Poesía norteamericana: Laure-Anne Bosselaar



Leemos, con el poeta y traductor nicaragüense Alain Pallais, textos de Laure-Anne Bosselaar. Es una poeta, traductora y catedrática estadounidense nacida en Bélgica. Autora de los poemarios: The Hour Between Dog and Wolf (BOA Editions, 1997), Small Gods of Grief (BOA Editions, 2001, premio Isabella Gardner), A New Hunger (Ausable Press, 2007, Libro Destacado por American Library Association) y su más reciente obra titulada These Many Rooms (Four Way Books, 2019). Bosselaar ha editado 5 antologías de poesía. Su dominio de 4 idiomas le ha permitido publicar poemas en francés y flamenco, así también traducir poesía del inglés al francés y del danés al inglés. Sobre su obra, el poeta Charles Simic expresó: “Laure-Anne Bosselaar comprende las complejidades e interminables contradicciones del predicamento humano actual. Su voz poética es auténtica, una con tal fuerza que debe ser escuchada en el final de este siglo tan extenso y brutal. Escribe sabios poemas sobre sus recuerdos, poemas cuyo arte radica en la capacidad de hacer nuestros esos memorables recuerdos. ¿Qué más podríamos pedirle a la poesía? ” Sin embargo, Bosselaar ha estado trabajando en sus poemas “silenciosos” los cuales contienen mucha lírica, pero que incitan a la meditación también. Actualmente reside en Santa Bárbara, California, donde fue honrada como Poeta Laureada (2019-2021). 

 

 

 

 

PASEO POR LOS ACANTILADOS AL CAER LA TARDE

 
Como de costumbre, la Muerte aloja con dulzura su brazo en el mío —
muy hondo inhalamos la brisa de un eucalipto.

 
Ambas trabajamos con honestidad: la Muerte pasó el día
arruinando el tráfico con gimientes ambulancias mientras yo mataba
el tiempo y versos en páginas tamaño carta.
Con rapidez ya somos amigas, Ella es mucho mayor, por supuesto,
pero no existen jerarquías entre nosotras: ahora tomamos un descanso
de todo eso, gozosas observamos las olas reventarse contra las rocas
y a los pelícanos hacer sus explosivos clavados de pesca.
Intento compadecerme de la culpa que carga:
todo ese desastre pandémico que ya no puede controlar.
Pronto también me traicionará — como a ti. Lo sé. Pero hoy las gaviotas
son como ángeles de plata grabando en cursivas inmensas bendiciones
sobre un cielo impecable — de esta manera, la Muerte y yo,
fingimos creer que eso es lo que creemos, y continuamos nuestro paseo.

 

 

 

 

LATE AFTERNOON STROLL ON THE CLIFFS

 
As usual, Death sweetly slips her arm in mine—
& we take a deep breath from the eucalyptus breeze.
We both worked honestly at our jobs: all day Death
destroyed traffic with wailing ambulances while I killed
hours & lines on eight-&-a-half by eleven inch pages.
We’re fast friends by now, Death much older of course,
but there’s no hierarchy between us: we’re both taking
a break from it all, glad to watch waves collapse on rocks
& pelicans dive-bomb fish. I try to be sensitive to Death’s
guilt: that whole pandemic disaster she can no longer
control. She’ll soon betray me too — like she will you.
I know. But today the gulls are like silver angels etching
great cursive blessings in a perfect sky — so Death & I
make believe we believe that, & amble on.

 

 

 

 

 

LAMENTO POR LOS AMIGOS AUSENTES DESPUÉS DE DIEZ MESES DE PANDEMIA

 
No hay nadie a mi lado que me observe o escuche,
solo mi perra que suspira cuando hablo de cosas relevantes,
como cuando muy seria le digo que su hocico grisáceo
es más delicado que la seda de Samarcanda.

 
No tengo a quien contarle que recién leí
que en las noches calurosas del verano, Verlaine tiraba balde
tras balde tras balde de agua fría sobre la grava
bajo la ventana de Rimbaud para refrescar el aire mientras dormía.

 
Nadie que dance conmigo al son de una tonta melodía —
mientras la cola de mi perra se mueve fuera de ritmo — o alguien
que escuche mi canción flamenca sobre la pronta llegada
de la primavera y el Phallus Impudicus por florecer.

 
Que observe cómo me arrodillo junto al romero a inhalar
su verdor aceitoso antes que revoloteando llegue la noche
al patio y tanto zorrillos como mapaches se unan
para deleitarnos con esa oscuridad tan fresca.

 
No hay amigos que me acompañen a disfrutar todo esto y luego
se despidan con cariño dejando atrás el romero, mi perra,
la tarde y a mí, pero dejando también ese tono de sus voces —
buenas noches, buenas noches.

 

 

 

 

COMPLAINT ABOUT MISSING FRIENDS AFTER TEN MONTHS OF THE PANDEMIC

 
No one near to see or hear me but the dog,
who sighs when I say serious things & I’m dead
serious when I tell her how her gray muzzle
is softer than Samarkand silk.

 
No one to tell I just read that on hot summer
nights, Verlaine threw pail after pail after
cold water pail on the gravel under Rimbaud’s
windows, to cool the air as he slept.

 
No one to side-step with me to some silly tune —
as the dog’s tail wags out of rhythm — or listen
to my Flemish song about spring coming soon
& the Phallus Impudicus being almost in bloom.

 
To see me kneel by the rosemary, breathing in
its oily green before night will come flitting
into the yard & the skunks & racoons join in
to feast on such fresh darkness.

 
No friends to be here with me & all this & wave, fondly,
as they leave the rosemary, the dog, the evening
& me. But leaving behind that lilt in their voices —
goodnight, goodnight.

 

(The Pedestal, #87)

 

 

 

 

LINAJE

 
El mío no proviene del lodo en las marismas de Flandes,
aunque sus tonos tiñan mis ojos.

 
Tampoco de una madre: su cabeza siempre fabricaba
excusas.

 
Ni de las paredes de un convento o de los besos que oculté —
inclinando la cabeza — dentro de las palmas de mi infancia
para silenciar la nostalgia. Tanta nostalgia.

 
Desciendo de un granjero flamenco quien,
una vez, tomó mi rostro con ambas manos y besó
mi frente tan solo por un segundo —

 
así de breve — pero con tanta voluntad y ternura
que ahora puedo levantar mi rostro muy alto,
para interpretar las nubes.

 
Provengo de la melancolía de un océano que arrastra
sus anclas de un lado a otro, nunca se calla, nunca está en calma,
pues sus olas son tan inquietas que no pueden reflejar la luna.

 
Vengo de aquellas mareas, aquellos reflujos,
de dos anillos de boda en uno de mis dedos

 
también de ellos vengo — y de cada libro que he sostenido:
mi procedencia archivada, útero y vela del lenguaje.

 

 

 

 

PARENTAGE

 
Mine is not from the morass of Flanders’
marshes, although their hues ink my eyes.

 
Not from a mother: her head spun, always,
away.

 
Nor from convent walls or kisses I hid —
head bowed — inside my childhood palms
to quiet longing. Such longing.

 
But from a Flemish farmer, once,
who held my face in both hands to kiss
my brow for no more than a second —

 
that brief — but with such will & tenderness
that I can now lift my head far back,
to read the clouds.

 
I’m from the ocean’s melancholy, dragging
its anchors back & forth, never quiet, never
still, waves so restless they can’t mirror the moon.

 
From those tides, those ebbings.
From two wedding bands on my finger,

 
from them too — & from every book I ever held:
my shelved provenance, language womb & sail.

 

(Five Points, Vol 20, #3)