SUBSUELO, SUBJETIVIDAD Y CIUDAD COMO VIACRUCIS COTIDIANO EN EL POEMARIO DESDE EL VAGÓN,
DE MARIAJOSÉ ESCOBAR
Por Yurimia Boscán
Cual Dante descendiendo a sus infiernos, Mariajosé Escobar inicia su descenso a las profundidades del yo, metaforizado en el Metro de Caracas.
Como quien entra en una zona liminal, donde lo íntimo se encuentra con lo colectivo, la poeta entonces se enuncia desde los lugares comunes que habitan los transeúntes, seres humanos anónimos que siempre están de paso en un permanente viaje.
Con su libro Desde el vagón, poemario que obtuvo una honrosa mención honorífica en el Premio de Poesía Fernando Paz Castillo 2022, la poeta no solo contempla la ciudad desde su entraña, ella la transfigura.
Cada vagón, cada estación, cada andén, funcionan como puntos de inflexión espiritual, emocional y social, en tanto que se trata de una poética del tránsito donde el sujeto urbano se desdobla entre la rutina y el misterio, entre el cuerpo de lo colectivo y su propia interioridad, la cual se derrama y recomienza cada vez que ella —sujeto y objeto— se hacen una con la mirada, haciendo de lo subterráneo una escenografía de la vigilia interior de quien habita, por azar, una circunstancia, un paso breve, una andanza veloz...
Desde el primer poema Estación Plaza Sucre. Torniquete Mariajosé nos presenta una dialéctica que se mueve como el metro entre el sueño y el despertar: una ella chiquitica duerme aún / duerme duerme la duermevela va / de un lado a otro
Aquí, la duermevela interior no cesa. Persiste, incluso, cuando el cuerpo (hecho voz poética) entra al Metro: Un pie dentro del Metro / torniquete / umbral del día laboral
Este tránsito físico —que va del vaso de la mesa de noche al torniquete— es, por demás, un tránsito simbólico. El yo poético se encuentra suspendido en un estado de apertura, entre la ensoñación y la conciencia, como si el subterráneo absorbiera la lógica onírica del cuerpo en movimiento.
El poemario se abre entonces en una especie de rito de paso, donde lo matinal se vuelve umbral de lo emocional, lo lírico y lo urbano, ese espacio que nos convierte en "restos"... Lo que queda del ser después de ser subsumido por el tiempo-no tiempo del que vive el viacrucis de ir y venir ¿al trabajo? ¿al gim? ¿a la vida misma? por debajo de la tierra...
La poeta es entonces un cuerpo líquido, de sudor tal vez (si no hay aire acondicionado en el vagón) pero también es una voz quebrada, una la disolución subjetiva entre lo que hay dentro de ella; lo que hay dentro de los muchos pasajeros anónimos del vagón, y lo que hay dentro de la mismísima ciudad “enmetrada” con sus muchos vagones atravesándola de un lado a otro... Y todos esos muchos "dentro" la contienen...
Tal vez por eso su poema Estación Carapita. Soluble, la voz lírica es líquida, desbordante, en pleno acto de derramarse: me presiento líquida / desbordante / me doblo hacia adentro / y me derramo.
Frente al tumulto del Metro, el Yo poeta se fragmenta. La ciudad —o mejor dicho, su pulso subterráneo— actúa como disolvente emocional. Mariajosé busca asir una composición genérica como si necesitara reconstruirse frente a la masa amorfa de cuerpos y gestos.
El "Otro" aparece como un espacio contradictorio: “prisión y sequedad y bálsamo”. La voz no solo observa, también intenta recomponerse desde su contacto con la multitud, tanteando la posibilidad de una identidad un poco, tan solo un poco, más relacional.
En Estación Zoológico. Cuerpo imaginal, el vagón se convierte en zona de quiebre: hay un algo / que se resquebraja en el vagón / entre pasajeros y rieles/. Allí, la poeta asume el Metro como una maquinaria afectiva del desgaste... No hay idealización de los trayectos que se recorren, lo andado para ella se devela como un elemento más de un sistema que fragmenta y condena al cuerpo urbano a una existencia de repetición mecánica: Por dictamen de ausencia / es condenado el hombre y la mujer / a andar andar / cual muñeco de cuerda / hacia la intemperie del abismo/.
Y aquí vemos como este “dictamen de ausencia” no es solo un vacío ontológico, sino también una crítica al automatismo que impone la ciudad: El Metro no transporta cuerpos, los arrastra y, con ellos, también arrastra sus ausencias y duelos, sus heridas abiertas con todas las miserias, las propias y las ajenas, que ya no se quieren mirar... Sin embargo, en el subterráneo hay pequeñas chispas, atisbos de luz salvadora, una geografía espiritual otra que parece confrontar el caos.
En Estación Ciudad Universitaria. Plegaria al Waraira Repano, Escobar invoca la montaña (siempre poderosa y sanadora) como antídoto al desgaste subterráneo ¿Íntimo?... Gran ola detenida / a ti ruego hoy ruego siempre ...desde la camionetica te miro / no me desampares….
La montaña deviene en refugio, testigo, pulmón holístico, oasis mental... ella tiene el poder de equilibrar las asfixias, las del asfalto y las del alma. La plegaria que se eleva hacia su verdor hace del Metro una vía de ensoñación, una ruta imaginada que permite andar tus manantiales... aunque sea en ensoñación.
La poesía de Mariajosé articula la fe urbana, pero a la vez cósmica, arraigada en la esperanza de un paisaje que se recuerda más allá del humo y del smog.
Asimismo, como si de una constelación de rostros se tratara, para ella la multitud es solo uno de los núcleos temáticos del poemario, que funciona como archivo lírico donde la diversidad es símbolo y metáfora.
En Estación Teatros, la escritora construye una taxonomía afectiva de los caraqueños: henos aquí en este catálogo / en este bestiario de caraqueños / escrito / desde el vagón.
Hay una pulsión por archivar, por captar cada gesto, cada pregón, cada falla técnica como parte de una constelación unida a lo fugaz, a lo perecedero, al cementerio de instantes evanescentes en el que nos hemos convertido en este siglo de prisas: ¿Y qué hay de la muchacha / que lucha por entrar / de última al vagón / y queda su cabello enganchado en la puerta?
Y he ahí que ese cabello enganchado funciona como metáfora del límite: el cuerpo que quiere ingresar al flujo colectivo pero queda atrapado. La ciudad se representa como una colección de instantáneas en las que los rostros se vierten sobre una copa o se cristalizan en sudor, elevando lo cotidiano a una dimensión ritualista, repetible, pero no exorcizable.
En definitiva, el poemario "Desde el vagón" representa una cartografía poética del subsuelo caraqueño, donde el Metro se devela como un espacio poético, simbólico y espiritual, capaz de enunciar una lírica que no evade la dureza de la cotidianidad urbana, pero la transfigura: las estaciones son también estaciones del alma, cada una con sus gestos, sus plegarias, sus fragmentos de humanidad.
Desde Plaza Sucre hasta Carapita, desde Teatros hasta Ciudad Universitaria, el poemario traza una ruta espiritual que integra el caos con el deseo, la dispersión con el archivo, la ciudad con la montaña. En su conjunto, Desde el vagón, más que un poemario, es recorrido en bajada hacia lo humano en su estado más vulnerable y más resistente, donde transeúntes y lectores, en una suerte de comunión, también lo habitan, lo sienten y hasta lo cantan.
Yurimia Boscán (Caracas, 1963). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y maestra en Tecnología Educativa. Cursó también la maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB). Poeta y profesora universitaria jubilada, durante más de 25 años se ha dedicado al periodismo cultural en diversos medios de los Altos Mirandinos. Actualmente coordina la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla en los Altos Mirandinos y forma parte del equipo del Fondo Editorial del Ministerio del Poder Popular para Ciencia y Tecnología (Mincyt). Su trayectoria en la poesía y la promoción de la cultura ha sido reconocida con diversos premios y distinciones, entre ellos el Concurso Literario Guido Acuña, mención Poesía (2025); la Bienal Nacional de Literatura Infantil Manuel Felipe Rugeles (2022); el Concurso de Poesía Feminista «Toda, nosotras todas» (2020); el Certamen Nacional de Poesía para la Mujer Ana Enriqueta Terán (2019), y el Premio Municipal de Literatura Cecilio Acosta, mención Poesía (2014). Asimismo, ha recibido la Orden Andrés Bello, otorgada por la Academia de la Lengua, capítulo Carabobo (2024), y la Orden María Teresa Castillo, mención Literatura (2001).



