En Ave de hielo ígneo, Araceli Gutiérrez Olivares ofrece una relectura radical de la experiencia migratoria, la cual se aleja del tópico del desarraigo y la pérdida. Ya en el prólogo, plantea su tesis con rotundidad: «Migrar no fue solo cambiar de tierra, fue convertirse en tierra nueva» (p. 13). El dolor, por tanto, cede su lugar a la metamorfosis y el éxodo deja de ser ruptura para convertirse en un proceso de integración, donde la identidad, en lugar de sustituirse, acumula capas de experiencia como aquel gorrión de Claudio Rodríguez que mete «en su pechuga todo el polvo del mundo».
El poemario sostiene con firmeza que dejar un lugar no implica renunciar a él. «Quien deja atrás sus raíces no las abandona; las lleva consigo, las vuelve canto, las transforma en semilla» (p. 13). No son meras metáforas decorativas: constituyen una poética orgánica, según la cual, la identidad migrante es un organismo vivo que prosigue su crecimiento en otro suelo, del mismo modo que la savia circula por el árbol.
El símbolo más poderoso de esa continuidad es la conexión entre dos aves: el kjøtmeis noruego y el cenzontle mexicano. En uno de los poemas centrales se puede leer: «En el palpitar del kjøtmeis, / que me recuerda una voz del cenzontle, / resurge la mirada de los antiguos» (p. 19). Ambas especies —una «prestada», otra originaria; ambas migratorias y cantoras— condensan la propuesta del libro: que la identidad se espeja. Las dos aves son tránsito y síntesis; revelan que la pertenencia no es tan geográfica como se cree. Más bien es canto, ritmo, una manera de surcar el aire del mundo con las raíces de la tierra nativa entre las uñas.
Esa intuición se ahonda cuando la voz poética celebra el regreso de la luz: «retorna, como volver a nacer en el día 1 sol, en Arabygdi» (p. 19). No hay un segundo nacimiento distinto del primero, sino la actualización de este: el espíritu resurge con idéntica intensidad en la primavera noruega que en la infancia mexicana. Esa capacidad de renovarse en cualquier suelo se manifiesta luego en gestos mínimos de la vida cotidiana, registrados con precisión casi etnográfica: la advertencia cariñosa de «Creo que va a llover, no te vayas a mojar» (p. 25); las botas regaladas que «protegen mis pies» (p. 45); el grano de café convertido en talismán (p. 45). Detalles sin origen, como una alborada en Arabygdi, la cual es, a su manera, todas las alboradas.
A ello se añade un amor de extrema sobriedad: «Tu lengua de musgo recorre mi espalda… somos árbol de río» (p. 39). El deseo no solo erotiza, y el cuerpo del otro no solo es un refugio pasajero, sino un lugar donde la identidad migrante consigue hacerse tronco. Ahora, de dos suelos distintos, brota una sola corteza. Por eso «el cuerpo es un templo» y «el deseo, una oración» (p. 41), pues no hay nada más sagrado que la pluralidad convertida en uno, a la manera del Dios cristiano.
Asimismo, el lenguaje ocupa un lugar central en esta construcción identitaria. Al principio se reconoce la limitación: «Sentía que lo que ella era no cabía en ninguna palabra del noruego» (p. 19). Sin embargo, lejos de resignarse, el poemario inventa un espacio verbal híbrido —el «idioma ave», el «pergamino del viento» (p. 75)—, una tercera lengua que funde la fonología afectiva de ambas culturas. De ahí la advertencia lúcida: «Hablar el nuevo idioma es importante, pero debes conservar el dialecto de tus raíces, la gramática de tu mirada» (p. 79). La lengua es memoria y, al mismo tiempo, horizonte.
El libro culmina en un epílogo donde la trascendencia se hace proximidad: «Dios no siempre llega con estruendo… A veces se manifiesta en una banca de madera, en una voz que dice “Va a llover”» (p. 85). En todo momento, hay una apuesta por una teología del detalle.
Ave de hielo ígneo se erige sin duda como una de las aportaciones más originales a la poesía migrante contemporánea: desplaza el discurso del desarraigo hacia la continuidad simbólica, trabaja los signos del mundo natural con precisión quirúrgica y concibe la identidad como un movimiento expansivo, nunca fracturado. Un libro donde migrar significa, sobre todo, ensanchar la vida.
Ismael López Gálvez
Filólogo hispánico y escritor
Poemas de
AVE DE HIELO ÍGNEO
por Araceli Gutierrez Olivares
Hemos llegado.
En el palpitar del kjøtmeis
que me recuerda una voz del cenzontle,
resurge la mirada de los antiguos,
aquellos que caminan con el corazón
en calma, en verdad.
Su aliento sostiene la armonía
de la tierra que venimos
y a la que llegamos.
Su paso es memoria de raíces.
Y en ese resplandor
que surge entre la claridad de una nube
y la oscuridad de otra,
se abre la ofrenda del universo:
surge la flor,
surge el canto,
y en ellos el espíritu retorna,
como volver a nacer en el día 1 sol,
en Arabygdi.
La mirada llamó al horizonte,
tu abrazo detuvo la visión,
así fue ese encuentro:
el fiordo, tiempo y testigo,
lo sabía, nos miraba en calma.
Éramos su reflejo, una necesidad
paciente:
azul de tan azul
el ave
de hielo ígneo.
Nuestra fue la noche solar,
nuestro el cuerpo raíz,
en ascenso.
Estoy envuelta en lecturas,
y aun así, siempre sueño el mundo
que nos has dado
con tus versos.
Te espero en la banca de Sunnmøre.
Hablaré en el bosque
sobre tu voz de nieve;
escribiré en el pergamino de viento
donde hablabas de los alegres.
Lo pondré en lenguaje ave
para que tú me entiendas
y sabrás que nuestras coincidencias
no eran otra cosa
que ese manuscrito que me diste
de raíz al cielo.
Yo solo escribo lo que pasa:
mi vida.
Araceli Gutiérrez Olivares (San Lorenzo Tlalmimilolpan, Tlalmanalco, Estado de México) es poeta, traductora y escritora mexicana. Ingeniera química por la UNAM, con estudios en sostenibilidad por la Saïd Business School de la Universidad de Oxford, ha construido una trayectoria que une ciencia, territorio y espiritualidad. Residente en Noruega, su obra dialoga con la literatura nórdica y ha aparecido en una antología publicada en ese país, así como en diversos medios literarios. Su estilo integra naturaleza, contemplación y una búsqueda de lo sagrado en lo cotidiano. Actualmente trabaja en un dossier y una antología de poesía noruega contemporánea, con el propósito de tender puentes entre México y el norte de Europa, y continúa explorando nuevas formas de unir territorio, energía, memoria y lenguaje.






