Antes de la última caída, nuevo libro de Carlos Ramírez Vuelvas

El poeta y ensayista mexicano Carlos Ramirez Vuelvas (1981) acaba de publicar en Huerga y Fierro de Madrid, el libro de poemas Antes de la última caída. Es un libro que alterna poesía, crónica y ficción en la exploración del mundo de la lucha libre mexicana. Ramírez Vuelvas mereció, en tres otras distinciones, el Premio Nacional de Poesía Tijuana y el Premio Internacional de Ensayo Caja Madrid.

 

 

 

1. Arthur León Barr murió​​ solo en un hotel de paso.​​ 

Su hijo, de entre cinco o siete años,​​ 

le hablaba por teléfono.​​ 

Diez, doce veces, a cada rato.​​ 

 

“Papá no contesta” le dijo a su mamá,​​ 

cuando la exmodelo australiana​​ 

buscaba años de belleza entre espejos y arrugas,​​ 

vivos en el llanto que perdía sentido en la madrugada,​​ 

con algo de anfetaminas y un poco de alcohol.​​ 

 

Ese día, el niño también marcó al teléfono.​​ 

Alzó el auricular y le respondió el sonido​​ 

más solitario que existe en el mundo:​​ 

un teléfono sin voz humana.​​ 

Diez, doce, quince veces.​​ 

A cada rato.​​ 

Nadie respondía.​​ 

 

Arthur León Barr debía recoger a su hijo​​ 

para comer helado, antes de partir​​ 

a su temporada en Japón,​​ 

y cobrar doscientos cincuenta mil dólares,

antes de comenzar una nueva etapa​​ 

de las muchas etapas de la vida. ​​ 

 

Pero el cadáver de Arthur Barr yacía​​ 

sobre el suelo de un hotel de California.​​ 

Esa era su máscara, se llamaba​​ 

The American Love Machine.

Mucho antes de morir supo​​ 

que los nombres verdaderos,​​ 

las identidades verdaderas,​​ 

son una contracción de los fragmentos​​ 

de nuestra identidad.

La humanidad usa máscaras,​​ 

la unidad que nos hace personas,​​ 

porque a lo largo del día​​ 

somos pedazo y circunstancia.​​ 

 

Cuando se le reveló aquello​​ 

acababa de firmar un contrato​​ 

con la New Wrestling Japan,​​ 

al lado de su amigo, Eddie Guerrero.

La Pareja del Terror.​​ 

Años atrás fueron separados​​ 

por las transacciones de las empresas​​ 

Extreme Championship Wrestling​​ 

donde peleaba Guerrero,​​ 

y la World Championship Wrestling de Love Machine.​​ 

Han pasado 17 años

y hace cinco que Eddie Guerrero murió​​ 

en condiciones parecidas a las de Love Machine.​​ 

Solo en la habitación de un hotel.​​ 

 

Además de títulos, peleas y fantasías,​​ 

compartieron el diagnóstico​​ 

del médico forense:

aneurisma sin causas claras,​​ 

aunque llevaran alcohol​​ 

y pastillas en la sangre.​​ 

 

Otra imagen los hermana:​​ 

el splash de la rana,​​ 

un salto mortal desde la tercera cuerda

mientras tus seres más queridos​​ 

observan cómo desciendes al vacío. ​​ 

 

 

 

 

 

 

 

2. Las circunstancias nos fragmentan,

dijo su padre, un hombre tramposo,​​ 

ahora mánager de lucha libre,​​ 

por eso Love Machine tuvo otra máscara​​ 

muy parecida al rostro:​​ 

la de Arthur Barr, vestigio​​ 

de otra persona en Oregon:​​ 

Beetlejuice, el payaso demacrado​​ 

que salía al escenario​​ 

con el cabello y el rostro manchados de harina.​​ 

 

Entonces su padre lo llamó The Love Machine​​ 

y le asignó por enemigo a un hombre mexicano:​​ 

Blue Panther, que tampoco​​ 

tenía máscara, ni rostro.​​ 

Su cabeza azul grabada al frente​​ 

lucía el contorno​​ 

blanco de la faz de una pantera.​​ 

 

Blue Panther sabía lastimar a sus oponentes​​ 

con flexiones complicadas sobre el cuerpo​​ 

y tenía por apodo “El maestro lagunero”,

porque en su adolescencia​​ 

estudió lucha grecorromana​​ 

en Mocorito, Sinaloa.

Casi todo es posible en México,

hasta aprender antiguas técnicas​​ 

de lucha con el cuerpo

que sólo los antiguos griegos​​ 

develaron en Corfú.​​ 

 

El Consejo Mundial de Lucha Libre​​ 

decidió confrontar a Arthur Barr,​​ 

que se llama Love Machine,​​ 

contra Blue Panther,​​ 

sin nombre, ni rostro, ni apellido:​​ 

sólo el contorno blanco​​ 

de una pantera azul en el semblante

y una técnica sólo conocida

en una isla griega. ​​ 

 

 

 

 

 

 

3. Para cada episodio de la lucha libre​​ 

hay un réferi asignado.

Son los idus simétricos​​ 

de los días del cuadrilátero​​ 

con un dios marcado para cada tramo del día.

Al alba se aligera el cuerpo,​​ 

robustece la fuerza dispuesta al mediodía,​​ 

a la violencia del sol,

para que el otoño de la tarde sea amable

y venga la noche con su unción celeste.

 

Un hombre tramposo diría:​​ 

cada parte del calendario anda sin rumbo claro.​​ 

Una parte de nosotros es la ausencia​​ 

de una llamada por teléfono,​​ 

otra es el vislumbre de orfandad de un niño

y una más el sueño frustrado en Japón,​​ 

los residuos de harina en un gimnasio,​​ 

los restos de un amor equivocado.​​ 

 

La primera caída de la batalla de aquel día,​​ 

entre Love Machine y Blue Panther,​​ 

la presidió el réferi Alfonso​​ Pompín​​ Ramírez.​​ 

La segunda, Roberto​​ El Güero​​ Rangel, Señor Justicia.​​ 

Y la tercera, el Gato Montini,​​ 

famoso por sus tratos con el bando de los rudos​​ 

y por quitarle dulces a las niñas de pecas,​​ 

que airosas se apoltronan al lado de la abuela​​ 

de la lucha libre mexicana, doña Vicky Romero.​​ 

 

Al final de la función, al caer el día,

cuando el escenario quedó en la penumbra,​​ 

se proyectó la sonrisa de Montini,​​ 

irrisorio, en la memoria​​ 

como cierto pasaje de un libro canónico​​ 

de la literatura decimonónica de Gran Bretaña. ​​ 

 

Nadie que se jacte controlar​​ 

en uno solo los fragmentos de los días,

comprende el flujo interno de la vida.

Pero eso ninguno de los referís luchó,​​ 

por eso ni siquiera fueron luchadores.​​ 

Ingenuos se ufanaban​​ 

del dominio fiel de la balanza

a favor de uno o de otro personaje,

sin que pase por ellos​​ 

el amor, la muerte, la alegría.

 

Montini, titubeante, alguna vez entró a un gimnasio.​​ 

El Güero​​ Rangel era el más estoico:​​ 

fue espartano en las batallas contra Darío,​​ 

fue bolchevique atrincherado en San Petersburgo.​​ 

Caían copos de nieve en su espalda​​ 

y al instante se derretían,​​ 

dejando un vaho ligero​​ 

mientras sus pasos marciales,​​ 

inmarcesibles, avanzaban​​ 

contra una luz que retaba la oscuridad.

Nieve fundida al instante,​​ 

ni siquiera era posible​​ 

el regalo de un diamante blanco por el suelo,​​ 

nada. Su boca era la boca de miseria

escupiendo cansancio y amargura seca. ​​ 

 

De los referís era el más parecido a un hombre

angustiado por el sobresalto que golpea​​ 

con incertidumbre el calendario,​​ 

porque el resto de los referís creían​​ 

vivir igual a un semidiós, sin importar​​ 

el miedo, el dolor o el hambre, esos demonios

que son el deseo y dan forma a la esperanza.

Aunque nadie desea las culpas de la humanidad

es una pesadilla mayor resignarse​​ 

a ser un árbitro del mundo.​​ 

​​ 

Pompín fue despreciado, incluso,​​ 

por las desgracias:​​ 

nadie se enteró de su pasaje​​ 

de estrella del cabrito​​ western,​​ 

las películas chicanas de bajo presupuesto​​ 

y muchas ganancias otorgadas​​ 

por la nostalgia más fiera:

los mexicanos nunca saben​​ 

cuánto extrañan un país.​​ 

 

En eso triunfó​​ El Güero​​ Rangel,

taquillero de los cines de Televicentro​​ 

y extra de los sueños más raros de El Santo.​​ 

La gente de Peralvillo sabe:​​ 

El Santo, insomne, sueña en nitrato de plata.

Si alguien lo despierta, el sobresalto le funde​​ 

los fragmentos de una máscara argentina.

Fundir los pedazos que lo forman a uno​​ 

siempre es un milagro, dijo un hombre tramposo. ​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

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