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CÍRCULO DE POESÍA

 

Sobre la poesía de Miguel Ángel Galindo. Poesía española.

07 May 2014
Damien Hirst comodín

 Daniel Bernal Suárez reseña el poemario Rising sun del poeta español Miguel Ángel Galindo (Tenerife, 1973). Además de poesía, Galindo escribe ensayo. Ha publicado, entre otros libros,  Hécate. Editorial Pilar Rey. La Palma. 2000; Satélites de Vaticie. Ediciones Bromera. Valencia. 2000; Fabricando Hormigas. Editorial Benchomo. Islas Canarias. 2001; Poema Sucio. Editorial Baile del Sol. Islas Canarias. 2004; Allevatio. Edición KA. Ayuntamiento de San Miguel de Abona. Tenerife. 2006; La carne & los lirios. Ediciones Idea. Islas Canarias. 2007. El libro de poemas Rising Sun se publicó, en edición bilingüe, en La Ovejita ebooks (Nueva York, 2013). Mario Domínguez Parra tradujo el libro al inglés. Joseph Mulligan revisó la traducción.

 

 

 

 

SOBRE RISING SUN: LAS CONSTELACIONES DE UN RABDOMANTE

 

Un rabdomante cruza el desierto. En sus manos, extendidas, sostiene una rama de árbol que apunta hacia el suelo y que se bifurca justo en la zona donde sus manos la envuelven. La tensión de los brazos traspasa la piel y se prolonga en las ramas. De repente, una vibración viene en sentido contrario. Desde la tierra diríase que ha penetrado una onda en las ramas y, ahora, la siente el sujeto. Vibración terrestre que el rabdomante ha comprendido: aquí, bajo esta capa de polvo y piedras, yace un manantial de agua. El zahorí ha encontrado la fuente.

Esta breve descripción nos muestra el trabajo de radiestesia. Imagen que me evoca la actividad poética de Miguel Ángel Galindo. En efecto, en su obra, especialmente en la constelación formada por Frozen Dove Hotel (2000), La carne & los lirios (2007) y en el poemario que ahora nos ocupa, Rising Sun (2013), Galindo no ha cesado en la práctica de una búsqueda incesante de signos, de una constelación de signos que se ha ido abriendo y transformando, brindándonos los resultados alcanzados como orbes de originales características. Su obra asume así el riesgo, llevada a los límites del decir, en una evolución que no admite conformismo alguno. ¿Por qué me evoca la actividad de Miguel Ángel Galindo la tarea de un zahorí o un rabdomante? Pues porque en su obra encarna la entrega insubordinada siempre a la búsqueda; no se contenta con los logros alcanzados, sino que cada poema nos remite a una experiencia nueva, una indagación o exploración sobre el tejido del lenguaje. Para Galindo la poesía encarna una visión de lo imposible.

Rescatemos aquella idea que lanza al aire el semiólogo francés Roland Barthes en su primera obra, El grado cero de la escritura (1953), cuando sostiene que el lenguaje no es inocente, sino que tiene una memoria segunda que “se prolonga misteriosamente en medio de significaciones nuevas”, esto es, que perviven los recuerdos de modos enunciativos y hábitos pretéritos incluso cuando se plantean nuevas problemáticas del lenguaje literario. El lenguaje, como forma cultural y socialmente creada y asimilada, lleva en sí un depósito de hallazgos y de usos, estratos y láminas que se deben a la historia misma de la lengua. No pocos poetas han prefigurado y representado su actividad creativa bajo la efigie de Adán. La experiencia poética ansía ofrendar un instante único, de carácter virginal, mediante la consecución de la transparencia de los vocablos. El poeta adánico aspira a nombrar las cosas por primera vez aunque sabe que ya han sido nombradas y que, el instrumento mismo que usa para nombrar, la lengua, es un sistema de signos altamente codificado. De ahí que recurra al blanco espacial o al silencio. Muy al contrario, la  poética de Miguel Ángel Galindo queda definida por una aceptación de la contaminación histórica de la lengua. No se aspira a generar un vacío y plantar allí las palabras intocadas, sino a fundar sus poemas desde la memoria de la lengua en un ejercicio de sincretismo del que hablaremos más adelante.

Algunos zahoríes dan cuenta del descubrimiento de manantiales afirmando que son capaces de detectar líneas de flujo o gradientes magnéticos que emanan de la sustancia que buscan, del agua, por ejemplo. Galindo atraviesa el lenguaje con su brújula poética y descubre en el choque de las palabras esos gradientes o líneas de flujo que articulan epifanías. De ahí que aproveche la riqueza léxica de nuestro idioma para generar esas imágenes, además de las repercusiones fónicas que puedan gestarse. Imágenes insólitas (como cuando escribe que “Todos los televisores de la gran cordillera rompen la nube”) que articulan un continuo en muchas ocasiones próximo a las fórmulas y conjuros de un grimorio.

Si yo invocara a las figuras de Ezra Pound y de Lezama Lima, es muy probable que algún purista frunciese el ceño. Pero no los menciono aquí como posibles influencias, ya que la obra de Lezama, la de Pound y la de Galindo tienen particularidades harto disímiles. Los evoco, más bien, porque sí existe una afinidad espiritual de la escritura. La de Galindo, como la de Lezama o la del Pound de Los Cantos, es una escritura proliferativa, marcada por una voluptuosidad del lenguaje que llena de reverberaciones los poemas, reverberaciones que sitúan en cada página la confluencia de variados sentidos. Porque esta proliferación hace que cada poema pueda ser visto como una ventana abierta a la complejidad del mundo y, a la vez, nos remite a un sujeto aquejado de una sobrepotencia del verbo, que no sería sino la capacidad de crear una abundancia de mundo mediante la palabra escrita. Y es que si el mundo es azar y leyes, vida y muerte, conocimiento e incertidumbre, sentido y absurdo al mismo tiempo, quien habla desde estas coordenadas puede extrapolar todas estas combinaciones a su escritura.

En Rising Sun asistimos a una experiencia poética de una singular rareza que quisiera fundar su propio umbral del decir. El poeta habla del mundo, sí, pero sobre todo funda un mundo posible, donde imaginación y realidad se entremezclan (recordemos aquel adagio del poeta norteamericano Wallace Stevens en el que aseveraba que lo que vemos con la mente es tan real para nosotros como lo que vemos con los ojos). Ya advertía el escritor Roberto García de Mesa, a propósito de La carne & los lirios, que una “Vocación de amplitud, de sobrado alcance ha sido siempre la que ha sobreayudado a Galindo. Su desbordante imaginación le ha conducido a extremos que pocos han tocado”. Si aceptamos, con Wittgenstein, que los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje, la riqueza de una poética plurisignificativa como la de Miguel Ángel Galindo bosqueja, recrea y revela un orbe expansivo, un macrocosmos verbal de una gran complejidad, colmado por las seducciones de un sortilegio. Léase ahora este fragmento de Proemio con Arozarena, revelador por cuanto denota una proximidad con la libertad creativa que propugnaban los fetasianos, grupo al que estaba adscrito el mismo Rafael Arozarena:

 

 

Que no quería que lo desenterraran

Que le arrancaran de los líquenes sus desmemorias

El dulce silencio que soleja

La lengua bloquiblanda, la que engalia

A teístas & a santeros a los pies de la común

La sola palabra de un huertano

Turbación que otorga a lomos de sus avispas

La poesía otra, sin procelas

La palabra perdida, frenetizada que es

Que no está

La escritura irrevocable o

El silogismo de un ahogado

 

 

En el poema Apariciones leemos estos versos: “(…) mientras / Disparábamos una lenta subida a los cielos de la impureza”. En efecto, la poética asumida en Rising Sun entronca con dos de los signos más conspicuos de la alta creación de nuestros días y que vienen a ser el envés o la respuesta  al perfil globalizado y multicultural de nuestro mundo: la hibridación y la impureza. Ambas, en los poemas de Rising Sun, se alían para conformar una amplitud materializada en la asunción de tonos, referencias y registros dispares, pero de cuya conjunción emana una escritura muy particular por la que podemos identificar la personalidad creativa de su autor. Si antes aludíamos a una escritura proliferativa, podríamos añadir ahora que es, también, incorporante, por su vasto espectro de absorción. En algunos poemas la multiplicación de niveles referenciales quiebra de tal modo cualquier posible lectura lineal, que vertebra una vorágine verbal esplendorosa y primigenia, no ausente de dificultades. Estas yuxtaposiciones se caracterizan por la variedad y la abundancia. Ya nuestro Baltasar Gracián en su Agudeza y arte de ingenio (del año 1648) decía lo siguiente:

“la prudente variedad es más gustosa, como más hermosa; no hace la sabia naturaleza sus obras homogéneas; no todo el hombre es sesos, ni ojos y nervios; y quieren algunos escritores que todos sus discursos sean unívocos”

La superposición de universos discursivos divergentes genera una textura polimórfica. Esta heterogeneidad cultural le permite a Galindo mencionar al físico Oppenheimer, padre de la bomba atómica, para hablar de la poesía (“La muerte de Oppenheimer nos devuelve a la poesía / Selva donde no hay silencio”), mencionar a la dinastía de los lágida, al jurisconsulto e historiador Pufendorf, el río balcánico Neretva -escenario de una cruenta batalla durante la 2º Guerra Mundial-, o al filósofo Lipovetsky, al tiempo que sus poemas se preñan de vocablos agrícolas, religiosos o variedades dialectales (incluyendo arcaísmos o términos en desuso).

Quisiera remontarme, por un momento, al Valle Inclán de Tirano Banderas. Sabido es que en esa novela el autor engendró un espacio imaginario con caracteres arquetípicos y atravesado por una mescolanza verbal de americanismos y regionalismos que ha llevado a algunos críticos a dictaminar que dicha lengua no pertenece a ninguna comunidad de hablantes real, sino a la comunidad imaginaria que habita la propia novela. Consideremos, sin embargo, cómo se configuran las identidades culturales  hoy, a través de estas palabras del antropólogo Tomás Pollán:

“El rasgo cultural más característico o tal vez aparente de la vida contemporánea es la variedad cultural. Los individuos y las sociedades están siendo crecientemente conformados por una multiplicidad de fragmentos culturales heterogéneos, llegados unos más exangües y otros más activos, de las más diversas procedencias, con velocidad y empuje desigual.”

Subyace a Rising Sun esta apropiación cultural poliédrica que supone, asimismo, una dialéctica de historicidad/ahistoricidad. Historicidad por cuanto refrenda la profusión calidoscópica propia de nuestra contemporaneidad; ahistórica por cuanto ese presente se reconoce parto de cualquier tiempo y lugar, de cualquier coordenada cultural.  Prestidigitación de unos signos históricos que arden en una orgía de emancipaciones. En cierta manera, se trataría de un producto sincrético que hace morada en los intersticios, en las zonas de transición o ecotonos, donde las formas interactúan y se entreveran.

Pues bien, bajo el signo de este cuerpo plural y exuberante, Rising Sun se erige en el último eslabón de una de las trayectorias más originales, excéntricas y subversivas de la poesía canaria de los últimos años.

 

 

 

 

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