Sobre pedazos de vidrio de Melinna Guerrero: prólogo de Frank Báez



Presentamos el prólogo que escribió el poeta dominicano Frank Báez al libro Sobre pedazos de vidrio de Melinna Guerrero (Aguascalientes, 1993), de reciente aparación en Círculo de Poesía Ediciones. Licenciada en Letras Hispánicas por la UAA, ha participado en diversas revistas con poemas y reseñas de libros de arte y literatura. 

 

 

 

 

 

Caminar sobre pedazos de vidrio

Hay dos tipos de poetas: unos que viven en ciudades seguras y aburridas y otros que viven en ciudades caóticas y alocadas que ponen los pelos de punta. A este segundo grupo pertenece la poeta mexicana Melinna Guerrero (1993) y la ciudad que habita es la Ciudad de México, una urbe que ha sido retratada por una infinidad de escritores y poetas maravillosos. ¿Qué faltaría por contar de esta ciudad? ¿Le cabe un poema más a sus parques, a sus edificios, a sus taquerías y a sus gentes? ¿Cómo escribir sobre esa ciudad luego de las magistrales páginas que le dedicaron Ramón López Velarde, Malcolm Lowry, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Roberto Bolaño?

Sin embargo, basta abrir este libro en cualquier página para darse cuenta de que aún hay mucho por contar. La literatura no puede agotar a la Ciudad de México, pero la Ciudad de México sí puede agotar a la literatura. Al igual que varios de esos escritores mencionados, Melinna Guerrero emigró a esta urbe ya adulta y con la ambición de escribir poesía. Desde un principio, como una aprendiz de taller, estuvo buscando la forma. En el primer poema del libro, ella se retrata sentada en la mesa de un bar anunciándole a los hombres las experiencias que ha vivido, las visiones que ha tenido y les dice que quiere escribirlas pese a que no sabe aún “cuál es la forma de un poema”. Por mera misoginia y por condescendencia machista, los hombres del bar la ignoran o le explican cómo debe expresarse. Este libro y los poemas que aparecen a continuación son la prueba fehaciente de que ella ignoró todos los consejos. Es gracias a esa ruptura, a dejarse llevar por su intuición, que nuestra poeta descubre una nueva escritura que la individualiza y que puede contener su visión de Ciudad de México.

“Yo es otro”, parece repetir la máxima de Arthur Rimbaud, al punto de que sus poemas, en vez de proceder del interior de ella, parecen surgir desde el exterior. Porque si hay algo que logra Melinna Guerrero es recoger el inconsciente colectivo y la oscuridad urbana y disolverlos como una aspirina en el estómago de sus poemas. Pareciera como si Ciudad de México la hubiese elegido para susurrarle sus secretos al oído. Pero es todo lo contrario, es ella quien ha elegido esa urbe, es ella quien ha decidido mirar sus millones de ojos, diseccionarla y ocupar sus espacios de un modo distinto. El tributo que ha tenido que pagar por su osadía es este libro.

Melinna Guerrero es una especie de flâneur, de paseante, de peatona, que callejea sin rumbo en busca de su material poético. A través de las páginas de Sobre pedazos de vidrio podemos seguir su recorrido. Le interesa tanto la historia prehispánica y colonial como lo efímero y lo perecedero. No distingue entre alta cultura, cultura popular y vernácula. En sus poemas hay un inventario de cada objeto citadino, de cada ritual, de cada misa, de cada gesto. Le interesa averiguar la vida secreta de los zapatos, de las heladerías, de los árboles, de los ancianos, de los vagones, de los semáforos, de los blazers, de los horóscopos, de los cafés, de la música que la gente oye a través de sus audífonos y hasta de los cabellos. De igual modo, traduce sismos, analiza la caída de la lluvia, une hilos de conversaciones, interpreta risas, susurros, suspiros, propone “una aplicación para borrar los mensajes que mandamos a las tres y media de la mañana” y comprende, como plantea en el poema “Traducción”, que “la ciudad es una conversación larga con comas y puntos, con elipsis, omisiones, tres puntos suspensivos, con párrafos que terminaron de arrojarnos a la noche como en una vuelta de página”.

Ciudad de México es un libro abierto y Melinna Guerrero lo lee a diario y lo interpreta con sus poemas. Por un lado, nos comparte una serie de personajes que son parte de su hallazgo: taxistas que temen ser gays, un vendedor de discos llamado Juan Bautista que intenta convertir a la gente a la fe del blues y del jazz, una marchanta del mercado que tiene la capacidad de etiquetarte visualmente por siempre, unas morbosas vendedoras de helados que parecen sacadas de una telenovela indie o el espectro de una lolita que se aparece en el metro comiendo un mango de un modo erótico; y por el otro, traza una cartografía del inconsciente colectivo, un diagnóstico de la paranoia producida por la violencia, las catástrofes cotidianas, los fantasmas de los 43 estudiantes, el escape del Chapo y los temidos terremotos.

Como la forma y la estructura del poemario intentan abarcar y agotar esta metrópolis latinoamericana, nuestra autora propone un corpus poético fascinante: el poema en prosa, el microcuento, la crónica, la epifanía, el pastiche, el texto flash y la máxima. Sin embargo, de tanto en tanto, recurre a la lírica y nos presenta poemas tan intensos y bellos como esa oda a la cotidianidad que es “Oficinistas”, el poema en forma de epístola titulado “Confesión” y ese texto feminista que es “Escalones”, donde tras diseccionar las clases sociales y el valor de los zapatos en la vida de las mujeres, resalta la sororidad y la empatía al expresar que: “ella sabe, mejor que nadie, lo difícil que es ponerse en los zapatos del otro”.

Sobre pedazos de vidrio es un poemario que contiene multitudes contra las que avanza Melinna Guerrero a veces con tacones y en otras ocasiones descalza. Con esto último quiero decir que por un lado es un libro incómodo y doloroso y por el otro un libro osado y de ruptura. De esa ambivalencia, de esa dialéctica, de esa lucha de contrarios, está hecha Melinna Guerrero, la Ciudad de México y este libro.

Pese al horror, la violencia y el heteropatriarcado que domina la Ciudad de México y que se evidencian en el poemario, la imagen que me evoca el libro es una alegre, la de nuestra poeta sonriente, avanzando con tacones y con la cabeza en alto y soltando de vez en cuando una carcajada como parece insinuar al final del poema “Feminismo fundamental”: “Y entonces, algo monstruoso somos: el desastre, el anuncio de lo irreparable, la figura de la maldad, del libertinaje y el pecado. Intuyo, que si alguien ha instaurado una norma han sido los hombres. Nosotras, a lo largo de los años, parece que nos hemos divertido”.

Frank Báez

 

 

 

TRADUCCIÓN

Y caminamos para darnos cuenta de que la ciudad es una conversación larga con comas y puntos, con elipsis, omisiones, tres puntos suspensivos, con párrafos que terminaron de arrojarnos a la noche como en una vuelta de página. Y supe entonces de su oficio de traductor. Las ciudades eran textos que él compartía a detalle. Roma o Madrid ya no eran de pronto las ciudades que yo había leído en los libros, él me hablaba de una muchacha que caminó por alguna calle, de un hombre con sombrero o una mujer que vendía flores por allí. Cuando lo besé, quise adivinar cuál de sus idiomas, que viven en su cabeza o en un lugar apartado de su corazón, había decidido emplear; si para los besos futuros elegiría el ritmo de un cuento o el de un poema o la estrofa de alguna canción. Añadió entonces a ellos la música de sus dientes, las líneas de su lengua, el silencio que aparece de un beso a otro y de regreso. Era un traductor y, a veces, cuando jugaba con mi cabello, él decía algas marinas, árboles de largas ramas y yo lograba entender la maravilla de la traducción.

 

 

 

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