Poesía norteamericana: Brigit Pegeen Kelly



Presentamos en Círculo de Poesía el poema Canción, de la poeta estadounidense Brigit Pegeen Kelly (1951-2016), en versión del escritor costarricense Gustavo Solórzano-Alfaro. Brigit Pegeen Kelly enseñó en varias universidades de su país. Entres varios reconocimientos, fue finalista del Pulitzer, obtuvo la beca del Fondo Nacional para las Artes y el premio de poesía Lamont, por Canción. Su último libro fue Poems: Song and the Orchard (2008).

 

 

 

Canción

 

Escuchen: había una cabeza de cabra colgando en un árbol.

Toda la noche colgó ahí y cantó. Y aquellos que la oyeron

sintieron una herida en su corazón y creyeron que escuchaban

la canción de un pájaro nocturno. Se levantaron de sus camas

y luego se acostaron de nuevo. En el viento de la noche la cabeza de la cabra

se balanceó de un lado a otro y desde lejos brillaba débilmente,

igual que la luna se reflejaba por millas en la línea del tren

junto a la cual yacía el cuerpo sin cabeza de la cabra. Unos muchachos

le cortaron la cabeza. Fue más difícil de lo que se imaginaron.

La cabra lloró como un hombre y les dio pelea. Pero ellos

terminaron el trabajo. Colgaron la cabeza sangrante cerca de la escuela

y después se fueron corriendo en la oscuridad que parece ocultarlo todo.

La cabeza colgó en el árbol. El cuerpo se quedó en las vías.

La cabeza llamaba al cuerpo. El cuerpo a la cabeza.

Se extrañaban  mutuamente. La ausencia creció entre ellos,

hasta que arrancó el corazón del cuerpo, hasta

que el ahogado corazón voló hacia la cabeza, como las aves

de vuelta a su jaula y a la conocida percha donde trinan.

Entonces el corazón cantó en la cabeza, suave y luego fuerte;

cantó mucho rato y bajito hasta que la luz de la mañana apareció sobre

la escuela y el árbol; entonces el canto se detuvo.

La cabra perteneció a una muchachita. Le había puesto

Espina Rota Dulce Mora, nombrada así

por el arbusto de estrellas de la noche, porque el sedoso pelo de la cabra

era oscuro como el agua de un pozo, porque tenía ojos como frutos silvestres.

La muchacha vivía cerca de una vía férrea elevada. En la noche

ella escuchaba el tren pasar, el dulce sonido del pito del tren

se derramaba suave sobre su cama, y cada mañana ella se levantaba

para darle a la cabra que balaba su balde de leche dulce. Le cantaba

canciones sobre muchachas con sogas y cocineros en barcos.

La peinaba con un peine duro. Soñaba diariamente

que la cabra se haría más grande, y lo hizo. Ella pensó

que su ensueño lo había logrado. Pero un día la muchacha no escuchó el tren

y a la mañana siguiente se despertó ante un jardín vacío. La cabra

ya no estaba. Todo se veía raro. Era como si una tormenta

hubiese pasado mientras dormía, viento y piedras, lluvia

que arrancó las ramas frutales. Ella supo que alguien

había robado la cabra y que había venido a causar daño. Llamó

a la cabra. Toda la mañana y durante la tarde, llamó

y llamó. Caminó y caminó. En su pecho un mal presentimiento,

como el presentimiento de las piedras cuyos bordes se erosionan

bajo los pies descalzos. Entonces alguien encontró el cuerpo de la cabra

por la vía elevada, las moscas alrededor llenaban sus suaves botellas

en el cuello rasgado. Luego otro descubrió la cabeza

colgando en el árbol de la escuela. Se apresuraron

a ocultar las partes para que la muchacha no las viera.

Corrieron para recaudar plata para comprarle otra cabra.

Corrieron para encontrar a los responsables, para oírlos

decir que había sido una broma, nada más que una broma…

Pero escuchen: el punto es este. Los muchachos pensaron

en divertirse y listo. Fue más duro

de lo que se imaginaron –ese tonto sacrificio– pero terminaron el trabajo.

Silbando mientras se lavaban sus grandes manos en la oscuridad,

lo que no sabían era que la cabeza de la cabra ya estaba

cantando tras ellos en el árbol. Lo que no sabían

era que la cabeza seguiría cantando, solo para ellos,

mucho después de que hubiesen bajado las sogas y que ellos aprendieran a escuchar;

balde tras balde, golpe tras golpe, ellos se despertarían

en la noche creyendo que escuchaban el viento entre los árboles

o un pájaro nocturno, pero su corazón latiría más rápido. Habría

un silbido, un zumbido, un murmullo fuerte, y al final, una canción.

La humilde canción que cantan unos muchachos perdidos que recuerdan el llamado de

su madre.

No una canción cruel, no, no, para nada cruel. Esta canción

es dulce. Sí, es dulce. El corazón muere por su dulzura.

 

 

 

Song

 

Listen: there was a goat’s head hanging by ropes in a tree.

All night it hung there and sang. And those who heard it

Felt a hurt in their hearts and thought they were hearing

The song of a night bird. They got up in their beds, and then

They lay back down again. In the night wind, the goat’s head

Swayed back and forth, and from far off it shone faintly

The way the moonlight shines on the train track miles away

Besides which the goat’s headless body lay. Some boys

Had hacked its head off. It was harder work than they had imagined.

The goat cried like a man and struggled hard. But they

Finished the job. They hung the bleeding head by the school

And then ran off into the darkness that seems to hide everything.

The head hung in the tree. The body lay by the tracks.

The head called to the body. The body to the head.

They missed each other. The missing grew large between them,

Until it pulled the heart right out of the body, until

The drawn heart flew toward the head, flew as a bird flies

Back to its cage and the familiar perch from which it trills.

Then the heart sang in the head, softly at first and then louder,

Sang long and low until the morning light came up over

The school and over the tree, and then the singing stopped….

The goat had belonged to a small girl. She named

The goat Broken Thorn Sweet Blackberry,named it after

The night’s bush of stars, because the goat’s silky hair

Was dark as well water, because it had eyes like wild fruit.

The girl lived near a high railroad track. At night

She heard the trains passing, the sweet sound of the train’s horn

Pouring softly over her bed, and each morning she woke

To give the bleating goat his pail of warm milk. She sang

Him songs about about girls with ropes and cooks in boats.

She brushed him with a stiff brush.She dreamed daily

That he grew bigger, and he did. She thought her dreaming

Made it so. But one night the girl didn’t hear the train’s horn,

And the next morning she woke to an empty yard. The goat

Was gone. Everything looked strange. It was as if a storm

Had passed through while she slept, wind and stones, rain

Stripping the branches of fruit. She knew that someone

Had stolen the goat and that he had come to harm. She called

To him. All morning and into the afternoon, she called

And called. She walked and walked. In her chest a bad feeling

Like the feeling of the stones gouging the soft undersides

Of her bare feet. Then somebody found the goat’s body

By the high tracks, the flies already filling their soft bottles

At the goat’s torn neck. Then somebody found the head

Hanging in a tree by the school. They hurried to take

These things away so that the girl would not see them.

They hurried to raise money to buy the girl another goat.

They hurried to find the boys who had done this, to hear

Them say it was a joke, a joke, it was nothing but a joke….

But listen: here is the point. The boys thought to have

Their fun and be done with it. It was harder work than they

Had imagined, this silly sacrifice, but they finished the job,

Whistling as they washed their large hands in the dark,

What they didn’t know was that the goat’s head was already

Singing behind them in the tree. What they didn’t know

Was that the goat’s head would go on singing, just for them,

Long after the ropes were down, and that they would learn to listen,

Pail after pail, stroke after patient stroke. They would

Wake in the night thinking they heard the wind in the trees

Or a night bird, but their hearts beating harder. There

Would be a whistle, a hum, a high murmur, and, at last, a song.

The low song a lost boy sings remembering his mother’s call.

Not a cruel song, no, no, not cruel at all. This song

Is sweet. It is sweet. The heart dies of this sweetness.