Carta contra el lenguaje: Sean Bonney



Presentamos, en versión de Daniela Nieto, un texto sobre poética del escritor británico Sean Bonney (Brighton, 1969). Su trabajo que refleja la situación política contemporánea, la crudeza de la guerra y los padecimientos de los refugiados. Recoge la voz de las calles y de los guetos y de aquellos que han sido despojados de todo. Ha publicado Notes on Heresy (2001, Writers Forum), Poisons, Their Antidotes (2003, West House Books), Blade Pitch Control Unit (2005, Salt Publishing), Document: Hexprogress (2006, yt communication), Black Water (2006, yt communication), Baudelaire in English(2008, Veer Books), Document: Poems, Diagrams, Manifestos July 7th 2005–June 27th 2007 (2009, Barque Press), entre otros libros. Es editor del sello Yt Communication.

 

 

 

 

CARTA CONTRA EL LENGUAJE

 

 

Dios ha escogido precisamente lo que no existe para reducir a nada lo que existe.

SAN PABLO

 

Los criminales de la Visión son un asunto totalmente diferente.

PASOLINI

 

Así que me mudé a un nuevo país, una nueva ciudad. El efecto no es muy diferente a rasgarte el nombre de la cara para finalmente tropezar con los secretos de las técnicas arcaicas de la invisibilidad. O al menos eso es lo que me digo tras haber estado despierto durante varios días. La invisibilidad es, en su sentido más simple, la visibilidad amplificada al máximo. De todos modos, cuando llegué por primera vez, caminaba a todas partes, al azar absoluto, a veces con los ojos cerrados, a veces abiertos. Cuando te sientes así de vivo, es decir, no ‘vivo’ en algún sentido al que te hayas acostumbrado, sino absolutamente perdido, entonces, las distinciones entre los sueños y lo que se ve, entre lo que sea que se supone que son la vigilia y la visión, dejan de tener tanto sentido. Durante mucho tiempo simplemente estuve vagando en las partes más populares de la ciudad. Siendo honesto, no estoy realmente seguro de por qué —quiero decir, entiendo que son populares por una razón, pero no estoy particularmente interesado en algún lugar en específico. Así que comencé a aventurarme más allá de los extraños círculos externos con nombres extraños e impronunciables —y con eso no me refiero a ‘impronunciable’ sólo para alguien que no habla el idioma, sino hasta para las personas que viven allí. Hay algunas extrañas puertas rojas por ahí. Algunos paisajes bastante extraños. Por alguna razón comencé a pensar en Pasolini. Para ser más específicos, en la escena al final de Theorem, donde el padre –después de haber entregado su fábrica a la fuerza laboral, y luego de haber intentado recoger a un niño en una estación de ferrocarril y fracasar, se quita la ropa y se desvía hacia algún extraño paisaje volcánico o desértico y, al entrar en ese paisaje, grita. Hace unos días le conté a un amigo que tomé ese grito para contener todo lo que tiene sentido en la palabra ‘comunismo’, o mejor dicho, lo que sea que la gente como nosotros quiere decir cuando usamos esa palabra, que es, como los dos sabemos muy bien, algo diferente a lo que el diccionario del mundo visible le gusta decir que significa. Sabes de qué estoy hablando. Una especie de agudo chillido metálico. Impronunciable. Inaudible. Estoy obsesionada con Pasolini. Hoy pegué una foto de él desnudo en la pared de mi oficina —eso ayuda, me ayuda cuando trato de pensar en ese grito, en la toxicidad y en la audibilidad, en el extraño silencio en el que vivo dentro, justo en medio de la estruendosa sordera de esta ciudad. Algún estudioso escribió una vez sobre Pasolini que “deberíamos bajar el volumen de sus sermones políticos y escuchar lo que susurró en su trabajo”, lo cual es muy estúpido, porque la política está precisamente dentro de esos susurros o, más bien, de aquellos apenas audibles chillidos. Debería estar familiarizado con el guión inacabado de San Pablo —el fragmento cuando cita a los Corintios sobre “escuchar cosas inexpresables, cosas que no podemos decir”. Me obsesioné con eso por un tiempo. No me malinterpretes. No estoy a punto de desaparecer en algún tipo de Nube de lo Desconocido, o, peor aún, en una poesía experimental cómodamente opaca. Quiero decir, a la mierda eso. En uno de los últimos ensayos que escribió, Pasolini dejó muy en claro lo que podría implicar “cosas inexpresables”, o cosas que “no podemos decir”. Son nombres. “Sé los nombres”, escribió, en aquel ensayo publicado en 1974. Los nombres de los que forman parte de los diversos comités. Los “nombres de los responsables de las masacres”. Los nombres del poder. Las sílabas prohibidas. Los nombres de aquellos cuyos nombres son imposibles de pronunciar en ciertas combinaciones y simplemente siguen viviendo. Y, obviamente, esto tiene muy poco que ver con lo que ciertos idiotas todavía llaman “magia”, lo que significa que tiene todo que ver con eso. Pero en fin, estaba pensando en todo esto y, al mismo tiempo, seguí caminando cada vez más lejos de la ciudad, en círculos cada vez más amplios, hasta que mi propio diálogo interior, si es que puedo ser señalado de tener tal cosa, parecía venir a mí en un idioma con el que ya no me podría comprometer, ni comprender, ni siquiera escuchar. Tal vez podría olerlo. Pero en fin. Cosas que no podemos decir. Cosas inexpresables. Responsabilidad. Transparencia. Bla, bla, bla. Hölderlin lo llamó el nefas. ¿Sabes? Cultos de misterio y etcétera. Revelando los secretos. La saliva de los jueces. Masticando cartílago y hueso. Y podríamos, si quisiéramos, pensé, dar vueltas y más vueltas en círculos de 920 grados, podríamos traducir todo eso a la geografía, por lo que esas sílabas-salpicaduras impronunciables se convertirían en los discos del paisaje insalvable. La célula de la muerte. El pozo de la plaga. La ciudad o el sol. Utopía. Todos los sueños de aquellos que ni creen ni recuerdan sus sueños. “Porque eso es lo trágico con nosotros”, escribió Hölderlin, en algún momento antes de vagar por las montañas y con su cabeza dividida por Dios sabe qué estadística infernal, “para irse al reino de los vivos en total silencio guardado en algún tipo de contenedor, no para pagar por las llamas que no hemos podido controlar al ser consumidos en el fuego”. Qué metáfora, ¿eh? Y uno cuyas implicaciones van más lejos que cualquier otra cosa que Hölderlin hubiera podido reconocer. Quiero decir, ahora mismo. “El reino de los vivos”. “Empacado en algún tipo de contenedor “. “En total silencio”. A medida que se elevan las fronteras. A medida que se afilan los dientes. Y mientras caminaba, me preguntaba de quién era “el reino de los vivos “y de quién era ese “total silencio”, y si los nombres inexpresables que Pasolini había pronunciado eran de ese silencio o no, y si los que tenían, o poseían, esos nombres, eran de los vivos, o no. Porque a veces en la obra de Pasolini, en el trabajo tardío, pareciera como si la propia utopía fuera la necrópolis, un anillo de barrios marginales, un círculo alrededor de la ciudad, una “fuerza del pasado”, desgarrando el presente, una fiebre desértica, proveniente del futuro, a una distancia inexpresable, inconsolable. Y aquel dueño de la fábrica que gritaba, en la última escena del Theorem, estaba gritando porque estaba entrando en el “reino de los vivos”, o porque lo estaba dejando. No lo sé. Ni siquiera es un grito, realmente. Es más una cosa muerta, una escofina. Y mientras pensaba esto, de repente me di cuenta de que ya no estaba caminando, porque no había nada sobre lo que caminar, ni a través de dónde, ni nada. Vaga impresión de un anillo de casas o huesos. Vago sentido de que podría entrar en cualquiera de ellos. Que nadie podría detenerme. Que sería tan invisible como cualquier persona viva, como cualquier cadáver. Está bien. Rimbaud. En fin. Como el burgués que soy, fui a buscar una parada de autobús. Pero no pude encontrar una, así que, como la persona que solía ser, me acosté en la inmundicia del camino e hice todo lo posible por ignorar las señales conformistas que las estrellas intentaban arrojar en mi camino. Como una sábana áspera y envejecida. La relación salarial. Los centavos sobre mis ojos. Y el sol saliendo. O tal vez no. Quizá alguien lo había aplastado. Al igual que la mirada ciega de los vivos ha sido destrozada. Como el ‘silencio total’ de Hölderlin, extático y lleno de ruidos, se ha roto. Pero como sea. Parecía que estaba sentado en un banco en algún lugar, con un hombre viejo, compartiendo una cerveza y todos los huesos delgados y vacíos, y el lenguaje que usábamos no era el inglés ni el alemán ni el lenguaje de mierda que se supone que debe usar una persona en este reino de los vivos o este el reino de los muertos y, bueno, le estaba hablando a él sobre Pasolini, sobre cómo en la última entrevista que dio, pocas horas antes de morir, admitió su creencia en la magia y habló de cómo esa magia no se podía encontrar simplemente al saber cómo pronunciar los llamados nombres impronunciables, sino, más concretamente, al saber cómo traducir esos nombres a pura ira, lo que significa el conocimiento de cómo habitar la palabra “no”, su paisaje y su geografía. No, por supuesto, el apretado “no” de los guardias fronterizos y del resto. Más bien “no” como estando al otro lado del sol. Y no sé si estaba usando palabras en absoluto, o simplemente algún tipo de estructura de chillidos apenas audibles, pero todavía estaba hablando de Pasolini, acerca de su poema “Victory”, donde él tiene los cuerpos de los Partisanos saliendo de sus tumbas y marchando, con todo el silencio de la simple palabra “no”, hacia las ciudades de abajo. Horrorizados por lo que encuentran allí, por el residuo de aquello por lo que pensaron que murieron, se dan la vuelta y regresan a sus agujeros en la tierra. Y aunque es un poema de gran amargura y derrota, todavía lleva en su interior un sentido de cómo continuar, de cómo no capitular frente a lo que sea que esté separando los nombres, nuestros nombres, rompiéndolos, hasta que sus significados se transforman en algo terminal y extraño, extraño como el lastimoso gemido que murmuré mientras me levantaba y me tambaleaba hacia mi piso rentado en una de las zonas más populares de esta ciudad desesperadamente gentrificada y embrujada. Aun con gran rapidez, miré al espacio por un rato y luego te escribí esto. Espero que no te importe que no haya estado en contacto durante tanto tiempo. No estamos completamente indefinidos. Todavía no hemos sido consumidos en fuego.