Hoy 3 de junio de 2026, se cumplen 100 años del nacimiento del gran poeta norteamericano Allen Ginsberg (Newark, 3 de junio de 1926-Nueva York, 5 de abril de 1997), corazón del movimiento beat y que ha influido en la poesía de todas las lenguas. Como parte de las celebraciones, presentamos la traducción completa de la primera parte de Aullido (1956) por Roberto Amézquita.
ALLEN GINSBERG
Aullido
Para Carl Solomon
Traducción de
Roberto Amézquita
I
Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas,
arrastrándose por las calles de negros al amanecer en busca de un colérico arponazo,
hípsters con cabeza de ángeles rabiando por la antigua conexión celestial con el dínamo estrellado en la maquinaria de la noche,
que pobres y andrajosos y con los ojos cóncavos y altamente sentados fumando en la oscuridad sobrenatural de departamentos de agua fría flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz,
que desnudaron sus cerebros al Cielo bajo el El y vieron ángeles musulmanes tambaleándose sobre azoteas de viviendas iluminadas,
que pasaron por las universidades con ojos frescos y radiantes alucinando Arkansas y la tragedia de Luz-de-Blake entre los eruditos de la guerra,
que fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo,
que se acurrucaban en no rasuradas habitaciones en ropa interior, quemando su dinero en basureros y escuchando el Terror a través de la pared,
que fueron detenidos con sus púbicas barbas regresando a través de Laredo con un cinturón de marihuana para Nueva York,
que tragaron fuego en pendencieros hoteles o borrachos de aguarrás en Paradise Alley, muertos, o purgatoriados sus torsos noche tras noche
con sueños, con drogas, con pesadillas lúcidas, alcohol y vergas y huevos sin término,
incomparables calles ciegas de nubes estremecedoras y relampagueantes en la mente brincando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todo el inmóvil mundo del Tiempo entre ellas,
Peyotisólidos los pasillos, amaneceres de cementerio de mata verde de patio trasero, borrachera de vino sobre los tejados, barrios de escaparates de semáforo viaje de orégano neón parpadeante, sol y luna y vibraciones de árbol en los rugientes crepúsculos invernales de Brooklyn, despotriques de basurero y riente regia luz de la memoria,
que se encadenaron a los metros por el viaje interminable de Battery al sagrado Bronx en bencedrina hasta el ruido de ruedas
y niños los bajaron con escalofriante boca cuarteada y abolladura desolación del cerebro drenado de toda brillantez a la lúgubre luz del zoológico,
que se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford, flotaron y se sentaron durante la tarde de cerveza rancia en el desolado Fugazzi, escuchando el crujido de la fatalidad en la rockola del hidrógeno,
que hablaron setenta horas continuas del parque al chante al bar a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn,
un batallón perdido de conversadores platónicos saltando por las escaleras de antiincendios, por los bordes de las ventanas, por el Empire State desde la luna,
diciendo esto y lo otro gritando vomitando susurrando datos y recuerdos y anécdotas y patadas de globo ocular y shocks de hospitales y cárceles y guerras,
intelectos enteros regurgitados en retirada total durante siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga tirada al pavimento,
que se desvanecieron en la nada Zen New Jersey dejando un rastro de ilustradas postales ambiguas del Atlantic City Hall,
sufriendo sudores orientales y tangerinos dolores de hueso y migrañas de China por abstinencia de drogas en la amueblada sombría habitación de Newark,
que vagabundearon aquí y allá a la medianoche por las naves ferroviarias preguntándose a donde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos,
que encendieron cigarros en vagones y vagones y vagones de carga rengueando a través de la nieva hacia solitarias granjas en la noche del abuelo,
que estudiaron a Plotino Poe San Juan de la Cruz telepatía y bebop kabbalah porque el cosmos instintivamente vibró a sus pies en Kansas,
que recorrieron las calles de Idaho en busca de ángeles indios visionarios que eran ángeles indios visionarios,
que pensaron que estaban simplemente chiflados cuando Baltimore resplandecía en éxtasis sobrenatural,
que se treparon a limusinas con el alcalde de Oklahoma al impulso de la llovizna del alumbrado de pequeño pueblo a medianoche de invierno,
que mataron el tiempo hambrientos y solitarios por Houston en busca de jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y Eternidad, tarea inútil, así que se embarcaron a África,
que desaparecieron en los volcanes de México dejando atrás nada sino la sombra de overoles y lava y cenizas de poesía esparcidas por la chimenea de Chicago,
que reaparecieron en la West Coast investigando al FBI con shorts y barbas y grandes y pacifistas ojos sensuales con su piel morena repartiendo incomprensibles volantes,
que quemaron cigarros en sus brazos como protesta contra la neblina narcótica del tabaco del Capitalismo,
que distribuyeron panfletos Ultracomunistas en Union Square llorando y desnudándose mientras las sirenas de Los Álamos aullaban, y aullaba también Wall Steet calle abajo y el ferry de Staten Island aullaba,
que rompieron en llanto en gimnasios blancos desnudos y temblaron ante la maquinaria de otros esqueletos,
que mordieron detectives en el cuello y gritaron deleitados en patrullas por no cometer crimen alguno sino el de su propia horneada pederastia e intoxicación,
que aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados de la azotea ondeando genitales y manuscritos,
que se dejaron coger por el culo por motociclistas santificados, y berrearon de alegría,
y mamaron y fueron mamados por esos serafines humanos, los marineros, caricias del caribeño y atlántico Amor,
que se masturbaron por la mañana y por la tarde en jardines de rosas y pasto de parques públicos y cementerios esparciendo libremente su semen a cualquiera que pudiera venir,
que hiparon sin cesar intentando carcajearse pero terminaron sollozando detrás de un ladrillo en un baño turco cuando el rubio y desnudo ángel vino a atravesarlos con una espada,
que perdieron a sus amorcitos ante las tres viejas brujas del destino la bruja tuerta del dólar homosexual la bruja tuerta que guiña su ojo desde el vientre materno y la bruja tuerta que no hace nada sino sentarse sobre su culo y tijeretear los dorados hilos intelectuales del telar del artesano,
que copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza un amor un paquete de cigarros una vela y se cayeron de la cama, y luego al piso y continuaron por el pasillo y terminaron desmallándose contra la pared con una visión de la vagina última y del venirse eludiendo el último gyzym de conciencia,
que endulzaron las panochas a millones de chicas temblando al atardecer, y amanecieron con los ojos rojos pero listos para endulzar la vulva del amanecer, mostrando las nalgas bajo graneros desnudos en el lago,
que salieron de putas por Colorado en miles de carros robados por la noche, N.C., héroe secreto de estos poemas, semental y Adonis de Denver, alegría al recuerdo de sus incontables cogidas con chicas de lotes baldíos y trastiendas de fondas, en las chillantes butacas de los cines, en cimas de montañas en cuevas o con meseras flacuchas en los consabidos levantamientos de faldas de las carreteras solitarias, y especialmente los solipsismos secretos de baños de gasolineras, y también los callejones del edén subvertido,
que se desvanecieron en vastas sórdidas películas, fueron cambiados en sueños, despertaron de repente en Manhattan, y se levantaron crudos en sótanos con el Tokay desalmado y los horrores de los sueños del hierro de la Third Avenue y se arrastraron a las oficinas del desempleo,
que caminaron toda la noche con los zapatos llenos de sangre en los muelles nevados a la espera de que una puerta en el East River se abriera a un cuarto pleno de calefacción y opio,
que crearon grandes dramas suicidas en los acantilados de los departamentos del Hudson bajo la inundada luz azul de la luna y sus cabezas debieran ser coronadas con laurel y olvido,
que comieron estofado de cordero de la imaginación o digirieron el cangrejo en el fondo lodoso de los ríos del Bowery,
que lloraron ante el romance de las calles con sus carritos de súper llenos de cebollas y música mala,
que se sentaron en jacales respirando en la oscuridad de los bajopuentes, y se alzaron a construir clavecines en sus casas paracaidistas,
que tosieron en el sexto piso del Harlem coronados por la flama bajo el tuberculoso cielo rodeados de los jacales de las naranjas de la teología,
que garabatearon toda la noche meciéndose y rodando sobre elevados encantamientos que a la amarilla amarga mañana eran estrofas de rayones sin sentido,
que cocinaron pulmones corazones piernas colas de animales descompuestos como sopa y tortillas soñando con la pureza del reino vegetal,
que se aventaron bajo los camiones de carne buscando un huevo,
que aventaron sus relojes desde el techo para emitir su voto por la Eternidad fuera del Tiempo, y los despertadores les cayeron en la cabeza cada día durante la próxima década,
que cortaron sus muñecas sin éxito tres veces consecutivas, se rindieron y fueron forzados a abrir tiendas de antigüedades donde pensaron que envejecerían pero lloraron,
que fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue en mitad de fogonazos de versos de plomo y el estruendo entonado de los férreos regimientos de la moda y chillidos de nitroglicerina de las hadas de la publicidad y el gas mostaza de inteligentes siniestros editores, o que fueron atropellados por los taxis de la Realidad Absoluta,
que saltaron del Puente de Brooklyn esto realmente pasó y se largaron desconocidos y olvidados a la neblinosa náusea de los callejones de sopa del Chinatown y camiones de bomberos, ni siquiera con una chela gratis,
que cantaron desde sus ventanas desesperados, cayeron de la ventana del metro, se treparon al pestilente Passaic, cayeron encima de negros, lloraron por toda la calle, bailaron descalzos sobre vidrios rotos destrozando discos de nostálgico europeo jazz alemán de los años 30 se acabaron el whiskey y guacarearon quejándose en excusados sangrientos, berreando en sus oídos y con el estruendo de silbatos de vapor descomunales,
que se lanzaron a las carreteras del pasado viajando hacia el Gólgota-de-cada-quien celda de la soledad vigilante o encarnación del jazz de Birmingham,
que manejaron de costa a costa setenta y dos horas para averiguar si yo tenía una visión o tú tenías una visión o él tenía una visión para encontrar la Eternidad,
que viajaron a Denver, que murieron en Denver, que regresaron a Denver y esperaron en vano, que velaron por Denver y cavilaron y se quedaron solos en Denver y finalmente se fueron a descubrir el Tiempo, y ahora Denver extraña a sus héroes,
que cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación unos de otros y por su luz y sus pechos, y hasta que el alma iluminara su pelo por un segundo,
que se estrellaron a través de sus mentes en la cárcel esperando criminales imposibles con cabezas doradas y el encanto de la realidad de sus corazones que cantaron dulces blues a Alcatraz,
que se retiraron a México para cultivar un vicio, o a Rocky Mount a cuidar del Buda o en Tánger a los muchachos del sudeste asiático o en la negra locomotora o Harvard o Narcisos a Woodlawn a la guirnalda de margaritas o a la tumba,
que exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y se quedaron con su propia locura y sus manos y un jurado pendiendo de la soga,
que lanzaron ensalada de papa a los conferencistas sobre Dadaísmo en las lecturas de la CCNY y subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las escaleras de granito del manicomio con las cabezas rapadas y discursos de arlequines suicidas, exigiendo lobotomías instantáneas,
y a quienes en lugar del vacío concreto de insulina Metrazol electricidad hidroterapia psicoterapia terapia ocupacional pingpong y amnesia, en apática protesta voltearon sólo una mesa simbólica de ping-pong, descansando brevemente en catatonia, regresando años después realmente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, al visible demente destino de los pabellones de los manicomios del Este,
a los fétidos pasillos de Rockland en el Pilgrim State y Greystone, discutiendo con los ecos del alma, rocanroleando por los vericuetos-dolmen de la soledad de medianoche del amor, sueño y pesadilla de vida, cuerpos vueltos piedra tan pesados como la luna,
con la madre finalmente ******, y el último maravilloso libro aventado por la ventana del vecindario, y la última puerta cerrada a las 4am y el último teléfono estrellado contra la pared como respuesta y el último cuarto amueblado ya vacío hasta el último pedazo de mobiliario mental, una rosa de papel amarillento torcida con un gancho en el clóset, e incluso eso imaginario, nada sino un esperanzador cachito de alucinación
—oh, Carl, mientras tú no estés a salvo yo no estoy salvo, y ahora tú sí estás realmente en la total sopa animal del tiempo—
y que por eso corrieron por las heladas calles obsesionados con un repentino flashazo de la alquimia del uso de la elipsis de manual de métrica y de plano vibrante,
que soñaron e hicieron encarnadas brechas en Tiempo y Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 visuales y gozaron los verbos simples y juntaron sustantivo con el golpe de conciencia saltando con la sensación del Pater Omnipotens Aeterna Deus
para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y plantarse frente a ti sin palabras e inteligente y temblando con vergüenza rechazados pero confesando desde el alma para formarse al ritmo del pensamiento en su cabeza interminable y desnuda,
el demente vagabundo y ángel beat a Tiempo, desconocido, pero dejando aquí lo que pudiera quedar por decir en el tiempo que viene tras la muerte,
y resucitó encarnado en los ropajes espirituales del jazz en la sombra de luz córnea de la banda y el soplo del sufrimiento de la mente desnuda de Estados Unidos por amor en un eli eli lamma lamma sabacthani llanto de saxofón que estremeció las ciudades hasta el último radio
con el corazón absoluto del poema de la vida arrancado de sus propios cuerpos bueno para comer por mil años.




