Poesía de Corea del Sur: Su Hwang



Presentamos dos poemas de Su Hwang, en versión de Diego Mercado Villarroel. Sun Hwang nació en Corea del Sur. Se crió en Nueva York y luego se mudó a Minnesota, donde recibió su Master en Bellas Artes, en poesía, de la Universidad de Minnesota. Ganó la primera beca Jerome Hill en Literatura y el Premio James Wright de la Academia de Poetas Norteamericanos. Sus poemas han aparecido en las revistas Ninth Letter, Water Stone Review, Waxwing y otras. Enseña Escritura Creativa dentro el Taller de Escritura de la Prisión de Minnesota y es la fundadora, junto a Sun Yun Shin, de Poetry Asylum. Actualmente vive en Minneapolis. Su primer libro, Bodega (Milkweed Editions, 2019), se hizo acreedor del Minnesota Book Award 2020, en la categoría de poesía. Diego Mercado Villarroel, poetas y traductor boliviano. Su obra aparece en diversas antologías nacionales, europeas y sudamericanas. Es autor de Cerúleo y Cínicamente muerto.

Esta colaboración fue seleccionada en la Convocatoria 2020.

 

 

Muéstrame donde duele

Lo veo antes de que suceda: un ciervo solitario salta
a través del poroso enmallado y se estrella
contra un parabrisas, los faroles titilan como código Morse
en lo oscuro
                        oscuro
                                    oscuro.

Vapor cálido sale del cuerpo
exhalando sus últimos suspiros
aferrándose desesperadamente a la evolución.

Veo mi propio aliento suspendido
antes de saborear la sangre en el aire
el calor del metal retorcido
envuelto alrededor del árbol
como una relación amorosa.

Una mujer joven, de piel blanquísima y suave
sale arrastrándose del desastre
y corro a estrecharla en mis brazos, como si fuese mi hija

pero cruza los brazos en forma de crucifijo
como rechazando un embrujo
no quiere nada que ver conmigo.

“¿Quién está encargado de ti?” le pregunto
pero ella llora: “¿ya estamos muertas?”

Acercándome más, la reconforto con un caramelo
que encuentro en mi bolsillo,
nadie puede rehusarse a un poco de azúcar.

Se llama Alice, y no puedo evitar pensar en El País de las Maravillas
—el privilegio de las hadas

en este caso, es surreal o soso—
y en finales felices, haciéndose amiga de animales parlantes
y sombreros de copa estrafalarios.

Me levanto, sintiendo que hablamos por horas
pero fue simple fantasía.

Ésta es la única forma en que escapo del mundo en caída libre
donde lo de arriba está abajo
y lo de abajo, arriba
la madriguera del conejo volteada al revés.

En una ocasión, cuando era maestra,
les dije a mis estudiantes que nunca deben terminar una historia con
personajes que se despiertan de un sueño
“un truco muy barato”, proclamé, el no dar fin a cualquier narrativa
hacer a un lado el peso de las historias personales
lógica sin ningún cuidado.

Pero quizá me equivocaba.
Hagamos de todo un sueño
mantengamos las tramas casi invisibles

porque, en este mundo, si conociera a una chica llamada Alice
sola en una calle a oscuras
sería una chica india, o una negra, o una nativoamericana
y tendría que idearme una salida,
hacer que no mire el animal muerto en la carretera
que olvide el tajo atravesando su estómago

sus intestinos, chorreándose, destripada
tendría que envolverla en mi abrigo
invitarla
a que me indique dónde duele
y ella movería sus pequeñas manos sobre nuestras cabezas
gritando:
“En todas partes,
                  en todas partes,
                                en todas partes.”

 

 

Show Me Where It Hurts

I see it before it happens: a lone buck leaps
through scrim of porous brush & smashes
a windshield, headlights flicker like Morse code
in the dark
dark
dark.

Warm steam leaves the body
Hiccuping its final gasps
desperately clinging to evolution.

I see my own breath hover
before tasting blood in the air
heat of twisted metal
wrapped around the tree
like some love affair.

A young girl, lily-white and slythe
crawls out of the wreckage
and I run to embrace her, as if she were my daughter

but she crosses her arms into a crucifix
as if deflecting a hex
wants nothing to do with me.

¨Who’s watching over you?¨ I ask
but she cries: ¨are we dead yet?¨

Drawing near I coats her with a piece of candy
found in my pocket,
no one can refuse a sugar fix.

She’s named Alice, and I can’t help but think of Wonderland
—the privilege of fairy tales
however, surreal or bland—
and happy endings, teaming with talking animals
and fancy top hats.

I rise, feeling like we spoke for hours,
but it was simply fantasy.

This is the only way I scape the world in freefall
where up is down
and down is up
the rabbit hole pushed inside-out.

Once upon a time, when I was a teacher,
I told my students to never end a story with
characters waking from a dream
¨a real cheaptrick¨, I proclaimed, not to resolve any narratives
disregard the heft of personal histories
logic without a care.

But maybe I was wrong.
Let’s make everything a dream
keep plots real thin

because, in this world, if a met a girl named Alice
alone in unlit lane
she’d be a brown girl, or a black girl, or a native girl
and I’d have to concuct the hokes,
to have her turn away from all the roadkill
forget the tear across her stomach

her intestines, spilling, gutted
I’d have to wrap her in my coat
invite her
to show me where it hurt
and she’d wave her little hands above our heads
screaming:
¨everywhere,
            everywhere,
everywhere¨.

 

 

Eomma*

*(um-ma) mami, en coreano

Empacó una maleta —no una bolsa de inmigrante del tamaño
de un refrigerador, sino para una escapada rápida. Embutiendo
la ropa en las fauces abiertas, forcejeó el cierre como si
Estuviese envolviendo dumplings caseros. Por favor, por favor.
Rogando como perros mimados, mi hermano y yo llorábamos

para que se quedara. Nos encerró en el corralito, enmudeciendo nuestros suspiros,
Giró para decirnos que esto era lo mejor, que estaríamos bien.
Saranghae. Nos avergonzamos— no éramos la clase de
familia que decía ¨te amo¨ en voz alta. Me hizo recuerdo
de poner la alarma en la olla arrocera, subió a su
Ford Tempo —se alejó manejando. Para la hora de la cena, estaba de vuelta
preparando kimchi-jjigae. Se adentraron remando en la noche.
Nada había cambiado. La vez siguiente ella empacó
una bolsa de lona, mi hermano y yo nos pusimos alerta, le dijimos
que nunca regrese. Que estaríamos bien, era
lo mejor —pero no debió estar escuchándonos.

 

 

Eomma*

*(um-ma) mami, en coreano

She packed a suitcase—not an immigrant bag the size
of refrigerators, but for a quick getaway. Stuffing
clothes into its slit maw, she tugged at the zipper as if
she were pinching homemade dumplings. Please, please.
Begging like spoiled dogs, my brother and I cried for

her to stay. She corralled us inside, muting our sighs,
turned to say this was for the best, we would be okay.
Saranghae. We cringed—we were not the kind of
family that said “I love you” out loud. She reminded
me to set the timer on the rice cooker, then got in her
Ford Tempo—drove away. By dinner, she was back
making kimchi-jjigae. They rowed into the night.
Nothing had changed. Next time she packed a
duffel bag, my brother and I stood as lookout, told
her to never return. We would be fine, this was for
the best—but she must not have been listening.