Ana Corvera (Zacatecas, 1984). Autora de No volverse agua (Mano Santa Editores, 2026; El Ángel Editor, 2022), Palabras que el micelio repite en mi cabeza (Espina Dorsal, 2024, primera reimpresión 2025) y Nocturno corazón de los insectos (Ediciones de Medianoche/Instituto Zacatecano de Cultura 2011). Es maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la UdeG y Licenciada en Letras por la UAZ. Obtuvo el Premio Estatal de Ensayo “Mauricio Magdaleno” en 2006 y fue becaria del PECDA en 2007 y 2015. Sus ensayos y poemas aparecen en revistas de Chile, Estados Unidos, Uruguay, México, Venezuela, España y Colombia como Ærea, Nueva York Poetry Press, Esteros, Campos de plumas, Letralia, Liberoamérica y La raíz invertida. También en los libros Pensamiento Novohispano (Vol. 6, UNAM, 2005), Dolores Castro, palabra y tiempo (BUAP, 2014), Ficcionario de Teoría Literaria (Texere, 2015) y Palabras vivas: ensayos de crítica literaria en torno a María Luisa Puga (IZC, 2016). Fue docente de la Academia de Escritores en Venezuela y ha participado en festivales internacionales de poesía en México, Colombia y Ecuador. Desde hace 18 años vive en Guadalajara.
Lengua de nieve
Su nuevo nombre es Silencio.
Está pero se esconde,
no se atreve a despedirse y falla
a su manera de ser río.
Hay entre nosotros
una charla, una mirada pendiente;
por eso en la distancia
florece mi temor.
Ya no venera nuestra historia.
El primero en irse fue su cuerpo:
se hizo uno con la nieve y su lengua
dejó de pronunciarnos.
Más abajo un impulso
ardía o arde,
no sé,
con la memoria de mi grito
en el espejo.
Ese hombre me escondió su alma,
el único lugar desnudo.
Apagados ya sus ojos
sólo sabe reflejar el suelo.
Quizá después,
cuando nos haga libres,
hallará otra sombra
y unirá para ella su vehemencia.
Luego lo incierto de la lumbre.
No querrá dulzura.
Se mudará otra vez
a repetirlo todo.
Añorar es su manera de ser fiel
a sí mismo,
de conseguir la libertad.
Mucho debemos, sí,
a quienes ya no amamos.
Su deuda hacia mi llanto
será infinita.
País animal
En las manos de un niño los países
son apenas accidentes.
Siluetas de animales o manzanas
que pudieron dibujarse mejor.
Dos países en el mismo continente
y en medio una línea que no es signo.
Nada más una raya maltrecha
por donde pasa la hoja con sus hormigas.
A los ojos de mi madre
una frontera significa
renunciar a su silencio.
Viene de una ciudad tan lejos a decir:
a veces el amor se vuelve hielo,
a veces no puede salvarse y gira
sobre sí mismo,
con un pie a cada lado de la línea.
En las manos de mi madre
un mapa es certeza y accidente.
Su corazón se desmorona
a través del mío porque el amor
se fue otra vez y ella no puede
zurcirme con su beso.
Yo sé que un mapa es una herida.
La fisura que se abre entre el dolor
y una línea que cambia de significado.
El hombre que amo dejó nuestra casa.
Ahora vive en un país
con forma de animal ahogado,
de pecho roto,
de mano que esconde sus promesas.
Y yo no quiero entender
que dejo de ser signo
que dejo de ser
que dejo
¿qué?




