Pulitzer Prize 1991: Mona Van Duyn



Pulitzer Prize 1991: Mona Van Duyn

Aquí la segunda entrega del Premio Pulitzer de Poesía que contendrá una selección de poemas del libro ganador de este certamen, seleccionados y traducidos por David Ruano González y nuestra editora, Andrea Muriel. Se trata de una muestra representativa del trabajo de cada uno de los poetas que han ganado este galardón, uno de los más importantes en lengua inglesa, haciendo un recorrido cronológico de 1990 hasta nuestros días.

En esta ocasión presentamos dos poemas de Mona Van Duyn procedentes del libro ganador en 1991, Near Changes. Además, de 1992 a 1993, Van Duyn fue Poeta Laureada, siendo la primera mujer en conseguir dicho reconocimiento.

Para ver todas las entregas, haz click aquí.

 

 

 

 

 

AMOR TARDÍO

 

“Lo que Dios estaba diciendo, a lo que se refería [en la historia de María y de Martha] era que los placeres de ese cabello, de ese perfume, deben de ser tomados. Porque los accidentes de la muerte nos privarán de ellos demasiado pronto. No debemos privarnos nosotros mismos, ni a nuestros amados, del lujo de nuestros extravagantes afectos. No debemos tratar de ponerlo en duda, negándonos a amar a aquellos a quienes amamos…”

Mary Gordon, Final Payments

 

 

Si en mi mente me caso contigo cada año

es para calmar una extravagancia del amor

con costumbre apagada, pues él se enciende feroz

y salvaje cuando olvido que vivimos

en habitaciones dobles cuya temperatura es controlada

por el termostato apagado del matrimonio.

Necesito la mnemotecnia, ahora que estamos viejos,

de juramentos y ley para rememorarlo.

Nuestros perros están muertos, nuestro hijo nunca se volvió realidad.

Podría acabarme, en mi falta de juicio, todo

el suministro humano de calor en ti

antes de poder pensar en los otros y desviarme.

“El amor” es encontrar querido lo familiar.

“Enamorado” es que te tomen desprevenido.

Una vez, en la sospechosa cara que usas,

y otra vez, en la valoración de tus ojos,

tú cambias, y con una nueva dulce o hiriente palabra

encuentras nuevas entradas a mi más recóndito nervio.

Cuando te paras frente a la estufa, soy yo quien se revuelve.

Cuando terminas de trabajar yo descanso sin reservas.

En el día, algunas veces, nuestra carrera con tres piernas parece lenta.

Discusión adelante, nos fastidiamos por estar tan cerca.

Pero durante la noche nos recostamos como cuartos crecientes de Velcro,

volteándonos juntos hasta que nos re-adherimos.

Desde ti, con pasos largos y una mejor visión,

me apuro a mí misma, para mantenerme en condición,

con luz y renunciando de por vida a comidas de humo.

Como cuando un coleccionista atrapa dos Monarcas de una

sola vez, cuyos frescos vuelos van de una hacia la otra

debajo de la red, así en nuestros votos yo re-imagino

y re-invoco aquello que nos mantiene juntos ya viejos.

Lo que intentas dar es más de lo que yo quiero recibir,

aún así cada mes cuando sostienes las tijeras para nuestra cita

y mi cabello recortado cae y cubre tus pies, yo creo

que la casa se ha llenado de nuevo con el olor del perfume.

Traducción por Andrea Muriel

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CAMBIOS CERCANOS

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sacado del “The Year’s Top Trivia,”

Sandford Teller, Information Please Almanac, 1979

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“Bob Holt, un hombre de 20 años de Seattle,

iba caminando tranquilamente hacia el centro,

disfrazado como un ánade real,

cuando fue —sin razón aparente—

atacado por un fortachón, de-6-pies-de-altura,

y barbado extraño.

El perpetrador lo hizo girar de un ala,

le arrancó su pico de pato,

le pegó con él en la cabeza,

y corrió lejos.

Holt, que iba disfrazado como un pato

para promocionar una estación de radio,

no se podía explicar el incidente.

Le dijo a la policía,

‘No hablé con él,

no batí mis alas

ni hice algo parecido.’ ”

 

¿Esto es una dato curioso, después de todo,

o una historia profunda?

Los dioses solían hacer esto,

a los mortales y a ellos mismos,

a veces por misericordia,

a veces por un poder ciego y despiadado;

pero el resto de nosotros solamente lo anhela en raras ocasiones

de nuestras inalterables vidas para darle un sentido,

de cómo se sentiría ser toro o cisne,

o una araña obsesivamente tejedora o incluso

ser el podado y saqueado

árbol de la bahía,

porque “Salir de sí mismo…,” dice Vargas Llosa,

“es una manera… de experimentar

los riesgos de la libertad”.

Con la ayuda de plumas de papel

abastecidas por una estación de radio local,

amoldándose a su nuevo estado,

llegando a tener una cabeza verde, un pecho rojizo,

con un vistoso anillo blanco en el cuello y un pico amarillo,

caminando silenciosamente,

un hombre de Seattle empezó a convertirse aviario

en una calle del centro,

aunque la metamorfosis fue completada a medias

ya que él no podía decir más tarde,

“No le grazné”,

pero les pudo decir a los detectives, “No moví mis alas

ni hice algo parecido.”

 

¿Y el extraño barbado?

Profético como Leda, él sintió la presencia

que para los demás no era evidente,

y sólo estaba protegiendo su nido,

el tabique y el concreto de Sears y las estaciones de servicio

donde el brazo que termina en cuatro dedos

y un pulgar oponible

al toque de un botón

calienta y enfría la piel vulnerable

y al cerebro en su querida caja de labios vaciándose de lenguaje

e ilumina los ocultamientos del espacio

y atrae la cadencia de los autos

y a Beethoven para cubrir

la silenciosa rotación del mundo,

cuyo botón está más allá de su alcance,

a no ser que de regreso al nido, con un toque alado

de la imaginación humana,

se transformen antiguas creencias

–quizas por misericordia,

quizas por ciega inclemencia–

en las vastas y silenciosas aguas,

por cuya costa de juncos

Bob Holt estaba bordeando para aterrizar,

sin batir sus alas.

Traducción por David Ruano González

 .

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LATE LOVING

 

“What Christ was saying, what he meant [in the story of Mary and Martha] was that the pleasures of that hair, that ointment, must be taken. Because the accidents of death would deprive us soon enough. We must not deprive ourselves, our loved ones, of the luxury of our extravagant affections. We must not try to second-guess by refusing to love the ones we loved . . .”—Mary Gordon, Final Payments

 

If in my mind I marry you every year

it is to calm an extravagance of love

with dousing custom, for it flames up fierce

and wild whenever I forget that we live

in double rooms whose temperature’s controlled

by matrimony’s turned-down thermostat.

I need the mnemonics, now that we are old,

of oath and law in rememorizing that.

Our dogs are dead, our child never came true.

I might use up, in my weak-mindedness,

the whole human supply of warmth on you

before I could think of others and digress.

“Love” is finding the familiar dear.

“In love” is to be taken by surprise.

Over, in the shifty face you wear,

and over, in the assessments of your eyes,

you change, and with new sweet or barbed word

find out new entrances to my inmost nerve.

When you stand at the stove it’s I who am most stirred.

When you finish work I rest without reserve.

Daytimes, sometimes, our three-legged race seems slow.

Squabbling onward, we chafe from being so near.

But all night long we lie like crescents of Velcro,

turning together till we readhere.

Since you, with longer stride and better vision,

my hurrying self, to keep it in condition,

with light and life-renouncing meals of smoke.

As when a collector scoops two Monarchs in

at once, whose fresh flights to and from each other

are netted down, so in vows I re-imagine

I re-invoke what keeps us stale together.

What you try to give is more than I want to receive,

yet each month when you pick up scissors for our appointment

and my cut hair falls and covers your feet I believe

that the house is filled again with the odor of ointment.

 .

 .

 

 

NEAR CHANGES

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           from “The Year’s Top Trivia,”

           Sanford Teller, Information Please Almanac, 1979

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“Bob Holt, a 20-year old Seattle man,

was quietly walking on a downtown street,

disguised as a mallard duck,

when he was–for no apparent reason–

attacked by a husky, 6-foot tall

bearded stranger.

The perpetrator spun him around by one wing,

tore off his duck bill,

hit him over the head with it,

and ran away.

Holt, who was dressed as a duck

to promote a local radio station,

had no explanation for the incident.

He told police,

‘I didn’t speak to him,

I didn’t flap my wings

or do anything like that.’”

 

Is this trivia, after all,

or a profound story?

The gods used to do it,

to themselves and to mortals,

sometimes in mercy,

sometimes out of blind merciless power,

but the rest of us only yearn in odd moments

of our fixed lives for the sense of it,

of how it would feel to be bull or swan,

or obsessively weaving spider or even

the plucked and plundered

tree of bay,

for “Emerging from one’s own self…,” says Llosa,

“is a way…of experiencing

the risks of freedom.”

With the help of paper feathers

supplied by a local radio station,

settling into his new shape,

having become green-headed, rufous-breasted,

with bold white neckring and yellow bill,

walking quietly along,

a Seattle man began to turn avian

on a downtown street,

though the metamorphosis was only half completed

since he could not quite say later,

“I didn’t quack at him,”

but could say to fact-finders, “I didn’t flap my wings

or do anything like that.”

 

And the bearded stranger?

Prescient as Leda, he sensed the presence

which to others was not apparent,

and was only protecting his nest,

the brick and concrete of Sears and service stations

where the arm that ends in four fingers

and an opposable thumb

at one touch of a button

warms and cools the vulnerable flesh

and the brain in its dear, lip-voiding box of language

and lights the concealments of space

and brings forth the cadence of cars

and Beethoven to cover

the soundless spin of the globe

whose button is beyond its reach,

lest that nest return, at the wingéd touch

of the human imagination,

which transforms past belief,

sometimes in mercy,

sometimes in blind mercilessness,

to vast and silent waters

toward whose reedy edge

Bob Holt was coasting in for a landing,

without flapping his wings.

.

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Datos vitales

Mona Van Duyn (1921-2004) es una de las poetas más representativas de la literatura norteamericana del siglo XX. Originaria del estado de Iowa, dio clases en la Iowa State Teachers College y en la University of Iowa. Ganadora de los premios de poesía más importantes de su país como el Bollingen Prize (1971), National Book Award (1971) y el Pulitzer por su libro Near Changes (1991). De 1992 a 1993, fue Poeta Laureada, siendo la primera mujer en conseguir dicho reconocimiento. Murió de cáncer a la edad de 83 años.