Dossier de poesía Finimilenar: Yamilet Fajardo



En el ámbito del Dossier de Poesía Finimilenar, preparado por Roberto Amézquita, presentamos poemas y homenaje a Ramón López Velarde de Yamilet Fajardo (1989), Licenciada Letras que actualmente cursa la maestría en Filosofía en Historia de la Ideas en la Universidad Autónoma de Zacatecas y  su obra La caja de cerillos, una novela en verso fue galardonada con el premio “Ramón López Velarde 2013”.

 

 

 

 

 

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La historia del pez con un ojo y tres colores[1]

 

 

 

Conocí el mar antes de que se llenara de agua.

El abuelo me llevó cuando supo del pez con un ojo y tres colores que hallaron en playas mexicanas.

Lo había leído en la página cuatro del periódico, ese cuatro ocupó la mayor parte de nuestro equipaje.

Mi abuelo tenía el ganglio más hermoso del cáncer,

su caña de pesca lo mantuvo en pie. Decía que iba a ganar mucho dinero, así que le obsequié mis zapatos a la playa.

Los tufos ardientes del oleaje incendiaban nuestras rodillas,

la marea se arrojó a mí y al abuelo en una botella. La llené de sal mientras oscurecía y ya no supe a dónde fueron mis huellas en la arena.

El último navío abandonó su carga.

El océano había cavado hondo.

Mi abuelo se recostó en el puerto y comenzó a fumar.

Aún conservo el bronceado de aquel día.

 

 

 

 

 

 

 

Sala de emergencias

 

En este lugar

existen cuatro clases de hombres

y mujeres:

 

Aquellos que portan una etiqueta verde,

pelean por el baño

y se sientan a esperar

dos horas

o más

para ser atendidos.

 

Los de etiqueta amarilla

la espera es de cuarenta minutos.

Son los fantasmas de esta sala

saben que algo anda mal con ellos

despiertan desgastados

mordidos por una bestia

de hocico sin fondo,

el medico de turno no lo advierte

pero ellos lo intuyen.

 

Los de etiqueta naranja

caminan del brazo de sus esposas

o de sus esposos

aún más débiles.

En ellos la prolongación del tiempo

es dudosa

menos de diez minutos para entrar,

un día

un mes

un año

para salir

y regresar

la semana que viene.

Comienzan a olvidar

de qué color pintaron la casa.

 

Y estos

que están junto a mí.

No es raro

verlos morir

esperando

en sus sillas de ruedas.

 

 

 

 

Póliza de seguro

 

Cuando te acercas a los treinta

sobre todo si tienes empleo

comienzas a recibir la visita

de agentes de seguros,

agentes con corbata

o sin ella

pero siempre impecables.

Preguntan por tu salud

la familia

y sobre cómo te gustaría morir.

A los primeros logras evadirlos

luego regresan

te hacen imaginar accidentes automovilísticos

los asaltos

los secuestros

el parto de tu primer hijo,

hasta que te muestran la estadística del cáncer

«tres de cada diez mujeres mueren de cáncer de pecho», comentan

y te miran los pechos

como si te aplicaran una mastografía,

no dices nada

estás muy ocupada

con el flujo de las impresiones,

la intuición de la vida

«no busques consuelo

en el paraíso de la ley de causalidad»

te escuchas a ti misma.

Ellos tienen preparado tu contrato

Firmas.

Sales a la calle

como una mujer

con póliza de seguro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La caja de cerillos [2]

 

La buscamos en los corredores de su mano izquierda.

Por la mañana bajo el sofá, mi hermano pide que le encienda un cigarrillo, a cambio me inventa un nuevo nombre.

Recojo un fósforo del armario, mi hermano se asoma por las grietas de mi falda, moldea en mis pechos castillos de ceniza.

La llenamos de arena. Las hormigas trazan un laberinto. Nos recostamos a esperar que alguien salga.

A Benjamín le gusto cuando la hago sonar, dice que llueven luciérnagas.  Se quita el sombrero y jugamos a cazarlas.

Por la noche la escondemos de los grillos que se posan frente a la estufa.

Ni mi hermano ni yo recordamos

en qué lugar está.

 

 

 

 

 

 

 

Nombres que yo invento para él

 

Mi hermano se llama Benjamín por las mañanas; Carlos Federico por las noches. El humo de cigarro le da un aire de Roberto, el humo que lo peina Baltazar.

A distancia me parece un árbol y lo llamo Árbol, de cerca me parece rumiante y lo llamo Rumiante.

Su nombre de pila es Marco Antonio. Me gusta llamarlo Mauricio los martes y los sábados que abrimos las ventanas y el sonido de una locomotora hace realidad a un tren. Samuel,

te amo, le digo de pronto, pero no puedo amar al Tadeo en quien te has convertido.

En el fondo se llama Julio Cesar. Los martes y los sábados le digo Mauricio, me gusta porque cocinamos sobre una sartén dorada el retrato de un extraño. Cada vez más parecido a él; cada vez más parecido a mí.

 

 

 

 

 

 

 

Nombres que él inventa para mí

 

Si creo que está dormida, se llama Rose Marie. Si creo que está despierta, se llama Marie Rose.

Si me toma de la mano derecha, se llama Carolina. Si me toma de la mano izquierda, se llama Jazmín.

Cada vez que llora y gotea la casa, Berenice.

Al cuarto para la hora, Susana.

Cerca de una lámpara encendida, Helena. Cerca de una lámpara hecha polvo, Beatriz.

Cuando rompemos el entablado de los pisos para ocultar la cabeza, Lidia.

Cuando es noche y debo despojarla de su vestido verde con los fórceps, Verónica.

Cuando sus pies violetas no me alcanzan, Airis.

Cuando me apunta con su vientre de repuesto, Evelyn.

Cuando le piso un tobillo por descuido y amenaza con marcharse, Gema.

Cuando jugamos a los esposos y nos recostamos, cada quien en su sofá y, quiero hablarle, pero ella se levanta a recoger la ceniza de la tarde, Airam.

 

 

[1] Poemas inéditos del libro “Es mi turno”

[2] Poemas incluidos en el libro  La caja de cerrillos (premio nacional de poesía Ramón López Velarde 2013)

 

 

 

 

Treinta seis horas o más

 

Esperemos a que todo pase

recostados, cada quien en su sillón,

esperemos

que se muera el color de las uñas, la ropa tendida al sol y sus fantasmas.

El café amargo de todos los días.

Los ruidos del amor, su chorro de agua.

Los resquicios de esta casa para la que somos unos inútiles.

Los pasos que le damos para andar perdidos siempre.

Quiero dormir después de dormir doce horas seguidas, dice mi hermano. Es mejor dejar

[que pase todo. Le contesto.

El televisor enciende sin reclamos, las molduras de estos muebles se pudren sin pedir

[explicaciones.

Así tú y yo, esperando a que todo pase.

La muerte de una caja de cerillos no tiene remedio. El temor en la cama no tiene remedio.

[La vida huye cuando intentas regresarle un puntapié.

Es bueno saberlo.

Mejor esperar a que reviente la hebra de nuestra histeria. El resorte del odio. El nudo en la

[garganta. La cuerda del mundo.

Dejemos que todo pase

El polvo en el cabello, su prematura caída.

El nido de hormigas, su túnel invisible a cualquier parte.

La humillación.

Los dolores de cabeza. Todo está en el cerebro. El dolor de muelas. El sueño que nos ayuda

[a sonreír ante las bestias.

Esperemos a que pase todo,

con las manos atadas al reloj. Treinta y seis horas o más.

Esperemos.

 

 

 

 

 

 

Homenaje a Ramón López Velarde

(15 de junio de 1888-, 19 de junio de 1921)

El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad

 

Nadie ha nacido para estar sólo. Ni el que lo busca arrancándose como el hijo pródigo de la patria inicial, ni el huido de toda estancia que pueda acercarse a una patria; la patria provinciana, la Jerez de Velarde que también fue quedándose enlutada y sola; ahí es donde imagino al poeta entablando charlas, conversaciones que muy bien pudieran ser la crónica de todo México. Charlas venidas de la contemplación de la vida que hechizó al poeta: «Sólo una cosa sabemos: el mundo es mágico» había escrito.

Llega la soledad al hombre por ella elegido de varias maneras: como una herida que él no quiere que se cierre, apertura de una vida más alta. Llega también filtrándose como veneno, como un insomnio, una aspiración que resulta ser inspiración y, también como una sentencia del tiempo que el soltero evade escribiendo ochos en el piso de la soledad. Pero Velarde quiso casarse con Fuensanta y quiso casarse con Margarita Quijano y quiso casarse con Fe Hermosillo. De ellas, él lo dijo, fue discípulo sentimental. Por ellas fue sabiendo «la o por lo redondo». Así también el poeta habló de la otra mujer, «La suave patria» padeciéndola en guerra, viviendo de su vida y de su muerte.

Ramón López Velarde moría de neumonía y pleuresía en junio de 1921, en la ciudad de México; no en la provincia jerezana como lo había deseado. El pavor de la guerra civil causado por las tropas villistas de Pánfilo Natera le habían arrebatado Jerez, y con él, a sus provincianas vírgenes; Por eso le valió al poeta mejor no regresar a su pueblo natal, «la aldea espectral». Le valió declinar su idea sobre el retorno, le valió esquivar los pasos del solitario, los círculos que el tigre escribe en el piso de la soledad.

 

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Datos Vitales

 

Yamilet Fajardo (Zacatecas, 1989) estudió educación en la Normal Ávila Camacho y Letras por la UAZ. Actualmente cursa la maestría en Filosofía en Historia de la Ideas por la UAZ. Fue becaria del programa de estímulos a la creación y al desarrollo artístico del fondo estatal para cultura y las artes de Zacatecas (emisión 2009-B) y 2013. Ha publicado Susana y los viejos (editorial Texere, Instituto Zacatecano de cultura “Ramón López Velarde”) Su obra La caja de cerillos, una novela en verso ha sido galardonada con el premio “Ramón López Velarde 2013”.