Poesía Británica: Amy Blakemore



En esta entrega de nuestro dossier de poesía británica contemporánea curado y traducido por Luis David Palacios, presentamos la poesía de Amy Blakemore (Londres, 1991). Es una de las voces más llamativas de la poesía joven británica. Su primer libro, Humbert Summer (2014), ganó el Melita Hume Poetry Prize. Poemas suyos aparecen en revistas como: Poetry London, The Morning Star, FuseLit, Magma, Brittle Star, Rising, Cadaverine, S/S/Y/K. Fue ganadora del Foyle Yung Poet en dos ocasiones (2007 y 2008). Es editora de la revista digital, Pomegranate. Estudió Lengua y Literatura en Oxford.

 

 

 

 

 

Cangrejo en una caja de poliestireno

 

Atraviesas las rocas alimentadas de verde

sobre un lecho escamoso de hielo, lejísimos

de tu cálida boca del charco,

con su oferta marginal de algas.

 

Cangrejo en una caja de poliestireno,

tus ojos siguen aún imposiblemente minúsculos,

pero el decodificado disco de tu cerebro, rugoso, hace

recordar los domingos apretados de peces,

 

la mano de tu hermana enhebrando orquídeas

¿como cuando eran sacadas en el desorden del agua?

Discotecas en el fémur de un marinero muerto,

danzas de jorobado.

 

Cangrejo muerto en una caja de poliestireno,

en venta en un lugar de mercado –

¿se retuercen alguna vez las anguilas junto a ti

en su húmeda muerte de caucho?

 

Pregúntate ¿por qué no te esforzaste más

en romper las cuerdas,

desenredar las redes?

 

 

 

La Virgen de Guadalupe

 

Desde el patio al parque,

arrancó indiscriminadamente,

 

su profundo cabello como una

bandera; goteando de católica,

 

violetas y dorados rosarios

en cada temblorosa coyuntura de su cuerpo;

 

listón de terciopelo y retazos de lúrex,

azules Marías y Teresas.

 

A través de la ciudad abrió una senda,

su boca se volvió una trampa de fuego;

 

olía a los hombres

de motocicletas y ephemeras vintage.

 

La llamaron Virgen de Guadalupe

por todas sus rosas clavadas, su lloroso mesías;

 

sin embargo, el nombre resultó irónico.

Oíste que fue madre

 

ruidosamente detrás

de la parada del autobús al anochecer.

 

Su cabello ardería en el verano

y los santuarios que mantuvo detrás de sus oídos se derretirían,

 

lloraría a través de la ciudad usando sólo calcetines

y no mucho más.

 

No pasará mucho, mira,

antes de que no vuelva llorar–

 

se convierte en leyenda

para las celebridades de alcantarilla

 

y quizá

limpia habitaciones de un hotel cualquiera.

 

 

 

Los huéspedes

 

Eres niña, imagínate.

Te detienes en la puerta para ver a los huéspedes

durmiendo como caimanes en sillones y sofás cama.

 

Son amantes o amigos de tus padres.

 

Los ves porque yacen entre ti y la televisión.

 

Te detienes porque los pliegues de sus ojos

forman una costra amarilla como cuevas de sal,

parecen un poco viejos, un poco sabios,

 

y porque sientes el aliento de sus ronquidos;

cortados del amargo aire de la mañana,

forman estatuas de resina pegajosa cuando no estás ahí,

 

nacarados picos de paloma o mujeres en vestido de noche

 

que te dirán quiénes son estos extraños.

 

 

 

 

 

Crab in a Polystyrene Crate

 

You are spiking rocks green-fed

in flaking ice-bed so far from

your tepid rock-pool mouth

with its tender fringe of algae.

 

Crab in a polystyrene crate,

your eyes are still so impossibly small,

but does your sidecoded disc-brain, ridged,

remember minnow-crushing Sundays,

 

your sister’s hand like stringing orchids

as they were lifted in the swash?

Discos on a dead sailor’s femur

humpbacked quicksteps.

 

Dead crab in a polystyrene crate,

for sale in a market stall –

do the eels beside you sometimes writhe

through their rubber death damp?

 

Ask you why you didn’t try harder

to snap the ropes,

un-net the nets?

 

The Virgin of Guadalupe

 

From the playground to the park,

she tore indiscriminately,

 

her hair wide behind her like a

flag; dripping with catholica,

 

purple and gold rosaries

at the snaky body’s every juncture;

 

velvet ribbon and scraps of lurex,

blue Marys and Theresas.

 

Through the city she blazed a trail,

her mouth became a firetrap;

 

she smelt of men

with motorbikes and vintage ephemera.

 

They called her The Virgin of Guadalupe,

for all her nailgunned roses, her weeping messiahs;

 

though the name was ironic.

You heard she mothered

 

noisily behind

the bus shelter at dusk.

 

In the summer her hair would burn

and the shrines she kept behind her ears would melt,

 

she’d tear through the city in ankle socks

and not much else.

 

It won’t be long you see,

before she tears no more –

 

becomes a legend

for the sewer’s glitterati

 

and perhaps

cleans rooms in a hotel somewhere.

 

The Guest

 

You are a child, imagine it.

You stop at doorways to squint at guest

sleeping like alligators on sofas and sofabeds.

 

They are your parents’ lovers or friends.

 

You watch them because they lie between you and the television.

 

You stop because the creases of their eyes

are crusted yellow like salt caves,

seem a little old, a little wise,

 

and because you feel their snoring breaths,

hacked from the sour morning air

form tacky resin statuettes when you aren’t there

 

of pearly-beaked doves or women in ball gowns

 

that will tell you who these strangers are.