mateo con su hombre. Viene Andrés goteando escamas, santa Pelagia vestida de hombre y santa Catalina sujetando una botella de leche.

De la parte del Invierno nos hizo Dios; por eso tenemos frío solos por las mañanas, por muchos fuegos que encendáis –vosotros los otros.

 

 

13.

De las ruinas de Babel transportaba cada noche en su carro nuevas palabras que significaban separación y ensamblaba adverbios estropeados. Decía que existían ángeles corruptos y que los ríos castigan a quienes han renegado del agua sagrada de su bautizo.

Lo veíamos a menudo corriendo solo con las banderas en la lluvia, que es la única revolución verdadera. Algunas veces junto a él corría también Kafka.

 

 

14a.

 

Navidad

Llueve sobre los barros de la lluvia de ayer o de anteayer y por séptima vez pasa frente a nosotros Béla Tarr sobre el caballo habiendo perdido el rumbo. Sueña que somos una fotografía en blanco y negro y que una mano invisible escribe en la pared seraf, lékez, inámy otras consignas incomprensibles del futuro. Nosotros estamos en pie bajo un cobertizo oxidado y las miramos. “Tú también estás en nuestros sueños”, le diremos si se acerca. “La dirección cinematográfica es una ocupación burguesa”, nos responderá Tarr y, un poco antes de marcharse, sacará de su bolsillo y arrojará algunas mondaduras de luna a un charco. El agua de lluvia las cubre ahora apresuradamente, todo fue hace años realizado y de pronto huele a mandarina; con todo, si nos quieren, no se marchen.

 

 

14b.

 

Escucho himnos querúbicos a todo volumen y fuera está nevando. Se encienden y se apagan las luces de los árboles de navidad en la calle. Yo sin embargo soy el negativo de la nieve. Y tú eres el País de Nunca Jamás. Caminando mientras dormimos hemos vuelto a encontrarnos en un claro en donde un asceta se mantiene en pie sobre las ruinas de sus plegarias y flagela con rabia su espalda. Por una puerta invisible aparece Marmeládov, “me he equivocado”, dice, “pido perdón”. Y desaparece.

 

 

15.

 

En un Opel Kadett blanco que corre contra el tiempo por la carretera nacional. El raquítico niño llorón del asiento de atrás –no sé si es mi hijo o mi padre de pequeño– espera al ángel en el Siloé de la memoria. Algo me dice que este niño, que de pronto me doy cuenta de que soy yo, lo esperará y lo esperará en vano durante años.

 

 

16.

 

De pronto su cuerpo se estropeó. Igual que su vida. Decidió retomarla desde el comienzo. Escribió el “Job”. Prendió piras funerarias, arrojó ceniza de golondrina a su cabeza, se exilió de los bosques sagrados de su clepsidra. ¿Son remplazadas las personas a lo largo de nuestra vida? Se sentó y volvió a escribir el “Job”. Fracasó nuevamente. Una mañana atravesó las puertas de una acrópolis babilónica y despareció. Nadie sabe si aún tiene lugar un turbio juego a sus espaldas.

(En este punto Joseph Roth se levanta de su escritorio y mira por un instante desde la ventana abierta, fuera es 29 de septiembre y es de noche, y de pronto se te hace ya tan difícil

reír.)

 

 

 

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