Renuncia
No quiero despertar, déjame aquí,
diluido en el sueño,
amparado de mí, de la función onírica de horas
donde el dormir es hábito de luz,
manta ante el frío.
Y si he de despertar
que sea en la distancia del dolor,
en el nivel más alto del placer,
unido a ti, desatendido
de todo lo demás,
del límite y lo abstracto,
de lo posible, de lo no conquistado,
ungido de ese bálsamo
que cure.
Y si sangra la herida, déjame que la sienta
como el río
que hace de la verdad aguas bravías.
Y nadar a la contra
con fuerza suficiente
para salvarnos.
Tatuaje
Bajo la piel de mi brazo derecho
un tatuaje dice: “Yo sé quién soy”.
Pero también quién fui:
El hombre atribulado
y roto a perseguir todos los sueños,
el descendiente de la huida
que lastra permanencias,
el mismo que te amó
como si fueras cúspide del mundo
y desde ti se oteara la luz del horizonte.
Y allí, permanecido, dar fe de nuestras vidas.
Porque sé lo que fui, ahora yo sé quién soy:
El aludido entre todos los llantos,
el ejemplo perfecto del abandono,
la sal en la garganta ante un silencio eterno
que dispara el dolor; pero también el parto
después de fecundar las despedidas,
el cordón que se queda colgando
en lo que debería
ser la piel del olvido.
He dejado grabado
en mi brazo derecho un “sé quién soy”
para tenerte cerca,
entre todas las muertes,
también en la armonía de lo vivo
cuando tú ya no estás,
para saber de qué hondo ritual
es esta piel de ahora,
en qué palpitación guarda sus límites.
Pero qué sabe un hombre de sí mismo,
qué lucidez le asiste, me pregunto.
Bajo la piel, un tatuaje dicta: “Yo sé quién soy”
para mostrarme
el camino de vuelta al desconcierto,
el dérmico discurso de la melancolía.
Entre las nubes
Perseveran los recuerdos de ti.
Se instalan en aceras, en largas avenidas,
en los cafés nocturnos y en los parques,
saltan a recibirme en las esquinas;
pero también asaltan mis contornos,
las manos ya sin tacto que se ofrecen,
las arrugas
que adiestran sus motivos en el tiempo,
la pequeña verruga
que equidista del cuello y de tu espalda
apenas unos dedos,
la quietud y el espacio en donde habito
para desubicarme.
Esa tensión de ti
constantemente urdida por todos los recuerdos
persevera, se instala,
adiestra, desubica.
Para atacarla, hoy,
intento que el afán de vivirte también cierre los ojos,
y hago, desde lo oscuro,
el elemento estricto en que pensarte.
Pero vuelves, como un hilo de sol,
a esa noche salina
para hacerme temblar,
para, inconscientemente, iluminarte
debajo de los párpados.
Y ser -luz de noviembre-
un umbral, un recuerdo,
la voluntad blanquísima,
quizá tan solo un claro
entre las nubes.
Habitaciones
Me miras y te miro.
Dos flujos de esperanza inundan,
en corriente, nuestros ojos.
La cama recién hecha, las sábanas planchadas
y el olor de la ropa, su tibieza,
y tu cuerpo
tan abrazado al mío que es, de un juego sin fin,
la contraseña.
Estás porque has llegado
jalonando los miedos, abriendo las compuertas,
asiendo la razón de mi equilibrio.
Yo estoy acrecentándote,
haciéndote de mí lo transparente.
Me has mirado y te miro
en tiempos de conquista.
Y son los horizontes
desde lo que gozar tras las ventanas
el final de la tarde,
la tímida expresión de estar para nosotros.
En el centro de ti
aquella sensación que hube perdido,
los tiempos de la calma,
mi abandono.
En el centro de mí, un lugar para darte.




