Dossier de Poesía Finimilenar: Alfredo Soto



Presentamos la poesía de Alfredo Soto (Mazatlán, 1992) y el homenaje  que rinde a Gilberto Owen, en el marco del Dossier de Poesía Finimilenar preparado por Roberto Amézquita.

 

 

 

 

 

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¿Quién me puede juzgar por querer partir antes del alba,
por querer romper los jarrones  llenos de azucenas
contra el muro y después huir?

 

¿Quién no ha deseado envenenar esa parvada de tórtolas azules
que se posan en la ventana
y ya tiesas lanzarlas a quienes se aman?

Pero tristemente pienso que aún el silencio de la noche
no se entiende a sí mismo sin la rotunda soledad del grillo
y el chirrido que lanza a la ausencia ouvinte.

 

¿Quién me puede juzgar por no querer abrir la puerta,
por no querer herir la última huella de una mano sobre el pomo?
¡y qué mano! ¿Quién me puede juzgar
por sucumbir sin distractores a la manera del perro
que reconoce un aroma conocido?

 

 

 

 

 

 

Señora de la flauta y del relámpago,

tanto tiempo a la espera, me ha dejado
en el sillón más hondo de la sala,
corridas las persianas, los pilares
del corazón. De tanto respirar
humos agrios de liviandad vacía
se me han tornado grises y delgados.

Señora, cada nota del trajín
más leve, el aleteo de una mosca
o la incorpórea sílaba del viento,
me acristalan el vaho entre las sienes,
me lleva a sentir el duro roble
de la puerta que no despide ruido
alguno y que se agrieta y se oscurece
igual que yo, a la espera de tu mano.

He aquí que yo, de mí cubierto todo
me incrusto en esta tela de sillón
roído que se llama así, Espera,
y no me deja salir de mí mismo.

He aquí que poco a poco me recubre
la costra de los días que es el polvo
del silencio y la oscuridad aleados
sobre la carne mía, cascarón
sin música ni fondo y apartado
de aquellas cinco aristas de tus dedos.

 

 

 

 

 

 

 

Esta manta sonora

que bufa sobre la lámina del tejado

no es un patrón constante,

desgraciadamente alguien siempre interrumpe.

 

Tal vez,

el nuevo gran poema mexicano

se va junto a las monedas

que dejo caer en la registradora.

 

 

 

 

 

 

 

 

Calm Up Safari Jazz

 

Miles Davis gorjea en el tímpano cuernos de batalla y elefantes heridos. Más allá otra canción, una balada pop. Verso, percusiones. El murmullo de las pláticas usuales en los autobuses. <<Es como un rayo>>, dice Coetzee. Verso, Sax. A la derecha yo en el cristal empañado por las calles nocturnas. A la izquierda una mujer gorda juega con su Smartphone. Puente, trompeta. En el asiento de atrás otra mujer de similar anchura engulle una torta embutida de aderezo de un hedor que impregna el aire. <<Es como enamorarse>>, dice Coetzee. Verso, percusiones. Y repite, <<es como enamorarse>>.

 

 

 

 

 

 

 

Ceniza

 

Sopla sobre mi rostro un viento gris al tocar en tu puerta.

La sombra espera un doblar de tambores,

percusión de nudillos como lanza

o embate de cornamenta.

Yo busco tu susurro en esta tarde que se deshoja.

Cabello de árbol que taladra

y lento desteje el nudo de tus labios.

Quiero romper la prisión en la sombra de tu susurro

y cruzar tu puerta.

Lo que busco es un abismo.

Palabra que es llave para el nudo y la grieta de tus labios.

Palabra para alcanzar el viento que sostiene tu boca.

 

 

 

 

 

 

 

Homenaje a Gilberto Owen

 

 

«Tal vez mañana el sol en mis ojos sin nadie,
tal vez mañana el sol,
tal vez mañana,
tal vez»

 

 

El poeta Gilberto Owen nació en 1904, en El Rosario, Sinaloa.

Pero que grato sería poder decir que el poeta vino del mar, eso no es cierto. Tener la certidumbre decir que llegó por tierra o que vino abriéndose camino por la sierra, todo eso sería tan bueno como vernos al espejo. No, cayó del cielo súbitamente arrojado por una mano curtida por el tiempo y por el sol. Lo puso aquí para que retoñara, ¿Pero eso cuándo es? El poeta no fue poeta sino hasta la última estación del año mucho después del tempo de la cosecha. Habiendo pasado por las manos del agricultor y de los exportadores de mercancías y de los comerciantes hasta entonces alcanzó esa forma, cuando por fin es engullido y digerido. Y gracias a su naturaleza autoral es muchas veces engullido y muchas veces digerido. En alguna parte de este recorrido es verdad que el poeta llegó del mar y es cierto que vino por tierra y atravesó la sierra hasta llegar aquí, una y otra vez por primera vez.

También es cierto que en alguna parte de todo este recorrido estamos nosotros.

 

Alfredo Soto

 

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