Poesía chilena: Tamara Orellana Valdivieso



Leemos a Tamara Orellana Valdivieso (Santiago de Chile, 1989). Es Licenciada en Antropología Social y estudiante de Magister en Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile. Tiene Diplomados en Estudios Griegos y Lenguas Clásicas por la misma casa de estudios. Premio Juegos Florales Gabriela Mistral 2005, categoría Cuento Juvenil. Algunos de sus poemas y comentarios sobre su obra se pueden encontrar en revistas digitales chilenas y latinoamericanas como Círculo de Poesía, Vallejo & Co., Librescritura, Buenos Aires Poetry, Letras de Chile, entre otras.  Ha publicado los libros de poesía Lacrimal (2018, Trizadura Ediciones) y Lubricán (2020, Libros del Amanecer).

 

 

 

 

De Lubricán, Libros del Amanecer, 2020

 

 

Himen

Guardo un instante de silencio
por cada vez que dejé de ser virgen,
cuando un hombre penetró en mí
y quedé sangrando
después del amor.

 

 

 

 

Lamia

No te resistas más.
Tú sabes que tu vida
luciría preciosa
en mi boca

 

 

 

 

Medusa

No es infundado este miedo:
Espoleados por tu furor
se vuelven sierpes
mis cabellos.

Tanto temes
acabar fulminado
que para mirarme a los ojos
necesitas un espejo.

 

 

 

 

La muerta enamorada

Infeliz. Insensato.
Por qué perturbaste mi sueño.
Fuiste temerario, no valiente.
En cuanto probaste el frío en mis labios
pensaste en la salvación de tu alma
-corrección: de tu ego-.
Un linaje de padres lleva
previniéndote de mí durante siglos.
Y ahora cuelgas una cruz en tu puerta,
rocías agua bendita en tus sábanas.
Inútiles precauciones.
Esta historia no es como te la contaron:
ni yo me levantaré de mi tumba
para ir tras tus pasos
– ¿por qué habría de hacerlo? –
ni tú clavarías la estaca:
temblaría en tu puño,
rodaría por el suelo.

Oh, cómo te maldigo.
cómo te compadezco.
Habríamos sido felices.
Uno o dos años, es cierto.
Pero ahora nunca más podrás dormir en paz.

 

 

 

 

Ofrenda

No necesitas confesarlo.
Yo sé.
Me buscas en tus libros,
me llamas con canciones.
Mi más mínimo gesto,
no sabes cómo, se queda
y te acompaña el resto del día.
Pero si lo quieres,
tienes que pedirlo.
Nunca han concedido nada los dioses
a quien no se inclina.

 

 

 

 

Las mil y una noches

Y para qué mil noches,
querido,
si en una bebimos
sangre y semen:
el elixir de la vida eterna.