La metapoética de Miguel Ángel Zapata. Texto de Andrea Cabel García.

El poeta peruano Miguel Ángel Zapata (Piura, 1955) ha publicado en la colección La Cruz del Sur de Pre-Textos la antología poética Escribo caminando. Andrea Cabel García presento el libro en a Casa Hispánica de la Universidad de Columbia en abril de este año. Leemos aquí tu texto y tres poemas del volumen. Zapata recibió la Medalla José María Eguren en 2025. Cabel publico A dónde volver. Poemas “reunidos” (Pittsburgh, 2016).

 

 

 

 

UN AIRE DESVELADO QUE LLAMA PARA VIVIR O LA METAPOÉTICA DE MIGUEL ÁNGEL ZAPATA

 

El autor de este volumen,​​ Miguel​​ Ángel Zapata​​ (Piura, 1955),​​ no solo es uno de los poetas más originales de su generación en​​ Hispanoamérica,​​ sino que excede el oficio y se dedica también a la crítica literaria escribiendo ensayos,​​ ediciones críticas, notas sobre arte contemporáneo, antologías y traducciones de poesía norteamericana.​​ Como si fuera poco, es profesor y ha dictado cátedra en universidades del Perú, México, Argentina, Chile, Venezuela, Estados Unidos, España, Inglaterra, y Francia.​​ En esta presentación abordo​​ “Escribo caminando: Antología poética (1983-2025)”​​ y lo propongo como​​ uno de los libros más importantes de poesía peruana.​​ Este volumen reúne seis arcos temporales en los que se enmarcan ciclos más que poemarios del autor.​​ Al respecto, quisiera analizar algunos poemas que considero significativos de​​ los tres primeros​​ arcos temporales, para poder, a partir de ello, proponer una​​ lectura crítica de la metapoética del autor.

Señalo este término, “metapoética”, porque el yo poético,​​ -o el​​ “personaje”​​ como lo llama​​ Juan Carlos​​ Abril en el prólogo​​ de la antología-, constantemente reflexiona sobre qué y cómo es la poesía, asimismo, sobre cómo​​ esta​​ se interseca con los elementos mismos del poema.​​ Me explico:​​ en la poesía de Zapata los​​ poemas​​ no hablan​​ de la lluvia, si no que la encarnan.​​ ​​ De este modo, lo que sugiero no es creerle tanto a la ruta de pensamiento del yo poético,​​ sino​​ más bien adoptarla para analizarla y contrastarla con​​ algunos​​ versos​​ para proponer una metapoética en el camino de este​​ “personaje poético” -si cabe el término-​​ inquieto,​​ que salta de lugares a palabras y de​​ palabras a lugares.​​ Para ello, considero que son los tres primeros arcos temporales, o digamos, los tres primeros apartados​​ de esta antología​​ los que me permiten desarrollar mejor mi premisa.​​ 

La primera parte, titulada “El florero amenaza con hablar” (2019-2024) reúne 38 poemas, algunos en prosa poética y otros en verso libre con respiraciones alternas entre cortas y extensas.​​ El primer poema de esta primera parte se llama, oportunamente, “Liminar”, aludiendo con ello, a un punto medio, a un umbral que parte en dos coordenadas, espacios,​​ y también​​ discursos.​​ De esto va a tratar la primera parte: de cómo se construyen escenas en las que el poema (el discurso) y el contenido de este, se intersecan.​​ 

En el primer poema, “Liminar”, el protagonista​​ de la historia que se narra​​ porque en esta antología​​ tenemos también historias​​ es un florero que representa a la poesía. Como señala, “el poema puede ser una nervadura o el florero que sabe callar a tiempo” (25). Al respecto, es interesante que la propuesta de reunión de poemas inicie con un punto medio en el que se personifica poéticamente a un objeto simbólico​​ que aparecerá varias veces más a lo largo de la antología,​​ como lo es el florero. Este puede decir o callar​​ palabras,​​ encarnando la idea de que el significante sigue siendo el lenguaje, pero el significado está en​​ nuestro desconocimiento.​​ El segundo y el tercer poema de este primer arco se llaman Arvo Pärt (primera y segunda, respectivamente), aludiendo, por supuesto al compositor estonio nacionalizado austríaco de música sacra. Arvo Pärt es ampliamente reconocido como uno de los mayores compositores de música clásica contemporánea desde fines del siglo XX.​​ Sin embargo, ambos poemas son interesantes porque nuevamente aparece el florero como protagonista, no el músico. Así, el título actúa como una referencia rítmica de los poemas. En “Arvo Pärt (primera)” el florero amenaza, nuevamente, con hablar. Dicho de otro modo, se nos alerta, siguiendo​​ también al poema​​ “Liminar”, que la poesía, eso que trasciende el discurso, lo simbólico, lo representable, quiere quebrar el limite entre significado y significante para​​ decir​​ algo. De eso trata este poema: de qué es el poema en sí. Al​​ respecto,​​ nombra,​​ por ejemplo, del siguiente modo​​ la poesía: “El piano revienta la casa: cada tecla es una palabra” (26) Luego, señala que es necesaria una “Pausa para la resurrección del poema” (26).​​ Todas estas reflexiones entorno a la musicalidad de las palabras y al significado quebrado que hay en ellas, se materializan en la segunda parte,​​ titulada​​ “Arvo Pärt (segunda)”. Aquí la palabra ya no es un florero sino una liebre que está​​ buscando un eco entre la hierba. El piano sigue existiendo en el universo poético y comienza a llover. Lo que sucede con la lluvia es interesante porque​​ esta​​ fluye en el poema, y el poema fluye con la lluvia, es decir, se quiebra la separación entre el mundo representado y lo que lo representa. No sé si se dan cuenta de lo que estoy señalando, pero quiero subrayar que esta poética está fracturando lo que se dice de la poesía, con la poesía misma. Ahí un valioso aporte a la poesía latinoamericana, y sobre todo a la peruana. Esta poesía está saltando la vanguardia, desde mecanismos de la vanguardia misma.​​ 

El segundo arco temporal de este poemario se llama “Un árbol cruza la ciudad” (2019) y reúne 34 poemas. Ahora el protagonista no​​ solo​​ es el árbol, como lo fuera el florero anteriormente, sino que​​ también lo​​ es la práctica cotidiana de caminar.​​ El primer verso del primer poema de este apartado reza: “Escribo poesía caminando” (73),​​ y​​ quiero subrayar que​​ es el gerundio lo que va a marcar el ritmo de este arco, puesto que la escritura, nuevamente, la entendemos como una práctica metapoética del autor.​​ Dicho de otro modo, la poesía es el gesto, por ejemplo, de caminar, de escuchar música, de crear música, la poesía es un árbol que,​​ a pesar de estar clavado, trepa, salta, crea un universo paralelo.​​ Al respecto, es interesante notar que existe una estética panteísta este universo.​​ El árbol, la lluvia, las flores, la naturaleza​​ -al menos​​ en estos dos primeros arcos temporales-​​ lo ocupan​​ todo. Cito algunos versos: “Dios es el río: un aire de mar brota/de su casa, relámpagos y cuervos/embellecen otra vez las nubes” (73).​​ En esa línea,​​ en la que la naturaleza tiene un lugar primordial,​​ permítanme volver​​ a la poesía y a los árboles.​​ 

El final del poema​​ “Prólogo”,​​ que es el primero​​ de este apartado, justamente,​​ señala:​​ “La poesía es así: un árbol desconocido / que cruza la ciudad” (73).​​ Como es notorio, los verbos no están quietos,​​ y como continúa en los dos poemas siguientes titulados “Un árbol cruza la ciudad” (74) y “El árbol” (75),​​ el protagonista, que es​​ el​​ árbol,​​ tiene un doble​​ rol. No solo es parte​​ del espacio que contiene la escritura​​ de los poemas, sino que es el poema mismo. Aquí enfatizo nuevamente en la tesis inicial de mi análisis: existe una metapoética constitutiva en la escritura de Zapata. Su pregunta es constantemente por la poesía, y para escribirla no solo usa el gesto de escribir, sino el de preguntar y de responder a través de símbolos. De ahí que,​​ por ejemplo, en el poema “El grito de Munch”, también de este apartado, señale: “La poesía tiene color sangre y el dolor retumba/tiernamente en el corazón de todos los puentes” (78).​​ 

Estos versos son de alta belleza:​​ los puentes tienen corazón, la poesía tiene sangre y el cielo está domesticado.​​ Como es notorio,​​ son​​ imágenes las que reemplazan​​ a​​ otras imágenes, pero es la poesía en sí misma como gesto que aparece. En los siguientes versos​​ puedo desarrollar mejor mi premisa inicial, cito:​​ “El​​ poema finalmente sucedió en una orquídea, caminando hacia la villa del Este o la Villa del Oeste, allá donde pastan elefantas y hermosas dinosaurias” (82, énfasis mío) Esta​​ imagen resume la forma creativa en la que Zapata desarrolla su​​ metapoesía. No​​ la escribe,​​ sino que​​ esta le sucede.​​ ​​ Y su poética es justamente la de preguntarse sobre esto que sucede, intentando​​ descifrarlo​​ con paisajes, con elementos naturales,​​ en muchos​​ casos,​​ con​​ la​​ naturaleza misma.​​ Considero que este​​ es otro gran​​ aporte de la poesía de Miguel Ángel Zapata: permite que el lector participe de una dinámica en la que​​ poesía se encarna​​ en el movimiento de la escritura.​​ 

Quiero concluir comentando​​ algunos poemas del tercer arco temporal​​ de la antología, me refiero a “El cielo que me escribe” (2001-2018),​​ apartado​​ compuesto por​​ 48​​ textos.​​ El primero de estos​​ que me permite sostener mi premisa inicial es​​ “Apuntes para un loro que no conoce tristeza” (111). En este poema,​​ el cielo del loro “es un árbol seco desde donde se descuelga la primavera” (111), nuevamente, una imagen está tras otra, y el loro es una excusa para​​ mostrarnos este escamoteo.​​ Notamos esto, por ejemplo, cuando compara al ave con la poesía y señala: “es [el loro]​​ prestidigitador del silencio y sabe estar callado como la poesía”. En estos versos la poesía sigue siendo la protagonista de las imágenes. Se sigue buscando​​ definir y se habla de ella, aunque siempre encontrando en vez de presencia, silencio.​​ 

 

El otro poema que considero que permite ver la metapoética de Miguel Ángel Zapata es “Corazón devastado”​​ (137). En este hermoso poema escrito en prosa, las palabras son observadas y palpadas, se hace, entonces, un acercamiento importante a la poesía. Subrayo entonces lo mencionado​​ en un inicio: lo que encontramos más que​​ -únicamente- una​​ poética a lo largo del libro,​​ es una metapoética, es un ensayo​​ que piensa sobre sí mismo, que​​ reflexiona. Es una poesía-origami que​​ busca encontrarse y mostrar al lector no tanto lo encontrado sino el proceso de búsqueda.​​ 

Veamos los siguientes versos​​ de “Corazón devastado”: “Miro la palabra​​ que se clava con la luz en la ventana soleada: la palpo con la sombra en el umbral que no se dice (…)​​ Palpo la poesía en una ventana cerrada, en la hermosa espalda de mi doncella mordiéndose los labios entre canto de pájaros” (137, énfasis mío)​​ El​​ yo poético o “personaje” en estos versos​​ busca quebrar las​​ distancias entre lo representado y la representación: palpa la palabra, palpa la poesía, ejerce, entonces, esta​​ búsqueda con el lector y le deja ver el entramado. En su universo de bicicletas que giran incansablemente, aparece una posibilidad de lectura, que considero valiosa. Leer su poesía no es solo leer palabras, es romperlas para acceder a una emoción.​​ Resumo lo señalado los siguientes versos: “El mapa siempre es el mismo: mira la ventana/el mar te​​ está​​ llamando para que labres/con tus manos la piedra indescifrable de la poesía” (148).​​ Miremos hacia la ventana que es un mapa, que es una imagen tras otra, para intentar atrapar este hoyo en el mar que es la poesía. La​​ poesía​​ de Miguel Ángel Zapata. La que celebramos hoy.​​ 

 

 

 

 

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En llamas

 

CAMINO bajo el cielo rojo,​​ 

en llamas las palabras que​​ 

uno concibe en boca de otros​​ 

como su propio testamento.​​ 

Camino bajo la lluvia que​​ 

regocija la cosecha y hace​​ 

gritar a mis hijas de alegría​​ 

cuando el cielo es una inmensa​​ 

tina de cristal.

“Camino bajo el cielo rojo”​​ 

podría ser una imagen fácil​​ 

del orden de la Naturaleza.

Pero cuando uno camina bajo el​​ 

cielo en llamas las palabras te​​ 

salen como un milagro, y te sientes​​ 

volar con el espíritu del viento y​​ 

del sol que aguarda.

Y uno es la impureza, la nada​​ 

entre tanto resplandor.

 

 

 

 

 

 

Alhucemas para William Carlos Williams

 

EL olor a limpio a través de la ventana, alhucemas sahunando el paisaje de la casa, golpes de máquina dando forma al poema de los yates, al mundo que rebota exhausto en la flor del sahumerio. Al sonar las campanas, las aguas verdes flotan y entra un olor a limpieza por la ventana, las ideas con el salmo de los díoses: flores amarillas cambiadas por cortinas blancas, el sol que se opaca en la tarde, la jarra de cristal donde leo estos versos luego de alumbrar un nuevo niño: el temor de caer con el mundo, me refugio en las hojas de los pobres, en los hospitales solitarios, en tu cintura, tus rodillas, en la hierba que crece hasta tus tobillos.

 

 

 

 

 

 

Tao

 

YA no sé a dónde ir. Se han cerrado las fronteras, los pájaros no vinieron a recoger las semillas esta mañana. El sol azotó en vano la grama fértil: levantaron muros, derribaron puentes y los ríos nos arrojaron fuego.

 

En el camino perdí a mi hijo y toda mi siembra. Mi hijo, sol de mis días más felices se fue como el árbol de la tiniebla.

 

Algún día volverá pródigo para abrazarnos como dos hermanitos. Algún día, como aquella luz que llena entera, llegará el trino a la copa de lo justo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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