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CÍRCULO DE POESÍA

 

Arenas movedizas. Poesía iberoamericana y principio de siglo. Luis García Montero

14 Oct 2013

 Luis García MonteroPresentamos, en el marco de Arenas movedizas. Poesía iberoamericana y principio de siglo, el trabajo de un poeta fundamental de nuestro tiempo: Luis García Montero (Granada, España, 1958). Se trata de un poeta que ha sido estandarte de una forma de entender la poesía.  Sus poemas están precedidos del ensayo “Dedicación a la poesía”, poética del autor y análisis del estado actual de la lírica en lengua española.

 

 

 

 

 

Dedicación a la poesía

 

Una barca que espera en la costa la subida de la marea. Siempre me ha parecido muy iluminadora esta imagen con la que Antonio Machado representó la paciencia vigilante de la escritura poética. Una soledad acompañada se sienta en la mesa de trabajo, y una compañía solitaria conversa, discute, habla de poemas y poetas con los amigos en los rincones de la ciudad. Las palabras de los otros, los libros leídos, las experiencias de la época con su cúmulo de repeticiones, novedades y quimeras gastadas, los ejemplos de los demás, llegan hasta las soledades del poeta que toma decisiones sobre su tono y su vocabulario. El poeta medita sobre el mundo, sobre los resultados de su propia experiencia, sobre lo que ve y lo que oye, y elige una dirección llena de ecos, porque todo retiro está habitado por la multitud. Pero cuando el poeta baja a la ciudad, discute, pacta o baila en las fiestas, vive momentos de silencio o de tristeza, de oscuridad pensativa, porque todas las multitudes están compuestas de soledades.

            Recordar mi itinerario poético a lo largo de 25 años significa hacer un inventario de conversaciones y soledades. Nunca me ha importado embarcarme en una preocupación compartida, es una exigencia de mi carácter, de mi ánimo, de mis vinculaciones con todo aquello que amo. La lealtad que me debo a mí mismo no ha buscado el aislamiento, sino la defensa en público de lo que va componiendo y descubriendo mi soledad. El empeño en no traicionar a mis soledades entre la gente corresponde en parte al lugar que ocupan las gentes en mi soledad. Cuando decido sobre las palabras, sobre mis palabras, observo con atención la realidad, mis lazos con ella, mis responsabilidades, lo que descubro en los demás. Antes que nada somos lectores, individuos sorprendidos por cualquier clase de pasión con un libro en las manos, con un libro en nuestras manos, pero escrito por otro. Por eso me parece absurdo negar la presencia del otro en los procedimientos literarios. Lectura y escritura son una soledad compartida, o una compañía en la que descubrimos el rostro de nuestra propia soledad, ese rostro que ni siquiera nos devuelven los espejos, porque hace falta que alguien nos demande, nos invite a responder, nos ponga en situación.

            Se trata de decidir. La literatura es un ámbito en el que uno se responsabiliza de sus palabras. Pasamos de las palabras a los hechos, o más exactamente convertimos en verdaderos hechos a las palabras. Uno siempre está decidiendo en su mesa de trabajo. Conviene aprender a esperar que suba la marea. Y esta paciencia de la escritura suele basarse en un doble deseo: el deseo de no repetirse y de no traicionarse. Escribir con receta es peligroso, impone en las palabras un aire falso, previsible, hueco. Las repeticiones no sólo acartonan el presente, sino que llegan con sus salpicaduras al pasado y manchan los poemas anteriores, envolviéndolo todo con un aire seco, sin frescura, de tiempo burocrático. Más que un mundo personal, ofrecen una rutina mecánica. Pero el miedo a repetirse conduce algunas veces a la tentación de traicionarse. Las novedades sin sentido, las ocurrencias que no pertenecen ni al mundo ni a la necesidad propia, también manchan la obra de un autor, porque traicionan sus soledades y lo convierten en un saltimbanqui, en veleta que gira según los vientos. Los deseos de no repetirse y no traicionarse sostienen la paciencia lírica de la barca que espera a que fluya la marea. Marcan el tiempo del poeta, su soledad acompañada, su compañía solitaria. La pluma que se detiene o se arriesga procura tomar decisiones que responden a una meditada cosecha de silencios, sequías, incertidumbres, paseos solitarios, confrontaciones, conversaciones escuchadas, amistades electivas y relaciones imposibles. O así, al menos, lo he vivido y lo recuerdo yo.

            Hace 25 años que publiqué mi primer libro de poesía. Lo titulé Y ahora ya eres dueño del Puente de Brooklyn (1980), basándome en una cita de J. P. Donleavy. El título pretendía condensar la posesión de la nada, la ingenuidad de un mundo que había confiado en la aventura moderna hasta el punto de comprarle el Puente de Broklyn al primer estafador neoyorkino que se encontró en la calle. Por amistad con García Lorca y con Poeta en Nueva York, la gran urbe era entonces para mí el ámbito de la violencia, el fracaso de los sueños públicos, la degradación de la vida en un sistema devorador y bajo una arquitectura que no estaba hecha a la medida del ser humano. La Modernidad había traicionado sus principios, tal vez porque el desarrollo económico de sus principios era inseparable de la traición de sus ideales. Una parte de ella misma le estaba vendiendo a la otra parte el Puente de Brooklyn. Intenté capturar esta violencia en un conjunto de poemas en prosa, irónicos, cínicos, culturalistas, desesperados, que se apoyaron en citas de autores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Horace McCoy, Wade Miller o Ross Macdonald. La novela negra me fascinaba por la lógica que imponía frente a la novela policíaca de Agatha Christie. La violencia no surge con la aparición del cadáver en la butaca de un salón, sino que el cadáver es fruto de una violencia anterior, urbana, social, que no puede ser investigada por las corruptas autoridades públicas. Hace falta el héroe, el detective privado, dispuesto a asumir su alcohol, su fracaso inevitable, la corriente negra de un mundo superior a sus fuerzas, que sólo deja huecos particulares para los amores difíciles y la dignidad resistente. Me viene ahora a la cabeza el diálogo de Hammett con el que empecé el libro: “- Es tarea para un hombre. ¿Es usted un hombre? – ¿De qué sirve ponerse poético…?”. Creo que fue mi profesor y amigo José Ignacio Moreno Olmedo quien me sugirió el título.

            El libro pertenece a la época de mis estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada. Militar contra los últimos años del franquismo y sus secuelas posteriores significaba correr delante de los guardias por la calle, pero también sentarse en una biblioteca para aprender toda aquella cultura que el clericalismo y las mezquindades provincianas habían intentado dejar fuera de nuestra educación sentimental. El marxismo, el psicoanálisis, la rebeldía intelectual de Foucault, la crítica literaria convertida en un ejercicio de sospecha sobre el poder, las ironías de la contracultura, merodean con un sigiloso convencimiento en este libro de juventud. Pese a su vanguardismo, o tal vez por su vanguardismo, es el libro que con más disciplina y vasallaje intelectual he escrito nunca. Las sombras son siempre vasallas. Era un buen estudiante, sabía lo que quería escribir, qué recetas emplear, a qué tradición de rupturas acogerme, sobre qué asuntos debían caer las denuncias de mi seguridad moral sin fisuras. Una seguridad que, como es lógico, se pierde cuando uno cumple años y permanece con los ojos abiertos. Algún tiempo después visité por primera vez Nueva York, y me encontré con el consabido letrero de “For Sale” colgado del Puente de Brooklyn. Me encontré, además, con una de las experiencias estéticas más importantes de mi vida. Desde el Puente de Brooklyn, al atardecer, mientras arde en los cristales el mestizaje de la luz violeta del cielo con el alumbrado interior de las oficinas, los edificios de Manhattan ofrecen uno de los espectáculos más emocionantes que nunca he recibido. Opino hoy que Nueva York, como ciudad de altiva y delicada arquitectura, es quizá la obra de arte más conmovedora que nos ha dejado el siglo XX. Y negarse a reconocerlo es tan estúpido como negar la belleza de la Catedral de Burgos, por mucho que bajo su torres afiladas se esconda la barbarie de la iglesia medieval. Ante Nueva York, la Catedral de Burgos y la vanguardia que asumí en mi primer libro, mantengo un sentimiento parecido. Reconozco sus valores estéticos, pero no tengo ojos de creyente, no soy un devoto de sus presupuestos ideológicos.

            El aprendizaje de la poesía ha supuesto para mí, más que el arrebato sentimental del que expresa la verdad de unos valores firmes, un diálogo meditado con la contradicción. Hoy considero esta necesidad del matiz y de la paradoja sentimental uno de los valores destacados del género. La urgencia caricaturesca de los medios de comunicación es síntoma de una sociedad que no está dispuesta a debatir la cara y la cruz de los problemas, que rehuye los matices para no asumir responsabilidades. Se opina con brocha gorda, con la rotundidad de un titular, ante oyentes que no quieren molestarse en pensar dos veces lo que se les dice. La capacidad de matizar, que identifico cada vez más con la meditación poética, tal vez permite distinguir entre el bien y el mal, pero a costa de plantearse enseguida el mal que puede traer un bien y el bien que implica un mal. O por ejemplo, lo que no me gusta de los míos y lo que respeto del enemigo. Toda actuación, como toda elección de una palabra, tiene sus consecuencias, y hay que responsabilizarse no sólo de la elección, sino también de las consecuencias en segundo grado. Las utopías son útiles, pero siempre que estemos dispuestos a discutir el alcance de sus colmillos.

            Los dos libros siguientes supusieron un cambio de tono, un giro que pretendía buscar la solución propia de estas contradicciones. Tristia (1982), compuesto con Álvaro Salvador y firmado con el nombre mestizo del poeta Álvaro Montero, y El jardín extranjero (1983) pertenecen a los años iniciales de “la otra sentimentalidad”. Por experiencia de noctámbulo, sé que no todos los bares se llenan y se quedan vacíos de la misma manera. Nuestro bar de copas se llamó La Tertulia, y se llenaba como el salón de nuestra propia casa, para vaciarse después poco a poco, hasta dejarnos a solas con una copa y una noche de amor. Se hablaba de política, pero el local no se llenaba como el aula magna de nuestras asambleas. Se perdían sueños y creencias en una mala discusión, pero La Tertulia tampoco se vaciaba como las iglesias después de una misa de domingo. Bebíamos en nuestra casa, aunque la música la pusiera otro; discutíamos, militábamos, nos estábamos haciendo, porque de las épocas de revolución casi nunca quedan logros sociales, pero dejan muchos sentimientos y, desde luego, una manera de ser. Con los poetas Javier Egea, Álvaro Salvador, Antonio Jiménez Millán y Ángeles Mora, con el pintor Juan Vida y con los profesores Juan Carlos Rodríguez y Mariano Maresca, aprendí a buscarme a mí mismo. Juan Carlos me dio el título de Tristia, y Pier Paolo Pasolini, por intercesión de Mariano, el de El jardín extranjero.

            Éramos militantes políticos, nos movíamos en la órbita del Partido Comunista de España, y amábamos apasionadamente la buena literatura. Me sentía incómodo tanto con el esteticismo purista que consideraba una traición a la literatura acercarse a la realidad como con los poetas panfletarios que consideraban una traición a la política indagar en la intimidad y en la belleza. Al principio de los años 80, pesaban todavía el culturalismo novísimo y la extravagancia vanguardera como norma de calidad, combatidos en mi entorno por los poetas de compromiso social más panfletario. Las lecciones de Juan Carlos Rodríguez, discípulo de Luis Althusser, me ayudaron a entender que las relaciones entre la historia y la poesía tienen poco que ver con el asunto social o puro de los contenidos, y que resulta más decisiva la mirada ideológica, la educación sentimental, del poeta. Se podía hacer un análisis histórico de un soneto amoroso de Garcilaso tan completo como el de una novela social de Zola. Las meditaciones de Antonio Machado sobre los sentimientos cayeron entre nosotros como agua de mayo. El mundo original de un poeta no suele depender de sus esfuerzos por inventarse una realidad desde la nada, sino de la fortuna de encontrar a tiempo las influencias que más le convienen. Antonio Machado nos enseñó que los sentimientos no son eternos, que no caen del cielo, sino que dependen de la experiencia histórica de los individuos. La verdadera originalidad lírica no surgía de las ocurrencias y las novedades sentimentales. Había que buscar un punto de vista distinto, otra sentimentalidad. La intimidad es un territorio histórico, y el amor, la amistad o las decisiones sobre las palabras resultan tan comprometidos como unos versos sobre la Revolución de Asturias o la policía franquista. Machado, al buscar el territorio cordial en el que se unen los individuos y la historia, me ayudó a interpretar en una dirección ideológica y lírica esta reflexión de Shiller: “Si quieres conocerte a ti mismo, mira lo que otros sienten; si quieres conocer a los otros, mira en tu propio corazón”.

            Aquella búsqueda de otra sentimentalidad es inseparable de la militancia política y de la apuesta por el rigor poético. El Partido Comunista al que yo me acerqué era el horizonte cultural que con más valor y cordura había protagonizado la lucha contra el dictador, tanto en la disciplinada actitud que compartió con los socialistas de Negrín durante la Guerra Civil, como en su heroica soledad de la posguerra, marcada por episodios de sacrificio y de dignidad a los que hoy debe mucho la sociedad española. En la Semana Santa de 1977, cuando se legalizó el PCE, sus siglas significaban libertad, arte, compromiso, emancipación, búsqueda ética, vinculación social, mil sensibilidades distintas que a causa de una coyuntura difícil se habían reunido en una misma opción política. Los adjetivos justos nunca están de más, y una país como el nuestro, tan aficionado al nacionalismo, no debería negarle al sustantivo comunista el adjetivo español, para reconocer su esfuerzo por la libertad de la nación y distinguirlo de otros comunismo extranjeros, representantes de las más crueles dictaduras. Respeto mucho la herencia del comunismo español, y creo que es inseparable de esta herencia la inquietud que latía bajo la búsqueda poética de otra sentimentalidad, tanto en su meditación estética como en su apuesta ideológica. Ortega y Gasset afirmó que lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente. La herencia del partido pertenece hoy a la sociedad española. No me gusta responsabilizar a los líderes comunistas de la paulatina degradación del PCE, porque sus errores sucesivos son inseparables de una situación muy difícil, motivada por la desaparición de la misma coyuntura histórica que había propiciado el protagonismo comunista. Pero cuando veo a algunos líderes actuales, dedicados con ahínco a la lucha interna y preocupados sólo por conservar el control de una organización cada vez más herida y alejada de la realidad española, me acuerdo de Ortega. Más que los herederos del comunismo español, parecen sus descendientes.

            La amistad de Rafael Alberti y de Jaime Gil de Biedma me acompañó en las reflexiones de mi tarea poética. Comentaba hace un momento que valoro las aportaciones estéticas de la vanguardia, pero que entro en sus catedrales más como viajero que como creyente. Se trata de la consecuencia de la meditación poética que debí hacer a la hora de cuidar un tono y un vocabulario estético que fuese coherente, no dependiente, con mis preocupaciones ideológicas. Dejó de interesarme la poesía que perpetuaba la crisis romántica y que cantaba el fracaso de la razón ilustrada y del lenguaje como ámbito social. Más que alabar la inutilidad de las palabras extrañas frente al pragmatismo burgués y las rarezas de un personaje heroico frente a las responsabilidades ciudadanas, me pareció conveniente apostar por una segunda oportunidad para el sueño ilustrado. Empecé a concebir el poema como un espacio público, protagonizado por un ser histórico que medita sobre las relaciones de su educación sentimental con el mundo a través de un lenguaje matizado, riguroso, pero que no llega a considerarse a sí mismo como un idioma diferente al de la sociedad en la que vive. Poemas de El jardín extranjero como “Sonata triste para la luna de Granada”, “Para ponernos nombre”, “En los días de lluvia” o “A Federico con unas violetas”, nacieron de esta necesidad meditada de indagar en la propia intimidad como un territorio elaborado por la historia, un espacio de conocimiento individual que implicaba una vinculación social.

            Pero conviene aclarar que estas meditaciones son inseparables de la emoción que yo sentía como simple lector, de forma natural, o por lo menos de un modo más espontáneo. Las preocupaciones teóricas, sobre todo en aquellos autores que no han perdido una alianza de apasionamiento original con la poesía, suelen ser una elaboración posterior para comprender y justificar las emociones que uno ha sentido como lector, emociones entre las que se procura elegir los componentes del mundo lírico propio. Grande es mi deuda con Rafael Alberti, el poeta mítico del compromiso republicano y la militancia comunista, capaz de vivir una amistad estrecha con un poeta de apenas veinte años, enseñándole el amor a Garcilaso, a San Juan, a Góngora, y las búsquedas perpetuas que sirven en la creación lírica para apropiarse originalmente de las tradiciones. Grande es mi deuda con Jaime Gil de Biedma, con la intensidad de su vinculación ética, enraizada en los tonos y en las palabras, lúcido hasta convertir la voluntad histórica en conciencia de uno mismo y en reflexión certera sobre los excesos de la retórica poética, ya fuese por el lado de la grandilocuencia existencialista, ya fuese por el circo ornamental del culturalismo. La perturbación de la dictadura franquista, que había impuesto el debate falso entre los poetas sociales y los vates del culturalismo, empezaba a diluirse en el aire cerrado de las hemerotecas. Estaba a punto de cobrar entidad el grupo poético del 50, que no había gozado en su nacimiento del prestigio periodístico de una estética dominante, pero que poco a poco se iba a revelar como uno de los momentos más ricos e iluminadores de la poesía española del siglo XX. En poetas como Ángel González, Carlos Barral, Claudio Rodríguez, José Manuel Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente o Francisco Brines, cada uno a su modo y con su personalidad, podía encontrarse esa utilización reflexiva del poema como vía de conocimiento, alejado por igual de los panfletos políticos y de la belleza decorativa. Con la excepción de Valente, fue un grupo de maestros cercanos, de amigos. Sus nombres se añadieron desde la relación cotidiana a la herencia mítica de Cernuda, Borges, Molinari, Neruda o Sabines.

            La normalidad democrática española permitía por fin una normalización de la poesía, un ejercicio de poda de los excesos circunstanciales propios de la dictadura, y una actitud de reconocimiento para la buena poesía que se había escrito bajo un tiempo de silencio. El deseo juvenil de formar generación tenía ya menos fuerza que la decisión de elegir tradiciones, para escoger estirpe y debatir sobre las diversas posibilidades abiertas por el cauce ancho de la poesía contemporánea. La apuesta estética que en Granada habíamos hecho desde la reflexión marxista venía a coincidir con una necesidad general de pudor lírico dispuesto a cuestionar, para seguir creyendo en la poesía, las profundidades imaginarias del sujeto romántico y de sus tonos sacerdotales. El texto dejaba de concebirse como la expresión subjetiva de una verdad esencial, para significar la construcción pública de una verdad poética. La llamada poesía de la experiencia no surgió de un deseo biográfico, anecdótico, sino de la toma de conciencia de que la poesía era un género de ficción, en el que un personaje literario servía para objetivar las meditaciones y los sentimientos particulares más íntimos, protagonizando así un proceso de conocimiento. Una de las primeras lecciones que el poeta debe aprender es que resulta tan necesario decidir lo que debe escribirse de uno mismo como lo que debe callarse. Un personaje poético supone un ser afirmado y borrado al mismo tiempo, una elaboración ficticia, modélica. La biografía no puede invadir el poema, porque entonces no deja huecos para el diálogo con el lector o con la propia conciencia crítica. Esta idea de que la verdad poética sólo se consigue a través de la ficción y de que el conocimiento personal necesita la lentitud y el distanciamiento guió la escritura de Diario cómplice (1987), un diario de amor, un cancionero, en el que los protagonistas adquieren conciencia de que son personajes de ficción: “Recuerda que tú existes tan sólo en este libro”. O también: “Recuerda que yo existo, porque existe este libro, / que puedo suicidarnos con romper una página”.

            Diario cómplice, título que me dio Rafael Alberti para sugerir la emoción de esa verdad pactada en la que descansa toda ficción literaria, supuso para mí la reivindicación del oficio como ética, el gusto por la artesanía, por el buen endecasílabo, por el poema bien estructurado. El oficio no es más que el deseo ético de hacer bien un trabajo, de participar con honradez en los vínculos colectivos. La lección del “Regante del Generalife” afirmada por Juan Ramón Jiménez ocupa un lugar decisivo en mis inquietudes. En la preocupación particular del poeta, el oficio significa la defensa y elaboración del lenguaje como espacio público para que puedan dialogar dos conciencias reivindicadas: la del autor y la de el lector. Los cuatro libros que he publicado después, Las flores del frío (1991), Habitaciones separadas (1994), Completamente viernes (1998) y La intimidad de la serpiente (2003), han pretendido elaborar desde distintas laderas, con afán de no repetirme y de no traicionarme, esta reivindicación lírica de la conciencia individual como vínculo social.

            Cuando recuerdo la escritura de estos libros, me veo envuelto en un campo de matices y decisiones éticas, un campo en el que se fueron definiendo los lenguajes, los tonos y los argumentos. Como decía antes, la conciencia poética es el territorio de la contradicción, el deseo de arriesgarse al mundo de tensiones que impulsan los procesos de conocimiento. Los recuerdos de la escritura se parecen mucho a un diario moral, en el que los testimonios del sentimiento y las preocupaciones intelectuales aparecen transformados en poema. Con Las flores del frío busqué los lugares de calor individual en los códigos fríos y homologadores de la vida urbana. La soledad de las ciudades depende de un vacío que llena los hábitos de vida. Resultan decisivos los nombres que se desconocen, las realidades sin pasado, los ámbitos sometidos a un cambio perpetuo, la sucesión de estabilidades negadas. Consideré que la canción lírica era un buen camino para condensar esta atmósfera de soledad y desconocimiento, caracterizada por el viaje en ascensor junto a una vecina extraña, de la que no sabemos ni siquiera su nombre, aunque duerma a pocos metros de nuestra cama. La canción lírica, desde las tradiciones medievales hasta los usos contemporáneos de Juan Ramón, García Lorca o Alberti, no pretende contar una historia, sino contagiar un estado de ánimo. La ambigüedad, la presencia de lo que falta, las anécdotas que se callan los versos, son tan importantes como los datos que afloran en el poema. Los golpes de azar y las sorpresas cargan el aire cuando fluyen encerradas en una estructura rítmica, con repeticiones y estribillos, igual que la fugacidad que se resuelve en una parálisis sucesiva. Esta solitaria acumulación de ilusiones congeladas me invitó a cambiar el título de Baudelaire, sustituyendo un concepto moral, el mal, por el desamparo climatológico del frío. Los resultados de la Modernidad permitían observar la leyenda contemporánea desde la perspectiva de unas realidades experimentadas y poco alentadoras. La intemperie de la lucidez pesaba en mí más que los consuelos imaginarios de la rebeldía maldita. El lenguaje llegó a desconfiar de sí mismo, de su capacidad de diálogo, al tiempo que se arruinaban las ilusiones y se descomponían los espacios públicos. Para desencantarse hay primero que estar encantado, y yo confieso que me había  encantado más de la cuenta con las posibilidades sociales abiertas por la democracia española. La libertad y yo estábamos cumpliendo años.

            Habitaciones separadas fue un libro de crisis escrito para salir de la crisis. Quería continuar el viaje, no buscar refugio en el cinismo, ni en la renuncia, pero necesitaba ajustar cuentas con la corrupción de mis sueños. Para no acabar expulsando de casa a los sueños, decidí vivir con ellos en habitaciones separadas, obligándolos a dormir en una cama distinta de la mía. El optimismo melancólico, que busca la palabra futuro sin dejar de advertir una apremiante sensación de pérdida, dominó poemas en los que me sigo reconociendo, como “El insomnio de Jovellanos” o “Primer día de vacaciones”. Encarcelado en Mallorca, detenido por sus esfuerzos de regeneración ilustrada, Jovellanos veía pasar los barcos hacia una España sometida a la Inquisición y a la barbarie feudal. Aunque lo peor para él fue que los barcos que navegaban hacia Francia, el país de la Revolución y de sus sueños, iban a encontrarse con las degradaciones de la guillotina y del terror. El monólogo sentimental de Jovellanos resultaba aplicable a las utopías corrompidas del siglo XX. Había que dormir en habitaciones separadas, optar por las utopías modestas de las que habló Camus, para seguir apostando por un porvenir habitable. Sólo así, después de soñar con los naufragios nocturnos, podía uno leer el periódico por la mañana, sin encontrar el nombre propio en la lista de los ahogados. La conciencia individual debía aprender a quedarse sola para seguir compartiendo algunas apuestas colectivas. El dogmatismo que aparta de la realidad y conduce a la incomprensión del mundo es para la conciencia poética una forma de naufragio tan rotunda como el cinismo o la traición.

            Si busqué en mis poemas el tono del optimista melancólico fue porque se adaptaba bien a una lectura ilustrada del romanticismo. Del homenaje a Jovellanos en el que se acaba apostando por la libertad y la felicidad, pasé a los poemas amorosos de Completamente viernes. El dolor tiene mucho prestigio en la literatura, ya que el fracaso personal y el miedo a los abismos del amor son buenos correlatos del fracaso de las ilusiones públicas. De ahí que la queja romántica haya desplazado con sus tragedias a la reivindicación de la felicidad que los orígenes humanistas de las sociedades modernas legaron a la razón ilustrada. La felicidad, entendida como reto público y privado, como una tarea en continua búsqueda, es propia de los seres humanos que reivindican la autoridad sobre sus destinos. El dolor y la inutilidad mantenían su prestigio en una tradición literaria que había dejado de parecerme una aventura contra los poderes establecidos. Quise volver a los orígenes, navegar aguas arriba para alejarme de los gritos y encontrar un puerto en el que volver a convencerme de las razones del viaje. Escribir un libro de amor y de alegría como Completamente viernes significó asumir la misma tarea de los que, cansados de exaltar la inutilidad como moral alternativa, se atreven a defender de nuevo la utilidad, una renovada definición de la utilidad frente al utilitarismo agrietado de la burguesía. El hecho de que en 1994 iniciase una apasionante historia de amor no supuso una ventaja, sino más bien una dificultad literaria. Se trata de una paradoja que tiene mucho que ver con las contradicciones del oficio poético.

            La poesía no es confesión biográfica, ni documento notarial, ni ejercicio de blanda cursilería. Escribir poemas de amor estando enamorado supone una disciplina muy difícil, el coraje de enfrentarse a algunos de los enemigos más complejos del género, que –como ejercicio de conocimiento- necesita el corazón frío y la inteligencia vigilante. Más que contar la propia vida, la escritura amorosa depende de la elaboración de una experiencia estéticas, de la invención de una ética con significaciones trascendentes, superando los regodeos privados y el bienestar anecdótico. Completamente viernes, libro en el que se condensa una apasionada relación amorosa, necesitó de todos los procedimientos artificiales de la poesía, de todos los mecanismos de distanciamiento, para elaborar las verdades sentimentales y transformarlas en verosimilitud estética. Mi amor recurrió a imágenes del Poema de Mio Cid, de Garcilaso, de San Juan de la Cruz, de Meléndez Valdés, de Neruda, de Cernuda, de Ángel González, de José Emilio Pacheco…

            El amor me afectó siempre como asunto literario porque delimita un buen campo para demostrar que los sentimientos pertenecen a la historia y suponen un ámbito de compromiso ideológico. No existen temas eternos, sino maneras concretas de vivir. Poesía amorosa existe desde la invención de la literatura, pero dentro de ella se agitan distintas concepciones de la sexualidad, del erotismo, de lo que significa ser hombre, ser mujer, convivir, pactar las reglas. El argumento de  Completamente viernes habla de una pareja que vive en ciudades distintas por motivos laborales, que conoce el divorcio, los hijos de matrimonios anteriores, el respeto individual y los pasados fuertes, con historias en las que ardió Roma más de una vez. Los amantes se reúnen el viernes, que no es sólo el día en que cierra la semana laboral, sino también la razón de Venus para dos personas que han decidido construir su vida, ser dueños de sí mismos. De ahí que la poesía amorosa, más que un recuento de caricias, sea la invención de una ética, y de ahí que no se tratara exactamente de contar mi vida, sino de una reivindicación de la alegría ilustrada en medio de las ruinas románticas de la posmodernidad.

            Pero la poesía enseña a estar siempre al otro lado de la frontera. Por eso me precipité a escribir un libro de vigilancia dolorosa como La intimidad de la serpiente. Una noche, mientras dormía a mi hija pequeña, el ruido de una moto cruzó la calle de manera agresiva. Lo de menos fue que mi hija se despertara. Comprendí que el vocabulario de la realidad cambia, que las metáforas viven también en perpetuo movimiento y que el ruido de una motocicleta no significaba para mi hija lo mismo que para mí. Yo crecí en una España pobre, con estaciones sobrecargadas de emigrantes y maletas de cartón, gentes del Sur que viajaban hacia el Norte para buscarse la vida. Mis motocicletas suenan a pobreza, a lamento sostenido, a albañiles que madrugan y acuden a su trabajo con miedos, alpargatas y una tartera de comida humilde. Así eran los motores que yo oía en mi infancia, en la Granada triste de los años sesenta, una ciudad en la que dolía aún la pobreza, y la Guerra Civil, y la ejecución de García Lorca, y las campanas de las iglesias. Mi hija crece ahora en un país que recibe inmigrantes y que sufre la prepotencia del lujo y del consumo, y que oye las motocicletas como la canción orgullosa de una juventud que sale por las noches a quemar la vida y a celebrar la fiesta.

            La intimidad de la serpiente es un libro en el que los ejercicios de memoria están condenados a convertirse en ejercicios de conciencia. Se olvidan demasiado rápido las propias penalidades en la moral de los nuevos ricos. Los versos intentaron recordar, comprender, hablar, denunciar, comprometerse en un país  que había cambiado de forma vertiginosa, sustituyendo el vocabulario de su realidad. Ningún tiempo pasado es mejor, pero el lujo tiene también sus exigencias morales, y no es bueno olvidarse de lo que se lleva pegado a los talones. Una vez más la poesía me invitaba estar en la realidad, pero desde el otro lado, desde la incertidumbre en tiempos de amor, desde la apuesta en época de desamparo, desde el convencimiento en años de desesperanza, desde la inteligencia en situaciones de melancolía, desde el compromiso de los seres solitarios, desde las soledades de los que se niegan a abandonar una ilusión colectiva. El libro se balancea entre el leguaje que confía en el entendimiento y el lenguaje refugiado en la oscuridad de sus deficiencias. Las apuestas a favor del futuro tal vez sean una simple disciplina en manos del optimismo melancólico. Pero en esa disciplina sigue encontrando sentido mi conciencia poética.

            La paradoja lírica, ese conocer a los demás en la propia intimidad, mientras se conoce uno mismo en el diálogo con los otros, descansa en su carácter fronterizo entre la identidad y los vínculos. La conciencia marca una frontera, un espacio vigilante, de decisiones difíciles, en el que el individuo elige qué parte de su experiencia histórica no debe diluirse en los procesos de abstracción colectiva y qué parte de su vinculación ética no debe anegarse en los procesos particularistas de la identidad. Por eso repito siempre que la poesía es una reivindicación lenta y solidaria de la conciencia individual, en una época que tiene prisa por liquidar las conciencias y por identificar el individualismo con las pulsiones más carnívoras del egoísmo. El orgullo poético está justificado. Hemos vivido y vivimos buenos tiempos para la lírica.

 

 

 

Poética

 

Hay momentos también en que dejamos

las palabras de amor y los silencios

para hablar de poesía.

Tú descansas la voz en el pasado

y recuerdas el título de un libro,

la historia de unos versos,

la noche juvenil de algunos cantautores,

la importancia que tienen

poetas y banderas en tu vida.

Yo te hablo de comas y mayúsculas,

de imágenes que sobran o que faltan,

de la necesidad de conseguir un ritmo

que sujete la historia,

igual que con las manos se sujetan

la humedad y los muros de un castillo de arena.

Y recuerdo también algunos versos

en noches donde comas y mayúsculas,

metáforas y ritmos,

calentaron mi casa,

me dieron compañía,

supieron convencerme

con tu mismo poder de seducción.

 

Ya sé que otros poetas

se visten de poeta,

van a las oficinas del silencio,

administran los bancos del fulgor,

calculan con esencias

los saldos de sus fondos interiores,

son antorcha de reyes y de dioses

o son lengua de infierno.

 

Será que tienen alma.

Yo me conformo con tenerte a ti

y con tener conciencia.

 

 

 

 

Figura sin paisaje

 

He vendido mi alma dos veces al diablo,

por monedas de niebla y curso clandestino

en países que nadie se ha atrevido a fundar.

 

Un realista que vive el mundo de los sue­ños,

un soñador que quiere vivir la realidad.

 

Mal destino es el tuyo.

Así te va.

 

 

 

 

Primer día de vacaciones

 

Nadaba yo en el mar y era muy tarde,

justo en ese momento

en que las luces flotan como brasas

de una hoguera rendida

y en el agua se queman las preguntas,

los silencios extraños.

 

Había decidido nadar hasta la boya

roja, la que se esconde como el sol

al otro lado de las barcas.

 

Muy lejos de la orilla,

solitario y perdido en el crepúsculo,

me adentraba en el mar

sintiendo la inquietud que me conmueve

al adentrarme en un poema

o en una noche larga de amor desconocido.

 

Y de pronto la vi sobre las aguas.

Una mujer mayor,

de cansada belleza

y el pelo blanco recogido,

se me acercó nadando

con brazadas serenas.

Parecía venir del horizonte.

 

Al cruzarse conmigo,

se detuvo un momento y me miró a los ojos:

no he venido a buscarte,

no eres tú todavía.

 

Me despertó el tumulto del mercado

y el ruido de una moto

que cruzaba la calle con desesperación.

Era media mañana,

el cielo estaba limpio y parecía

una bandera viva

en el mástil de agosto.

Bajé a desayunar a la terraza

del paseo marítimo

y contemplé el bullicio de la gente,

el mar como una balsa,

los cuerpos bajo el sol.

En el periódico

el nombre del ahogado no era el mío.

 

 

 

Defensa de la política

 

Y qué decir de ti,

amiga mía,

compañera de curso en la Universidad

y más tarde serpiente vigilada

en las conversaciones,

igual que una epidemia por las calles.

Y qué decir,

sino que te conozco desde hace muchos años

y vivo de tu parte.

 

Cuando me arrastro solitario

por los extremos de mi vida,

da gusto coincidir,

hablar contigo,

porque después de las preguntas

y las lamentaciones,

el recuerdo es también palabra nueva,

y cambiar, decidir o sentirme yo mismo

no llega a confundirse con las ascuas

de un asunto penoso.

Tú que sabes reír, guardar silencio

o retorcer canciones al final de una noche,

nunca me fallas si te necesito.

 

Yo sé que te preocupa tu futuro

y que debes ahorrar en tiempos de imprudencia.

Por eso te defiendo de los calumniadores.

Cuando somos corruptos te llamamos corrupta.

Nuestra pobre avaricia tarda poco

en acusarte de avarienta,

y nada es más obsceno

que mentir en tu nombre

para después llamarte mentirosa,

a ti, mujer de mala fama,

que sólo has intentado quedar bien,

abrazar a la gente

en una fiesta rota.

 

No se puede decir que con nosotros

las manos de la vida modelaran

una historia de amor.

Nos conocemos demasiado.

Pero es verdad que alguna noche,

con las excusas de la soledad,

subimos juntos a tu habitación

y nos necesitamos.

 

Siempre me excita descubrir

la luz de mi inocencia en tu inocencia,

esa luz que apagamos

para buscar el resplandor,

lo que hay de entrega tímida

y de primera vez

en nuestro abrazo.

 

Y cuando los domingos santifican

la mañana orgullosa de este país de súbditos,

me gusta pasear

entre el rumor de las miradas.

Los que viven tranquilos pueden ver en tus ojos

la primavera de mi oscuridad,

y el color conmovido

de un mundo que no duerme.

 

 

 

 

Canción sin nadie

 

En el décimo B

no amanecen los días y las noches

ya no tienen un sueño para el amor o el miedo.

 

Tras las ventanas sucias,

de la mujer ausente nadie sabe.

Sus paredes la dan por desaparecida.

 

Una mujer ausente

y el cisne negro de la soledad

que se posa en un lago de luz desalquilada.

 

Ya nadie sabe nunca.

Pero alguien que pasa sin saber

piensa que el viento flota con olor a cerrado.

 

Sol de los vertederos, animal sin orgullo

que lames las montañas

de papeles heridos y de palabras secas,

con tu docilidad de botella vacía,

 

eres el dueño del amanecer.

 

Viejo sol humillado

entre las vigas del crepúsculo

para que giren a tu alrededor

la ley de lo podrido, la memoria y el fango,

 

eres el dueño del amanecer.

 

Sol de las vías muertas,

tan hostil a las ruinas con infancia

como un caballo de cartón inmóvil

bajo los utensilios que buscaban el óxido,

 

eres el dueño del amanecer.

 

Y por el caos de tus aguas

navega el cisne oscuro

que no conoce la melancolía.

 

  

 

Los hijos

 

Por favor, no hagan ruido

en la tranquilidad de este poema

escrito con la mano

del que cierra la puerta al apagar la luz.

Mis tres hijos acaban de dormirse.

Necesito el silencio para pensar en ellos.

 

Colores indelebles en un lápiz

de trazado infantil,

vuelven a dibujar

– pero esta vez en serio –

un árbol, una casa, la memoria

de una luz encendida

con sabor a diciembre,

los cristales del miedo

y la ilusión del porvenir

bajo el sol de los días laborables.

 

Un hijo es el segundo país donde nacemos.

Con su falta de edad nos hace cumplir años

y nos devuelve

al mundo del reloj,

a las llamadas telefónicas

que son una raíz

en la orilla del tiempo.

Un hijo nos enseña a preguntar

con voz de agua

la verdad decisiva de la tierra.

Ser como juncos, y en amor flexibles,

no asegura respuestas

ni confirma el reposo.

 

Elisa, Irene, Mauro,

cada cual con su puerto y con su lluvia,

luces cambiantes en el mismo río.

Nadie comente, por favor,

que acabo de escribirles un poema.

Los hijos crecen con espinas.

Nunca sé imaginar

lo que pueden decir de lo que digo,

lo que pueden pensar de lo que pienso,

lo que pueden hacer con lo que hago.

 

 

 

 Rafael Alberti

 

Así

como pasabas

en el amanecer

de la mitología a los teléfonos

para llamar de pronto,

o de las multitudes al desorden

solitario y esquivo de tu cuarto

en la calle Princesa,

pasas también ahora

de la muerte a la vida,

de los recuerdos al estar aquí,

habitando la mesa donde escribo.

 

En su rincón más nuestro,

ese que no depende del pasado,

la memoria es azul, y callejera,

y pura realidad, como los versos

que convierten el mar en la nevada

y los ríos de tinta en un amanecer

para que cante el gallo sobre el reino

de la metamorfosis.

 

Hablamos del amor y la poesía,

tal vez porque este cielo ha decretado

un violeta de Bécquer sobre el mundo,

que guardas en tu voz

como en las páginas de un libro.

 

Orgulloso de ti,

prefiero los aciertos a la mediocridad

del que cuenta los días y las sílabas

para evitar errores.

Los que han amado mucho

no desmienten su amor

con una mala boda.

Los que escriben poemas necesarios

continúan ardiendo

sobre la leña seca de los libros.

Da igual la perfección,

la irregularidad o la abundancia.

 

Orgulloso de mí,

vuelvo a ser el muchacho

que te ha visto llegar desde la historia,

con tu mitología

de poetas, república y exilios.

Y llamas por teléfono,

y preguntas la hora,

y sugieres la cita,

conmigo mano a mano,

busquemos otros montes y otros ríos,

para comer al sol de las afueras.

 

En aquel restaurante del pinar

han subido los precios.

Ahora no puedes invitarme.

Pago la cuenta solo,

pero volvemos juntos en el coche,

y te quedas dormido

sobre el último verso de algún clásico,

o quizás en la cumbre de una rama.

 

Una vez más me siento el elegido,

mientras el día se disuelve

en el retrovisor

como la inspiración en un poema.

 

 

 

Morelia

 

                       A Marco Antonio Campos

 

Soy cobarde.

Pero también mantengo la dignidad. Procuro

no vender la sonrisa

que los fuertes esperan.

Por eso corro hasta mis versos

como el niño que huye hacia su cuarto

cuando empiezan los gritos de la casa.

Me duermo y amanezco.

 

Ya da el sol en las piedras de Morelia.

Me levanté muy de mañana

a caminar las calles

de una ciudad que ha sido

ese recuerdo en el que nunca estuve.

Tampoco estuve nunca en el Madrid bombardeado,

pero crecí mientras buscaba

una verdad en la memoria.

 

Más que la tierra limpia,

me emociona el paisaje de cultivos,

la piedra que las manos edifican,

paredes que comprenden

un relevo de vidas cotidianas,

de cuerpos, de murmullos, de tacones

que bajan la escalera,

de peldaños que corren hasta el sótano

antes del bombardeo.

 

1939,

tal vez, o 2005,

es la historia del agua,

la lluvia repetida en el invierno

como una condición de la miseria.

El sol abre los ojos

y puede ver la infancia de un país

que huye de la guerra,

que cruza el mar,

que desciende del barco,

como la historia, en fila,

muy peinada la historia

con su maleta de cartón,

con sus recuerdos

sin estatura y para siempre,

mientras ordena el equipaje

en la ciudad que la recibe.

Valladolid. Morelia.

Suave patria.

 

Miro la catedral, el internado,

los edificios nobles,

y en la imaginación,

donde se viven los recuerdos

para que las historias generales

puedan gozar de intimidad,

agradezco la luz al descubrir

una nobleza humana

más alta que las piedras y los bosques.

 

Poco a poco la gente ha invadido las calles.

Estoy acompañado y solo

en una plaza de Morelia.

Pero siento que corro hasta mi habitación,

siento que me refugio

de los años, del agua, de la muerte,

de todo aquello, frío y desarticulado

como un juguete roto,

que me fue separando de la infancia.

 

 

 

Oración

 

A vosotros,

que cortáis la manzana de la muerte

con el anonimato de una guerra,

os pido caridad.

 

Por un Dios

en el que jamás he creído.

Por una Justicia

de la que desconfío.

Por el orden de un Mundo

que no respeto.

 

Para que renunciéis a vuestra guerra,

yo renuncio a mis dudas,

que son parte de mí

como la luz amarga

es parte del otoño.

 

Y escribo Dios, Justicia, Mundo,

y os pido caridad,

y os los suplico.

 

 

 

Yo sé

 

Yo sé

que el tierno amor escoge sus ciudades

y cada pasión tiene un domicilio,

un modo diferente de andar por los pasillos

o de apagar las luces.

 

Y sé

que hay un portal dormido en cada labio,

un ascensor sin números,

una escalera llena de pequeños paréntesis.

 

Sé que cada ilusión

tiene formas distintas

de inventar corazones o pronunciar los nombres

al coger el teléfono.

Sé que cada esperanza

busca siempre un camino

para tapar su sombra desnuda con las sábanas

cuando va a despertarse.

 

Y sé

que hay una fecha, un día, detrás de cada calle,

un rencor deseable,

una arrepentimiento, a medias, en el cuerpo.

 

Yo sé

que el amor tiene letras diferentes

para escribir: me voy, para decir:

regreso de improviso. Cada tiempo de dudas

necesita un paisaje.

 

 

 

Canción fría

 

Bajo una lluvia fría de polígono,

con un cielo drogado de tormenta

y nubes de extrarradio.

 

Porque este amor de llaves prestadas nos envuelve

en una intimidad provisional,

paredes que no hacen compañía

y objetos como búhos en la sombra.

 

Son

las sábanas más tristes de la tierra.

Mira

cómo vive la gente.

 

 

 

Merece la pena (un jueves telefónico)

 

                       “Trist el qui mai no ha perdut

                                  per amor una casa”

                                  Joan Margarit

 

Sobre las diez te llamo

para decir que tengo diez llamadas,

otra reunión, seis cartas,

una mañana espesa, varias citas

y nostalgia de ti.

El teléfono tiene rumor de barco hundido,

burbujas y silencios.

 

Sobre las doce y media

llamas para contarme tus llamadas,

cómo va tu trabajo,

me explicas por encima los negocios

que llevas en común con tu exmarido,

debes sin más remedio hacer la compra

y me echas de menos.

El teléfono quiere espuma de cerveza,

aunque no, la mañana no es hermosa ni rubia.

 

Sobre las cuatro y media

comunica tu siesta. Me llamas a la seis para decirme

que sales disparada,

que se queda tu hijo en casa de un amigo,

que te aburre esta vida, pero a las siete debes

estar en no sé dónde,

y a las ocho te esperan

en la presentación de no se quién

y luego sufres restaurante y copas

con algunos amigos.

Si no se te hace tarde

me llamarás a casa cuando llegues.

 

Y no se te hace tarde.

Sobre las dos y media te aseguro

que no me has despertado.

El teléfono busca ventanas encendidas

en las calles desiertas

y me alegra escuchar noticias de la noche,

cotilleos del mundo literario,

que se te nota lo feliz que eres,

que no haces otra cosa que hablar mucho de mí

con todos los que hablas.

 

Nada sabe de amor quien no ha perdido

por amor una casa, una hija tal vez

y más de medio sueldo,

empeñado en el arte de ser feliz y justo,

al otro lado de tu voz,

al sur de las fronteras telefónicas.

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