Carlos Montemayor, Memoria e historia en el poema “Las armas del viento” In memoriam



Presentamos un ensayo de Victoria Montemayor Galicia, a manera de homenaje luctuoso para el narrador y poeta Carlos Montemayor. Victoria María Montemayor Galicia estudió la carrera de Lengua y Literatura Modernas Letras Italianas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a punto de graduarse de la Maestría en Humanidades por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Cuenta con estudios de lengua italiana por el Instituto Italiano de Cultura de la Ciudad de México. Ha participado en congresos y coloquios organizados por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, así como en la UACH y en las Jornadas Carlos Montemayor en Parral. Ponente en congresos de literatura Mexicana Contemporánea celebrados por la Universidad del Paso, Texas, UTEP; así como en el XVII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, celebrado en Queens College, NY. Ha impartido cursos y charlas sobre literatura italiana. Participó en la XXXVII Feria Internacional del libro en el Palacio de Minería en la Ciudad de México. Recientemente participó en el Encuentro literario del Festival del Tunjo en Facatativá, Colombia, y en el XXVI Coloquio Internacional de Literatura Mexicana e Hispanoamericana en la Universidad de Hermosillo, Sonora.

 

 

 

 

Carlos Montemayor, Memoria e historia en el poema “Las armas del viento”
In memoriam
Por Victoria Montemayor Galicia

Oda primera
Es el paso de los días: nace el viento,
labios secos y diáfanos besan el agua de las calles,
la sangre de los edificios,
los pies de los mendigos que desde la infancia
vigilan la riqueza como lentos guardianes
que un abismo ha cegado.
Su gota arde en la ciudad,
en las puertas lastimadas,
hacia las esquinas de la noche.
[…]

Las armas del viento es la primera composición poética de Carlos Montemayor publicada en 1977 por Hiperión. El poema original se compone de nueve odas en verso libre. Años después Montemayor revisó el poema, escogió y reescribió solo siete fragmentos para su publicación en 1997 por Aldus bajo el título Poesía 1977-1994. Para este ensayo me remití a la versión original.
Carlos Montemayor fue un escritor comprometido con su país y la recuperación de su memoria histórica. Su literatura estaba comprometida con la reflexión y el pensamiento crítico. Para él, “La transformación laboriosa de un texto, de un poema, abre el recuerdo de una vasta memoria de la realidad que nos cedieron hombres anteriores a nosotros. […] El trabajo del escritor es transformar, modelar, forjar en la numerosa memoria cultural de muchas sociedades, pensamientos, cantos, mitos.” Por lo que Las armas del viento evoca la memoria social, cultural e histórica de México. Para Montemayor: “La literatura comprometida es la más difícil vía que el escritor puede asumir, pues supone dos cosas: la militancia y la obligación de hacer poesía con calidad literaria”.
Las armas del viento pareciera ser un compendio de los temas que Montemayor abordará en su madurez y con los que se comprometerá como escritor: la historia de México, las luchas sociales y la guerrilla. Montemayor era un clasicista, ecos virgilianos están presentes desde el título, encontramos un sentido crítico en el poema. Es la voz de Montemayor que canta a “Las armas del viento”; en él apreciamos la musicalidad y la historia que da vida al canto del céfiro. En el principio del poema encontramos el origen del viento que recorre la ciudad, las montañas, los poblados, observa la cotidianeidad y la miseria de un pueblo explotado pero con raíces de fuerza y lucha. Es un viento con tintes de oscuridad y remembranzas de muerte, una evocación del tiempo, una reflexión de la vida; un viento que evoca la memoria histórica de México, de su ciudad, sus avenidas, sus casas, sus parques; observa a la gente, los niños, la soledad y la pesadez humana; encuentra el templo, Tlatelolco, sus piedras desquebrajadas y manchadas de sangre, Temósachic, Madera, Naica, Parral, la presencia de los mineros, de los indios, de Lucio y sus guerrilleros, de las luchas sociales, de los ferrocarrileros, estudiantes, campesinos, tarahumaras y maestros masacrados por el ejército, por la violencia que ejerce el Estado. El poema es un viento cargado de conciencia social y colectiva, posee voz, recuerdos, pelea contra el olvido. Es un céfiro que arde y que regresa, que penetra en el cuerpo, que atraviesa la tierra, que cruza las barreras espacio temporales, que viene del pasado al presente, del presente al futuro. Viento que inspira a cuestionarnos sobre lo efímero que es la vida y la muerte que inevitablemente llega.
Montemayor cuestiona la palabra, el silencio, el recuerdo. Si bien el poema está escrito a finales de la década de los setenta, pareciera que evoca el México actual, el sangriento: información política, matanzas, inquietudes oficiales, desempleo, educación, injusticia social. El poema es una invitación constante a revelarnos a nosotros mismos, a cuestionarnos, a tratar de entender para qué sirve la palabra, la poesía, el poeta, el recuerdo, por qué luchar contra el olvido: “¿Para qué el poeta? ¿Para qué escucharlo?” (II, v.50) ¿Cuál debe ser la función del poeta? La palabra es también el recuerdo, el sentimiento y la memoria que van forjando “las armas del viento”: “Palabra también es este instante que se mira/y llamamos recuerdo, llamamos rencor.” (II, vv.63-64) El viento es la palabra que miente y que busca construirse otro destino. La palabra que engloba México, Chihuahua, el desierto, la mina, los cerros, las ciudades, la que nos retiene a la vida que se desploma, la del aliento, la del recuerdo, la del habla, la de la escritura.
Conforme avanza el poema las odas van adquiriendo su propia forma, como si fueran aladas palabras que se elevan al compás del céfiro invitándonos a escuchar: “Escucha, amor, escucha,/son los pasos de los que ya han muerto” (IV, vv.1-2), de aquellos que poseen sentimientos oscuros, fétidos: “los gusanos del corazón que roen la dulce carroña de su vida” (IV, v.6). Los sentimientos que construyen al hombre, que lo motivan a vivir, que constituyen su vida, sus emociones, el amor, el dolor, la amargura, la soledad, el llanto, la lucha, las tristezas y alegrías; los claroscuros de la vida, la dualidad en que vivimos, la carrera inminente del tiempo. La cotidianeidad y el encuentro con la muerte. La muerte lenta, la caída paulatina del hombre, el viento que cae sobre él y se lleva su vida, el aliento que se quema: “Este es el hombre, los labios, los ojos,/el dinero despellejando el amor/y la playa de su corazón” (IV, vv.9-11) La soledad humana y la vida que se ha ido se perciben en el poema: es la tierra, el dolor, la danza de la muerte, las oraciones, las velas, el hombre que nació del barro y que regresará a la tierra que lo acogerá: lugar de flores y risas donde la eternidad se confunde con el atardecer.
Hacia el final del poema el poeta se concentra en el ahora, describe lo que le rodea, su pensamiento va del presente al pasado, a sus recuerdos; evoca la vida y la muerte. La multiplicidad de emociones, miradas y pensamientos se fusionan con las imágenes de los hombres que el poeta ha sido a través de los años. La otredad se hace presente: un hombre observa, el testigo, la visión de los múltiples hombres que conforman al poeta al final se convierte en uno: “Muchos hombres en mi interior vivieron./Muchos miran con mis ojos/escribir a mis manos.// […] Durante meses y años otros lo hicieron./Éste es el viento.” (VIII, vv.1-3; 7-8)
Por momentos, la voz poética alude a la memoria colectiva, a la metáfora de lo que somos. El viento nos hace una invitación a escuchar la voz de la naturaleza sintiendo cada gota que cae sobre la tierra, nos cuenta historias antiguas: “conoce el perfumado aliento de la muerte/la respiración que desgastan los días” (VI, vv.24-25), que golpea la lluvia. El aeda juega y domina los elementos de la naturaleza. Es un anima mundi, aliento y viento son una misma cosa: la esperanza que nace y en nosotros muere. La pequeña llama divina que existe en nuestra conciencia y que nos insta a luchar. La sangre, el líquido donde se concentra la información genética: “Soy mi hijo, soy mi linaje, soy mis abuelos,/soy la misma lluvia de amor que despedazó a mis abuelos,/soy mi segundo hijo, soy una lluvia en silencio,/soy una página que nunca he leído y llueve sobre mi alma.” (VI, vv.57-60) Declaratoria de linaje y descendencia que marca la permanencia del poeta en el tiempo. La figura del hombre, su estirpe, su ciudad, su tiempo, sus sueños, las puertas que se abren, la tormenta, la angustia. El aeda es la voz y la memoria del viento que se remonta a millares de siglos y cuerpos, que nos muestra la furia que habita en el hombre. Es un conjunto de metáforas que tienen su centro en el universo, en los astros, en el tiempo, en las calles y en la memoria del céfiro.
Las armas del viento es un canto de reflexión y memoria social, colectiva, de un pueblo, de su fuerza y luchas sociales; el poema refleja la cotidianeidad de la vida, el amor, la miseria y la desesperación, la lluvia que cae lentamente sobre nosotros, la dualidad en que vivimos, la soledad constante, el silencio en el que gritamos. Es el viento que nos insta a vivir y a seguir luchando por lo que queremos. Es la fiesta de la muerte cuando llega nuestro tiempo de regresar al polvo, el viejo tópico de la fugacidad de la vida. Es un viento cargado de memoria que celebra la naturaleza, que nos invita a revelarnos ante la injusticia, a permanecer informados sobre el acontecer cotidiano, a no olvidar nuestro pasado para reflexionar en el presente y mirar hacia el futuro. Es la voz de Montemayor que nos invita a escuchar la lluvia, vivir el presente, y a pensar en cómo usar “las armas del viento”.

 

 

Oda primera

 

[…] Viento, alba que no amanece en el mismo lecho de todos,
mira a los que diariamente
(y quiénes son? ¿en qué momentos son?)
cosen la ruina de las horas,
el ayuno de los que rodeamos su casa oficial y obedecemos;
buscan con su aguja el corazón entre los dormidos,
los niños, los periódicos, los centavos de cada mañana.
mira este templo que alza su grito incompleto,
esta roca quebrada, esta piedra rota
que llamamos Tlatelolco,
esta fosa donde la historia en pedazos
ha mirado la matanza de los indios,
la ruta de la muerte de los ferrocarrileros,
la ruta de la muerte de los nuevos prisioneros
que con la escuela bajo el brazo
quedamos en la tierra y las piedras,
bajo los escupitajos de los soldados,
las botas de las escoltas
y la miserable paz del olvido.
Ayuno sin sol, sin fuego, sin tierra, sin lecho,
sólo alcanzado por el viento,
sólo atrapado entre las calles como las nubes de polvo que el viento
arroja sobre los edificios, sobre las calles,
atravesando las esquinas como hacia un abismo lujurioso.
Mira mi lugar, desmedido en dulzura y desiertos,
abierto como el cielo y tu carne de viento,
poderosísimo en montes y metales.
Se llama Temósachic, se llama Madera,
campesinos y tarahumaras miserables,
ejércitos condecorados
por asesinar a un puñado de maestros rurales,
por arrojarlos a una fosa común como vísceras de ganado
mientras el Gobernador explicaba:
“Pedían tierra, que traguen tierra”
Se llama Naica, Parral, San Francisco del Oro,
y éste que respirará por última vez bajo el derrumbe de las galerías, en las minas,
éste al que despiden antes de que la silicosis lo derrumbe para siempre,
éste que a los cuantos años envejece en el hambre y los tiros,
éste que cada día me mira desde la memoria,
es peón de la riqueza,
peón de la muerte, peón del dinero extranjero.
Se llama Sonora, y California, y Michoacán,
Se llama tierra amantísima y miserable,
Se llama tierra dormida entre el azúcar, la muerte sin cena y los establos,
Hidalgo, Nayarit, Tlaxcala, San Luis,
exterminados en latifundios, y en minas, y en costas,
pescadores de la muerte, de henequén, de cereal y algodón y fruta,
perseguidos hasta la masacre,
se llama mi país, se llama memoria,
mi país siempre fuera de su casa, sin casa,
niño que olvida dónde está lo que no tiene,
hambre que envían sobre su cuerpo
destruyendo patios, bosques, número, alfabeto,
nombres innumerables
que cerraron la vida para siempre.
[…]