1. Arthur León Barr murió solo en un hotel de paso.
Su hijo, de entre cinco o siete años,
le hablaba por teléfono.
Diez, doce veces, a cada rato.
“Papá no contesta” le dijo a su mamá,
cuando la exmodelo australiana
buscaba años de belleza entre espejos y arrugas,
vivos en el llanto que perdía sentido en la madrugada,
con algo de anfetaminas y un poco de alcohol.
Ese día, el niño también marcó al teléfono.
Alzó el auricular y le respondió el sonido
más solitario que existe en el mundo:
un teléfono sin voz humana.
Diez, doce, quince veces.
A cada rato.
Nadie respondía.
Arthur León Barr debía recoger a su hijo
para comer helado, antes de partir
a su temporada en Japón,
y cobrar doscientos cincuenta mil dólares,
antes de comenzar una nueva etapa
de las muchas etapas de la vida.
Pero el cadáver de Arthur Barr yacía
sobre el suelo de un hotel de California.
Esa era su máscara, se llamaba
The American Love Machine.
Mucho antes de morir supo
que los nombres verdaderos,
las identidades verdaderas,
son una contracción de los fragmentos
de nuestra identidad.
La humanidad usa máscaras,
la unidad que nos hace personas,
porque a lo largo del día
somos pedazo y circunstancia.
Cuando se le reveló aquello
acababa de firmar un contrato
con la New Wrestling Japan,
al lado de su amigo, Eddie Guerrero.
La Pareja del Terror.
Años atrás fueron separados
por las transacciones de las empresas
Extreme Championship Wrestling
donde peleaba Guerrero,
y la World Championship Wrestling de Love Machine.
Han pasado 17 años
y hace cinco que Eddie Guerrero murió
en condiciones parecidas a las de Love Machine.
Solo en la habitación de un hotel.
Además de títulos, peleas y fantasías,
compartieron el diagnóstico
del médico forense:
aneurisma sin causas claras,
aunque llevaran alcohol
y pastillas en la sangre.
Otra imagen los hermana:
el splash de la rana,
un salto mortal desde la tercera cuerda
mientras tus seres más queridos
observan cómo desciendes al vacío.
2. Las circunstancias nos fragmentan,
dijo su padre, un hombre tramposo,
ahora mánager de lucha libre,
por eso Love Machine tuvo otra máscara
muy parecida al rostro:
la de Arthur Barr, vestigio
de otra persona en Oregon:
Beetlejuice, el payaso demacrado
que salía al escenario
con el cabello y el rostro manchados de harina.
Entonces su padre lo llamó The Love Machine
y le asignó por enemigo a un hombre mexicano:
Blue Panther, que tampoco
tenía máscara, ni rostro.
Su cabeza azul grabada al frente
lucía el contorno
blanco de la faz de una pantera.
Blue Panther sabía lastimar a sus oponentes
con flexiones complicadas sobre el cuerpo
y tenía por apodo “El maestro lagunero”,
porque en su adolescencia
estudió lucha grecorromana
en Mocorito, Sinaloa.
Casi todo es posible en México,
hasta aprender antiguas técnicas
de lucha con el cuerpo
que sólo los antiguos griegos
develaron en Corfú.
El Consejo Mundial de Lucha Libre
decidió confrontar a Arthur Barr,
que se llama Love Machine,
contra Blue Panther,
sin nombre, ni rostro, ni apellido:
sólo el contorno blanco
de una pantera azul en el semblante
y una técnica sólo conocida
en una isla griega.
3. Para cada episodio de la lucha libre
hay un réferi asignado.
Son los idus simétricos
de los días del cuadrilátero
con un dios marcado para cada tramo del día.
Al alba se aligera el cuerpo,
robustece la fuerza dispuesta al mediodía,
a la violencia del sol,
para que el otoño de la tarde sea amable
y venga la noche con su unción celeste.
Un hombre tramposo diría:
cada parte del calendario anda sin rumbo claro.
Una parte de nosotros es la ausencia
de una llamada por teléfono,
otra es el vislumbre de orfandad de un niño
y una más el sueño frustrado en Japón,
los residuos de harina en un gimnasio,
los restos de un amor equivocado.
La primera caída de la batalla de aquel día,
entre Love Machine y Blue Panther,
la presidió el réferi Alfonso Pompín Ramírez.
La segunda, Roberto El Güero Rangel, Señor Justicia.
Y la tercera, el Gato Montini,
famoso por sus tratos con el bando de los rudos
y por quitarle dulces a las niñas de pecas,
que airosas se apoltronan al lado de la abuela
de la lucha libre mexicana, doña Vicky Romero.
Al final de la función, al caer el día,
cuando el escenario quedó en la penumbra,
se proyectó la sonrisa de Montini,
irrisorio, en la memoria
como cierto pasaje de un libro canónico
de la literatura decimonónica de Gran Bretaña.
Nadie que se jacte controlar
en uno solo los fragmentos de los días,
comprende el flujo interno de la vida.
Pero eso ninguno de los referís luchó,
por eso ni siquiera fueron luchadores.
Ingenuos se ufanaban
del dominio fiel de la balanza
a favor de uno o de otro personaje,
sin que pase por ellos
el amor, la muerte, la alegría.
Montini, titubeante, alguna vez entró a un gimnasio.
El Güero Rangel era el más estoico:
fue espartano en las batallas contra Darío,
fue bolchevique atrincherado en San Petersburgo.
Caían copos de nieve en su espalda
y al instante se derretían,
dejando un vaho ligero
mientras sus pasos marciales,
inmarcesibles, avanzaban
contra una luz que retaba la oscuridad.
Nieve fundida al instante,
ni siquiera era posible
el regalo de un diamante blanco por el suelo,
nada. Su boca era la boca de miseria
escupiendo cansancio y amargura seca.
De los referís era el más parecido a un hombre
angustiado por el sobresalto que golpea
con incertidumbre el calendario,
porque el resto de los referís creían
vivir igual a un semidiós, sin importar
el miedo, el dolor o el hambre, esos demonios
que son el deseo y dan forma a la esperanza.
Aunque nadie desea las culpas de la humanidad
es una pesadilla mayor resignarse
a ser un árbitro del mundo.
Pompín fue despreciado, incluso,
por las desgracias:
nadie se enteró de su pasaje
de estrella del cabrito western,
las películas chicanas de bajo presupuesto
y muchas ganancias otorgadas
por la nostalgia más fiera:
los mexicanos nunca saben
cuánto extrañan un país.
En eso triunfó El Güero Rangel,
taquillero de los cines de Televicentro
y extra de los sueños más raros de El Santo.
La gente de Peralvillo sabe:
El Santo, insomne, sueña en nitrato de plata.
Si alguien lo despierta, el sobresalto le funde
los fragmentos de una máscara argentina.
Fundir los pedazos que lo forman a uno
siempre es un milagro, dijo un hombre tramposo.




