En esta ocasión leemos cuatro poemas de Ingrid Vanessa Gutiérrez Meza (México, 2002). Escribe poesía, narrativa y ensayo. Se graduó de la licenciatura en Derecho y cursó el Diplomado en Escritura Creativa de la SOGEM. Ha publicado en la revista Celdas Literarias de la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2025 publicó su primer libro de poesía, Alhajero donde habitan los recuerdos (Valparaíso, 2025).
Clausurado
(hasta nuevo aviso)
¡Se nos extraviaron las llaves!
Creo que nunca he estado
lo suficientemente enamorada
para escribir un poema de amor,
en cada intento doy tropiezo
porque nunca conocí
el lenguaje del amor.
No sé cómo rimen sus versos,
cómo sea la melodía en sus estrofas,
no sé cómo escribir del amor
sin que hable en pasado.
Siempre hablo de él
cuando ya se ha terminado.
Hablo de él desde la pérdida,
desde el no querer soltar.
Y no es que no haya escrito ya
sobre la idea del amor,
pero cada que releo entre poemas
me doy cuenta de que aquello no era
exactamente el amor con el que se sueña.
He escrito sobre esperar,
te esperaré sin importar las horas,
te esperaré hasta que voltees a verme,
te esperaré donde me dejaste,
te esperaré por si un día vuelves.
Te esperaré,
¿acaso amar es esperar?
He escrito sobre luchar,
luchar por nosotros
luchar por los dos
¿y es que luchar tiene sentido
cuando sólo uno es quien lo intenta?
He escrito sobre lo que he visto,
a la temible monotonía
ser culpada por los cobardes,
carentes de palabras como para
recurrir a las infidelidades.
He escrito bajo la almohada,
es ahí donde nacían las dudas;
que si mi amor se mide a través del dolor,
que si aguanto un poco más
seré merecedora de su amor.
Mis amigos me lo preguntan
y es que algún día yo también lo aclamo,
escribir sobre lo mucho que se puede amar,
sin que amar implique dañar.
A mi puerta toca todo lo que no es amor,
por eso me acostumbré a mantenerla cerrada,
así hasta olvidar dónde dejé la llave.
Que en la oscuridad
te encuentres
Si no fuera por estas lágrimas
que he recorrido,
mi pluma jamás hubiera trazado
punzadas de lo que es
tener el alma destrozada.
De no ser por aquel invierno
no conocería la calidez
que transita en verano.
Hundida por años en mis derrotas,
fueron letras las que me llevaron a flote,
yo yacía en el océano,
en sus profundidades,
olvidé que sabía nadar,
dejé por completo de respirar.
Mi cuerpo pesaba y pesaba,
caía más bajo;
en el mar te das cuenta
que siempre puedes caer más abajo.
Subir se vuelve imposible
cuando has dejado de ver
a los barcos flotando.
Una inmensa oscuridad
que te resulta familiar.
Fueron versos, fueron estrofas
las que bajaron a por mí,
no les miento, yo las vi.
Cargaron el peso de mis lamentos,
no temieron la tempestad,
fue cuando las hallé
cuando ligera me pude ver.
Les conté el abismo
en el que habito
y convirtieron páginas así.
No juzgaron, ellas salvaron.
Dejas de temerle al agua
cuando ya has sido ahogada.
Alguna vez creíste que
jamás serías salvada.
Resurges de la sal,
recuerdas cómo lucía aquel sol,
a la brisa rozar tus caireles.
Y es ahí cuando entiendes:
que en la oscuridad
te encuentres.
Fruto del deseo
El fruto del deseo
tiende a saber a misterio,
se encarna en los amantes
haciéndolos olvidar
a quienes amaron antes.
Son adictos a la pulpa,
sin sentir alguna culpa,
no se trata de la gula
sino a quien dañas
al probar distintas frutas.
Es el néctar de tocar otra piel
el que te hace pecar otra vez,
es la sed la que te lleva a creer
que es de mortales cometer errores.
Es su etiqueta de “prohibido”
lo que despierta en ti el hambre,
nada sacia lo que alimentas
únicamente por placer.
La luna se vuelve cómplice
de la miel derramada entre sábanas;
son las almas que esperan en cama
aquellas que serán traicionadas.
¿Es más pecador el que prueba
o el que piensa en probar?
¿Es la emanación producto de
deshonra o en ella se esconde
su incompetencia para amar?
Después del diluvio llega verano
Que las parejas se renuevan
y se siente raro saber que tiene
tanto tiempo que fuimos tú y yo.
Ya no sé de tus tardes,
lo que ahora haces,
si terminaste la carrera,
si te negaste a ejercerla
o comenzaste a quererla.
Han pasado tres veranos
en los que no tengo
tu “feliz cumpleaños”,
tampoco tienes los míos,
pero cada que es junio,
me acuerdo del tuyo.
He cumplido algunas metas,
de las que alguna vez te hablé
cuando sólo eran sueños;
ahora soy un poco más valiente
para todos mis miedos.
Supe de ella, no fue mi intención,
espero seas una mejor versión,
que la llenes de flores,
que converses con ella,
que no te esperes a tenerla
para olvidar por qué
empezaste a quererla.
Fuimos tormenta,
pero también fuimos
quienes mejores conocían
cómo apaciguar sus diluvios.
Fuimos resultado de
cómo no se debe ser amado.
Convertimos en ciclón
lo que iniciamos con ilusión.
Después del aguacero
siempre vienen más veranos.
El pronóstico indica
que la lluvia ha cesado.
La calma ha llegado
y ya no busco un culpable,
ya no busco te lamentes
por perderme ni tampoco
maldigo tu pérdida.
Y con el corazón,
espero el pasado haya servido
para que ahora ames mejor.
Y no es que te extrañe,
pero de vez en cuando pienso,
pienso en el tiempo y lo sabia
e irónica que a su vez es la vida;
ayer dolías,
y hoy no tengo idea de tus días.




