Una poética extemporánea de Lieke Marsman
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No hace mucho me enteré de la muerte de Lieke Marsman (Bolduque, 1990-París, 2026) ocurrida en junio pasado. Me golpeó: no solo porque hayamos nacido el mismo año, sino porque sus poemas me han acompañado por años. El primer texto suyo que leí se titulaba “Liefde in tijden van eenzaamheid” (El amor en tiempos de soledad), en traducción al inglés por su propia autora; el holandés, en cambio, me parece una música incógnita, pero que me ablanda la piel de gallina. Golpeado también en esa ocasión: la búsqueda de poetas posnoventistas era una tónica años atrás y este poema me ha transmitido que dichos poetas son la savia de la última década y de las posteriores. Lieke escribe con un ritmo que podríamos rastrear en el poema de Frank O’Hara “Having a Coke with you” (Tomar una coca-cola contigo) o de la poesía conversacional de Wislawa Szymborska o William Carlos Williams o quizás en Holanda, Anneka Brassinga, Cees Nooteboom o Ester Naomi Perquin (para decir algunos). Sin embargo, con una voz original, cargada de espacios afectivos, de referencias metaliterarias, de reflexiones sobre el oficio y, en último término, la delgada línea entre el amor y el desamor. El poema de Lieke está hecho como una casa de cemento armado y como una casita de paja, al simple soplo de las palabras, el poema se desintegra y vuela como un globo aerostático. Quiero decir, puede parecer largo y sólido, pero la ligereza es lo que caracteriza a esta declaración de amor y cimentada a partir de metáforas como la mejor poesía. Esta es, naturalmente, una traducción revisada que funge de homenaje, en esta primera vuelta.
Si vas a actuar de esa manera tendré que hacer notar tu parecido
con un pedazo de pan que ha sido arrastrado por las aguas, no me refiero
a una tostada francesa empapada, sino a una rebanada caída en el lavaplatos.
Si vas a dejármelo a mí, comenzaré a tener dudas -la diferencia
entre ansiedad y amor no es un hecho fisiológico, sino que es el resultado
de una interpretación psicológica, mi amigo en terapia me dijo
que soy una verdadera pensadora, he ahí el problema. Por diversión
mezclábamos títulos de libros famosos, “Cien años de Cólera”, “El amor
en tiempos de soledad” - lo que es peligroso, quiero decir, en tiempos
de soledad algo que no es en absoluto amor puede empezar a parecerse
a un sentimiento que crece más y más en ti, esto es ciertamente
confuso, pero no es amor. Si vas a hacer bromas con esto
me sentiré obligada a enviarte una foto de un gato babeando, eso da risa,
si vas a actuar con dureza, tendré, con ciertas dudas, ocho razones
para refutar tu posición y me gustaría nombrarlas aquí 1) no puedo sostener
la idea de estar “aquí y ahora” contigo y me gustaría poner
esa idea delante de mí, llevándote detrás 2) soy una perdedora
para aquellos que creen que la diferencia entre amor y sexo no está al alcance,
una casa unifamiliar hecha para vivir, una oficina casi vacía donde nada queda
salvo sonidos de piano, café negro y el negro en frente de mis ojos
pulula 4) tu escritor favorito tiene una extensa bibliografía
con un par de apogeos, pero puedo nombrar al menos cinco autores que creo
son mejores 5) sin embargo, no puedo hacer una pajarera para ti, presumí
6) tu spaghetti+salame está bien, pero mi Kaiserschmarrn
es insuperable 7) estar contenta es, en realidad, menos feliz que el éxtasis
pero aún así es mi meta más alta, prefiero quedarme sentada
en frente de mis podridos alféizares que terminar gimiendo entre
tus laminas inoxidables 8) dices que soy una perra con suerte, en realidad
soy una poodle llorona. Aunque si alguna vez vuelves a tener esa sensación
de que otra vez eres una persona inútil en un día inútil, considera
leer uno de esos clásicos de la literatura, podría ayudarte, cariño.
Los últimos tres versos son maravillosos: la utilidad vista desde un libro, desde quien puede subvertir el sentimiento de lo inútil que se puede ser y que es el presente día. Un clásico, tal como decía Italo Calvino, es un libro que no termina jamás de decir lo que tiene para decir. Si fuéramos a esa poesía inextinguible que, en la Antigua Grecia, por ejemplo, viene representada por Safo de Lesbos, en su pathos (pasión de amor) o en su canto dedicado a Afrodita. Quiero decir, poesía que interpela, que busca a tientas en la oscuridad a otro. Y ese otro, por antonomasia, falta, está fuera del poema y el poema parece ser una nave que nos irrefutablemente no logra llegar a su objetivo: tan solo nombra y evidencia, quizás como una educación sentimental del hablante lírico y de esa persona más allá del espejo que juntos en una poesía son el cielo.
Spaghetti y salame para el almuerzo y un apetitoso Kaiserschmarrn como postre, son una geografía gastronómica del poema, pero también el clímax de la intimidad de la convivencia: la mesa. Obviamente, no excluyo ni el dormitorio ni el juego de palabras con los libros de Gabriel García Márquez. Había olvidado del café como ritual de la mañana o después de almuerzo: directamente desde la moka, un espresso que se comparte.
Después leí la traducción de Sophie Collins de De volgende scan duurt vijf minuten (El siguiente escáner durará cinco minutos, 2018) al inglés, el único idioma que conozco en el que los poemas de Lieke se han traducido. El libro, de 56 páginas, contiene algunos poemas, un breve diario asincrónico y unas misivas de la traductora. El centro neurálgico, de una viviente lírica, es un cáncer diagnosticado y por combatir. La verdad es que Lieke en 2018 descubrió un cáncer a los cartílagos del dorso derecho, un tipo bastante inusual; esto le llevó, en 2023, a la amputación de su brazo y hombro derecho. Se le podía ver mutilada, pero haciendo frente a la vida: la misma enfermedad se la llevó hace poco más de mes y medio.
La traducción al inglés que menciono, The Following Scan Will Last Five Minutes, inicia con un fragmento de The Cancer Journals (1980) de Audre Lorde, tomo algunas palabras del mismo: “¿Cómo actuar al anunciar o preservar mi nuevo estado como temporal sobre la tierra?”. La pregunta también se la hace Lieke al documentar todo el anverso afectivo del padecimiento. En el primer poema del volumen, ensaya una interpelación para sí, lo que nos evidencia ese recurso que es una enredadera al interior de su poesía y, asimismo, escribe:
¿Sabes lo que te ofrece la vida,
o esas interminables sesiones de terapia
y ese curso de mindfulness de ocho semanas
solo te enseñaron a tolerar el sufrimiento,
que cada señal de tu cuerpo
puede expulsarse temporalmente
al ritmo de algún ejercicio de respiración?
El iter del cáncer es un sufrimiento sin fin, entre el exterior y el interior del propio cuerpo. Escribir sobre el cáncer no es una novedad, pero cada texto construye un importante testimonio en el vínculo entre escritura y enfermedad. En la literatura chilena, se me vienen a la mente, dos grandes obras que reconstruyen la angustia y el aferrarse a la vida con las últimas fuerzas: Diario de muerte (1989) de Enrique Lihn y Veneno de escorpión azul (2006) de Gonzalo Millán. Un poemario con gusto a vademécum del sufrimiento y un diario que traduce las energías de quien, en la esperanza, se aferra con todo a la escritura. Millán, justamente, escribe sobre la angustia del tiempo ante la sentencia ya dictada: “No hay nada que hacer / aprender, piensa, mientras traen la cicuta”.
Dios honóranos con la seguridad
de un hombre blanco mediocre
mi novia reza
en sesiones espiritistas diarias
con velas
e intercambio de saber
y vino.
La gente dice que mi novia es histérica
díganles: tranquilícense
cuando los hombres inician las guerras del precio
o las guerras regulares
esas que involucran armas.
Ese poema se titula “El siguiente escáner durará tres minutos” y, como los demás, también se enmarcan en una terapia de escáner y, probablemente, de radiación. Lieke nos dice que la “poesía llena una cabeza vacía”, sin ser definitiva y siendo eminentemente provisoria. O transitoria, como se quiera. En un poema tan solo llamado “Poëzie” (poesía en holandés) escribe: “la poesía hoy me parece un lugar / para el que no tengo un billete, un viejo amor / cuyo número no puedo / traer a mí para borrarlo, una isla lejana / poblada por los pingüinos”.
No recuerdo bien si este año o el anterior escribí un poema en que los sujetos que oscilan en el texto se transforman en pingüinos que viven en el islote de Puñihuil en el sur de Chile, al norte de la Isla Grande de Chiloé. La poesía, como la vio el 5 de junio de 2013, fecha del poema, era eso: un lugar, un viejo amor, una isla lejana; y de todo ello, un lugar para el que no se tiene el billete (y, por tanto, al que no se puede ir), el número de un viejo amor por borrar que se ha extraviado y los pingüinos que viven en la lontananza. Todo involucra una imposibilidad, el poema habla con las palabras de lo imposible que se transforma: ya no es lo que no se puede, sino sus fragmentos como un horizonte de esperanza.
Y si de esperanza se trata, el breve diario se titula “¿Cómo te estás sintiendo?” (How are you feeling?). Hay quienes dicen que la escritura que pertenece a “la escritura de al lado” como dice el crítico chileno Leónidas Morales, para englobar diarios, correspondencia, entrevistas, apuntes, crónicas y otros géneros, se materializa porque busca un destinatario. Quiero decir, como si se supiera que esto será leído. Lieke escribe para dejar huella en sus aciagos días: “¿Estás disfrutando lo suficiente tu vida, mi lector?”.
En la escritura diarística de Lieke se observa claramente como Lorde y el libro de Susan Sontag, Illness as Metaphor , son brújulas a seguir para explicar ciertas dinámicas del mundo y la sobrevida, vale decir, la “batalla contra el cáncer” en vida. De Lorde, vuelve a citar: “Vivimos en una economía de ganancias y no hay ganancias en la prevención del cáncer, solo hay ganancias en el tratamiento del cáncer”. Es preciso agregar que dependiendo del país en que una escritora o una persona se enferme, las consecuencias, la expectativa de vida y la posibilidad de acceder a medicamentos varía. No es lo mismo enfrentar el cáncer en Zimbaue o en Paraguay que enfrentarlo en Alemania u Holanda. Nota aparte, Lieke cierra su diario con serenidad: “Mi historia es solo una historia; una historia que estoy lenta y cautelosamente empezando a pensar que tendrá un desenlace positivo (…) No sé si el sufrimiento de los otros es algo que será juzgado alguna vez y si la pregunta correcta que puedo hacer a alguien que está atravesando una dificultad semejante, si esa enfermedad o pobreza o huida de una guerra devastadora, no es ‘En qué me beneficia’, sino ‘Cómo te sientes’”.
En los últimos poemas del volumen, “Evaporarse, condensarse” y “El mañana solo durará veinticuatro horas”, la esperanza es la estrella polar de la poesía de Lieke y la cruz del sur de este humilde lector que aquí escribe.
Estos son tiempos extraños, una época inestable
Las estaciones cambian, pero nunca
se vuelven vacaciones.
Tú coexistes con otros cuerpos
que mean, regatean, despotrican, cagan. Todo el tiempo
es un coro que en tono menor grita suavemente.
Tu cuerpo está enfermo, pero sanarás, esto acabará.
Yaces en el césped, quieta, flaca
recibes visitas raquíticas y a la moda.
El cáncer no tiene calendario, sé paciente.
Evaporarse, condensarse. Incluso los desastres
están compuestos por eventos, no por productos del destino.
Solo tienes que colar y luego extirpar.
Sanarás. Esto acabará.
En “El mañana solo durará veinticuatro horas” solo basta escribir “Estas veinticuatro horas te pertenecen enteramente”. Como una especie de bitácora de la traducción, Sophie escribe a Lieke algunas inquietudes, algunas curiosidades y, en definitiva, comparte una comunicación que hace presumir la subsistencia de una amistad. Sophie creció en Bergen, norte de Holanda y como traductora va más allá, porque siente con las traducciones que realiza. En la segunda carta escribe: “La traducción es un poco como esto: en un momento puedes sentirte autorizado o al menos en sintonía con la fuente material, mientras que en otros momentos te encuentras inmovilizada sufriendo el síndrome del impostor que te intimida cada vez que intentas comprometerte con el trabajo del otro en la lengua del otro (…) la dinámica de la traducción corresponde o quizás refuerza los mecanismos a través de los cuales la vergüenza afecta las funciones”. Además, propone una fórmula para abordar la traducción, es decir, desde la intimidad que indica un intercambio voluntario, mutuo y consensuado entre quienes intervienen en el texto. Al final dice Sophie: “de hecho, puedes hablar desde adentro”.
Además de esa complicidad entre traductora y traducida, de la cual el lector no conoce las palabras de Lieke, tan solo lo personal del diario y los poemas que actúan como estados de ánimo provisorios y urgentes. Así último es el libro más reciente de Lieke, intitulado De dichter en de duivel (El poeta y el diablo; publicado el 9 de junio de este año, a una semana del deceso de la poeta).
En esa última obra, de lo que he logrado recabar, ayudándome de la IA para traspasar las barreras de la lengua holandesa que no conozco, hay una militancia irrefrenable de Lieke: denuncia a la sociedad holandesa, al neoliberalismo, a la indiferencia y delinea a la poesía como un socaire ante los tiempos actuales. A veces parece un viaje como el de Dante Alighieri a los infiernos, pero en el que se invierte la máxima “Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate” (Despojaos de toda esperanza, vosotros que entráis). Aquí la esperanza radica en los poetas, vivos y muertos, que dotan al lenguaje y a las cosas de estratos y de matices, como las piedras que tienen millones de años y como los atardeceres en los cielos de Pacífico.
Lieke nos enseña que si bien la poesía siempre puede ser esa isla lejana poblada por pingüinos que están dispuestos a deslizarse entre las aguas más frías y la niebla, que la ligereza es esa propiedad de la literatura que sigue construyendo el futuro. Tal como lo escribió Lucrecio hace miles de años o Calvino en sus Lezioni americane. En 2024 y en las latitudes de la lengua española, Juan Cárdenas publicó La ligereza, nada más que un canto ensayístico a la falta de peso del arte que es duradero. La poesía de Lieke, en esa línea, así como también su narrativa (con un par de libros traducidos al inglés y uno al alemán), pacientemente está llegando a otras lenguas, a su debido momento y como se llega a ese islote de los pingüinos, es decir, por la vía en que se olvida un viejo amor y por la que se pierde el billete de regreso. La esperanza es el horizonte que la poesía de Lieke autoriza, tal como un lugar que es ya una realidad que unos pocos quieren pisotear, esto es, un mundo de todos juntos, multicultural y libre de violencia, quizás una de las voces de la resistencia futura:
Mientras pedaleo por la ciudad de vez en cuando cojo
la inconfundible esencia de la escalopa de cerdo
y beurre blanc, cerveza trapense
y jamón ibérico, sensaciones aromáticas
que me ponen nuevamente en el camino correcto
conduciéndome en las profundidades de Europa.
Para concluir, no puedo no notar el cambio de sentidos que Lieke nos ofrece en este poema, “El siguiente escáner durará tres minutos”, poniendo por encima de todo al olfato, cuya memoria es un insoslayable presente que el nacionalismo y el racismo no pueden entender. Y una poética de los aromas es, ex post, una poética del gusto y, en ese reducto, no hay nada escrito. Hoja en blanco, como una cabeza calva por la quimioterapia, como una lengua que espera la poesía de otra lengua y como una resurrección inusitada.
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Nicolás López-Pérez (1990) es un poeta, traductor y crítico literario chileno. Ha publicado diez libros de poesía y uno de ensayo. Sus libros más recientes son la antología Un volantín yéndose paila (2025), La división de ciertos días (2026) y la traducción de los poemas de Rocco Scotellaro,Mi patria está donde la hierba tiembla (2026). Escribe crítica literaria en la revista argentina Metaliteratura y en su Substack, L’officina del fulmine. Actualmente enseña lengua y culturas hispanas en la Universidad de Salerno y vive en Nápoles.



