Poesía chilena: Lila Calderón



Leemos poesía chilena. Leemos un inédito y una selección de textos de Lila Calderón (La Serena, 1956). Ha publicado los poemarios Balance de blanco en el ángel triste de Durero (1993), In Memoriam (1995), Por suerte había otra vida (1999), Piel de maniquí (1999), Animal cautivo (2010), Lo que ocultan los vestidos (2014) y Telas y Entretelas (2018). Para ella, “por su esencia intuitiva y misteriosa, la poesía no se instala en un solo cuerpo o dentro de un lenguaje cualquiera. Mi espacio es oscuro y fragmentario, húmedo, nebuloso, y el camino es siempre cambiante, aleatorio, sorpresivo… pero me atrae la exploración y no quiero desertar de su carruaje. Quiero llegar al sol desplazando bloques de palabras sobre el sentido y el trayecto al que apunta mi destino hasta quemarme las alas y caer. Y volver a levantarme hecha de cera o greda o cenizas”.

 

 

 

 

 

Es probable que nos bañáramos en el río
por las tardes
y que hiciéramos grandes descubrimientos
al interior de la gruta donde nos domábamos.
No éramos dioses, no molestábamos a nadie
con el eco del animal perdido en la noche
(eco de los cazadores de la tierra salvaje)
atrapando el coro heroico, la epopeya del salmo
desde el otro lado de la calle
y antes    antes     antes.

 
Es probable que nos bañáramos dos veces
En el mismo río.

 

 

 

 

Cruces y crucigramas

 
Es absurdo
dar el último soplo de pintura.
Desapareces.
Ese es el destino
reservado a los fantasmas.
Nunca sabemos cuándo
volveremos a vernos.

 

 

 

 

Historial

 

Fui yo la que descubrió tu locura
y por eso es mía y me la diste
con todos los fantasmas del invierno.
Dijimos las mismas cosas
que el amor hace saltar desde los ojos
pero tuvimos que dormir vendados
como faraones malditos
y recurrir a la historia
para alcanzar el pasado.
Tuvimos que tolerar buscadores de tesoros
profanadores de palabras
aprendices de adivino
coleccionistas y areneros de todos los museos.
Cansados de maldecir nos suicidamos
negando todo vínculo
nos despedimos
mientras las carretelas marchaban a la feria
marcamos jeroglíficos en todas las líneas
del futuro
y desterrados de la muerte
amargos y solos
aún
nos presentimos.

 

 

 

  

El corazón es un lugar común

 

Yo sólo veo un trance de árboles que van pasando
cargados de anuncios.

Un violín en ruinas, un barco fantasma
aves descompaginadas en el truco del rumbo.

Espejos que no tienen más historia
que la de los personajes que pasan y se reflejan.

Una bandada de estatuas a ras de suelo.

El planeta en donde nacerá́ el futuro
y los milagros que me proponga.

Veo al verbo caminando inadvertido por las noches
en diversas fuentes de luz.

Veo que amanece a cada vuelta del reloj.

 

LA CIUDAD ES UN LUGAR COMÚN

 

(Del libro: “Balance de blanco en el ángel triste de Durero”, 1993)

 

 

 

 

La peste negra

 
Dicen que en ese tiempo
enloquecían cobrando las herencias
Diez muertos
en la familia desgarrada por la peste negra
oscurecían la tarde como una enredadera
que hacía crecer sobre los cuerpos en tránsito
extraños ropajes
Zapatos enroscados ajenos a su función
se convertían en riesgo y desafío
Vestimentas que materializaban
a un hombre desdoblado
mitad de negro y mitad de rojo o blanco
y rombos
y botones gigantes
y fuelles
delataban el dinero sorpresivo
La posesión inesperada
daba curso a una locura
similar a la de la fiebre del oro
en la futura América
Las calles se llenaban
de invictos delirantes
que salían a desparramar
miradas y palabras y genes
Era una fiesta de disfraces
Un carnaval de calles abiertas
a la continuidad de la especie

Esperaban de mí    dijeron
un bufón gritando en los estadios
y en los circos oficiales del Imperio

pero vine
y aumenté de culpas
los graffitis

Esperaban de mí
verme caer
de rodillas
ante la imagen
sudorosa
de un cuerpo
que fingía

ser

todo

vida

 

(Del libro: “Piel de maniquí” 1999)

 

 

 

 

Hay que buscar la luz

 
Sabía que algún día
debíamos empezar
a despedirnos.
Que no hay caso con el tiempo
y que no vale la pena engañarse.
Y no es cosa de darse la mano y hacer un gesto
que se vea casual.
Ya nos veremos otra vez.      Gracias por todo.
Padre. Madre. Hermanas.
Amados amigos y amores. Hijas.
Fuera del azar que nos sorprenda
con alguna jugada desafortunada, la certeza.
Todos. Todos estamos a punto de traspasar
esa puerta.
Y debemos aprender a despedirnos.

Últimamente eludo su nombre
e intento sostenidamente evitar el filo de su espada.
Pero su brillo ciega. A veces
en esas mañanas en que las sábanas parecen sudarios
y al desplegarlas caen las preguntas
que vienen desde tiempos tan remotos que parecieran
cubrir el origen de todos los lenguajes.
Vengo por usted, parecen decir.
Lo espero. No se preocupe. No lleve nada,
que el camino es largo, la carga pesa
y no hay a quien más entregarla.
No se confunda ¿Acaso no leyó las señales?
¿No aprendió? ¿No sospechó de qué se trataba?
¿No oyó la música?
¿No distinguió la soledad infinita
de las estrellas?

Hay que despedirse por adelantado.
Y ser agradecido. Pero duele fuerte el corazón
cuando se ve agobiado por las sombras
y no hay cómo calmarlo.
Es el techo que se cae a pedazos
y comienza a filtrar la luz
y las goteras estancadas.
Y esas hojas secas de un antiguo otoño. Esas hojas
que no volaron serán los fósiles
que formarán el mármol del sueño
donde nos perderemos un día.

Hay que despedirse. Y dar las gracias.
Ya sabemos del sacrificio
y del altar donde cada cual ha entregado su pasión.
Y aunque de nada sirve
hay que reconocer que existió la posibilidad
de ser mejor, pero la niebla
es como una cortina que se mueve con el viento
y el paisaje cambia demasiado rápido.
Y luego ¿cuál era el camino?
¿dónde estaba indicada la mejor decisión?
Tampoco es conveniente una despedida rotunda.
O retirarse indignado maldiciendo a medio mundo.
No hay que cerrar las puertas. Y hay que buscar la luz.
Por sobre todo, hay que buscar la luz.

 

 

 

 

La lejana mitología

 
Si existiéramos, si dejáramos de ser estos fantasmas que se saludan al pasar clavando sus banderas en la nada o abriendo los brazos para decir al fin te encontré, soy yo, estoy aquí, descúbreme tras la ventana oscura, en esta caverna llena de animales que corren por el tiempo huyendo de la realidad. Si existiéramos, dices, sería inevitable no arder sobre las brasas del delirio, y si no hay tiempo no hay siempre ni esta noche ni los mares o las altas cordilleras que resbalan esculpiendo fronteras y liberando ecos de aquellos nombres que viven en nosotros.
 
El mundo está lleno de paisajes que esconden ojos bajo las aguas de un espejo. Busco manos entre las rocas, fragmentos de tu cuerpo en el tiempo, disperso, plegado en otros, confundido en un corazón que se agita con la marea de los siglos. Así tu imagen se alza en la tormenta que estremece al universo para estallar en mil estrellas con el beso urgente de la noche que amenaza reducirnos al sueño. Déjeme que la bese, dice, ¿dormirá conmigo esta noche? ¿no volverá a ser fría como un pez? He sido una sirena, respondo, con escamas verdes, azules y amarillas tornasol, nacaradas, muy bonitas… y a usted le gustaron mucho cuando me conoció.

Es cierto, todo empezó en la lejana mitología que no se acaba nunca y nos enreda los cuerpos en angustiosas metamorfosis, en lamentos originarios que ensayan como separar las aguas, los cielos, y esa tierra húmeda que quiere hacer brotar paisajes en el fuego que arde en todas las alcobas. Fue entonces cuando le prometí que en otra época volvería a buscarlo. Usted se desprendió de sus escamas, dice, no es un pez, pero tiene aún en sus pechos el sabor del océano, el salitre en su cuerpo, el recuerdo del mar en su piel… y usted continúa siendo un navegante, le digo al oído, entonces atráigame, dice, guíeme entre las sombras, y yo sonrío. Puedo hacerlo.

Soy una estrella extinguida que con su luz cruza el tiempo que no existe ni hoy ni mañana ni siempre, pero usted me encenderá otra vez con su antorcha de oro que guarda el fuego robado a los dioses. Oiga mi canto lejano, venga, no se deje amedrentar por la noche, avance, pienso, mientras me busca con los ojos vendados, atráigame a su vientre, dice, siento la humedad de su sexo, mi antigua sirena, yo escalé sus almenas, forcé todos los cerrojos, busqué sus labios en las noches más negras ¿no dice que me amó desde el principio del tiempo? Sí, lo amo desde entonces cuando hizo vibrar mi corazón como la campana de un templo.

 

 

 

Epílogo

 

La belleza desploma, ataca, despierta
llama como un moribundo y luego se disfraza           huye
Pone obstáculos. Se cuelga precios.
Te engaña.
Es una simuladora.
Es como una mujer fatal.
La poesía.
Y no creo que se siente en las rodillas de nadie.

 

(Del libro: “Animal cautivo”, Lom, 2010)

 

 

 

 

Escrituras mortales y metafísicas

 
Todo
lo que he escrito
aborda
el mismo problema:
la existencia.
Es una gran complicación
porque hablar
sobre -o desde, ante, con, para, por, según-
la existencia, es hablar sobre la vida
y la muerte,
los objetivos, los sentidos
su duración
la presencia
aquí o allá
y así
la ausencia   y la memoria
o el olvido,
y quienes nos acompañan o no
en este tránsito,
y lo que amamos,
entonces el amor,
el odio, y, ¿es bueno? ¿es malo?
lo bueno, lo malo, lo humano,
lo divino, lo feo, lo bello,
la sensibilidad
y la falta de ella,
lo que es, lo que no es,
lo que tuvimos
lo que hemos perdido,
el tiempo,
el dolor
y si es justo
sufrir, padecer
participar, aceptar
el juego de existir
y sus condiciones
o retirarse
y si es lícito

según
las reglas que desconocemos
y el daño
que causamos con esa acción
u otra.

Afectamos al respirar
y al dejar de respirar, al creer
y al dejar de creer ¿y si la existencia
es solo
una actividad mental
pasajera, ilusoria
que se representa
a sí misma
una y otra vez
dándose a luz
infinitamente
(pero siempre en número impar)
como la Matrioska
desde un útero
o un gran agujero negro?

Luego
pienso y no existo
pero
escribo
escribo sobre la no existencia
la no realidad
el no lugar,
la Tierra es un no lugar y estoy de pie
sobre el no lugar delatado por
Augé     y dudo
de lo que antes fue, y para qué,
la Mente
es como una gallina clueca
siempre empollando   y cacareando
poniendo huevos que ruedan
por los acantilados
del no lugar.

La Mente me acosa
se expande por aquí  y allá
buscando
el maíz y el trigo
y se los doy,
acaricio sus plumas,
la observo,
confío
en que pronto
recogeré
un huevo de oro.

Me despertaré temprano
antes
que la Muerte incluso
y diré:
he aquí al fin
la divina alquimia.

Y ya no tendrá
importancia
saber
qué fue primero
si el huevo
o la gallina.

 

 

 

 

Creer o no creer: esa es la cuestión

 

Es extraño pensar en cambiar todo de golpe.
Tal vez eso sólo sea posible con una guerra.
Y la guerra llega. Aparece en el cielo
y en todas las pantallas como una nueva constelación.
Sus bombas se oyen desde el otro lado del planeta
y sus muertos estallan en sueños
mientras intentamos dormir para suponer que mañana
pedirán frutas frescas y despertarán
para el desayuno de la superproducción
porque quizá fueron apenas los extras
de una guerra que no pasará a la historia.
Los protagonistas de las grandes guerras no mueren.
Quedan eternizados en la memoria
para bien o para mal. Porque siempre hay un bien y un mal.
Depende del director.
Los demás optamos: creer o no creer.
Esa es la cuestión.

 

(Del libro: “Lo que ocultan los vestidos”, 2014)

 

 

 

 

Vestidos de doble faz

 

I

Hay vestidos de palabras
para silenciosas mujeres
y secretas entretelas
en vestidos carcelarios.

 

 

II

Y vestidos de innoble metal
con rejillas
o claves insalvables.
Vestidos con corazas
burkas, escudos
y capas interiores
como telas de cebolla.

 

 

III

Hay vestidos con mangas
con bolsillos para cartas
botones, nudos
amarras, broches, cadenas
o dentados cierres
y candados
y tristes velos.

 

 

IV

Y enaguas con alforzas
debajo del vestido
y encendidos girasoles
sobre tumbas sin nombre.

 

 

V

Hay inestables vestidos
para atardeceres con niebla.
De raíces ardientes
sus festones gruesos
crepitan, bailan
entre relámpagos y risas
en el delirio del can-can.
Vestidos extremos
con rayos y rubor
y dudosos reflejos
en los espejismos del alcohol
y la memoria.
Sonámbulos, oscilantes
atraen, imantan
hacia el eslabón perdido
de una larga noche
sin salida de emergencia.

 

 

VI

Y hay hábitos grises
fecundados in vitro
con las notas del angelus
volando
bajo el secreto
de sus blancas tocas
ahogadas en almidón.

 

 

 

 

Zapatos y baldosas

 

Geometría sagrada en el espejo
de esta baldosa que me absorbe
mientras desata su baile y amanece
con millares de pasos superpuestos.
Zapatos fosilizados
zapatillas de punta, con tacones o correas
con desnudas plantas y raíces húmedas
abrazando la cerámica.
Una con otra van hablando.
Suman, atrapan, esconden.
No es casual, algo anuncia la estructura.
Secretean, ríen, agitan el labrado
de las intuiciones
con el ADN del universo en el corazón.
Una estrella resucita en las baldosas
de Babilonia, Valencia, Sevilla
Lisboa o América colonial
de un punto a otro del tiempo.
Mil zapatos diferentes prueban calzar otro pie
en pasos ajenos que bailaron
las historias más antiguas
y en su ritual profético
creyeron vernos. Y no vernos
pero el asombro desbordó
el especular latido viviendo a la sombra.
Porque una existencia sabe
de otra existencia en cada extremo del ángulo.
Y una baldosa no es el desierto.
Es una planicie habitable, sin límites.
Ningún diseño es azaroso. Ascienden, descienden
se encogen y ocultan sus motivos finales.
Como una palabra sola que se une a otra
con alguna intención más o menos memorable
y que esquiva en la elipsis su sentido.
Matriz que juega sobre el mosaico
y confundida vuelve y se repite
intentando parecer un decorado
cerámica muda, sabia que deja pasar la vida
velando el vértigo de sus huellas
ocultas por el cuero curtido
de otra piel sobre la piel
o la seda bordada de un botín que juega
a atravesar el tiempo del universo peatonal.

 

(Del libro: “Telas y Entretelas”, 2018)

 

 

 

 

Todo es eco

 

Raíces del lenguaje somos
composiciones de palabras
semillas que derriban muros.
Lo que podría ser confusión
es complemento, factor sorpresa
o común denominador
espacio abierto o cerrado
personajes, objetos, elementos
suman, restan, adhieren, multiplican
dividen, interceptan, eliminan, se invierten
contienen, descuentan o parten de cero
más palabras, más poder
más poesía, más libertad    y mayor riesgo
callejones sin salida.
Usamos puentes y escapes
confundimos al eco como fósil que late
en el halo de un sueño.
Amamos la creación como concepto
amor a roma/ amor a roma
tres palabras sometidas a un espejo
un verbo, un lugar
armamos monólogos y palíndromos
complicidades, traiciones, guerras
amorosas y odiosas combinaciones
miedo, mucho miedo y sangre.
Lenguaje que sepulcro es
tinta sobre la tierra
que ha dejado el verbo vivo
escudo, arma, cruz
lengua de fuego, boca, beso, verso
palabra       que abre todas las puertas.

 

Inédito