Adam Zagajewski: Una leve exageración



Apareció en 2019, en Acantilado, Una leve exageración, volumen de prosa fragmentaria del poeta y ensayista polaco Adam Zagajewski. El libro profundiza lo ya expuesto en En defensa del fervor, la búsqueda de lo sublime en nuestra época, “tan poco heroica”. Para Zagajewski, “hoy lo sublime es en primer lugar una experiencia del misterio del mundo, un escalofrío metafísico, una gran sorpresa, un deslumbramiento y una sensación de estar cerca de lo inefable”. Ese es el tono de esa “leve exageración” que es la poesía. Aquí leemos algunos fragmentos del libro, traducido por J. Slawomirski y A. Rubió.

 

 

 

 

Momentos de alegría, pero también el peligro de producir un poema falso, lo que en inglés se llama cant (“lenguaje hipócrita y santurrón, especialmente en lo referente a la moral, religión o política”, como reza el diccionario), es decir, una retórica farisaica, una variedad de spot publicitario para asegurar que todo va sobre ruedas. El cant puede manifestarse en la poesía y es un elemento habitual en los sermones de los curas polacos…

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Ocurrió de verdad: a mediados de los años noventa, en mayo, en un pueblo de la Toscana donde las golondrinas surcaban a una velocidad inverosímil el aire de las estrechas callejuelas, entramos en una cafetería atiborrada de gente para tomar un refresco y vi que el turista alemán que ocupaba el velador de al lado estaba leyendo un librito cuyo título logré descifrar después de retorcer el cuello durante un buen rato. No debo ser el único a quien intriga qué clase de libros lee la gente con la que coincide en sus viajes. Era la Mystik für Anfänger (Mística para principiantes), una guía para los sedientos de vida espiritual (a decir verdad, la mera idea de que pueda existir un manual de estas características resultaba bastante cómica). No voy a transcribir aquí mi poema que lleva el mismo título y me limitaré a decir que experimenté una iluminación: la poesía es mística para principiantes. El turista alemán que recorría la Toscana con un libro tontorrón en el bolsillo me ayudó a comprender que la poesía difiere sustancialmente de la religión y que uno de los factores más importantes de esta diferencia radica en el hecho de que el poema se detiene en un momento dado, estrangula su exaltación, no entra en el monasterio, sino que permanece en el mundo exterior, entre las golondrinas y los turistas, entre las cosas visibles y tangibles. Describe personas y cosas, participa de la existencia concreta de la gente y de las cosas, pasea por las calles mojadas por la lluvia. Escucha la radio y nada en las caletas del Mediterráneo. La poesía recuerda a los políticos, siempre dispuestos a insistir en lo cerca que están de la vida normal y a presumir de lo bien que conocen los precios de la mantequilla, del pan y de los pasajes de autobús. Y, como ellos, mente un poco, porque a menudo añora algo distinto

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Una leve exageración: de hecho, es una buena definición de la poesía. Una definición perfecta para los días fríos y nublados que despuntan tarde y hacen varias promesas de sol. La poesía es una leve exageración mientras no hagamos de ella nuestro hogar, porque entonces se vuelve realidad. Y luego, cuando la abandonamos –porque nadie puede morar en ella siempre–, vuelve a ser una leve exageración.

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Recuerdo que un día, durante una estancia en Holanda –diría que en ocasión del Festival de Poesía de Róterdam–, fui en tren a Delft –el viaje no es largo– y, una vez allí, encontré el lugar desde donde Vermeer contemplaba su ciudad mientras pintaba su famoso cuadro Vista de Delft. Ahora había allí tres bancos de hormigón, uno ocupado por dos jubilados, los dos restantes vacíos.

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Vivimos tiempos de gran indiferencia; al parecer, sólo los terroristas se toman en serio sus ideas.

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Si alternamos la novela con la poesía, la larga duración o la permanencia ardua con el breve estallido que es el poema, todo parece indicar que, si bien no podemos saberlo a ciencia cierta de antemano, la muerte a la que tanto tememos pertenece a esta última categoría y vendrá a modo de verso y no como una novela. En cambio, el miedo que nos infunde se situaría en la duración, en la “novela”.