Sobre el erotismo en la poesía de Mario Bojórquez. Ensayo de Eder Elber Fabián Pérez



Sobre el erotismo en la poesía de Mario Bojórquez. Ensayo de Eder Elber Fabián Pérez

Presentamos un ensayo de Eder Elber Fabián Pérez que reflexiona el erotismo en la poesía de Mario Bojórquez. Este texto fue leído en el homenaje que recibió Mario Bojórquez dentro del marco del Encuentro de Escritores Jóvenes de la UAM-I.

 

 

 

 

El erotismo en la poesía de Mario Bojórquez

 

Tus dientes caen, degüellan,

Rindo el sentido.

Tómame.

Deshónrame, sométeme, contrístate, obedéceme

Abigael Bohorquez.

 

La trayectoria poética y ensayística de Mario Bojórquez es indiscutible, su obra ha sido premiada en múltiples ocasiones. Con su primer poemario Pájaros Sueltos recibe el Premio Estatal de Literatura de Baja California. En 1995 se le otorga el Premio Abigael Bohórquez  por Invocación al mar. En 1996 gana el Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura por La mujer disuelta. En el mismo año es distinguido con el Premio Enriqueta Ochoa por Contradanza de pie y de barro.

Con el poemario El deseo postergado en el 2007 recibe uno de los laureles más importantes de nuestro país como lo es el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (antes conocido como Premio Nacional de Poesía Aguascalientes), galardón otorgado a los máximos representantes de la poesía mexicana. Sólo por citar algunos nombres de gran relevancia dentro de la poesía mexicana a los cuales se les otorgó tal galardón, habría que mencionar a poetas como Juan Bañuelos, José Emilio Pacheco, Alejandro Aura, Eduardo Lizalde, Hugo Gutiérrez Vega, Coral Bracho, entre otros.  

En el 2012 recibe el Premio Alhambra de Poesía Americana por obra publicada en España por El deseo postergado elegido entre más de cien poemarios de veintidós países. Ganador del Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas en el 2010 por  Alteridad y poesía. Antología apócrifa de ensayos sobre la heteronimia en la poesía iberoamericana actual. Ha traducido a diversos poetas como Fernando Pessoa, Umberto Saba, Omar Khayyam, Wole Syinka, entre otros[1]. Faltaría espacio para destacar su labor como docente, editor[2] y colaborador en distintas instituciones y revistas del país.

En palabras del escritor, poeta y académico Eduardo Lizalde, Mario Bojórquez evoca la figura de un escritor con vasta cultura, estableciéndose como uno de los poetas con  más brío en la nación: “Considero a Mario Bojórquez como uno de los más talentosos poetas de su generación, quien es autor ya de una obra considerable y que además se caracteriza desde la juventud por su sólida cultura así como por sus notables dotes de ensayista y de traductor de poetas  y escritores de varias lenguas. Doy aquí constancia de mi entusiasmo por su obra”. Su obra poética ha sido traducida a diversos idiomas (entre ellos destaca el inglés, el macedonio, el portugués, el italiano, el alemán, el francés, el catalán, el chino, el griego y el rumano) constatando la atracción que acaban sintiendo académicos, poetas y el público en general por su obra.

La poesía que emana de la pluma de Mario Bojórquez tiende a seducirnos tanto por sus formas líricas como por sus temáticas y sus recursos técnicos. La influencia que ha recibido el poeta mochiteco es notable no sólo porque acaba por asimilarla  reconstruyéndola para sus fines poéticos. En su obra poética encontramos una variedad de temas como: el amor, el odio, la nostalgia, el recuerdo, el deseo, etc. Muchas de estas temáticas convergen al unísono en sus poemarios, ofreciéndonos una gran gama de sentimientos y emociones, las cuales alcanzan a permear en nuestra alma.

Uno de los rasgos más atrayentes en la poesía de Mario Bojórquez es su carácter erótico. En palabras del propio poeta el erotismo se vuelve una “forma sublime del amor sexual, donde el placer nunca llega a cumplirse, es una imposibilidad existencial”. Esta temática se vuelve recurrente en toda su obra, presentándose de formas diversas. En algunas ocasiones el erotismo acaba vinculándose con la naturaleza, retornando a su lado primigenio. En otras, lo erótico se vuelve una utopía, algo inalcanzable donde confluyen sentimientos antitéticos como el dolor y el amor, la entrega y la decepción.

Desde tiempos remotos se habla de una literatura erótica, donde las palabras producen un placer o un goce estético en el receptor. Se conoce que las distintas manifestaciones de la literatura erótica se originaron en varias naciones, desde el Antiguo Egipto, pasando por la Grecia Antigua, hasta el Oriente medio. En cada una de estas zonas la literatura erótica se desarrolló de formas disímiles: como historia o narración corta, como cuento, o bien, mediante formas teatrales o como manual. Sin embargo, donde podemos hallar la verdadera forma del erotismo en su máximo esplendor es en la expresión poética, en ella la sensualidad, la atracción, la magia, el pulso de la vida y demás sentimientos acaban por congregarse alrededor del poema. Al respecto Bojórquez comenta: “El erotismo es uno de los temas fundamentales de la poesía de todos los tiempos, desde los griegos y los latinos es una presencia fulgurante en la escritura, modelos como los de Safo y Anacreonte entre los griegos y entre los latinos Catulo u Ovidio han servido a las generaciones y lenguas posteriores para seguir fijando ese singular asunto que nos convoca a todos”.

Toda forma erótica queda conformada por un lenguaje preciso que seduce y atrapa  al lector. Como Octavio Paz precisa: “El lenguaje sonidos que emiten sentidos, trazo material que denota ideas incorpóreas es capaz de dar nombre a lo más fugitivo y evanescente: la sensación.” El lenguaje que emplea el poeta atrae al otro, crea sensaciones y fantasías que sólo un poema admirable llega a causar. Alex Grijelmo señala que la seducción del lenguaje proviene de “un intelecto, pero no se dirige a la zona racional de quien recibe el enunciado, sino a sus emociones.” En los poemas de Bojórquez el intelecto queda ligado a un lenguaje preciso, empleando metáforas atrayentes para que los lectores queden hipnotizados ante sus versos.

Nuestra nación ha gozado de una gran tradición de poesía erótica desde tiempos remotos[3]. Jaramillo Levi da cuenta de ello: “No sólo se ha escrito (en nuestra nación) abundante poesía fuertemente interpretativa de la sexualidad como celebración y angustia, sino que ha resultado ser, además, en buena medida excelente poesía.”  

Francisco de Terrazas empleó el tema del erotismo dentro de algunos de sus poemas, ejemplo de ello es el soneto “A unas piernas”. La ilustre Sor Juana Inés de la Cruz no se rehuyó del tema, utilizándolo para el poema “Al que ingrato me deja busco amante”. Con Salvador Díaz Mirón el erotismo inicia una nueva etapa, ejemplo de ello es “Cleopatra” donde encontramos la elegante descripción de una mujer desnuda acostada en su alcoba. Sin embargo, será con los poemas del  hidalguense Efrén Rebolledo, donde hallaremos el éxtasis del erotismo en la poesía mexicana[4]. Como bien indica Evodio Escalante los poemas de Rebolledo acaban por deleitarnos mediante “escenas de alta temperatura erótica, con menciones explícitas al lesbianismo, al vampirismo, a la erección, a la humedad de la rosa sexual, a la fellatio, el cunnilingus y otras linduras por el estilo.”[5] Son varias las generaciones de poetas que han explorado el tema de una forma particular.  Desde los estridentistas como Luis Quintanilla del Valle con su poema “Toda ella”, hasta el grupo conocido como Los Contemporáneos con poemas como “Junto a tu cuerpo totalmente entregado al mío” de Salvador Novo, “Nocturno alterno” de Xavier Villaurrutia o “Recinto” de Carlos Pellicer. Sin dejar de mencionar a poetas de gran relevancia para la nación como Ramón López Velarde, Renato Leduc, Efraín Huerta, Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Alí Chumacero, Eduardo Lizalde, Juan Bañuelos, Jaime Labastida, Alejandro Aura, Abigael Bohórquez y un largo etcétera.[6] Es cierto que muchos de los poetas nos atrapan mediante el uso de un lenguaje provocativo y seductor, con imágenes que acaban por excitar nuestra imaginación, por medio de metáforas apasionantes logrando evocar nuestros profundos deseos, anhelos y fantasías. Sin embargo, otros poetas caen en lo absurdo, en lo vago, en lo risible, este es el caso de poetas como Minerva Reynosa, Eduardo Milán, José de Jesús Sampedro, Miguel Maldonado, Daniel de Juanes y un largo etcétera.   

El “lenguaje erótico” en la poesía se presenta de formas distintas, algunas apelan a la imaginación utilizando comparaciones con objetos cotidianos o bien aludiendo a representaciones sensuales mediante el uso de expresiones metafóricas. La poesía de Mario Bojórquez nos seduce tanto por sus metáforas renovadas como por las imágenes aludidas entre dos polos. Estamos de acuerdo que en su poesía el significado erótico cobra relevancia en “las etéreas imágenes de sus versos donde las letras fluyen, (donde se) abren torrentes y se muestran desnudas, tal cual son.” Discrepamos en “que (el lenguaje erótico) no se cumple dentro del imaginario de su poesía.” Pues en cada uno de sus poemarios descubrimos un poema, un verso, una palabra que termina por atraparnos bajo una estética erótica, mediante imágenes conformadas por la realidad y la imaginación. Álvaro Solís indica que los elementos que permean la obra de Mario Bojórquez son el deseo y la consumación del mismo. Prueba de ello es el poemario titulado Invocación al mar y otros poemas donde Bojórquez reúne una variedad de elementos asociados a la naturaleza,  evocando la sensualidad del mar de formas disímiles. Si bien Jorge Ortega señala que el “comodín erótico” el cual permea la poesía de Bojórquez lo encontramos en la tercera sección de dicho poemario, en varios poemas que lo componen encontramos esa  “atmósfera de punzante estrépito” volviéndose notoria desde el inicio.

Lo primero que podemos percibir es la presentación del mar mediante imágenes sensuales y formas ardientes:

No es agua el mar, es fuego

incendio de la ola en su marea

No es agua el mar, es brasa

 

En el poema la imagen del mar se yuxtapone entre dos planos, el primero donde la representación de tal elemento acaba por significar la vida, demostrando una actitud “pasiva” ante los hombres. En un segundo plano, se puede contemplar al mar como una fuerza vigorosa, la cual destruye todo a su paso, convirtiéndose en un signo de muerte y caos. De manera atrayente la voz poética une dos elementos antitéticos como lo son el fuego y el agua. Estos terminan por fusionarse, erigiendo una imagen sensual donde ambos elementos se congregan, se aglutinan como si hicieran el amor.

Es en el sexto poema donde la sensualidad se ve desbordada por múltiples imágenes que acentúan el carácter del mar mediante un clímax descendente, donde las referencias eróticas alcanzan su cúspide:

Aquí está el mar, aquí su incandescencia

(…)

Su furia de volcanes espumosos

Su timón y su fuego y su lamento

Su inagotable sed, su pulpa hirviente

 

De nueva cuenta el mar se nos presenta con su resplandor, su rabia, su deseo, por medio de dicha presentación descubrimos sus diferentes facetas. Ante nuestra mirada el mar se exhibe con un frenesí semejante a la erupción de un volcán. El símil entre la espuma desbordante que acarrea el oleaje y la lava que expulsa el volcán asemejan la eyaculación masculina. La excitación lleva a un punto frenético tanto para el volcán como para el mar, éstos terminan por liberarse arrogando su hervor con un frenesí. Más adelante sabemos que el mar también sufre un deseo agobiante. ¿Cuál puede ser la razón de tal necesidad? Suponemos que esta “inagotable sed” se relaciona con una apetencia del tipo carnal aludiendo al infinito deseo que puede sentir el mar hacia otros. Queda claro que el mar no sólo se vuelve una metáfora de la virilidad del hombre, también despide una sutil sensualidad femenina. El mar, entonces, encarna la figura del amante y del ser amado. Una imagen llena de erotismo que nos intriga y nos sorprende es cuando el mar adquiere un significado muy distinto a lo acostumbrado: “su pulpa hirviente”. La definición de pulpa nos indica: “Parte blanda y carnosa, generalmente comestible de la fruta”; esto bien podría insinuarnos la parte más sensual y recóndita del mar.

En el poema “La innombrable” el poeta evoca a su amada, una desconocida con quien compartía su amor:

Era la noche

y un pedazo de luna íntima.

 

Nunca nos conocimos

y hacíamos el amor

como desde lejos.

 

Besabas mi cara

desde la otra acera.

 

Eras tú y lo tuyo

nunca yo

y fue lo mejor.

 

Era mucho el dolor

para vivirlo a solas.

 

En la noche como único testigo del amor y del deseo de los amantes, la luna aparece como un símbolo de “dependencia y de principio femenino” aunque también como lo ha vislumbrado Chevalier la luna representa un símbolo de fecundidad y de licencia sexual.  El poema nos sorprende al señalar que los amantes nunca pudieron conocerse, pero que desde la lejanía que los separa hacen el amor. La pasión desbordada que los amantes sienten el uno por el otro hace que su melancolía mengüe, este mismo ímpetu lleva a que sus cuerpos no se toquen pero sus almas y sus palabras sí lo terminen por hacer. Este contacto íntimo se prolonga con un deseo de amarse de forma desbordada. Lo erótico, por lo menos para este poema, no radica en los cuerpos, sino en las palabras y en las fantasías que éstos pueden llegar a imaginar. 

En Contradanza de pie y de barro el erotismo se vincula a una nueva experiencia, el dolor:

Todo dolor que crece

desde el roce, deleita

si rasga el ardimiento

si ulcera la caricia

si revienta el espasmo

si carcome la dicha.

el sufrimiento es fuego

que se apaga en la carne.

 

Por momentos el poema refleja un sentimiento sádico, pues en los primeros versos tenemos que la erosión hace que el dolor se incremente. Lejos de rehuir de este sufrimiento, el dolor acaba por deleitar sólo si alcanza un placer interno. A la par, notamos que el poema suscita un clímax descendente donde la gradación del dolor acaba por indicar que la única manera de apagar ese “fuego” se puede hallar en la carne del otro. La antítesis nos indica como el sufrimiento y el amor pueden llegar a fundirse en la carne, esa ambigüedad que sólo puede llegar a provocar la excitación y el amor hacia el otro.

En otro poema el erotismo se vuelve más evidente y recupera su significado amoroso:

El amor es la fuga

De los cuerpos ardientes

Se abren roces se extreman

Caricias desbocadas

Se penetran se aíslan

Descienden en lo oscuro

Hasta que tocan fondo

Y ya todo florece

Tiene nombre y sentido

Y los cuerpos de nuevo

Se alinean y se enfrentan

Y otro vigor asalta

Cavidades y huesos

Estrellándose hincando

Los dedos sin reserva

 

El amor se posa en los cuerpos desnudos de los amantes, mientras hacen el amor el poeta nos va mostrando su desnudez, su ardiente deseo, su obsesión por el otro. Los roces, las caricias, la penetración que sufren los cuerpos hacen que desborde la pasión. La alusión que el poeta realiza acerca del enfrentamiento entre los cuerpos es una metáfora renovada sobre los amantes luchando por conquistar el cuerpo del otro, deleitándose por descubrir cada recóndita parte de sus cuerpos. Cabe mencionar cómo esa oscuridad se da antes del encuentro amoroso, sólo cuando los amantes han encontrado lo que buscaban, todo acaba  por renacer.

Uno de los grandes logros en la poesía de Mario Bojórquez es la renovación de formas poéticas antiguas, moldeándolas con su estilo particular. Una de ellas es la gacela o ghazel, proveniente de la poesía árabe, se trata de “un poema corto, con preferencia por el tema erótico, ajustado a determinados detalles técnicos, cuyos versos son más de cuatro y menos de quince”. Algunos poetas que han retomado dicha forma son los españoles Federico García Lorca, Juan Rejano y el mexicano Hugo Gutiérrez Vega.  

En “Gacela de antes del amor” el poeta pone en manos de su amada el resto de su cuerpo, con sus temores y sus sombras:

 

Porque he puesto en tus manos mi esqueleto de sombras

en tus ojos abiertos ha crecido el espanto

gacela de los días, náufrago de mi cuerpo.

 

Porque mi ansia pule tu muslo proceloso

en tu tobillo crece la marca de mis dientes

gacela, nieve suave, mordisqueada y dolida.

 

Porque en tus flancos tiemblan los ijares, gacela

en tu pezuña ardiente crecen alas de fuego

gacela, aleve, salto, en mi lanza empalada.

 

Porque caricia atreve con su impúdica lengua

en tu vientre escaldado crece un jardín de espuma

gacela, amor, gacela, no te toque mi miedo.

 

Empleando tercetos el poema nos parece llegar a un tipo de sumisión del uno hacia el otro, esto por medio de un deseo intenso y profundo. Percibimos el ansia de posar un cuerpo sobre el otro, de poseer al otro o bien de dominarlo. La marca que deja el amante se expande, crece, terminando por provocar (quizás evocando el amor o la excitación que va en aumento) un juego de seducción, culminando con una metáfora fantástica donde la amada termina por transformarse en un ser mítico. Al incrementar la excitación esta “gacela” acaba por poseer alas, es un ser imaginario que vive en la fantasía del amado. Las metáforas que aluden a la sensualidad del acto amoroso se ven confinadas a vagar entre el deseo y el dolor, aquello que se ansía y aquello que sólo puede ser posible. En la última parte el amante vaga con su lengua por el vientre de la amada, esta alusión se fusiona con imágenes de la naturaleza capturando la esencia del amor, el deseo desbordante y la pasión que se puede sentir al hacer el amor.

En los últimos poemas publicados en Memorial de Ayotzinapa el poeta vuelve a evocar la sensualidad, esta vez empleando un lenguaje vertical. Ejemplo de ello es “Penélope revisada” poema que nos remite a “Cleopatra” de Salvador Díaz Mirón, si en este hallamos la sensualidad al descubrir el cuerpo tendido y desnudo de la emperatriz egipcia, en el poema de Bojórquez la sensualidad se ve desbordada en un primer momento, debido al auto-descubrimento que Penélope hace de su carne y después, en un segundo instante, cuando su amante llega a poseerla:

En el lecho desnudo

sus propias manos tocan

la piel baldía

Hay tantas fronteras en su cuerpo

que el insomnio fatiga

Una mujer tan sola de sí misma

descubre ya sin tacto

la carne que palpita.

 

Acudes a mis manos

Reconociendo en ellas

Tu sola presencia

No eres mía ni eres para mí

Tu cuerpo me lo dice

Por todos los rincones

Ese placer es tuyo

Solo de ti en ti

 

El cuerpo de Penélope aparece como un mapa, ella descubre cada rincón de su cuerpo, conquistando su piel. Sus manos guían nuestra mirada, nos deleitamos ante su hermosura y sus formas seductoras. Descubrimos que su “ardor” se ha ido extinguiendo, a la espera de su amado, no tiendo otra opción que reconfortarse con sus propias manos. Sin embargo en un segundo momento, Penélope recurre a su amante. Sintiendo de nueva cuenta esa pasión que muere dentro de su cuerpo. De nueva cuenta, notamos cierta melancolía del amante al sentirse sólo un objeto para el placer. Éste sabe que nuca llegará a ocupar el lugar del amado de Penélope y que el placer que siente en esos momentos será pasajero. El placer  queda vinculado con la nostalgia (nóstos-regreso, álgos- dolor) donde el placer se vuelve un sentimiento egoísta. Sólo digno de compartir para sí, sin involucrar al otro.

Mario Bojórquez explora diferentes vertientes del erotismo, muchas de ellas quedan relacionadas por sentimientos duales, donde la sensualidad, el amor y el placer convergen con sentimientos como el dolor, la nostalgia y la melancolía. De esta forma, tal como declara el propio poeta: “el placer nunca llega a cumplirse, es una imposibilidad existencial.” Mediante el uso de imágenes excitantes, el poeta nos adentra a una poesía fascinante llena de metáforas que acentúan su carácter pasional. Los elementos naturales, como el mar, la tierra, el fuego hacen resaltar tal sentimiento, sirviéndose de éstos para evocar la figura femenina, para trasgredir el orden de las cosas, volcando su mirada sobre elementos que siempre han constituido el “universo seductor” del poeta.

 

 

 

 

REFERENCIAS

Bojórquez, Mario, Contradanza de pie y barro, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 1996.

———————–, Diván de Mouraria, Algibe editorial / Ediciones Los Domésticos, México, 1999.

————————, El deseo postergado, Instituto Nacional de Bellas Artes / Consejo Nacional para la Cultura y las Artes / Lumen / Instituto Cultural de Aguascalientes, México, 2007.

———————–, Invocación al mar y otros poemas, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes / Centro Cultural Tijuana, México, 1996.

———————–, Memorial de Ayotzinapa, Visor, Madrid España, 2016.

Chevalier, Jean. Diccionario de símbolos, Herder, Barcelona, 2005.

Domingo Argüelles, Juan, Antología esencial de la poesía mexicana, México, Océano, 2017.

Escalante, Evodio, “Ramón López Velarde y Efrén Rebolledo: cien años de La sangre devota y Caro victrix”, La Jornada semanal, 18 de noviembre de 2016, p. 1.

Jaramillo Levi, Enrique, Poesía Erótica Mexicana 1889-1980, Dómes, México, 1982.

Ortega, Jorge, Fronteras de sal. Mar y desierto en la poesía de Baja California, Universidad Autónoma de Baja California, México, 2000.

Paz, Octavio, La llama doble. Amor y erotismo, Seix Barral, México, 1993.

Plata Soto, Ricardo; Mansilla-Moya, Mateo, “Cuaderno de perdedores”, Cardenal Revista Literaria, agosto del 2019, pp. 11-16.

Solís, Álvaro, (2006) “Un alto fuego quemándonos por dentro: Las filiaciones del Diván de Mouraria, de Mario Bojórquez”: Circulo de poesía, Revista electrónica de literatura. Recuperado de: https://circulodepoesia.com/2019/04/alvaro-solis-sobre-divan-de-mouraria-de-mario-bojorquez/#_ftn1.

 

 

 

 

[1] Juan Domingo Arguelles nos brinda un listado de la obra de Mario Bojórquez por orden cronológico: Pajaras sueltos (1991), Penélope revisitada (1992), Los domésticos (1993), Bitácora de viaje de Fortúm Ximenéz (1993), La mujer disuelta (1995), Contradanza de pie y barro (1996), Diván de Mouraria (1999), Pretzels (2003), El deseo postergado (2007), Y2K (2009), El cerro de la memoria (2009), Hablar sombras (2013), La julianada (2014), sólo faltaría por agregar Memorial de Ayotzinapa (2016).      

[2] Editó Los amorosos y otros poemas de Jaime Sabines en 1997 y en el 2000 Recuerdo que el amor era una blanda furia: antología de poesía amorosa de Eduardo Lizalde.

[3] Miguel de León Portilla abre su libro Trece poetas del mundo azteca con un fragmento del Códice matritense de Tlaltecatzin donde el poeta le canta al placer y al goce que experimenta una mujer.

[4]Todos los poemas de Caro victrix son prueba de una sublime sensualidad donde poesía y carne producen un goce visual. 

[6] Tratar de evocar a todos los poetas que han tratado el tema de erotismo sería imposible debido a la extensión del presente ensayo; sin embargo, los dos tomos de Poesía erótica mexicana 1889-1980 ofrece una amplia gama de poetas que abordan tal temática. 

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