Sobre “69 o el infinito” de Ricardo Sarco Lira. Texto de Kelly Martínez-Grandal

Leemos una reseña crítica dela poeta, ensayista e historiadora del arte Kelly Martínez-Grandal para el primer libro de poesía del escritor, crítico de arte y docente universitario Ricardo Sarco Lira Farías (Venezuela, 1991), titulado 69 o el infinito. Este libro forma parte de la colección de poesía El alba ya no pudo negarme de la Fundación Editorial Tuqueque, que acompaña sus textos con obras del artista venezolano Leonardo Almao.

 

 

 

 

69 o el infinito: el amor sin estrategia o la subversión amorosa

 

 

 

 

 

El siglo XXI no cree en el amor. El amor se contiene, se esconde, se evita. Nadie, al parecer, quiere sentir demasiado. Tememos apabullar, que nos apabullen y amar se ha convertido en una suerte de estrategia en la que resulta prioritario medir cuánto se da, cuánto se muestra. Y si el siglo XXI no cree en el amor, menos todavía cree en la poesía amorosa. Es cierto, en nombre del amor hemos justificado conductas intolerables, hemos escrito poemas terribles, pero ¿qué pasa cuándo decir que se ama es correr un riesgo que va más allá del que supone la misma pasión? ¿Qué pasa cuando hablamos de formas del amor hasta ahora prohibidas, vilipendiadas? ¿Qué pasa cuando hablamos de homoerotismo? Desterrar la poesía amorosa, ¿es también un privilegio heterosexual y cisgénero? 

69 o el infinito, de Ricardo Sarco Lira (Venezuela, 1991), publicado por la Fundación Editorial Tuqueque en 2026 —en la colección El alba ya no pudo negarme, coordinada por el poeta y músico Zorian Ramírez—, reúne 16 poemas y las misteriosas, palpitantes obras de Leonardo Almao; un libro de poesía amorosa, homoerótica en cuanto a que el objeto de deseo y desamor son los hombres. Sin embargo, lo erótico y lo amoroso son también fanales para iluminar otras costas. Desde una escritura capaz de templar la palabra, que tiende a lo sobrio y lo meditativo, estos poemas son también una indagación en el camino la madurez y el autoconocimiento. Lo que en el primer poema, Amar a las plantas, se nos muestra como escarceo (ese no saber qué hacer con el otro, cómo amarlo), se convertirá en certeza a medida que avanza la lectura: “quiero a un poeta/de antes de la gloria” dice en un poema o “quiero tu barba”, en otro, precisamente titulado Quiero. Lo que al principio es erotismo anhelante (“promesa de mermelada/ el único consuelo”), es al final erotismo concreto, consumado porque este libro, aunque no sea una novela, es también un bildungsroman

Hay también allí una “soledad de Nuevo Mundo”. ¿Qué conquistas, qué devastaciones nos azotan a medida que crecemos? ¿Qué resistencia se opone y qué marcas, que heridas, debemos revisar y revertir? ¿Qué territorios del alma y el cuerpo debemos recuperar? Porque amar, crecer, es también restablecer la autonomía; entender una historia cuya fecha es más antigua que toda imposición y toda violencia ejercidas contra nosotros. No hemos sido descubiertos. Nuestras historias amorosas solo han reconfigurado el sustrato que somos y es precisamente esa reconfiguración a lo apuntan en estos poemas. También a una reestructuración de la poesía amorosa como materia creativa. En ese sentido, también es una voz queer: no solo por su temática, que visibiliza y valida una experiencia, sino también en cuanto cuestionamiento de un género poético. Con ello, Sarco Lira se une a una tradición, la de la poesía homoerótica venezolana, que abarca voces como la de Armando Rojas Guardia, Rafael Castillo Zapata o Alejandro Castro. No la enfrenta, sino que desde la elegancia de su voz (en la que el símbolo no se asume como espacio impenetrable, sino como fruto abierto) la renueva y continua. ​​ 

Y en medio del amor, la casa: la madre que enseña muchas cosas, pero no da algunas de las lecciones que se supone debe dar (“Mamá nunca me enseñó a cocinar/tampoco a escoger a mis hombres”); el padre al que se le pide protección (“mándame al mundo/ rehecho/ no frágil ya”) y que se aleja de la figura que castiga. Así, los roles tradicionales también se subvierten de la misma manera en que se ha trastocado el desdén por la poesía amorosa o el sujeto a la que esta se dirige. En los poemas de Sarco Lira, el amor no tiene estrategias. Es la estrategia. El recordatorio de que amar y vivir, en tiempos como los que corren, son una forma de rebelión. Luego, una casa mayor: el Caribe, el erotismo del Caribe; guanábanas que signan destinos, Adán y Eva en Curiepe. Un erotismo que esconde también la muerte; frutas con “todos los gusanos de Urama” (una referencia a Guayabo, poema de Gabriela Kizer, a quien está dedicado este libro), como una de esas naturalezas muertas del barroco que nos recordaban que el tiempo es aquí y ahora; que el amor no es una estrategia, sino una entrega; que uno debe morder el fruto aun sabiendo que en sus entrañas puede esperarnos una criatura repugnante y viscosa.

Enfrentar la propia sexualidad, el propio deseo, requiere coraje. También lo requiere amar porque, para decirlo con Hanni Ossott, en ese maravilloso ensayo titulado Alma Mater: “El alma debe macerar el amor, cocerlo en una suerte de caldero a fuego lento, fijarlo en un punto entre la duda, lo irracional y lo irreconocible. Entre la muerte, la vida y el amor”1. O, para decirlo con Rilke, en ese verso que Ossott toma coma epígrafe para el ensayo: “También es bueno amar porque el amor es difícil”. En el mito órfico, Eros nace de un huevo plateado, depositado en el regazo de Caos, el “gran vacío” o el “gran bostezo”. Viene a poner fin a lo informe. Así también, 69 o el infinito es un ordenamiento, una declaración: la afirmación de un yo que desea, que ya no teme hacerlo. Este amor tiene carne, sexo, cuerpo. Tiene saliva, tiene semen, tiene dientes. No es solo amor romántico. Lo indica el título, con ese número asociado a lo sexual, que luego descubriremos tiene también otra lectura. Ese niño afeminado y torpe que nos muestra el primer epígrafe del libro, un verso de Alejandro Castro, ha aprendido que, como nos propone el segundo epígrafe, de Gabriela Kizer, los poemas de amor sirven para calmar presentimientos difíciles. Al final, en el último poema, la muerte de una matriarca que es también la disolución de un hogar, la entrada definitiva a la adultez solamente con la (ay, tantas veces inestable) propia brújula. Una que, sin embargo y como este libro deja por sentado, tiene en la poesía su norte; una coordenada indestructible.

 

 

 

Kelly Martínez-Grandal

Miami, febrero de 2026

 

 

 

Selección poética de 69 o el infinito

 

Iluso

 

69 veces le canté al amor

me arrastré

le di rosas

 

Vengo de la casa tomada por los muertos

 

debí cantarle a tus muslos

a su tersa y tibia musculatura

 

 

 

 

 

 

Quiero

 

Quisiera poder escribir

"Juana, Juana, Juana"

que "por ti el viento arquea"

pero la lírica mexicana me evade

—no es mía—

y ser "el marico más marico que haya"

me asquea

—no quiero—

 

Quiero tu barba

la quijada larga

el sonido grave de tu súplica

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y el arco ​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ de tu espalda

—no del viento—

la musculatura tensa ante la herida de flecha

 

 

 

 

 

 

 

Correspondencia

a Andrea Paola Hernández

Tengo 26 años

y Luis Reinaldo me escribe desde Buenos Aires

 

Tengo 27 años

y pienso en lo lindo que hubiera sido

enamorarme de Luis Reinaldo

Luis Reinaldo que me escribe

y no le gustan los hombres

que canta en francés y quiere con ternura

con un corazón suave la sangre espesa

de latir pausado

 

Tengo 28 años

y no me gusta Luis Reinaldo

pero pienso que hubiera sido mejor amarlo

a perder mis 26 detrás de un niño que no me quiso

buscando un padre

o filtrándome lúbrico por las redes

oyendo cosas como “déjame hacerte lo que no te han hecho”

o “dime que no tienes novio para destrozarte tranquilo”

 

Pero no

 

Tengo 29 años

y no me enamoré de un Luis Reinaldo

pero sí de una J

una J esquiva que se repite

y de otras letras que se marchan

 

 

Tengo 30 años

y ya no me escribe Luis Reinaldo

 

 

 

 

 

 

 

Ricardo A. Sarco Lira Farías (Caracas, Venezuela, 1991). Licenciado en Artes por la ​​ Universidad Central de Venezuela y diplomado en Crítica del Arte de la misma casa de estudios. Finalista en la IV, V y VII edición del Premio Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Forma parte del dossier de poesía joven venezolana Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad de la revista mexicana Círculo de Poesía. Textos suyos han sido publicados en portales web como digopalabra-txt, Contexturas.org, poemassincasa.com y Revista Kametsa, entre otros. Vive y trabaja en Caracas, Venezuela.

 

69 o el infinito publicado en la colección de poesía El alba ya no pudo negarme de la Fundación Editorial Tuqueque es su primer libro publicado.

 

 

 

 

Kelly Martínez-Grandal (La Habana, 1980). Poeta, ensayista e historiadora del arte. Cubana de nacimiento, creció en Venezuela. Es Licenciada en Artes y Magister en Literatura Comparada por la Universidad Central de Venezuela.

Su trabajo se centra en temas como la identidad, el desplazamiento, la migración y la memoria, así como en el diálogo entre imagen visual e imagen escrita. Ha publicado los poemarios Medulla Oblongata (2017), Zugunruhe (2020, Premio Juan Felipe Herrera a mejor libro bilingüe, ILBA 2021)) y Ritual para nacer dos veces (2025); las plaquettes de poesía Paria (2019) y Una luna anacoreta (2021), y el libro de cuentos Muerte con campanas (2021). Desde el 2014 reside en Miami, Florida. En 2024, ganó la Cintas Foundation Fellowship in Creative Writing.

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Hanni Ossott. “Alma Mater”. En Cómo leer la poesía. Ensayos sobre literatura y arte. Caracas: Bid & Co Editor. 2005.

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