Poesía mexicana: Françoise Roy

Leemos a Françoise Roy (Quebec, 1959). Además de poeta es narradora y traductora. Mereció distinciones como el Concurso Nacional de Poesía Alonso Vidal o el Premio Nacional de Poesía Tijuana. Fue becaria residente del BILT (Banff International Literary Translation Center) del prestigiado Banff Centre for the Arts. Por el poema “La Méduse de Géricault” recibió el Premio Literario Francesco Giampetri. Vive en Guadalajara desde 1992.

 

 

 

 

Camino andado

 

Donde no había sendero de regreso

 encontraste una hendidura​​ 

 que podía hacer de camino​​ 

De puntillas empezaste a dar  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ uno tras otro  ​​​​ pasos de terciopelo  ​​ ​​ ​​​​ rozando las nubes​​ 

  ​​ ​​​​ invisibles del quirófano​​ 

Tu andar  ​​ ​​ ​​ ​​​​ lo vigilaban ángeles parlantes  ​​ ​​ ​​ ​​​​ garzas con rostros humanos

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ un enjambre de seres​​ 

  ​​ ​​​​ que​​ conocen​​  ​​ ​​ ​​​​ pacientes y meticulosas  ​​ ​​ ​​​​ las labores de la rueca ​​ 

De pronto  ​​ ​​ ​​​​  los gestos de ese hilar tan cotidiano​​ 

 se aceleraron  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ a la velocidad del relámpago

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y pudiste tejer  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ bajo tus alpargatas  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ un sendero de vuelta​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Méduse​​ de Géricault

 

Tu leteo cruzado a bordo de​​ La Méduse​​ (que luego pintara, enloquecido, Théodore Géricault), cómo es, dime, cómo, en la redención de los días que negociaron para ti quienes no veo, pero saben de meandros, ésos que tal vez viste tú. Tu Leteo personal: asomada a su cauce, toco su caudal con mis vocablos, apenas en vilo, doblada en posición fetal encima de su corriente. En sus márgenes no soy más que Narcisa asustada, y el roce mismo de las palabras que te escribo lo hace esfumarse, aquel río de aguas profundas.​​ (1) ​​ ​​​​ 

 

 

 

 

 

 

 

Sinfonía corporal

 

Tu hígado acariciado por la costilla rota,​​ 

un Adonis en la corte de los órganos.

 

Tu cerebro transfigurado por el cariño

de nosotros, tus allegados más allegados,

el​​ crupier​​ del premio mayor.

 

Tu corazón averiado, el general invicto

de la guerra entre los mundos.

 

Y tus costillas, las veinticuatro, una jaula de oro.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lares

 

En esos lares, en ese gran bosque azul donde boga sin lastre otra raza de nubes, ¿hay insectos, unicornios, querencias donde abreven los ciervos al atardecer?​​ 

 

No te sentaste a descansar en la roca más grande del claro: sabías que apremiaba tu regreso, que pronto se haría de noche y que nadie entonces se mueve (a menos que haya luna llena, y a veces, ni así): lo que es, señores, la oscuridad total.

 

¿Cuál de las criaturas nemerosas se dio cuenta de que fingías tu muerte como la​​  zarigüeya cae inmóvil ante el depredador?​​ 

 

Ailleurs,​​ elsewhere,​​ ambue hendápe, ese país incognoscible a cuyo portal le pusiste doble cerrojo antes de tragarte la llave.

 

 

 

 

 

 

 

 

Con el cuerpo a media asta

 

Inmóvil y con el cuerpo a media asta​​ 

pero muy atenta a los pasos de quien,​​ 

tan samaritano, quiso abrirte el portal de nuevo

seguiste la migración de las mariposas monarcas

aleteando hacia el México de tus recuerdos.

Las mirabas abriéndote otra vez camino o vuelo,​​ 

dócil en la resortera que te traería de vuelta.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

Rosa, que te quiero rosa

 

Rosa, que te quiero rosa,​​ 

sin​​ pacer la hierba de los cementerios​​ 

como lo advirtió García Lorca.

Viva, que te quiero viva,

sin volverte avión humano

que sobrevuele horizontes superpuestos.

Tu sangre a cielo cerrado una brea,​​ 

  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ abriéndose paso​​ 

en el cañaveral de los órganos.

 

 

 

 

 

 

 

Manos otra vez

 

El amor hacia todas las criaturas vivientes​​ 

es el atributo más noble del hombre.

Charles Darwin

 

​​ 

Mis manos no saben de imposición a la usanza del Cristo (de perdida, el taumaturgo de​​ Mister Vértigo),​​ pero igual compensaron su ignorancia con un cordero en el altar. Aquí hablo de mis manos, las mías, unidas a otras que se [les] juntaron). Yo que soy refractaria a los hechos de sangre, deposité ahí el cordero, queriendo que se tratara de un mártir simbólico. Lo ofrecí al Altísimo en mis oraciones, pero no estaba degollado: sigue vivo aún, igual que tú, en ese conato de señorita Lázaro, tú a quien escribo de transfigurarse, regresar a puerto, volver a la comarca del pan y del reloj.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pacto notariado

 

Mi pacto solemne con Dios​​ 

—mi vida por la tuya—

quedó al final en blanco:

nadie de Arriba vino a firmar

aquella hoja membretada.

La flecha envenenada​​ 

que me hubiera dado muerte

tal vez, sí, me era destinada,

pero al fragor de mis rezos

no supo donde alcanzarme.​​ 

 

 

 

 

1

​​ Poema ganador del​​ Premio Literario Francesco Giampetri, IV° Edición (Italia), en la categoría “castellano”​​ 

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