Camino andado
Donde no había sendero de regreso
encontraste una hendidura
que podía hacer de camino
De puntillas empezaste a dar uno tras otro pasos de terciopelo rozando las nubes
invisibles del quirófano
Tu andar lo vigilaban ángeles parlantes garzas con rostros humanos
un enjambre de seres
que conocen pacientes y meticulosas las labores de la rueca
De pronto los gestos de ese hilar tan cotidiano
se aceleraron a la velocidad del relámpago
y pudiste tejer bajo tus alpargatas un sendero de vuelta
La Méduse de Géricault
Tu leteo cruzado a bordo de La Méduse (que luego pintara, enloquecido, Théodore Géricault), cómo es, dime, cómo, en la redención de los días que negociaron para ti quienes no veo, pero saben de meandros, ésos que tal vez viste tú. Tu Leteo personal: asomada a su cauce, toco su caudal con mis vocablos, apenas en vilo, doblada en posición fetal encima de su corriente. En sus márgenes no soy más que Narcisa asustada, y el roce mismo de las palabras que te escribo lo hace esfumarse, aquel río de aguas profundas. (1)
Sinfonía corporal
Tu hígado acariciado por la costilla rota,
un Adonis en la corte de los órganos.
Tu cerebro transfigurado por el cariño
de nosotros, tus allegados más allegados,
el crupier del premio mayor.
Tu corazón averiado, el general invicto
de la guerra entre los mundos.
Y tus costillas, las veinticuatro, una jaula de oro.
Lares
En esos lares, en ese gran bosque azul donde boga sin lastre otra raza de nubes, ¿hay insectos, unicornios, querencias donde abreven los ciervos al atardecer?
No te sentaste a descansar en la roca más grande del claro: sabías que apremiaba tu regreso, que pronto se haría de noche y que nadie entonces se mueve (a menos que haya luna llena, y a veces, ni así): lo que es, señores, la oscuridad total.
¿Cuál de las criaturas nemerosas se dio cuenta de que fingías tu muerte como la zarigüeya cae inmóvil ante el depredador?
Ailleurs, elsewhere, ambue hendápe, ese país incognoscible a cuyo portal le pusiste doble cerrojo antes de tragarte la llave.
Con el cuerpo a media asta
Inmóvil y con el cuerpo a media asta
—pero muy atenta a los pasos de quien,
tan samaritano, quiso abrirte el portal de nuevo—
seguiste la migración de las mariposas monarcas
aleteando hacia el México de tus recuerdos.
Las mirabas abriéndote otra vez camino o vuelo,
dócil en la resortera que te traería de vuelta.
Rosa, que te quiero rosa
Rosa, que te quiero rosa,
sin pacer la hierba de los cementerios
como lo advirtió García Lorca.
Viva, que te quiero viva,
sin volverte avión humano
que sobrevuele horizontes superpuestos.
Tu sangre a cielo cerrado una brea,
abriéndose paso
en el cañaveral de los órganos.
Manos otra vez
El amor hacia todas las criaturas vivientes
es el atributo más noble del hombre.
Charles Darwin
Mis manos no saben de imposición a la usanza del Cristo (de perdida, el taumaturgo de Mister Vértigo), pero igual compensaron su ignorancia con un cordero en el altar. Aquí hablo de mis manos, las mías, unidas a otras que se [les] juntaron). Yo que soy refractaria a los hechos de sangre, deposité ahí el cordero, queriendo que se tratara de un mártir simbólico. Lo ofrecí al Altísimo en mis oraciones, pero no estaba degollado: sigue vivo aún, igual que tú, en ese conato de señorita Lázaro, tú a quien escribo de transfigurarse, regresar a puerto, volver a la comarca del pan y del reloj.
Pacto notariado
Mi pacto solemne con Dios
—mi vida por la tuya—
quedó al final en blanco:
nadie de Arriba vino a firmar
aquella hoja membretada.
La flecha envenenada
que me hubiera dado muerte
tal vez, sí, me era destinada,
pero al fragor de mis rezos
no supo donde alcanzarme.
Poema ganador del Premio Literario Francesco Giampetri, IV° Edición (Italia), en la categoría “castellano”




