Sobre el deber actual de la poesía. Una poética de Jorge Pérez Cebrián

Leemos algunas ideas estéticas del poeta español Jorge Pérez Cebrián (1996). Ha merecido distinciones como el XVI Premio RNE de Poesía Joven (2024) y el Premio de la crítica de la Comunidad Valenciana 2025.

 

 

 

 

 

UNA HISTORIA DEL INSOMNIO​​ 

(SOBRE EL DEBER ACTUAL DE LA POESÍA)

 

 

Tu marches sur des morts, Beauté, dont tu te moques;​​ 

De tes bijoux l'Horreur n'est pas le moins charmant,​​ 

Et le Meurtre, parmi tes plus chères breloques,​​ 

Sur ton ventre orgueilleux danse amoureusement.

 

Hymne ​​ a le Beauté, C. Baudelaire

 

Ha pasado la noche en vela. Ha sido ungido varias veces con agua sagrada y leche con hierbas. El agua purificada es el único sabor que vuelve tras del ayuno. Eso y el olor del incienso. Las palabras se repiten hasta no ser palabras y él se limpia hasta no parecerse a nada humano. Ninguna mujer se ha acercado, impura, a su cuerpo. Tampoco la suciedad o los cadáveres. Ningún cabello cubre su piel, solo siente el tacto del algodón blanco en su cintura, los brazaletes y el hilo sagrado. En silencio, el suelo admite sus pies descalzos. Finalmente, mirándolo, pasa el metal brillante y pesado por el cuello del animal. Limpiamente, brotando su sangre en silencio, cae al suelo.

El acto del sacrificio, que pese a sus variantes nunca se aleja demasiado del descrito, es una suerte de universal, de motivo ubicuo, imposible de situar en las edades de lo humano. Hoy nos resulta lejano y misterioso como las cosas que acaso alguna vez fueron más nuestras. El hombre que retira del mundo un animal para hacer de él un útil, dice Bataille, siente que debe santificar ese hecho, en un rito en el que devuelve a la “intimidad del mundo divino” el ser más propio de ese ser, que es también lo Otro.

Así, el sacrificio debe saldar esa deuda con el mundo restaurando algo a lo sagrado. Con los siglos, el hombre habrá hecho de esos ritos un instante donde se rompe el orden​​ de lo cotidiano. En la fiesta ritual, dice Eliade, lo sagrado irrumpe y el hombre se dirige a ello sin mácula, con sus purificaciones y su limpieza de espíritu, negando toda mancha de toda individualidad, toda conciencia del yo. Y lo hará abandonándose a un todo al que ayudan un ritmo y una música, unas palabras y una coreografía que unifica al grupo. Con ello rendirá tributo a eso que provee y quita, que habita el mundo y lo reclama.​​ 

Así, reconocer lo divino y ofrendarle ese momento puede entenderse, para Mauss, como un modo crítico de congraciarse con lo Otro, lo numinoso o lo divino. Pero conforme se haga más complejo, conforme se solidifiquen las historias míticas que den su símbolo a lo inexplicable, cuando el mero éxtasis deje lugar a la representación, a la palabra: ¿en qué lengua, entonces, en qué voz, recrear, sobornar, rogar a lo divino? Para estas limpiezas que niegan lo humano, para esta fiesta que derriba el tiempo, este rito que refuta la cotidianidad, antes del noble metal en la garganta del sacrificado, también el lenguaje debía purificarse.

Y es aquí donde la palabra, para ser la voz en la que se nombró lo divino, para sobrevivir al tiempo y hacerse necesaria, fue embellecida por la repetición, por el ritmo, por la belleza más minuciosa. Y el lenguaje poético, el único apto para cantar el origen, la fundación del cosmos o de ese otro cosmos que es la urbe, para cantar el viaje de los héroes, los finales, el único que hace sagrado un canto precisamente por las palabras que no son cantadas, el de la solemnidad del sacrificio de un dios que se repite, ese lenguaje se tornará él mismo en un misterio justo cuando los grandes misterios parezcan haber cesado.

Hoy todo poeta debe, parece, aclarar qué es la poesía. O por lo menos es una vieja tradición reconocerse humilde e inspirado para negar la posibilidad de saberlo. Conforme las ramas de lo teológico, lo narrativo, lo filosófico, lo científico o lo histórico crecen, alejándose unas de otras, el rastro del lenguaje poético nos lleva a enfrentarnos a su orfandad, a tener que vindicar su sentido cuando no encuentra un sentido ya que lo engendre. La historia de lo sagrado da su juego de retracciones, de transiciones y máscaras haciendo de su lenguaje algo también lejano y Otro.

Así será recogido históricamente, con más extrañeza cada vez, hasta que tras el canto de cisne del Romanticismo, por motivos cuya enumeración en mucho excede nuestro propósito, el arte se tornase por fin en mercancía, la belleza en lujo, el pensamiento en ideología. Walter Benjamin advirtió esto en un aura que se disipa, un arte que pierde su sacralidad y se convierte en objeto de consumo. Este cambio fue tan social como estético: en algún momento la belleza dejó de operar como promesa de reconciliación o epifanía del sentido y empezó a actuar como función disfrutable o mero efecto artístico.​​ Lo que fuera una sofisticada aspiración luminosa hacia lo infinito deja, en su mudanza al entretenimiento de salón, una náusea existencial, un pesado vacío ante la imposibilidad de alcanzarlo.

Este rechazo de lo bello en la historia es la conciencia dolorosa de una modernidad que, en la problematicidad del arte en general, ha pasado a entenderlo desde el desencantamiento del mundo y la caída de sus altares. Hoy lo​​ bonito, que etimológicamente sería en la mayoría de lenguas romance un diminutivo de lo bueno, de lo correcto, pasa a ser objeto de sospecha y, finalmente, resulta sólo una opción más que no puede alejarse del todo de su anestesia o, en el mejor de los casos, de su decadentismo.

Sin posibilidad ya de fundar el mundo, sin verdad que anunciar ni totalidad que restaurar, el poema se convierte en reliquia, en una joya cuidadosamente cincelada, que brilla huérfana como un ídolo en ruinas al que se ofrendan gestos y perfumes todavía. La forma permanece porque la inercia del rito persiste como necesidad casi de cariz antropológico, pero ya apenas se puede creer en el dios que lo habitaba.​​ 

Al fin, en la historia, ese Espíritu manifiesto en Auschwitz, Hiroshima, Dresde, Varsovia… ya no hubo ni héroes, ni alma, ni lenguaje que cantara. El mismo ideal humanista fue desmentido, puesto que la cultura podía convivir perfectamente con el horror. Por eso, a mitad del siglo XX, junto con otras artes ya conscientes de sí, la poesía parece escribirse desde el hueco total en el que se inserta el individuo, rozando la nihilidad más asfixiante. La poesía quedaría, en buena parte, como testimonio o negación, como rendición o barbarie.​​ 

Tras Paul Celan, escribir fue desenterrar la muerte. Si la fuga musical era en Bach el más alto signo de orden y de gloria, en el poeta la fuga verbal es el signo de la descomposición. La música, ese arte de la transparencia, se vuelve negra.​​ Schwarze Milch der Frühe wir trinken sie abends…​​ La leche, alimento materno, es ya oscura; el alba, comienzo de la vida, es comienzo de la muerte. La Fuga de la muerte hiere por su odiosa claridad, no por su hermetismo, en la insoportable evidencia de lo roto.​​ 

Es entonces cuando parece manifiesto que no es posible ya para el poema (siquiera lo pretende) fundar un mundo nuevo. Sabe que todo fundamento está manchado. No promete salvación, porque ya no cree en ella. Sin embargo algo nuevo queda de esta nada: el acto ético, el gesto mínimo de resistencia frente al sueño inocente del olvido.​​ 

Allí donde el horror quiere borrar incluso el recuerdo, la palabra lo inscribe en negativo. Después, la ficticia armonía de la belleza burguesa y la industria cultural, tan estrecha como devoradora, parece tan sólo dejar espacio a lo sagrado en el violento ritual del desocultamiento. Es la experiencia de la verdad sin necesidad de velos dorados (aquellos de los que gustará enmascararse ahora el kitsch). La verdad se enfrenta a lo bello consumible, a lo distractor, a aquello que funciona adormeciendo al receptor más que intensificando la atención en un mundo superpoblado de belleza.

La domesticación última de lo sublime en un mundo de diseño y digeribilidad, dejan sólo el golpe (lingüístico, lógico, conceptual…) como lucidez contra la continuidad del consumo del arte. El lugar de la transgresión, que rompió los límites de la vida y el lenguaje, no puede sobrevivir ahora sino como una luz dolorosa que no permite el descanso ni la fluidez serena de los sonidos.​​ 

En ese destino se pone bajo el foco el desplazamiento central. La poesía ha pasado de ser mediadora por excelencia con lo absoluto, un modo de dotar al ser humano de sentido, a tener el​​ deber de ser​​ la puesta en juicio del sentido. La modernidad, como una lucidez traumática, libera al poema de su antigua autoridad y lo obliga a examinar su propia materia, la palabra, como herramienta y problema a un tiempo. Es lo único que la salva de su extinción o de una grosera ingenuidad: acaso hacerse más estricta, consciente de sus límites y responsable consigo misma.​​ 

El desencanto ha retirado el velo del ideal para mostrar que la poesía hoy, si bien no puede devolvernos lo perdido, puede sostener una forma de verdad sin apoyos fantasiosos. Una verdad hecha de atención, de memoria y de silenciosa resistencia. Resistencia no ya al ruido del mundo, sino a la blanda y lenta melodía del adormecimiento.​​ 

Pero sería ingenuo pensar que el desentierro de los muertos, el Angelus Novus de la historia, ha podido mantenerse siempre ya como vigilia, como apertura quirúrgica de la mirada, como revelación de la desnudez del mundo. El sueño lo traerá esta vez, no la creencia en la resolución del arte, sino el propio perfume de lo esperado, que nos hace cerrar los ojos al mundo.

El vacío del que da cuenta la redefinición del hombre para Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Camus, Sartre… no pudo sostenerse más sí mismo. Pese a lo que podamos razonar, lo divino no desaparece en la sociedad moderna, sino que, aun con la repetida caída de los relatos, este adquiere una fuerza nueva al darse un mundo de desencantamiento. Al haberse expulsado desde los positivismos y el avance de la técnica, desde el consumismo y el productivismo, el numen único se ha diluido en nuevos politeísmos de valores que no retroceden, no refutan el vacío, sino que lo delatan convulsamente en una búsqueda perpetua de la identidad.​​ 

Lejos de resistirse, el mundo editorial, a quien cabría considerar el guardián y censor de lo legible, a la caída de los cánones y la teoría literaria, se ha acoplado feliz y eficientemente a gestos que reordenan producción, visibilidad y consagración. La criba ya no es sólo el catálogo del honorable sello, sino el algoritmo de la red, el ranking de ventas, la tasa de finalización, la reseña cuantificada. Esto no sólo proviene de, sino que engendra también, un nuevo consumidor.

Es así cómo asistimos a un proceso por el que poesía se convierte en un régimen de producción de experiencia que ha aprendido a modular deseo, tiempo y pertenencia bajo las condiciones de sus formatos. Su promesa no es la totalidad estética sino la fiabilidad: entregar, a plazo y con exactitud, el clima afectivo que el lector espera.​​ 

Como un sueño sin revelación ni epifanía, en su forma típica contemporánea, la escena poética se comprime, la intensidad se acorta, la semántica adelgaza; cada cierre es un gancho empatizable y cada comunicación, un escalón hacia la recompensa por la atención gastada. El lector compra así un resultado (no solamente lo que​​ se diga, sino que esto​​ se diga​​ como debe decirse​​ dentro del pacto de su género).​​ 

La sorpresa permitida está controlada, en una normalizada y esperable variación de lo conocido que en su estabilidad dota de suelo firme también la identidad del lector culturizado. No son simples clichés, sino atajos de comunión que permiten al lector traer su archivo emocional sin pagar el peaje de una alfabetización humana densa. Su escritura, pues, debe ser intensamente sensorial y su psicología clara.​​ 

Pero es precisamente de esa intemperie desde donde acaba por surgir una escritura que ya no puede aspirar a fundar una identidad: una escritura que la señale para debilitarla. Aquello que no es redimido por el relato legitimador, aquello que no es comprimido por el sistema de etiquetas del lenguaje, aquello que antes fuera lo Otro, lo innombrable, vuelve en formas de poesía que vienen a poner el punto de mira sobre una nueva transgresión. Vuelven como erinias contra la comodidad de un mundo que estetiza su propia violencia a través del adormecimiento.

La palabra que hace vigilia se vale del poder de lo impensado. Recupera su historia. Pide, casi como una revolución, la entrega lectora, la mirada viva. Se exige, sin embargo, ser dinámica para no desactivarse como el surrealismo, o acoplarse al mercado como el arte social, para no afinar su estallido al arrullo que el lector espera. La exigencia hace recibir la voz desde la mirada y no desde la narrativa blanda. Todo para dar con un horizonte que señale el límite del lenguaje, que lleve donde termina el mundo manido e interpretado. Es esa la lucha de la poesía. Esa la resistencia a la caída de lo humano: señalar de nuevo la infinitud del ser en el mundo con y contra la palabra, con y contra la historia, con y contra la belleza.

El error Romántico del genio inspirado, que hizo del diario y el documento confesional un gesto artístico autosuficiente, contendrá ya en sí su propio fin. La simplificación esencial de la sensibilidad y el arte de la expresión lógica desechan​​ como premisa el encuentro con la complejidad humana en los límites de lo nombrable. De ahí que la sensibilidad poética se endurezca hasta la imposibilidad de estímulo, en lugar de lacerar la mirada hasta hacerla minuciosa, vulnerable hasta el dolor real a veces, a cada tacto. La pornografía de la sentimentalidad o lo confesional son la intensificación de algunas premisas fáciles románticas. Precisamente las que se acomodan mejor en la pasión de la juventud hasta renovar sus filas con otra generación cuando nada la excita.​​ 

Por eso, revivir ese lenguaje para hacerlo ser y no sólo usarlo, abrir la herida y la mirada, dejar caer el terciopelo del telón y despertar a su estruendo, es la vigilia de la poesía. En este momento, el mundo debe poblarse de nuevo (con el lenguaje que una vez señalara lo terrible, lo Otro) de sus propios límites, de cada posibilidad de lo inasible humano. Deberá mostrar las costuras de lo asumido, acostumbrando la vista a nunca acostumbrarse. Una poesía de este tipo no es sino una forma discreta de la más violenta resistencia.​​ 

No señalar, pues, lo visible, sino despertar lo imposible, forzar el lenguaje hasta situarlo como posibilidad última de lo siempre Otro. Es esta razón simbólica, como una llama, un bien que no se consume, la que nos obliga a una nueva forma de entender, de derrocar el ruido y otras formas de anestesia. Es esta la herencia de la ablución del sacrificio: vuelve así la purga de lo esperado y el frío del insomnio cuando el lenguaje abandona la certeza. Cuando pasa a hundirse en la borrosa y oscura arena de lo que le es verdadero.​​ 

​​ Es así cómo parecería que, después de nombrar sus dioses, de derribarlos, de llamarlos agónicamente y de soñarlos, algo parecido a la verdad (no solo la sinceridad solitaria) se vuelve a hacer materia de la poesía. Y esto exige la dificultad, la atención, la transgresión medida. Exige una poesía que no acaricie sino que muestre las heridas más inmemoriales del ser. Es este el retorcimiento violento del arte, de un lector que acepta ser desvelado, contemplar con sagrado horror, con admiración despierta, el trágico milagro de ser humano.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

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