ATARDECER EN YAUTEPEC
Es rosáceo el resplandor que cubre los tinacos de las casas.
Su brillo sobre los cuerpos de polietileno lisos
es el mismo el que endiosa a las focas y lubinos en Finisterre:
es el mismo el que dora a las orcas en la Tierra del Fuego.
Es el sol y el agua lo que está detrás
y casi nunca no lo percibimos
no les hablamos hasta que, un día ,
después de la comida,
al dar un paseo, por ejemplo, a las cinco de la tarde
se nos presentan
con su dimensión hemisférica
con su peso de eras
que es apenas una palma volátil
una presencia muda sobre estas casas
que se dispersa al dar unos cuantos pasos.
ORIGEN
Se parece a nosotros
incluso a nuestra raza,
nos dicen.
Tiene mis apellidos y casi mi nombre
pero su inesperado grito
(punta plateada,
rayo que se clava en el oído
y abre la noche en dos
y lo hace día),
su indiferencia cuando lo llamamos,
nos recuerda su origen
su filiación con el lobo
que nosotros ya hemos olvidado.
AVISTAMIENTO A LA CUNA
Desde tu abismo de talco y almohadas
desde tu reciente noche
de piedra o mascota
mueves tus lentos astros
observas los rostros fijos
en tu aleación de sangre en las mejillas
sin comprender las reglas
que establecen nuestros encuentros.
Silenciosa masa con nombre santo
casi cielo
desde tu condición breve,
desde tu vuelo desprotegido
haces de pies y brazos, casa nido y árbol.
Desde tu naturaleza de talismán encobijado
los adultos al fin se encuentran.
DESCONOCIDOS
Replegado en tu sueño libélula
sumido en caldos primigenios
en el reverso de las distinciones
vecino de la muerte
te hablo: no me conoces
ignoras esta sombra recurrente
que cruza por tu mundo de sombras.
Sin conocernos me sostienes:
nos arrojamos juntos a la mañana
entre balbuceos y llantos que deslavan
los tenues ramajes de lo que conocemos.
AVISTAMIENTO AL CUARTO
Pero entro y el cuarto es una cueva:
la savia duerme compartida
en la afinidad del pelaje.
Somos adormecida raza que da al cultivo
y hiende el pedernal en la carne blanda.
No lo sospechamos pero
este amor es el filo y es hambre que reposa.
CUADERNO
Gramáticas perdidas
cenizas de grafismo
sus viejos dibujos.
DESEO A LA LUZ DE LA LÁMPARA
A la luz de la lámpara maltrecha
sustituto del fuego
de la antorcha, del conjuro
sumido en el fragor de la tambora
y el estallido de botellas de cerveza,
sobre banquetas mancilladas,
Solo pido un deseo: las áureas esquirlas
de alguna poesía superviviente.
ESPERAN UNA CLASE
El cabello es negro e hirsuto
indomeñable verano
floraciones negras.
No conocen aun la arrasadora
civilización del peine
las demandas invernales de la Gran Empresa:
la derrota que nos aguarda,
irrebatiblemente,
afuera de las murallas del campus.
PLATICO CON VIEJA AMIGA EN EL BAR
Y decías que el sol
y el cráter te regalaron un efebo,
un albañil ñero.
Hablabas de amoríos de concreto armado
de traiciones con señoritas de la limpieza
donde cruzan cucarachas el piso pegajoso.
Y te digo: amiga, arquitecta poliamorosa
la de piernas de soledad, la marginada de los veinte,
la que carga con las culpas,
la de acendrada costumbre de arena y bebida
que nunca entendemos
que nunca llegamos a ser otros:
Corremos, amiga de callejones y hierba,
peor suerte que ellas, las que no construyen edificios
las que andan por sus tuberías y nos cercan cada noche,
cuando sinceramos deseos o traiciones.
Caen dinamitadas las metas
y en silencio, somos lo mismo,
una caída donde nos suavizamos,
una lenta demolición donde el orgullo se deslava.
OFICIO DE MADRE, OFICIO DE PADRE
Si preguntan, digo
oficio de Madre, profesora,
oficio de padre, desconocido
Y, sin embargo, también pienso:
Madre, una casa
padre, desbandada sobre la alfombra ríspida del pasto.
Madre: grito a metros de distancia
voz que se abría entre los vapores
y el trastabilleo de la vajilla.
padre: silencio, sombra en el sillón
más inasible que los haces de luz
que cubrían la sala por la noche.
Madre: una mirada llena
padre: algún lugar donde nunca estábamos.
Y, sin embargo, también pienso:
¿Qué continente era ese, qué nombres de ciudades
eran esos muros grises, las carreteras sin tierra
ni pasto, ni pinos?
Madre: florecían macetas
cinco buganvilias nos cubrieron de la lluvia.
padre: manos que no sabían de jardines
grava en medio de la casa que se desvaneció en el aire.
Mi madre, nuestro jardín,
padre: las manos que quisieron destruirlo
y no pudieron.
Sin embargo, si preguntan, digo:
oficio de Madre, profesora,
oficio de padre, Desconocido
Diego Montoya (Ciudad de México, 1991). Cursó la maestría en Historia del Arte en la UNAM y el Diplomado en Escritura Creativa en el INBA. Escribe poesía y ensayo. Su obra ha sido publicada en revistas como Imágenes, Red Bawi, Cuerpescritura y Punto de partida, donde recibió una mención por su trabajo poético en su concurso anual. Se ha desempeñado como curador en el Centro Cultural Tlatelolco y como docente de Historia del Arte. A principios de 2026, fue seleccionado para participar en la residencia internacional Under The Volcano. Actualmente prepara su primer poemario.



